El hombre que fue Jueves

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1770

Traducción de Pedro Santander

 

Chesterton se defendió de ser Edgar Allan Poe o Franz Kafka, pero algo en el barro de su yo propendía a la pesadilla, algo secreto, y ciego y central.

Borges, Otras inquisiciones

 

Durante mucho tiempo, esta novela de 1908 ha disfrutado de una especie de culto subterráneo entre aquellos que poseen un interés particular en la literatura fantástica. Es la historia de un consejo conspirador de siete anarquistas, cuyos alias son los nombres de los días de la semana. El misterioso Domingo es su presidente. Entre los admiradores de la historia se cuentan J. R. R. Tolkien, C. S. Lewis, W. H. Auden, Jorge Luis Borges y T. S. Eliot. Kingsley Amis escribió a menudo sobre ella. Pero la mayoría del público la desconoce.

No es extraño. Se trata de una historia de detectives que parece resolverse y perder su misterio muy fácilmente. Pero quienes continúan con ella, incluso después de haberla considerado transparente, son obligados por su naturaleza finalmente irresoluble ––los enigmas que sobreviven después de leer la última página—a regresar una y otra vez a ella. El libro no entrega sus secretos a primera vista. Incluso Mr. Amis, a pesar de su entusiasmo por la novela, parece no comprenderla cuando escribe: “Lo que encuentro indigerible en las últimas escenas es… la persona del fugitivo Domingo, quien en cierto punto se larga montado en un elefante del zoológico y bombardea a los perseguidores con mensajes de gracia elefantina.” Amis ataca el indicio más fino de todos. Pero más que eso, incurre en la actitud condescendiente que crítica: la opinión de que Chesterton no se resiste a las payasadas, incluso cuando está en algo más grande y más asombroso que un buen chiste (o uno malo).

Pero los acertijos de Domingo van más allá del buen chiste o del malo; muestra un humor tan cruel como el de la naturaleza misma: son burlas lanzadas a hombres que han sido torturados. La mayor parte de este ácido entretenimiento, como lo comprendió Borges, radica en los momentos de extraño análisis casi literal:

 

 

Ahora, al subir por aquella inacabable y fatigosa escalera, lo que más me impresionaba era la serie infinita de escalones. Aquello no era el horror cálido del sueño, de la exageración, de la ilusión. Aquello era el infinito vacío de la aritmética, tan inconcebible como necesario. Aquello recordaba las conclusiones vertiginosas de la astronomía sobre la distancia de las estrellas fijas. Le parecía estar subiendo por la casa de la razón, cosa más horrible aún que el absurdo.*

 

 

Todo el libro es una cacería, una evasión, un sueño: una benigna pesadilla prolongada, página tras página, más allá de nuestro despertar. Tiene las apremiantes inconsecuencias de la pesadilla, es una maraña de odios y amores que se persiguen mutuamente, donde lo imposible se convierte en inevitable y cada deseo se asocia a su propia frustración. La pesadilla es descrita en el libro como un mundo de “accidentes tiránicos”. Auden y otros percibieron el poder de Chesterton para evocar el despótico talante de los sueños. Borges , en este aspecto, lo compara a Poe ; y C. S. Lewis a Kafka. La razón por la que seguimos leyendo el relato de Chesterton ––después de que penetramos el primer secreto (que todos los conspiradores son, aunque ellos lo desconocen, también anticonspiradores)–– es que una especie de sueño, que relaciona todos sus incidentes, nos anima. Apunta a un efecto que intrigó a Chesterton en sus propios sueños perturbadores y que materializó en algunos de sus trabajos literarios favoritos.

 

 

He aquí la cacería de un hombre que no podemos atrapar, el vuelo del hombre que no podemos ver; el perpetuo retorno al mismo lugar, la absurda transformación del objeto de nuestros deseos, la sustitución de un rostro por otro, la colocación del alma equivocada en el cuerpo equivocado, las fantásticas deslealtades de la noche… (“A midsummer night’s dream”)

 

 

Incluso cuando descubrimos que los anarquistas son también policías, la suspensión de las cosas en el aire del sueño continúan: la huida desde Age, a través del abrumador tormento de la nieve; la lenta subida a la demencial torre de la razón pura; el duelo con el espectro que se cae a tajos como carne trinchada pero sin sangrar; la interminable persecución por algunos desconocidos que gradualmente se convierten en todos, materializando la paranoia lógica. Entonces, después de correr como presas, los héroes, en número creciente, se dan vuelta y alcanzan nuevos estratos de desconcierto como perseguidores. Más sabían como cazados que como cazadores. Aunque la desesperación los hace solidarios, al vislumbrar la victoria se apartan se apartan otra vez para mofarse de los acertijos que cada uno de ellos recibe de Domingo. Pero el predominio de la atmósfera de pesadilla no debe cegarnos ante los enigmas dirigidos a nosotros como lectores, los cuales están cuidadosamente diferenciados y agrupados Alrededor de dos cuestiones: ¿quiénes son los conspiradores?, ¿quién es Domingo?

