Fábulas y fabulaciones

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por Daniel Samoilovich y Eduardo Stupía

 

 

Un diablo cayó al fuego

otro diablo lo sacó

y otro diablo preguntaba

¿cómo diablos se cayó?

 

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Eva a Adán:

— OK, hemos comido del Árbol del Saber. Pero aparte de enterarnos de lo vengativo que el Tipo puede ser cuando no le hacen caso, ¿qué sabemos? ¿Vos sabés algo que antes no supieras?

— Todo ha sido, amor, un lío tan fenomenal, tan excesivo, que no tengo claro qué sabía antes ni qué sé ahora.

Así respondió el bueno de Adán. Esta historia sugiere algo que muchos comentarios midrásicos, de ligero sabor heterodoxo, sostienen: que el Árbol del Saber estaba ahí como maniobra de diversión, para que Adán y Eva se distrajeran con él y no comieran del Árbol de la Vida.

 

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La serpiente, en cambio, sí comió del Árbol de la Vida. Recordemos que en ningún lugar se nos dice que ella fuera expulsada del Edén; sólo le quitaron las patas. Cuando se armó todo el lío y Yahvé expulsó a Adán y Eva, la serpiente se alejó del Árbol del Saber reptando sexy y sibilina rumbo al Árbol de la Vida, que, según se ha calculado, estaba a unos dos kilómetros de ahí. Comió de su fruto y vive desde entonces y para siempre en el Jardín de las Delicias. Lo cual demuestra que el Tipo es más iracundo que justo; o, si ustedes lo prefieren, más dado a los gestos espectaculares que a las minucias de la administración penal.

 

 

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El eminente poeta y grabador William Blake observa que nunca perdió tanto tiempo el águila como cuando siguió los consejos del cuervo. El autor ha intentado averiguar qué consejos o enseñanzas fueron esas, sin lograrlo: ninguna fábula del acervo grecolatino, ninguna parábola de la Biblia o sus exégetas menciona tales consejos. Blake no nos da ninguna pista acerca de en qué consistieron, y tal vez esa sea la pista.

 

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Corrían los primeros años del tercer milenio; durmiendo estaba Júpiter Tonante una Olímpica Siesta cuando sonó el teléfono.

—Señor Tonante, le habla Nadina Furlong, de la Compañía Telefónica. Quería comunicarle que, dada la regularidad con que paga usted su abono mensual, ha resultado beneficiado con un Plan Extra Súper Semigratuito de llamadas reducidas, por el cual, pagando el extra súper módico semimonto de …

Nadina Furlong no pudo pasar de ahí. Júpiter tomó uno de los rayos que primorosamente le forjara Vulcano y lo aplicó al tubo del teléfono: el cual rayo, corriendo a través de la red telefónica a la velocidad pertinente (vale decir, la de la luz) fulminó a la pobre  Nadina Furlong al instante, no quedando de ella más que una mancha negra y humeante en el sillón donde otrora se sentaba: sillón cuya cuerina roja resultó también severamente dañada. Esto no hubiera sido, en sí mismo, Nadina (quien de hecho ya nada era); el problema fue que la sobredosis energética afectó a todos los que en ese momento hablaban por teléfono, los cuales la palmaron al instante, así como al sistema globálico de comunicaciones, incluyendo satélites (plop y adiós y a dormir para siempre en el silencioso espacio exterior), cables (calcinados como si hubiera sido hilachas de nylon, incluyendo los gruesos y anticuados cables transoceánicos), estúpidos aparatos fijos y móviles seudointeligentes, etc.

Estos luctuosos sucesos acaecidos hace tiempo, pero que han perdurado en la memoria colectiva, recuerdan cuán peligroso es el marketing telefónico: para los mal pagados empleados de los departamentos de marketing de las telefónicas, para las propias empresas y para la buena marcha de las cosas del mundo en general.

 

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Al llegar el día en que se celebraba el concurso de canto que enfrentó a las Piérides con las Musas, el monte Helicón, donde la disputa se celebraba, se sintió tan ufano de ser sede del acontecimiento que se hinchó hasta tomar unas proporciones desmesuradas, amenazando con superar en altura al Olimpo. Entonces Pegaso, cumpliendo una orden de su padre Poseidón, golpeó al monte con uno de sus cascos para ordenarle que volviera a sus dimensiones ordinarias; en el sitio donde la coz fue dada brotó la fuente Hipocrene, o Fuente del Caballo, cuya agua era reputada como infalible en provocar la inspiración poética de quien la bebiera.

