Fábulas y fabulaciones

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Por Daniel Samoilovich y Eduardo Stupía

 

 

No se sabe bien qué pasó. Fue en la oscuridad de los abismos. Yahvé mató al Leviatán macho, se trabó en lucha con la hembra. Dicen que así nacieron los peces sin escamas; lo seguro es que no es lícito comerlos.

 

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¡Cómo se curva Leda bajo el poderoso abrazo del cisne! ¡Cómo se hunden las patas palmadas en la carne de la princesa etolia!

Ella es nieta del Viento. En el embate del cisne ha de sentir el retorno de algo que conoce, una libertad y desenfreno que oscuramente en su sangre están.

 

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El editor de una colección de libros de poesía bantú disponía de un Método Infalible para Detectar Poesía Mala; apenas en un original aparecía la palabra “senos” arrojaba el original contra la pared de la choza que le servía de estudio.

Eventualmente la pared se vino abajo, y la choza con ella. El editor, que apenas logró apartarse a tiempo como para salvar la vida, no se lamentó: aseguró que su Método Infalible le había hecho ahorrar, a lo largo de los años, más tiempo del que le llevaría reconstruir la choza.

 

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Cuando Marc Chagall decoró las calles de Vitebsk para el primer aniversario de la revolución rusa, los funcionarios comunistas le preguntaron:

— ¿Por qué la vaca es verde y por qué la casa vuela por el aire? ¿Cuál es la conexión con Marx y Engels?

La anécdota es conocida desde hace décadas, pero sólo una reciente descatalogación de los archivos secretos de la policía secreta soviética ha permitido saber qué respondió Chagall. Parece que les dijo:

— La vaca es verde por el libro de Engels Dialéctica de la Naturaleza y la casa vuela por el aire porque Marx era nieto de un rabino y yo también.

 

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El matrimonio de estudiosos Masters y Johnson realizó en su día un Exhaustivo Estudio de la Sexualidad Humana, estudio del que participaron cientos de parejas haciendo sus cosas humanas ante los pacientes estudiosos (a la sazón, también humanos), que todo lo anotaron y midieron y cronometraron. Con lo cual se hicieron ultrafamosos y bestsellers y ricos, no tanto por haber diferenciado la presencia de cuatro fases en la respuesta sexual del bípedo implume (fases que eran, por otra parte, un poco obvias), cuanto por mor de los Detallitos que contaron sobre lo que habían pacientemente observado; los cuales Detallitos eran bastante picantes sin dejar de ofrecer garantía de Ciencia y Seriedad Estudiosa. Nadie se acuerda, empero, hoy, si Johnson era el hombre y Masters la mujer, o al revés.

Esta fabulita muestra que la Posteridad es algo distraída en materia de sexualidad; incluso de la sexualidad de los sexólogos.

 

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Un almacenero que había en el Darién

contrató dos grajos para su almacén.

“Me recuerdan — dijo—

dos pequeños hijos”,

pero nunca quiso decirnos de quién.

 

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Había una vez un cura que a su hermano

vendióle una bandeja de segunda mano:

era, en marco dorado

un retrato firmado

del Obispo de Villa Lugano.

 

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Hasta las rosas, se quejó el neoclásico, tienen un sabor de cosa ya mirada. Las rosas, desde luego, no se inmutaron: les importaba un rábano que ya las hubieran mirado; en todo caso, no estaban tratando de ser rosas, simplemente lo eran.

Esta fabulita demuestra que los neoclásicos a veces lo son para quejarse.

 

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Hay sobradas pruebas del descontento de Dios con su Obra, o al menos con partes importantes de ella; como es sabido, una vuelta mudó a sus criaturas preferidas del Paraíso al Valle de las Lágrimas, otra vez acabó con toda la vida terrestre excepto la familia de Noé y las muestras de cada especie que éste preservó en el Arca; destruidas fueron Sodoma y Gomorra, diezmados los egipcios por no dejar que los hebreos se marcharan, rotas las Tablas de la Ley porque los judíos adoraron al Becerro de Oro. Está planteada la amenaza de destrucción de la humanidad si no hay, en todo momento y en toda generación, al menos 36 hombres justos. Además, por supuesto, están el fin de los tiempos y el Juicio Final, a celebrarse en el Valle de Josafat en día y hora aún no fijados.

Abundantes rabietas, “agárrenme que rompo todo” e improvisados ensayos de recomienzo. No parece ni habérsele ocurrido lo que hubiera sido la actitud natural en un artista serio: esconder su obra de la mirada de los otros hasta que no fuera satisfactoria para él mismo.

 

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Se entiende qué, pero no se entiende cómo.