 

 

  1. Los conspiradores

 

Entonces me asustas con sueños, y me aterras con visiones. Job 7.14

 

El primer conjunto de pistas es casi demasiado obvio, lo que hace a los hombres pasar por alto nuevos indicios, para los cuales el primer conjunto era sólo la presentación. El punto reside en que no sólo todos están disfrazados, sino que su disfraz es revelador. El secreto de cada hombre es empleado inconscientemente como un escudo antes que como un emblema. El indicio mayor es pasado por alto porque Chesterton lo ha colocado prominentemente en el título. Un hombre puede ser jueves sólo porque otros hombres son ya Viernes, Lunes, etc. Admitido que el Consejo de los Días es una estratagema que los lectores penetran fácilmente, la mayoría, de ahí en adelante, se concentra en la identidad de Domingo. Pero el enigma de Lunes no es despachado sólo con el conocimiento de que él es el secretario de Domingo y también la mano derecha del detective oculto. Chesterton trata de que no lo olvidemos; pero los lectores, hasta donde alcanzo a ver, no lo recuerdan. Cuando el Dr. Bull dice, casi al final, “somos seis para pedirle a uno que confiese claramente sus verdaderos propósitos”, Syme replica: “No lo veo tan difícil, somos seis para pedirle a uno que nos explique lo que realmente nos proponemos nosotros.”

¿Qué se propone el secretario, el primero y más persistente del Consejo, con la tuerta sonrisa de duda que le cruza el rostro? En el banquete final usará ropas que lo hacen más real: un vestido negro con una banda de un blanco purísimo como un solo rayo de luz. Es lunes, luz salida de la oscuridad, la primera incontenible pregunta que será la última jactancia del hombre: “Y Dios dijo: hágase la luz.” En la larga escena como entre sueños de la persecución, con un dibujo de luz y sombra en el rostro que se repite en todos sus seguidores, él va tras sus compañeros conspiradores. Él mora en la oscuridad sólo para combatirla y, desde el principio, es descrito como torturado de la forma más cruda por sus pensamientos. El profesor de Worms se pregunta, cuando el secretario es arrojado de la montura por el carro, por qué la oscuridad desciende demasiado rápido, un enigma menor, pero parte de un extenso patrón. Lunes, con su mente compleja, es el más simple y sincero de todos ellos en su búsqueda de la verdad. No dejará de hacer preguntas impertinentes, incluso en el incognoscible palacio del Emperador.

Gogol, de cabello ralo bajo la hirsuta pelambrera, pero fácil de desenmascarar, es tan simple como las aguas del Segundo Día. Miércoles es el marqués, cuya filosofía de ajenjo resplandece en el verde ropaje de la tierra. Jueves es Syme, un poeta, separador de un planeta del otro en un mapa ––como el Dios escultor de Michelangelo que en la bóveda separa con los hombros las lunas del sol––, Viernes es el profesor, quien posee una bestial ética nihilista, pero también, con la inocencia de los animales, una realeza profunda. Sábado es el último día, el hombre, una figura casi demasiado sencilla e infantil como para portar un disfraz, un optimista de la razón, el revolucionario francés de los cuentos que proclama los evidentes derechos del hombre como rey de la creación: cada hombre es un rey.