A veces, en sus pesadillas, el autor sueña que una expedición moderna descubre el sitio donde Pegaso dio su tremenda patada y que el agua de la fuente empieza a ser explotada comercialmente, vendida en frascos de diversa capacidad como los perfumes o el agua de la gruta de la Virgen de Lourdes. Tal vez eso ya ha sucedido.

 

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Mientras muchos animales fantásticos se originan por la adición de rasgos imaginarios a un animal real o por una mezcla de ellos, el alerión parece ser el único nacido de un error puramente gráfico: efectivamente, se trata de un águila sin pico ni patas, fruto de la repetida copia de la figura de un águila “normal” sobre monedas o medallas cada vez más pequeñas. Se ve que en algún punto la representación retuvo solo los rasgos más salientes —cuerpo, cabeza, alas— pasando por alto las patas y el pico. Hacia el siglo xv, el nuevo animal gana su nombre propio y es incorporado a la heráldica como símbolo de grandes aspiraciones, ya que desdeña tocar el bajo suelo; la carencia de pico, por su parte, sugiere el desprecio por los bienes materiales: al alerión no le interesa comer, entre otras cosas porque no le hace falta.

He aquí que un monstruo nacido por inhabilidad, por falta de espacio, por un malentendido, termina por encarnar un deseo, el de vivir del aire y en el aire; una historia así podría servir para completar el famoso aforismo de Shakespeare en La tempestad («Todo monstruo es la fortuna de algún hombre») con este otro, que no se le contrapone: todo monstruo condensa una ansiedad, una que a veces ni sabíamos que estaba ahí.

 

 

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Según relatos de cazadores de los bosques griegos, muy anteriores a la época clásica, en el principio era la Noche (Nyx). Era un enorme pájaro de alas negras que se ayuntó con el Viento y puso su huevo plateado en el seno de la Oscuridad. Del huevo brotó un hijo que tenía del padre el carácter impetuoso y de la madre el gusto por lo secreto e imponderable; se lo llamó Eros y fue dios del amor.

Tan antiguos son estos relatos que apenas se conserva de ellos un eco en fragmentos de poemas de Arquíloco y otro, aun más remoto, en la Teogonía de Hesíodo. Ninguna representación pictórica nos muestra ni al gran pájaro de la noche ayuntándose con el viento, ni el momento en que desova, o aquel en que se rompe el huevo y nace el amor. Sin embargo, hay rumores de que existió al menos un ánfora que sí ilustraba el magno evento. Vean ustedes qué pasó con ella.

Parece que un lobo y una lagartija encontraron el ánfora ática de figuras rojas donde estaba representado con gran arte el nacimiento de Eros en el seno de la Oscuridad. Ambos se admiraron mucho y supusieron que en el interior del ánfora habría importantes revelaciones; en su busca la lagartija se deslizó dentro del jarrón:

— Chato, sigo sin saber que hay acá dentro, que está más oscuro que ná —dijo la lagartija, cuyo idioma materno era el andaluz preclásico.

Entonces el lobo hizo rodar el ánfora hasta una loma y la dejó caer. Rompióse el recipiente de marras, y expuesto que quedó su interior a la luz del sol, vióse, según los sagaces lectores ya habrán adivinado, que nada había allí dentro que valiera la pena ver. Eso sí, la preciosa representación que tanto había emocionado a los dos animales yacía obviamente hecha pedazos. Oh, rastreadores de contenidos, oh buscadores de verdades, no rompáis las ánforas; en lo posible, no rompáis ná.

 

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Alberto Magno consigna el siguiente sortilegio de la mujer adúltera para que su marido no se percate de que recibe a un amante en el lecho: “Se toma una corneja, se reza sobre ella ciertos conjuros y a continuación, con unas tijeras, se le extraen los ojos”.

De este consejo de Alberto se colige que la magia simpática puede ser harto antipática para las cornejas, y bastante más dañina para ellas que para los maridos.