El muecín encantado

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1907

Traducción de Daniel Samoilovich

 

¿Había de veras una vez, de veras hay, aquella ciudad sobre el mar cuya fundación se pierde en un remotísimo pasado, y cerca de la cual un día tres reyes cayeron en batalla?

Una ciudad amurallada sobre el mar de los piratas, donde los gallos cantaban también a mediodía y del Océano salió una noche un monstruo sin ojos para devorar a los chicos que nadaban en el eclipse de luna. Con higueras en los patios de tierra de las casas de los pescadores y vides trepadoras en las que habían sido casas de los judíos, en torno a una sinagoga que ya cuando vinimos por primera vez era una ruina silenciosa. Una ciudad bajo cuyos muros, a la luz de las fogatas, hombres negros venidos del sur templaron una noche al calor de la llama el cuero de sus tambores.

¿Y es a esa misma ciudad que estamos volviendo? ¿Hemos venido a bañarnos en el mismo mar?

También hoy se nos apareció de golpe, más allá de las salinas, anunciada por el puente sobre el río Tahadartz allí donde sus aguas verdes comienzan a mezclarse con las olas que el Atlántico empuja hacia la costa: se meten unas en el lecho del río, otras rompen un poco más allá en una playa larguísima y desierta.

Allí está. Azaila, Arzila, Arcilah, Arzilla, Assilah. Asilah. De cara al Océano, de espaldas al ocaso. Estamos aquí una vez más para reencontrarla: sin haberla perdido jamás. Esa ciudad cuya imagen se depositó en nuestra memoria en un verano del pasado como forma perfecta, inmutable, de otro lugar que estaba escondido en nosotros mismos. Y que cada vez estamos buscando bajo los signos ineluctables del cambio. Una simple medina de pescadores frente al Atlántico: Azaila, la Asilah siempre igual a la que no hemos dejado de volver, a veces sin necesidad de barcos o aviones sino con el simple ejercicio de la memoria.

Para quien venga de Tánger, superado el puente sobre el Tahadartz y prácticamente a la altura de las pocas casas de Briech, Asilah es anunciada por un pequeño cementerio rural; las tumbas están entre los árboles, blancas, desnudas, la cabecera vuelta hacia La Meca, una suerte de aldea silenciosa que completa serenamente, como una visión idílica, el espacio de los vivos. Después, la ciudad cuenta, como es lógico, con varios cementerios musulmanes. En ellos los muertos son sepultados directamente en la tierra, envueltos en un sudario, como en el rito judío.

Casi saliendo de Asilah, sobre la ruta a Larache, surge un cementerio cristiano. Está intacto, y todavía hay alguno que va a honrar a esos muertos, de los cuales la iglesia española de San Francisco, con su minúscula comunidad de monjas, conserva la memoria.

El cementerio judío, fuera de la ciudad y de cara al mar, es en cambio una imagen de abandono y olvido. No hay más judíos en Asilah, no hay ya nadie que pueda ocuparse de los muros caídos, de las piedras, de la custodia de los nombres.

Allá fui por primera vez una mañana, solo, con mi máquina fotográfica y mi cuaderno, recorriendo un sendero polvoriento. Pastaban ovejas entre las tumbas. Dos o tres obreros que trabajaban ahí al lado eran los únicos y curiosos testigos de mi presencia.

Nahon. Copié en el cuaderno este apellido, escrito sobre dos lápidas: Abraham Nahon, Samuel A. Nahon. “El último judío de Asilah. Ningún judío morirá ya en esta blancura”, escribe Edmond El Maleh en Parcours immobile. Edmond, narrador, filósofo, testigo de una antigua convivencia entre comunidades que la religión no separaba. “Ninguno nacerá ya en la gloria de esta luz. ¡Nahon! En él se ha cumplido un destino. Tal vez otros han muerto después que él en esta ciudad, pero su muerte ha sido sustraída a esta tierra desde el instante de su nacimiento. Sepultados en otro lugar, es como si jamás hubieran vivido aquí… Una comunidad ha muerto.”