Cada uno de los seis hombres es un enigma, pero enigma elemental, del tipo que no puede muno realmente “resolver”. Representa la posición del hombre como partícipe de su propia creación ––el problema del hombre que interroga; la abierta energía de Gogol; los oscuros recovecos del marqués; la fanfarronería de Syme; la profunda desesperación de Viernes; y las insensatas esperanzas de Sábado––. Cuando Syme se lamenta de que los conspiradores han mirado únicamente las fugitivas espaldas del universo, pensamos que sólo se refiere a Domingo pues a menudo es visto de espaldas en la historia. Pero después, en el jardín, todas las cosas ––al bailar––, cada árbol y cada poste, muestran un rostro inesperado al Consejo. Todo tiene una historia no contada, un episodio sinuoso en su interior, una historia sólo entendida a medias. Y lo que es cierto de las pistas es verdad también de los detectives: ellos mismos son las principales pistas que deben leer. Cada uno de ellos engañó a los demás porque fue visto desde atrás o parcialmente, en un ángulo extraño. El “reverso” del intelecto es la duda; de la astucia, la tortuosidad; de la energía, la rabia. Cada cosa en el cuento, como en el mundo, necesita descifrarse, sobre todo uno mismo. Somos signos andantes; nos enviamos señales urgentes uno a otro en un código que nadie ha penetrado. Si alguien pudiera entenderse a sí mismo, entendería todo. Así, la última persona en adivinar lo que el hombre llamada Lunes pretende será Lunes. Domingo no es un misterio más grande que los otros días, excepto en un aspecto: no es sólo una pista y un lector de pistas; también ha plantado las pistas. Pudo haber penetrado el código y por ello los demás lo buscan.

El cuento no es una obra ociosa con símbolos. Transmite su urgencia y presión a partir del hecho de que es la más exitosa materialización de la experiencia seminal de la vida de Chesterton, su juvenil escaramuza mística con la demencia. En ese sentido, está llena de pistas de su propia crisis mental: su depresión y casi suicidio como estudiante de artes en los decadentes años noventa. En el medio de la mejor obra de ficción de Chesterton hay siempre un momento de aporía, la semilla negra de todos sus llamativos florecimientos. En Jueves ese momento llega cuando el enmascarado secretario apresura la persecución:

 

 

El sol caía, seco y cálido, sobre la yerba. Al entrar en el bosque, sintieron el fresco de la sombra como el bañista que se arroja a la sombría alberca. El interior del bosque vibraba de rayos de sol y haces de sombra, que formaban un tenebroso velo como en la vertiginosa luz del cinematógrafo. Syme apenas podía distinguir las formas sólidas de sus compañeros, en aquellas danzas de luz y sombra. Ya se iluminaba una cabeza, dejando en la oscuridad el resto del cuerpo, con una súbita claridad rembrandesca. Ya se veían unas manos blancas junto a una cabeza negra. El exmarqués se había echado sobre las cejas el sobrero de paja, y la sombra negra del ala cortaba en dos su rostro de tal modo que parecía llevar un antifaz como sus perseguidores. Syme se puso a divagar. ¿Llevaría Ratcliff antifaz? ¿Lo llevaría realmente alguien? ¿Existiría realmente alguien? Aquel bosque de encantamiento, donde los rostros se ponían alternativamente blancos y negros, ya entrando en la luz, ya desapareciéndose en la nad, aquel caos de claro oscuro (después de la franca luminosidad de los campos) era a la mente de Syme un símbolo perfecto del mundo en que se encontraba metido desde hacía tres días; aquel mundo en que los hombres se quitaban las barbas, las gafas, las narices, y se metamorfoseaban en otros. Aquella trágica confianza en sí mismo, de que se sintió poseído cuando se figuró que el marqués era el mismo diablo, había desaparecido. En tal desazón, casi se preguntaba qué es un amigo y qué es un enemigo. Las cosas, aparte de su apariencia, ¿tendrían alguna realidad? El marqués se arrancaba las narices y se transformaba en detective. ¿No podría igualmente quitarse la cabeza y quedar hecho un espectro? Después de todo, ¿no era todo a la imagen y semejanza de aquel bosque salpicado de sol? Gabriel Syme encontraba lo que muchos pintores modernos han encontrado: lo que hoy llaman “impresionismo”, que sólo es un nuevo nombre del antiguo escepticismo, incapaz de encontrarle fondo al universo.

 

 

Forzar aquí la entrada del impresionismo no tiene sentido, excepto por su conexión con las mórbidas experiencias de Chesterton en el Colegio Slade de 1892 a 1895, cuando un pesimismo de moda fue cultivado por la misma gente a la que le gustaba el “impresionismo.”

Mucho del material de Jueves fue extraído directamente de los cuadernos y poemas de esos años escolares, casi una década y media antes de escribir la novela. Un temprano poema sobre el suicidio yace detrás del capítulo 10. El resumen de una conversación escolar es sacado en el episodio de la interna en el capitulo 12. El paso del solipsismo a la camaradería, descrito en el capítulo 8, está detrás de mucha de su poesía de ese periodo, como #The Mirror of Madmen”, del que cito sólo las cuartetas del inicio y el final.

 

 

Soñé un paraíso de sueño, blanco como la escarcha,

La espléndida quietud de una multitud viviente;

Inmensos coros de rostros levantados al cielo, línea tras línea.

