Estación Dadá

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1872

Traducción de Armando Pinto

 

INAUGURACIÓN SIN PARALELO. TRISTAN TZARA, ANDRÉ BRETON, LOUIS ARAGON, PHILIPPE SOUPAULT, BENJAMIN PÉRET, RIBEMONT-DESSAIGNES RECIBEN EN EL

SEIZIÈME ARRONDISSEMENT.

2 DE MAYO

 

Este cartoncillo que me invitaba a las 20:30 a la inauguración de la exposición de Max Ernst en la nueva librería del Sans Pareil, avenida Kléber 37, decía A las 22 h Kanguroo, a las 22 h 30, alta frecuencia, a las 23 h, distribución de sorpresas, a las 23 h 30 intimidades. ¿Con este incitante misterio, que diablura nos estarían preparando los Dadás? ¿Se proponían renovar alegremente el ultraje al buen sentido, proseguir en farsa su sedición y, en su propio terreno, en este seizième arrondissement protegido hasta el presente por la comunidad escandalosa, hacer reír al burgués para comprometerlo mejor, hacerlo reír de todo lo que se muestra satisfecho –abusivamente según Dadá–: su equilibrio, sus tradiciones, sus buenos autores, sus bienes, todos los derechos, en fin, que considera adquiridos y que, para estos rabiosos románticos, se trata de arruinar prontamente? Haría falta un espíritu natural, una comicidad natural, la alegría contagiosa que hace triunfar las mejores causas. O es el pesimismo lo que vuelve a los Dadás tan agresivos y les pone en la cabeza esta nueva jugarreta, un pesimismo que traduce su horror de vivir en una época según ellos deplorable, en medio de una humanidad que, sin rebelarse, soporta aflicciones extremas y tonterías a su escala, las cuales, al escucharlos, no harían más que incrementarse en un país que rechazan. Estos partidarios de la paz a toda costa durante la guerra hacen, después de la victoria, la guerra en París. La chacota de los gacetilleros, incluso de los editorialistas del Gaulois, la incomprensión de los secretarios de las comisarías a donde los lleva de tanto en tanto una trifulca y de donde salen plenos de gloria casi de inmediato, son los riegos que han corrido. Tienen por armas el reto, la provocación, el insulto, ebrios de absoluto, hinchados de un odio doctrinario que vuelven algunas veces contra ellos mismos, desconfiados aventureros sin base de partida popular, sin más audiencia que curiosos y esnobs que no quieren que les falte Rimbaud y los mantienen a doble plana en el Sans Pareil.

Hace meses que con una energía cruel y una seriedad sistemática asumen esta empresa de desmoralización y demolición en la que los ingenuos se obstinan en ver solamente la expresión exagerada de un movimiento literario. A la literatura, es verdad, la superan en gran parte en su corrupción, pero los Dadás se ofenden de ser tomados como simples hombres de letras que debutan, que tienen, o que tendrán, más o menos talento. Es actuar sobre la sociedad su negocio; contradecir es lo que los lanza a ese furor. Puede cansar. Uno se pregunta si sostendrán durante mucho tiempo ese tren infernal. Sus proezas colectivas, en las que Jarry revive modestamente, aquí y allá, en el Grand Palais, en la Salle Gaveau donde intercambian con los espectadores de ese “festival” legumbres, naranjas y trozos de carne cruda, la lectura pública de hechos diversos, los conciertos de latas de conserva, las cartas de injurias a personalidades francesas, ya no parecen divertirlos tanto, a ellos tampoco.

Sin embargo se sienten siempre en regla con la fe justiciera que los anima, donde el arte no tiene nada que ver, ni Dios, ni la razón occidental, ni el amor al prójimo, pero que enciende la poesía todavía indescifrable que les es personal; y si han hecho nacer en una sola persona asistente a esos ejercicios aberrantes una duda sobre sí mismo, se consideran satisfechos. Aun así, es necesario variar el programa para sostener en el exterior el interés en el movimiento y retener alrededor de un foro que amenaza con extinguirse a individualidades caprichosas que no siendo autómatas querrían jugar el juego solos y podrían. Se anuncia –era tiempo– la apertura para el 14 de abril de una gran temporada dadá, con salones, congresos, conmemoraciones, óperas, plebiscitos, requisiciones, juicios y veredictos, exhortando a los aficionados a inscribirse en el Sans Pareil. Nosotros estamos aquí esta noche para la inauguración Max Ernst. ¡Vamos a ver!