En aquel lejano 1989 aún no había leído Las voces de Marrakech de Elías Canetti: “Tal vez el alma de todo hombre debe transformarse, al menos una vez, en el alma de un judío”. Caminaba lentamente entre las tumbas. No conservo las fotos, una de las cuales  testimoniaba la existencia de un pequeño monumento, similar a una capilla, que hace años ya no existe, abatida por la incuria o asolada por manos humanas. Llevaba la inscripción: “Donado por Rubén D. Anidjar Barcesat”. Transcribí este nombre, junto a muchos otros: Joseph S. Anidjar, Simha Anidjar Benarrosh, Jacob Ruben Anidjar, Rachel de Jacob Cohen, Isaac Levy, Isaac D. Anidjar, Hilel Anidjar, Rachel esposa de Saadia Lancry, Estrella Roief, Abraham Levy Bensheton, Moses H. Barcesat, Zahra Levy Bencheton, Abraham R. Benoliel, Haim Bengio, Isaac Bencheton, Semtob Beneich, Josef Anidjar.

A todos he querido reportarlos aquí, para que reencuentren su sonido en la voz del que esto lea.

Escribe Edmond El Maleh: “En el cementerio judío de una pequeña ciudad, Asilah, (Azaila, como la llaman sus habitantes) entre las tumbas abandonadas, tocado por la hierba y las olas del mar tan próximo, un hombre es invadido por un sentimiento inefable”.

Inefable, sí, como el que me invadió mientras andaba entre esas tumbas transcribiendo los nombres. Me vi por un instante a través de los ojos de esos obreros que me observaban de soslayo, y, paradojalmente, absurdamente quizás, me pareció ser uno que “regresaba” por un acto de piedad capaz de sanar al menos simbólicamente una herida.

Sobre la tumba de Rebecca de Isaac Benarrosh deposité una pequeña piedra.

 

Cruel destino este

que tu hijo ausente

no poder besarte

en tu lecho de muerte

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Descansa en paz madre amada

si en vida fuiste querida

hoy eres venerada

Tus hijos

Así estaba escrito sobre la tumba, un epitafio dividido gráficamente en dos partes por una línea horizontal discontinua que separaba las dos frases. La segunda era sosegada y conmovida, la primera agitada, plena de culpa, casi desesperada. Pensé en un hijo que no hubiese llegado a tiempo, y hubiera querido dejar la señal de su falta; o culpa. Traté de imaginar la casa donde había vivido esa mujer, Rebecca, que fue también ella niña y adolescente antes de devenir mujer y madre; tal vez en la calle Barcesat o en alguna otra del dédalo de callejuelas del mellah, en las cercanías de esa sinagoga cerrada y ruinosa de la cual un día finalmente encontramos la llave; una casa digna, una ventana entornada sobre un jirón de fachada de enfrente, que allí está casi al alcance de la mano, y sobre una tajada del cielo vespertino oprimido por el chergui que sopla hirviendo del Erg argelino. Si cierro los ojos, veo sobre una mesa ante la ventana un gran plato lleno de fruta, amarilla, verde, grande, esférica. Por un instante largo, intenso, cargado de una serenidad melancólica, la imagen se delinea con una precisión tal que se diría que quiere ser contemplada por sí sola, una imagen pura, separada de todo contexto posible; y después esta carga visual se interioriza, como si volviera a entrar en el observador, y la imagen esporádica se transformase entonces en una imagen interior, o se identificase, se tornase reconocible en una imagen interna, persistente: en un fragmento de la imagery que en la conciencia ha terminado por significar la melancolía del atardecer, ese leve inmotivado encogimiento del corazón.

Y ahora la imagen expresa toda su identidad, su significado de fragmento único de una realidad infinita hecha de infinitos fragmentos, a menudo contiguos, formas de todas las posibles variantes de un mismo fragmento de realidad. Y sólo este fragmento puede ser percibido, y junto con él viene la conciencia de la imposibilidad de una percepción que recoja de un solo golpe la infinita complejidad del mundo, la infinita variedad de sus historias. Y también la conciencia de que esa imagen puede asumir por un instante el valor de una epifanía en la que se revela y se contiene la existencia de la realidad fluida e irreductible; y así en un único fragmento de historia (una tarde en el cementerio judío frente al mar y la inscripción sobre aquella tumba) pudiesen caber y revelarse innumerables otras historias —o fragmentos de historias— posibles.

Hay en esto un sufrimiento, el de la conciencia de no poder aspirar más que a visiones parciales: la conciencia de que no nos es consentido ningún acercamiento más allá del que puede proporcionar la mirada cuando logra verdaderamente “atrapar” una imagen: lo cual implica aislarla, detenerla en el tiempo, insertarla en una historia, depositar sobre su aparente insignificancia un entero sistema de significados posibles, una entera cadena de antecedentes y de efectos.