Se entiende bien, pero no se entiende un pomo.

 

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Sucedíale con harta frecuencia al autor de estas líneas que apenas se distraía se encontraba escuchando una quejosa y atroz musiquilla que recibía por entonces el nombre de canción melódica española. No hay que pensar que le pasaba únicamente en España, donde podría haber estado advertido de la eventualidad; siendo entonces su culpa, por meterse en la boca del lobo. No: le pasaba en el aeropuerto de Montréal, en un pub de Londres, en una lavandería en Buenos Aires; en un taxi en Estambul. Urbi et orbi, se distraía y zas, cuando se daba cuenta llevaba ya cinco minutos y medio hundido en la charca tibia y pegajosa de la canción melódica española; enfática y desmigajada, como el lamento de una meseta descompuesta, el vómito de una multitud atacada por un imparable espasmo de conmiseración para consigo misma.

 

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Pronto notó el autor que pasa lo mismo con las pesadillas: uno se da cuenta que lo son cuando ya está metido en ellas, no antes; de lo cual concluyó que la canción melódica española es una pesadilla; conclusión no del todo sólida desde el punto de vista de la lógica formal, pero, para él, impepinable.

 

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Y sin embargo, hay algo de veras flojo en el razonamiento anterior. Pensándolo bien, no sólo las pesadillas, sino los sueños más deliciosos, y el entusiasmo, y el amor, empiezan no se sabe cuándo ni cómo. Se dice “amor a primera vista” pero la verdad es que, cuando sucede, se tiene la impresión de que ha comenzado antes de comenzar. ¿Cuándo? Quién sabe, una vez, hace tiempo, hace mucho.

 

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Tim Burton hizo que la cabeza de los marcianos de Marte ataca estallara cuando les tocaban música country. Se ve que esos marcianos eran de cultura anglosajona; si hubieran sido de cultura romance, la cabeza les habría explotado con la música melódica española.

 

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Un científico distraído se despertó cierta mañana y se puso a afeitarse con la navaja de Occam. La navaja empezó afeitando correctamente hasta que le pareció que si eliminaba más pelos la barba desaparecería; entonces se detuvo.

— ¿Qué hacés? — la increpó el científico, enojado. — ¿Por qué parás? Aún no estoy bien afeitado…

— Mi tarea —dijo la navaja— no es cambiar nada, por ejemplo cambiarte a vos de no afeitado a afeitado; mi tarea es simplemente no convalidar más causas que las que son necesarias para explicar una consecuencia; la consecuencia era la barba, y solo corté los pelos que no eran indispensables para que tuvieras una.

El científico se enfurruñó, pues la explicación no le convencía del todo. Pero los que se enojaron de verdad fueron los pelos cortados.

—Cállate— dijeron al científico—, esto te pasa, so tonto, por afeitarte con una navaja ajena. En cuanto a ti —enrostraron a la navaja— ¿puedes demostrar que los que sobrábamos éramos nosotros y no esos otros que están tan campantes en la cara de este necio?

La navaja se defendió:

—Están ustedes en lo cierto — dijo— al señalar que no había forma de saber cuáles eran los que sobraban; justamente por eso corté los primeros que vi hasta que quedaron los necesarios y no más.

Oops, había nacido la estadística; y junto con ella, otras pestes que sería largo enumerar.

 

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Balbucir era un verbo tan feo que nadie se atrevía a mirarle el subjuntivo.

 

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Celebraba Baltasar, rey de Babilonia, una fastuosa orgía en su babilónico palacio cuando en una pared del salón principal se escribieron solas, en letras de fuego, las palabras “mane, thecel, phares”. El único capaz de descifrarlas fue Daniel, lo cual no era un mérito especial, ya que a la sazón estaban escritas en hebreo: “Pesado, contado, dividido”, decían.

Es evidente que esas tres palabras podían significar cualquier cosa: podía ser, por ejemplo, la etiqueta que un tendero pusiera a un costal de mercancías ya preparado para su envío. Sin embargo, ¿por qué demonios una etiqueta comercial iba a escribirse por sí sola, en letras de fuego, en el salón principal del palacio?

Los participantes de la fiesta no se hicieron esa pregunta. Simplemente palidecieron: a todos les resultó claro que la inscripción aludía a los contados días que le quedaban a Baltasar y a la dinastía acadia de la que él fue el último representante.

Entendieron bien; pocos días después Baltasar fue asesinado, su reino fue dividido y su palacio quemado hasta los cimientos. Esta fabulita recuerda que estar paranoico no implica que no te estén persiguiendo (tus enemigos, o la fatalidad, o ambos).