En la puerta abierta sobre la avenida, Jacques Rigaut fanfarronea virtuosamente y apresura sus buenas noches con una voz suave y galante.

–¡Qué velada! Le digo, pensando en la primavera que me había mantenido afuera hasta esta hora de la alta frecuencia inscripta en la invitación.

–¡Ah, querido! ¡Ya lo creo! He notado once collares de perlas, un collar de diamantes, una diadema, ¡qué surtido! ¡Mira a la pequeña L. que cloquea frente a Tzara!

Después, apartándose para dejar pasar a una joven mujer un poco intimidada y ponerla a tono:

–Princesa, he descubierto hoy unas rapaces pulgas guitarristas. Se las enviaré mañana. Por nadie serían mejor educadas que por usted.

Esa persona no era una princesa y en la sala uno buscaba inútilmente la diadema y los diamantes con los que Jacques Rigaut se mareaba, pero perlas si había, y habría todavía más, las relucientes y oscuras limusinas, los silenciosos cupés continuaban formándose a lo largo de la acera, conducidos por choferes impecables. Desde la avenida se escuchaban maullidos, palabras furiosas, inexplicables, ladridos lejanos, que venían de la librería. Entro. Me topo con el pequeño Tristan Tzara, la pelambrera negra con raya en medio en el que brilla un monóculo de esteta rumano, su cuello duro con las puntas gastadas y virgen de corbata, ¡ofrece a su alrededor sus manos con guantes blancos y ríe! ríe con una boca amplia, gruesa, explosiva. Un Dadá escondido en un armario injuria a los invitados que van llegando, llamándoles por su nombre. André Breton, solemne, sacerdotal, chupa unas cerillas. Los maullidos recomienzan más bellos de donde se mecen unos diablillos que surgen bruscamente del sótano. Los Dadás se estrechan las manos, se apartan y de inmediato se recomponen, sin dejar de moverse. Un chucheo se oye, después más, para abuchear a André Gide que se traga su risa sorprendido, estupefacto; pero, recobrando la compostura, hace un gesto de soberana indulgencia y sigue adelante sin temor con su sobrino Marc Allégret. Philippe Soupault, Breton, Tzara lo saludan con una reverencia hasta sus pies y luego lo dejan para ir a jugar a las escondidas. Entonces Gide, le informa a André Lebey:

–Querido, eso no es nada, ¡ah!, ¡no es para nada nuestra juventud, de Pierre (Loüys), de nosotros mismos, pero es divertido, divertido!

Con este doble “divertido” que M. Gide quien se libra del corro sobrevolando el tumulto como hace con todo acababa de expresar con una desenvoltura fingida, había confesado su molestia: si a él le gusta todo lo que perturba a la sociedad, y también los pequeños juegos de la susodicha, los saboteadores silenciosos, los malos sujetos discretos, los jugadores sutiles respetuosos de su persona son su preferencia.

Yo pensé en lo que M. Gide había escrito en el primer número de Littérature que esos jóvenes le habían abierto para que la lanzara al ruedo y se lanzaran ellos mismos antes de que se afirmasen en su desprecio de algunos de sus valores y de algunos nombres que él aún valoraba: “¡Ah! ¿quién liberará nuestro espíritu de las pesadas cadenas de la lógica?” M. Gide no había suspirado en vano. Los Dadás combatían la lógica con su arma, pero esta noche la habían camuflado y trataban por algunas horas de creerse en recreo.

“Me dicen que el inventor de Dadá, venía de escribir M. Gide, es un hombre joven. Me lo pintan encantador (Marinetti, asimismo, era irresistible), me dicen que es extranjero. Me persuado fácilmente, iba a decirlo, de que es judío.” Ahora, el autor de Caves du Vatican tiene bajo sus ojos a Tristan Tzara y lo observaba con una mirada prudente.

