¡Estos franceses!: Simondon, Derrida, Lacoue-Labarthe

0
2166
Gilbert Simondon

I.

Hay momentos con Gilbert Simondon en que uno no sabe si está ante un filósofo visionario, un científico con inclinaciones lexicográficas, un matemático, un mago, o un poeta puesto a redactar manuales de uso. Era como un genial inventor de la invención misma (tema que trató en una de sus obras más notables). Quizá la sospecha de su extrema singularidad lo fue conduciendo a esa zona, por él mismo fundada, que bautizó “la individuación”, aquello que hace único a un sujeto. Igualmente, no debería sorprender que leer a Simondon sea como leer a una máquina de pensar. Una máquina Turing por escrito, una máquina blanda, manual. Pasando sus páginas, puede llegarse a creer que una lapicera es tanto o más compleja que un arco o una ballesta, y un destino: “Un objeto puede ser bello en relación con toda la vida de un hombre”.

Si nos atenemos a sus declaraciones, es extraño que no haya manifestado que el objeto técnico ideal era para él un instrumento de escritura: “un puñal sólo es bello en la mano que lo sostiene; por lo mismo, una herramienta, una máquina o un ítem técnico son bellos cuando se insertan en un mundo humano y lo recubren al expresarlo”. A la vez, otra posición que sostiene sirve para explicar, por caso, la existencia de lapiceras horribles de aspectos pretenciosos: “todo travestimiento de objetos técnicos en objetos estéticos produce la molesta impresión de lo falso, y parece una mentira materializada”.

Para él, entender el pensamiento de Pascal no consistía en entender su sistema filosófico sino en crear el mismo tipo de máquinas. Es eso lo que ruega Simondon, como su admirador Deleuze o su admirado Spinoza: no describirlo sino recrearlo. La soltura de Simondon es inaugural y en el camino va sembrando guantes, de poder incalculable, que otros puedan recoger. Sus intuiciones son de una amplitud y profundidad escandalosas, y la inédita invención en un ensayista que él encarna es a fin de cuentas inexplicable, porque como opinó: “no hay vínculo analítico entre la facilidad y la eficacia”.

No es improbable que Simondon pensara como lo hacía, y llegara a ciertos bordes del pensamiento, porque dibujaba como dibujaba –ver su Curso sobre la percepción–, para ayudarse a razonar, para elucidar cuestiones ante sus alumnos y, en no menor medida, por puro gusto. Por otra parte, por momentos suena francamente oriental: “la belleza es atractiva en la medida en que es la realización de lo que no se buscaba realizar”. De hecho, su pedagogía puede sonar anacrónica pero permanece a la vez como irrealizada, en potencia. Donde uno mira, Simondon es adaptable. No sorprende que, como Wittgenstein, tuviera buen ojo para los ejemplos.

Hay instancias en las que parece estar deslizando consejos para novelistas o cineastas: “imágenes demasiado acentuadas no permiten la invención, sino solamente la iteración, la perseverancia; para que las imágenes sean instrumentos de invención que obedezcan a la situación finalizada en la que se organizan, hace falta que estén en un estado próximo a la neutralidad.” No pocas de sus impresiones son teorías aventuradas: “la impresión estética completa es inseparable de la impresión de destino”. O esta otra, más críptica pero no menos fecunda: “el sacerdote tiende a ser artista como el objeto técnico tiende a ser objeto de arte”. Simondon no escribía para que se lo leyera, sino para que se lo releyera, de inmediato.

(Gilbert Simondon, El modo de existencia de los objetos técnicos. Prometeo Libros, 278 págs.)

 

II.

No es improbable que el luminoso ejemplo de Platón tentara con la posibilidad de definirse como filósofo a quien como Jacques Derrida vivió conversando con otros. La imagen más nítida de este oficio, no obstante, acude con aquellos que se pasaron la vida hablando solos: Plotino, Kierkegaard, Wittgenstein. El ensayista francés –el sayo es más holgado y le cabe mejor– construyó una carrera a partir de la conversación: decenas de libros de diálogos son la evidencia de esa travesura.

Uno de los más seductores es El gusto del secreto. En él se puede constatar que Derrida piensa a una velocidad a la que no es posible creer que haya pensado. Parecía una persona incapaz de parar de hablar, pero hasta que en verdad Derrida llegue a decir algo pueden pasar párrafos y páginas. Logró convertir el andar con vueltas en una filosofía, o al menos en un glosario: deconstrucción, diseminación, etc. Su golosina favorita era la glosolalia, esa destreza prodigiosa para verbalizar un idioma ininteligible, de secuencias repetitivas, habitual en estados de trance. El método de Derrida es preguntárselo todo.

Sus teorías son la única ficción de que fue capaz, una invención disparatada que a no pocos les resultó verosímil. De acuerdo, quiso encontrar una escritura distinta, y sembró el camino de aturdimientos y hallazgos, como suele suceder en esas empresas: “Mi experiencia de la escritura me lleva a pensar que no siempre se escribe con el deseo de que a uno lo entiendan”. Tal vez no esté alejado de la verdad especular que de esa complejidad no siempre gratuita pendía el hilo de su gloria.

Lo que salva al pensador argelino –bien pudo haber sido argentino– de la catástrofe son epigramas lúcidos o inspirados, que suenan más a azarosos frutos de la deriva. Lo cierto es que del torrente de palabras que brotan de su mano de pronto Derrida extrae un vaso de agua cristalina. Era un gran improvisador de sólida autoridad y a la vez un hombre tremendamente frágil. La suya es la escritura de un actor.