Entonces mi sangre se congeló, pues cada rostro era el mío.

 

Entonces mi sueño se interrumpió: y con un corazón que brincaba

Tuve, en la taberna en la que dormía,

La visión de mi vida más llena de bondad,

Una pálida cara semi ingeniosa embriagada de condenada ginebra.

 

 

La misma experiencia yace tras el poema dedicatorio de la novela, con su tributo a los dos hombres que significaron tanto para él en su ordalía personal: el Stevenson de Tusitala, quien también se rebeló contra los estetas de su escuela de arte de París; y el Whitman de Paumanok, quien alaba la mera existencia de múltiples cosas en una democracia del ser. De hecho, el primer bosquejo de lo que se convertiría en Jueves fue escrito como un ejercicio en el panteísmo de Whitman. Aparece en un cuaderno no publicado de Chesterton de principios de los años noventa.

 

 

La semana es un símbolo inmenso, el símbolo de la creación del mundo;

Lunes es el día de la Luz.

Martes día de las aguas.

Miércoles el día de la tierra.

Jueves: el día de las estrellas.

Viernes: el día de los pájaros.

Sábado: el día de las bestias.

Domingo: el día de la paz: el día para decir que está bien.

Tal vez la verdadera religión sea esta

que el creador no ha terminado aún.

Y que hacia lo que nos movemos

Es cegador, colosal, tranquilo.

El reposo de Dios.

 

 

Chesterton se opone al caos en él y en la vida que lo rodea al considerar que la vida de cada hombre es una repetición, día por día, de los primeros versos del Génesis. Una de sus cartas de estudiante tiene este pasaje: Hoy es domingo y es el aniversario de Ida. Así que se conmemoran dos cosas, la creación de Ida y la creación del mundo… Hace diecinueve años la factoría cósmica estaba trabajando; la inmensa rueda de las estrellas giraba, los arcángeles conferenciaban, y el resultado fue otra persona… Imagino que se empleó el sol. el viento, los colores, los palillos, los libros de la biblioteca circulante, moños, caricaturas y la gracia de Dios.” Chesterton tomó como base de su esperanza el mismo sentimiento de disolución que amenazaba su cordura. Mediante la energía de su existencia las cosas emergen una y otra vez de la disolución. La creación usa el caos como su materia prima; como el espíritu, liberado en los sueños, usa el mundo como un conjunto de signos, cambiando sus significados en formas que aterrorizan al hombre mientras lo hacen el amo de la materia “sin sentido”:

 

 

Si deseamos experimentar la emoción pura y desnuda nunca podremos experimentarla tan auténticamente como en el mundo irreal. Ahí las pasiones parecen vivir una existencia abstracta y sin ley, sin conexión con hechos o personas. En los sueños podemos vengarnos sin ningún daño, tener remordimientos sin ningún pecado, memoria sin ningún recuerdo, esperanza sin ninguna perspectiva. El amor, mediante la lógica de los sueños, prueba ser casi una cosa divina. En los sueños todas las circunstancias materiales se alteran, un bebé puede usar gafas, y mostachos una tía soltera y sin embargo el gran poder de un cariño tiránico no cesar nunca. Un sueño puede comenzar con el fin del mundo, y terminar con un día de campo en Hampton Court, pero el mismo sentimiento rico e innombrado puede ser expresado por la caída de las estrellas y por los sándwiches que se desmoronan. En el sueño, las margaritas pueden mirarnos como los ojos del demonio. En un sueño el rayo y el incendio puede darnos calor y sosegarnos como nuestro propio hogar. En breve, en este mundo subconsciente, la existencia se traiciona a sí misma, demuestra que está llena de fuerzas espirituales que se disfrazan como leones o postes de alumbrado, quienes con la misma facilidad se disfrazan de mariposas o templos de Babilonia… La vida mora sola en lo más recóndito de nuestro corazón, la vida es una y virgen y no invocada y algunas veces en la vigilia de la noche habla con su propia terrible armonía. (The coloured lands”)

 

 

Chesterton fue atraído constantemente al libro del Génesis debido al comienzo en el caos. Una vez que hemos experimentado esa nada, el surgimiento de cualquier cosa con forma y significado es un triunfo, la fundación de un “mínimo místico” de fundación estética. Luego, como Blake demostró, cada salida del sol se convierte en un llameante carro de fuego que se aproxima.