–Este Tristan (¡Qué nombre para esta aventura!) este Tzara, ¿un hijo de Lafcadio, –por lo tanto mi pequeño– como me lo asegura Adrienne Monnier? ¡Qué extraño! Este meteco, por otra parte, ¿es el verdadero inventor? Me han hecho dudar. Me cuchichean que Picabia, que Duchamp habrían participado en esta empresa. ¡Duchamp! Un hijo de notario y normando, ¿será posible? Pintores alemanes, daneses, ¿qué sé yo? Un joven doctor alemán, durante la guerra, atrincherado en Ginebra, en Zúrich, se habría entregado, parece, al lirismo destructor. ¿Estos … insumisos (es la palabra adecuada) estarían por algún motivo en el manifiesto del que M. Tzara obtiene ventaja y prestigio? ‘Escupamos sobre la humanidad’, ¡qué banalidad! Pero confieso que ‘¡nosotros desgarramos, viento furioso, la ropa interior de las nubes y las plegarias y preparamos el gran espectáculo del desastre, el incendio, la descomposición!’, no carece de cierto garbo.”

M. Gide enuncia eso, para André Lebey, con una gran seriedad subrayada con resoplidos. Jamás engañado mucho tiempo, a él le gusta interpretar ese personaje y lo seguimos. M. Lebey que había venido para reír no se atrevía, y después de que me hubo informado muy animado su entrevista, le digo:

–¿Por qué disputar sobre el origen de Dadá? Está en los Goncourt.

–Los Goncourt, ¡buena broma!

Cito: “La gran locura de un Dadá es la sal de la vida.” 1877, Edmond y Jules, Idées y Sensations.

–Querido, a nuestros Dadás les falta ese grano de sal, insinuó el T.C.F Lebey.

Se va. Para terminar le susurro:

–¿Sabes el nombre del cabaret donde, en 1916 (de hecho, justo antes de Verdún) Tristan Tzara, solo o a dos, o a tres, había descubierto Dadá? ¡Se llamaba Voltaire, el cabaret! ¡Voltaire!

Mientras nosotros hablamos de él, Tzara hacía amablemente su acto y reivindicaba para él solo el título de payaso en el circo universal. ¡Del pasado hagamos tabla rasa, y del presente también, y del futuro lo mismo! ¡Bum, Bum! ¡Bum, Bum! Del sótano suben suspiros, gemidos de asesinados. Philippe Soupault, ¡gracias a Dios!, está aún con vida, siempre elegante, bien educado, es lo que le pesa, sale de ahí; helo aquí; corre, huye, se escapa, la voz y los cabellos erizados, gato flaco que quiere agradar y se aturde, travieso, guasón, la broma en los labios, pero algunas veces la equivocada y puede odiar a Cocteau hasta el vértigo, feroz, gordo, hombre fuerte o débil, no lo sabemos, ¿lo sabe él? Desmoralizar le encanta y comienza por él. Este ventrílocuo al que entrena, es Benjamin Péret, el único aquí en la chunga popular, humilde Racadot le complace hacer todo lo que no necesita hacer con la esperanza de ser un maldito y exagerar ese futuro, inofensivo después de todo. ¿Pero quién? ¿Soupault ha desaparecido? ¿Se ha guarecido en la casa vecina? Fue a que la portera le preguntara: “¿Monsieur Philippe Soupault, a qué piso, se lo ruego? Ayer, en una quincallería, pidió pájaros de las islas. Es un poeta, ¡qué quiere usted!

Louis Aragon es el Premio a la Excelencia, siempre el primero en responder, enderezando la cabeza, la mirada franca casi hasta la insolencia. Una frente abombada hacia lo alto, ¡los dientes alegres, rápido, brillante, agudo, perceptible, refinado, memoria, facilidad! Y capaz de ser dadá por supuesto, y de gritar fuerte y maullar como los otros para entretener al diablo, como si nada le divirtiera más que provocar miedo al calcular su violencia. Se encuentra en Maldoror, sale de ese viejo Oceano que es también el de Childe-Harold; surge tajante, byroniano y encuentra placer haciendo alarde bajo el jacobinato de Breton. “Negar mucho a los veinte años es signo de fecundidad.” En Neuilly leyó a Barrés.