Cuando se ve un acercamiento tan parcial y acotado a la literatura –Jabès, Blanchot, Artaud, Celan y no mucho más– vale preguntarse cuán lector era Derrida; si no se habría tratado de un lector puramente funcional, un vampiro de vuelo rasante. El vaivén en su apreciación de las lecturas refleja en parte su honestidad y en parte su utilitarismo, porque su obra dependía de los usos a los que sometía esas lecturas. Las deudas son siempre incalculables. En su debate con Foucault, por ejemplo, se tiene la impresión de que Derrida planteó lo que planteó sólo porque era el hueco que quedaba, el intersticio que le permitía pronunciar algo, no importa su interés real para el propio Derrida o su grado de pertinencia o profundidad. Eso es pensar, parece insistir Derrida: pensar donde no pensaron los demás.

Le apasionaba la letra de sus amigos. Pero al tiempo tomaba distancia como quien se prepara para escribir su obituario. Se puede adivinar que Derrida siempre quería ser el último en irse. El error que cometió con los amigos que partieron antes –borrar casi todo detalle biográfico– es curioso porque lo biográfico es central en Derrida: en el proceso de inventarse a sí mismo, inventó una forma de leer única (forzada a veces, rebuscada otras, pero sin duda única). Trabajó para su nombre. Se hizo un nombre, se inventó un nombre. Obsesionado por las huellas, para poder hablar del modo en que lo hacía debió pensar que su nombre era importante y que era lo único que iba a quedar.

(Jacques Derrida, El gusto del secreto. Amorrortu, 256 págs.)

 

III.

La ambición de su curiosidad –filosofía, literatura, arte, música, teatro, traducción– tuvo que equilibrarse con una artillería acotada, aunque no menos pesada, de nombres dilectos: Hölderlin, Heidegger, Nietzsche, Wagner. Cuatro figuras que le hacen honor a ese vicio fácil de admitir: uno siempre está admirando fantasmas. Nuestro gusto quiere hacernos creer que nos vuelve más interesantes, pero Philippe Lacoue-Labarthe prefería no ostentar un gusto, sino someterse a un régimen (de lo contrario habría elegido nombres menos roídos). Su designio respondía a una necesidad acaso más urgente que el gusto declarado, menos ocupado en volverse seductor para sí mismo o para los demás.

Lacoue-Labarthe era esa criatura difícil de asir –un lector maniático–, que repartido como estuvo en diversos índices temáticos se pasó la vida buscándose. Una manera de hacerlo era escribir en colaboración (con Jean-Luc Nancy). O en paralelo, como en Agonía terminada, agonía interminable, el libro de un lector sobre otro, Maurice Blanchot, en el que el autor no carece de aquello que le atribuye a Blanchot: “una dulzura extrema, una delicadeza extrema, es decir, una inteligencia”. Es como si Lacoue-Labarthe se hubiera visto impulsado a reescribir las palabras que adoraba de otros. “Creo obstinadamente, es decir, apasionadamente, en la elucidación. No me lo explico, pero constantemente me escucho decir: es precisa la claridad. Lo que no debe –ni puede– entenderse de una manera sencilla”.

Elogiaba en Kafka “el coraje de la transparencia” y su modo era no obstante el despliegue docto: papel plisado que se va extendiendo sobre una mesa de trabajo. Lacoue-Labarthe se aproxima a una microscopía de la escritura, y el retorcimiento del lenguaje en él es el precio que paga por ese nivel de intromisión e inmersión (a veces retiene el aire demasiados segundos). Sus tics de postergación son en verdad una muestra de dedicación absoluta: “volveré sobre esto”, “pero tampoco puedo dar cuenta de esto aquí”, “ya voy a llegar a ese punto”, “volveré a esto lo antes posible” (frase que hoy suena más perentoria, contra su muerte temprana).

Se definía como un filósofo entre comillas, “con cautela”. Para no hacer alarde del título de profesor, se consideraba “un pensador privado”. A Lacoue-Labarthe es más fácil capturarlo como prosista o poeta abjurado, en su libro Phrase, por ejemplo, en el que merodea alrededor de algo que no se sabe bien qué es y sin embargo consigue no ser abstracto (y menos abstruso). Está tratando, por medio de una resignación vigorosa, de saber qué es pensar, mientras descubre lo parecido que el pensamiento puede ser a la respiración y aun al rezo.

Maestro del oscilógrafo entre filosofía y poesía, planteaba que “la cuestión no es saber si el pensamiento puede dar lugar a la poesía. La cuestión es más bien: cuando piensa verdaderamente, el pensamiento, ¿no es inevitablemente poético?”. No era el primer intelectual francés lector de Faulkner, Lowry y Eliot. El cortejo con la intensidad y con lo impensable lo acercaron afectiva y especulativamente a los “locos”: Nietzsche, Artaud, Hölderlin. Pero el fin de Lacoue-Labarthe acaso fuera decir, sobriamente, algo auténtico. Es de los que la obra propia, quizá por pudor y sensación de insuficiencia, se distrae de sí misma. En él todo parece suceder en el borde escondido de la imposibilidad, en la cara interna de la imposibilidad, en procura de relámpagos.

(Philippe Lacoue-Labarthe, La imitación de los modernos. La Cebra, 358 págs.)