Y así la vida de aquella mujer que fue mujer antes de ser madre está destinada a seguir siendo extraña para mí, o a vivir para mí solamente a través de suposiciones.

He regresado otras veces a través de los años, siempre solo, a ese espacio de maleza y lagartijas, corroído y polvoriento y pobre, frente a las grandes olas sonoras; el cementerio marino cada año más ruinoso, más marcado por el abandono y el olvido. Murmuré, o al menos creo recordar que murmuré, “He venido a encontrarte, Señor”. Pero cada vez, mientras recojo de la tierra fragmentos de lápidas y las apoyo nuevamente sobre las tumbas, escucho palabras en el viento, “Ausencia de Dios, vacío infinito que sostiene el mundo”.

Y cada vez el mar, justo allí abajo, arroja olas cargadas de espuma; y en ellas me parece que respira una divinidad fragmentaria y dispersa, como si también ella necesitara, como el mundo que ha creado, una recomposición. Una divinidad desgarrada que se torna nuevamente íntegra, presente, total e inefable en el momento en que deposito una pequeña piedra sobre una tumba como una invitación a un próximo visitante.

“Sólo conocemos el mar por la espuma —dice el místico Rumi—, y el aire por el viento.”

Playa de Briech, olas perfectas y efímeras, tan rápidamente nacidas, formadas y descompuestas, en la escansión en los tres actos del origen, el cumplimiento y el fin. “Mountassir 3.1954”, la barca abandonada en la playa, azul oscuro y con la quilla ocre; lamida por el agua o en seco según la marea. Refugio momentáneo de niños, depósito de botellas vacías o dispensadora de sombra para familias desprovistas de sombrillas; vivac de caballos; más tarde, tal vez, basurero. La aldea con sus casas blancas y azules circundada por una cerca de cañas y paja, sin luz ni agua corriente. Mierda de vaca secándose sobre el techo de una choza baja contra cuya pared se sientan en la tierra mujeres sonrientes y charlatanas. El horno de pan hecho de barro. Más abajo, al pie de la colinita cubierta de vegetación y de inmundicias, la playa desciende hacia la desembocadura del río, el Oued Ghaliza, que llega al mar tras un recorrido sinuoso cuyo tramo final bordea el camino que atraviesa las salinas: circunscriptos por pequeños terraplenes de tierra, cuadrados de terreno inundado de los cuales emergen, blancos y centelleantes, los conos de sal; algún asno, una cabaña, una que otra figura humana, y un poco más allá el mar y arriba el sol, a medio camino en su descenso al occidente. Las gaviotas vuelan en plan de caza sobre la cresta de las olas mientras sopla el cálido viento del levante, seco como la lava.

El lugar se revela poco a poco mientras el taxi pone en riesgo la suspensión en el difícil descenso por el camino de tierra, pedregoso, medio desdibujado, del cual las ruedas levantan pequeñas nubes de polvo.

Por años hemos andado arriba y abajo buscando conchillas, recogiendo almejas donde la arena es más húmeda, metiendo a los amigos en una competencia, a ver quién hallaba primero una rosada caracola. Por años nos bañamos en el Océano y contemplamos el subir y bajar de la marea.

Bañarse en el mar frío, esto aconsejaban en el siglo XVIII los médicos al enfermo y al melancólico, convencidos de que la violencia de las olas heladas aplacaría ansiedades y neurosis. Y en efecto, zarandeados por las olas, fascinados por el bucle de espuma que cabalga sobre ellas al tiempo que se enrolla sobre sí mismo, abandonados a la fuerza que nos aferra y nos arrastra veloz a la costa, ya no se piensa en nada sino en el cuerpo que parece querer disolverse junto a la conciencia de un yo separado del mundo. La ola sobre la playa de Briech, idea, quintaesencia, ir y venir de la respiración, diástole y sístole, ritmo del Universo.

Actualmente el mar ha erosionado gran parte de la playa y la marea alta llega casi a lamer el pequeño restaurante bajo cuyo cobertizo, sostenido por columnas de adobe incrustado de conchillas, hemos comido año tras año sardinas asadas y tajine de pescados, encendidos con pimentón picante, cocinados al carbón en ollas de terracota ennegrecidas por el uso continuo, impregnadas del olor de la comida. En esta playa con Diego y Celia Moya inventamos una mañana un juego de palabras y asociaciones, de filosofía juguetona y parodia que dura y se enriquece con el pasar de los años. Cada tanto se sumaban Edmond y Marie Cécile. Y un día Mohammed Kacimi se lució con una sensacional imitación de Gaddafi. Kacimi, el pintor genial, el amigo cuya sonrisa ya sólo se nos aparece en la memoria, aquél que nos inició en el secreto del árbol que se reproduce interminablemente, el motivo geométrico como figuración del infinito, el espacio cerrado de la decoración como recorte de ese mismo infinito.