Pasa Ribemont-Dessaignes, frívolo faccioso, burgués anarquista, le hace canciones al mundo despavorido; esta noche se desgañita: “¡Llueve sobre mi cráneo, llueve sobre mi cráneo!” haciéndole al Rodomont, pero sin ese aire de importancia que endurece al papa Dadá, que no es Tzara sino Breton, serio como es.

Se puede afirmar, sin equivocarse, que André Breton era el único que no había reído en toda la noche. Ni, con mayor razón, sonreído. Permanecía digno en este alboroto. Te dirigía la palabra con una suerte de concentración meticulosa, la voz tranquila, su palabra de mármol, su lengua pulida. Uno lo diría en redingote. Uno se preguntaba incluso si no tendría un reglamento que intentara hacer respetar y principios que uno ignoraba y que él sería el único en conocer. Esos Dadás tenían más o menos la misma edad, mayores desde hace tres o cuatro años, pero él se instituía el mayor y lo parecía. Uno es un discípulo, a discreción, a menos que pueda servir a su causa, citar su nombre, sus proyectos, y es extraño como te mira balanceando la cabeza imperceptiblemente, de atrás hacia adelante, deteniéndose para distribuir a todos consignas que nadie recoge. ¿Imitaba a Jarry o a algún otro hepático extravagante? Él vive, en un frenesí secreto, una especie de sueño sin aroma. Lo mismo que los alienistas, los magistrados represivos, los santos. ¿Conspira, tal vez? Su mirada lanza un destello; acaba de percibir a M. Doucet. Muy derecho, echando hacia atrás su bella cabeza opulenta y ondulante de muerto insatisfecho, André Breton se apresura con paso resuelto hacia el gran costurero de antes de la guerra que viste a Rajane y a dos o tres soberanos de Europa, y a quien esta amabilidad superior y nacarada de un poeta tan cultivado halaga en sumo grado.

M. Doucet es un viejo de barba blanca y cuya mano roza el episcopado; frío y vago, siempre un poco en retirada por miedo a que uno se interese en su fortuna, fuera de M. Gide a quien le compra sus manuscritos sin saber que el maestro los recopia expresamente. Mucha gente se habría sorprendido si se le hubiera dicho que M. Doucet, este hombre que era el mejor vestido del mundo con ese aire majestuoso, y tan bello a su edad que parece teñido, era un solitario que había sufrido la humillación de los refractarios; él era uno, pero abotonado. Fue una bella época en la que M. Doucet fue rey en su orden, pero sin poder serlo del mundo. Madame Chanel, reina ahora, es introducida por los Beaumont en la crema y nata y la recibe a su mesa, mientras que en el Pesage de Longchamp Jacques Doucet sólo tenia derecho a saludar a sus clientes; concibió tal amargura que vendió su colección del dieciocho para adquirir lo que a su entender había de más revolucionario en la pintura y la literatura. El habría querido ser pintor; uno piensa que no podría haber sido tan audaz como los gustos que lo llevan ahora hacia el cubismo y más allá. Si había venido por sus jóvenes amigos dadás en los que busca los lienzos subversivos, no piensa desdeñar al pintor que es la ocasión de la velada. André Breton lo conduce a los Max Ernst para que él murmure: “Es algo… Es algo…” lo que por lo general es su apreciación. Se le dio a saber que había allí dibujos mecanoplásticos, plastoplásticos, pinto-pinturas, anaplásticos, anatómicos, antizímicos, aerográficos, antifonarios, regables y republicanos. Se enterneció largamente frente a Le Prépuce galactomètre, y L’Ascenseur Somnambule, también con Le Cygne est bien pasisible, debo decir que le pertenecen a Louis Aragon. Yo no comparto por completo la admiración de M. Doucet, aún estoy con Picasso.