Fabulas y fabulaciones

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Por Daniel Samoilovich y Eduardo Stupía

 

Una rana recibió una carta de un ranúnculo, donde éste le decía que estaba convencido de ser su tataranieto y que deseaba conocerla; le rogaba que viniera ella, porque a él le costaba mucho moverse.

La rana acudió ilusionada a la cita con su descendiente putativo. Le gustó el lugar en que vivía, pero el descendiente en sí se le antojó algo apocado; además, le pareció poco prudente que en el curso de la evolución o la deriva etimológica hubiera renunciado a ojos, patas y otros aditamentos de probada utilidad.

—¿Qué has conseguido a cambio? —dijo la rana—. Sólo una bonita corola que, por otra parte, te hace muy visible a tus enemigos. Piensa, ¿qué sería de mí, cuyas caderas son tan apetecidas por humanos y serpientes, si anduviera desplegando una melena roja o unas aletas amarillas?

—Pero, querida, —respondió el ranúnculo—, ese es tu problema, no el mío; yo soy venenoso; según la opinión corriente, muy venenoso; los carnívoros no tienen interés en mí, y los herbívoros han aprendido a no meterse conmigo.

Esta fabulita recuerda que no existe una sola estrategia de supervivencia, sino varias.

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El llamado “repollo de zorrillo” o “col fétida” florece en invierno en las estepas siberianas produciendo un calor tan intenso que descongela la tierra, fundiendo la nieve en derredor. Su capullo ardiente produce un olor a podrido que atrae a mosquitos y jejenes.

Esta historia recuerda que también oler fatal puede ser una estrategia de supervivencia.

 

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El autor ha decidido ahorrar al amable lector la descripción de otras estrategias de supervivencia, muy crueles o simplemente asquerosas.

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Desesperado porque su novia lo había dejado, un filósofo se dispuso a cortarse las venas con la navaja de Occam. La navaja se negó a cortar vena alguna, aduciendo que todas y cada una eran causas necesarias para la consecuencia evidente, que era la vida del filósofo; a lo cual éste replicó que eso era obvio, y que justamente lo que él quería era acabar con su vida. Respondió la navaja que su misión era limpiar el mundo de charlatanería, no de charlatanes.

El filósofo se ofendió tanto con el epíteto que se olvidó de la novia que lo había dejado, y se empeñó en la redacción de un tratado en 37 volúmenes sobre las limitaciones de la navaja de Occam como herramienta epistemológica. La obra tuvo un éxito moderado, el filósofo se dio por satisfecho; en todo caso, la navaja, útil o inútil epistemológicamente, le salvó la vida.

Reafirma esta fabulita que bien está si bien acaba.

 

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Una zorra encontró una vasija donde estaba pintada con mucho arte la partida de backgammon que jugaron Aquiles y Áyax para ver cuál de los dos se enfrentaría con Héctor.

—Eres muy hermosa —dijo la zorra a la vasija— pero no tienes cerebro.

—Ni falta que me hace— contestó la vasija.

Mientras tanto, Áyax ganó la partida, y, según nos cuenta Homero, enfrentóse a Héctor en un combate que duró un día completo, durante el cual los contendientes se dieron tantos mamporros que quedaron los dos medio muertos, pero ninguno vencedor o vencido. En todo caso, Áyax mostró tal valor en la lucha que Héctor le regaló su espada: espada que meses después, cuando Héctor ya había muerto, le sirvió a Áyax para suicidarse. Nunca sabremos si Héctor tuvo, por soplo de algún dios, un vislumbre de la utilidad fatal que tendría su espada, operando una suerte de aniquilación post mortem del gran Áyax. Tal vez sí, tal vez no. Lo que sí sabemos es que la zorra cayó miserablemente en una trampa que le habían puesto a la entrada de un gallinero.

Esta fábula con vasijas, dioses, hombres y animales sugiere que tampoco el universo tiene cerebro; y que mal está si mal acaba.

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El maître con su saco blanco, en el jardincito a la puerta del restaurante, como una araña pensativa.

 

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Se lee en documentos de época guardados en los archivos nacionales de Suiza, en Ginebra, que hacia 1647 una pertinaz plaga de orugas asoló los cultivos de la vid en el Cantón de Valls. En una muestra de ecuanimidad y buen sentido, el burgomaestre hizo publicar un edicto donde concedía a las orugas el derecho a comer plantas enteras, al tiempo que las exhortaba a cesar en la práctica de comer un poco de aquí y otro poco de allá sin orden ni concierto, arruinando así cada oruga muchas plantas. Como el edicto de la autoridad civil no produjo efecto alguno, volcáronse los desesperados vallíes a solicitar el auxilio de la Iglesia en su persona más visible, el obispo local. El cual emitió una enérgica bula amenazando a las orugas con una excomunión masiva si no cesaban en su práctica destructiva, se arrepentían y confesaban.