Había una vieja camella, cerca del restaurante de las conchillas. Una foto de colores ahora un poco difuminados la trae de regreso mientras parece esperar a una niña sutil de cortos cabellos marrones, con su aspecto tan típicamente parisino, su boina terciada y su mochila, vista de espaldas mientras va al encuentro de la camella. Hoy ya no está, la camella Fátima, en la playa de Briech. De Dutschka, la niña, no supimos más nada. Y tampoco de Rachid, el chico que vendía caramelos y cigarrillos por acá y por allá en Asilah, dulce y solar y empero ya hecho, a sus doce años, a la dureza de la vida. Rachid se había enamorado perdidamente de la francesita de nueve años, que andaba siempre acompañada de una anciana señora, Riva, una abuela fascinante con una vida rica en aventuras a la cual Dutschka llamaba mamá y que la había traído consigo a éste que adivinaba como su último viaje, consciente de su muerte próxima.

Dutschka esperaba a Rachid con un fingido desinterés, o, mejor dicho, con una elegante nonchalance que no lograba esconder el placer de la espera, ni sofocar la sonrisa de respuesta a la sonrisa con la cual él se aproximaba cuando estábamos cenando en lo de Pepe o el café de Saad, deteniéndose un instante para luego retomar “el trabajo”, como el lo llamaba con un punto de orgullo. Le traía pequeños regalos que ella recibía con un placer intenso, descubierto por vez primera. Y todos contemplábamos el despliegue, bajo nuestros ojos, de una pequeña maravillosa historia de amor. Lo volvimos a ver, a Rachid, ahora tenía dieciocho años… La sonrisa no había cambiado, en apariencia, pero se insinuaba en ella algo artificioso, como la marca de una costumbre de fingir desarrollada en el pasaje irreversible de los caramelos y los Marlboro sueltos de su comercio infantil a la droga y a la carne humana. Perdido como tantos. No sería difícil rastrear la cadena de las causas, reconstruir la filiación de las culpas.

Dice un antiguo libro chino: “Tal vez has oído los sones de órgano de los hombres, pero todavía no los de la tierra. Tal vez has oído los de la tierra, pero no los del cielo. La gran naturaleza respira y ahí tienes su exhalación: es el viento.”

De pronto se levanta el chergui sobre la playa de Briech, y sucesivas rachas de arena disparan con violencia invisible millares de alfileres que se clavan en la piel. Mientras sube la marea, la fuerza del viento vuelve las olas del revés, y sus crestas se rompen y diseminan en gotas de lluvia, abanicos de vida instantánea que se reproduce en decenas, centenares de otras vidas brevísimas, otras innumerables gotas de lluvia que golpean el cuerpo mientras uno está en el agua, dejándose llevar al caos sin forma, única forma visible del mar. Ahora nos podemos sentir libres del peso del ser, reducidos a la simple profundidad del existir, intensa levedad, verdad tocada por un instante: parte del mundo, y ella misma el mundo.

Seco como la lava, el viento del levante agita y seca la ropa de la colada, se insinúa en las junturas de las ventanas, arrastra consigo por doquier arena y un calor violento que empuja a la gente a refugiarse en las casas. Desde las puertas de las tiendas se escruta el cielo y pasan los días. Cuántos, ya no se sabe exactamente. Y de improviso, agita el aire inmóvil una bocanada de viento fresco, asombroso aunque esperado hace tanto. Es sólo un instante, después de nuevo la misma manta ardiente. Pero Hassan sale de su tienda con una sonrisa en la cara y los brazos alzados al cielo; gharbi, gharbi, grita. Todos sabemos que esa breve bocanada anuncia el viento nuevo, es solo una cuestión de tiempo y una luz desvaída, esponjosa, cancelará esa luz implacablemente neta que ha estado ocupando el cielo y el aire, y el gharbi traerá frescura y humedad, una leve humedad impalpable que lava los poros de la piel saturada de arena.