La bula fue clavada en un poste en uno de los pocos campos que no habían sido aún dañados. Al día siguiente, los funcionarios hallaron que el campo había sido arrasado y la bula comida en su casi totalidad; en su lugar había un papelito en el que, en tinta verde y prolija letra gótica, al uso entonces, se leía: “Nosotras fuimos creadas primero; los predadores son ustedes. Firmado: Las orugas.”

 

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Habiendo emitido el obispo de Valls una bula en que amenazaba con la excomunión a las orugas de la región si no dejaban de mordisquear las vides, las mismas le respondieron que, según se señala en Génesis I, 4, Dios las había creado antes que a los hombres, por lo cual los predadores eran ellos. El obispo invirtió dos días y dos noches en escribir una respuesta extensamente fundada, en la cual aducía que en Génesis I, 6, Dios le había dado al hombre el mandato de enseñorearse de los ríos y los montes, las plantas y los animales; por lo cual, concluía, tenían los hombres, y no las orugas, el derecho de hacerse con las vides. Firmada que fue la nueva bula, y sellada, se colgó en cuatro postes —pues era más larga— en el mismo campo de antes.

A la mañana siguiente, las cuatro partes de la nueva bula estaban intactas; pero la parte de atrás del cuarto poste había sido aprovechada por las orugas para fijar su respuesta: “No pensamos comer tus escritos: lo hemos intentado con el anterior, pero ya no más; el pergamino es rico, pero tu latín es malo para el estómago. La compañera Catalina casi se muere por comerse una redacción tan mala. Firmado: Las orugas”.

La triste historia de la indigestión de Catalina enseña que cuando uno está embarcado en una guerra ninguna precaución es excesiva.

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El Ave Roc y el Pájaro Singular discutían sus respectivos méritos. El Ave Roc dijo que nadie era tan veloz como él, capaz de recorrer en instantes la distancia entre el extremo Oriente y el extremo Occidente; que cuando volaba, lo hacía tan rápido que nadie lo veía pasar; los monos de la selva se asustaban, ignorantes de qué era aquello que, invisible, detenía por un momento la lluvia, los guijarros del camino se quejaban de que, si todo el mundo volara como el Roc, ellos harían el ridículo. El Pájaro Singular replicó que él no necesitaba andar volando de un lado para otro porque era tan grande que ya estaba en todas partes.

Un gorrión y una cigarra convinieron en que aquellos pajarracos estaban diciendo tonterías: “Vos y yo sabemos —se dijeron uno a otra— que a lo sumo se puede llegar al olmo aquel al borde del río; y ni siquiera eso es del todo seguro”.

Esta historia, recogida por el notable autor Arthur Waley, muestra que los más simples no siempre son los más sabios; a veces son los más simples, nomás.

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El Cisne de Avon escribió una obra sobre un príncipe danés, que obtuvo singular éxito. Unas palomas asistían cautamente a una representación de dicha obra al aire libre. Cuando los actores llegaron a la parte de “Ser o no ser, esa es la cuestión”, una le dijo a otra:

—Me parece un poco extremo. Yo diría que la cuestión es durar o no durar.

Esta fabulita muestra que los cautos no siempre son los más sabios; a veces son los más cautos, nomás.

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capítulo I: voz en off

capítulo II: figurita lejana

capítulo III: hablar

capítulo IV: bailar

capítulo V: apagón

capítulo VI: etcétera

como si una flecha se detuviera en medio del aire y, segura de su sitio ahí, se permitiera caprichos, dilaciones; es evidente a dónde va, y una sorpresa cada vez que llega.

 

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No es eso lo que me preocupa. No, pero tampoco es otra cosa.

 

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A la media mañana, deliberaban la zorra y el cuervo acerca de lo que habían de hacer; la zorra proponía que se levantaran de la cama de una buena vez; el cuervo proponía que esperaran a que el día se acostara de nuevo.

 

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Maese Peer Gynt estaba por entrar al subte cuando vio que varias almas pasaban sin pagar boleto. Inquirió a los guardias el motivo de esa excepción y le explicaron:

—Son los cuerpos los que nos interesan.

Peer Gynt entendió súbitamente que tal criterio era compartido por los guardias de todas las aduanas y fronteras, controladores de todos los molinetes de todos los transportes, policías, ángeles y demonios a la entrada o la salida de toda prisión, castillo, infierno o cielo. Las almas que hagan lo que se les antoje, son los cuerpos los que interesan.

 

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Aquella escuela de cocina tenía un restaurante adjunto, donde los alumnos ensayaban sus recetas. Si algún cliente se intoxicaba gravemente, el alumno era reprobado.

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En algunas profesiones, como la del chef o el torero, una fantasía inadecuada puede tener efectos perniciosos para el público o el ejecutante. Los poetas, en cambio, lo más que conseguimos es aburrir al personal, que en su momento tomará las debidas precauciones para defenderse.

Nota:

Se lee en documentos … : La historia del decreto y la bula contra las orugas la cuenta Heine en Los dioses en el destierro (incluido en Obras reunidas, El Ateneo, traducción de P. González Blanco, Buenos Aires, 1951); la respuesta de las orugas y la consiguiente polémica con el obispo son, en cambio, invenciones.