 

 

Cuando decimos que un poeta alaba la creación, por lo común  queremos decir que alaba el cosmos entero. Pero esta clase de poetas lo que alaba en realidad es la creación en el sentido de acto de creación. Alaba el paso o transición del no ente al ente… No sólo aprecia todo sino la nada de la cual todas las cosas fueron hechas. En cierto modo resiste e incluso contesta la conmocionante ironía del Libro de Job; de alguna forma él estaba ahí cuando los cimientos del  mundo fueron puestos, co n las estrellas de la mañana cantando a coro y los hijos de Dios gritando de alegría. (St. Francis of Assisi”).

 

 

El Consejo de los Días no sólo elogia esta transición sino que ––como Dios crea a lo largo de sus seis días–– la realiza. La Creación, con el Consejo de los Días luchando desde el principio contra el caos, no es sólo el comienzo, es siempre comienzo. Como Dios tuvo que luchar para encadenar al monstruo marino en el Libro de Job, los días derrotan a su propio lado oscuro, al hermano malvado. Cuando los seis días se reúnen en el jardín de Domingo, van más allá de su infancia, a “donde un árbol por fin es un árbol”, al ser primordial que sólo pueden realizar mediante una lucha que, ilógicamente, constituye ese ser. Su fin es llegar a su propio comienzo,

 

 

Es en el comienzo donde las cosas son buenas y no (como dice el progresismo más desvalido) sólo al final. Las cosas primordiales ––la existencia, la energía, la realización–– son buenas mientras actúan. No se tiene vida mala, aunque se tengan vivientes notoriamente malvados. La masculinidad y la femineidad son cosas buenas, aunque el hombre y la mujer son con frecuencia perfectamente pestilentes. Se puede usar amapolas para drogar a la gente, o abedules para golpearla, o piedras para hacer un ídolo, o usar los trigales para emboscar, pero sigue siendo verdad que, en abstracto, antes de haber hecho nada, cada una de esas cuatro cosas es con estricta certeza una gloria, un beneficio especial y variado. Alabamos al Señor porque hay abedules creciendo entre las piedras y amapolas entre los trigales, alabamos al señor aun cuando no creemos en él. Admiramos y aplaudimos el proyecto del mundo casi como si hubiéramos sido llamados a consejo en la oscuridad primordial y visto el primer plano estrellado de los cielos. En realidad, estamos mucho más seguros de que nuestra vida es una empresa magnífica y sorprendente de que nosotros seamos lo que subsistirá.

 

 

  1. DOMINGO

 

He aquí, yo iré al oriente, y no lo hallaré;

Y al occidente, y no lo percibiré;

Si muestra su poder al norte, yo no lo veré.

Job 23, 8-9

 

Ronald Knox describió El hombre que fue jueves como una especie de Pilgrim’s Progress reescrito al estilo de los Pickwick Papers. Como muchos de los epigramas de Knox, resulta más ingenioso que preciso. El poema dedicatorio de Chesterton apunta más bien a una mezcla de la filosofía de Whitman y los cuentos de aventuras de Stevenson. Pero las imágenes y el modelo son más elevados. Hay sorprendentemente poco sobre el Nuevo Testamento en los primeros escritos de Chesterton, pero sus poemas y cuentos están empapados de las imágenes de los profetas hebreos. Borges encuentra las raíces de sus monstruos en Ezequiel y en las Revelaciones. Una imagen que frecuenta esta novela está tomada de la revelación  mosaica yn descrita en el tratado de Chesterton sobre las pinturas de G. F. Watts, donde un rostro apartado, amenazador de repente, es entrevisto sobrw unos hombros macizos o una espalda resistente. La espalda vuelta es la concha del hombre, el lado ciego de la luna, lo que queda cuando la persona se oculta:

 

 

Caminar tras de alguien en una callejuela es algo que, hablando con propiedad, toca el viejo nervio del temor. Watts ha advertido esto como nadie más lo ha hecho en el arte o las letras en la historia del mundo: a ello debe su grandeza. Hay una posible excepción a su monopolio de esta magnífica locura. Dos mil años antes, en las oscuras escrituras de un pueblo nómada, se dice que su profeta vio al inmenso Creador de todas las cosas, pero sólo los vio por detrás. No sabemos si incluso Watt se atrevería a pintar eso. Pero se lee como una de sus pinturas, la más aterrorizante de todas sus pinturas, la que ha mantenido cubierta. (“G. F. Watts”)

 

 

Domingo es el intento de Chesterton por pintar ese cuadro.

Un biógrafo reciente de Chesterton dice que hay “referencias directas” al Libro de Job en la última escena de la novela. En realidad, las referencias están en todas partes. En la discusión inicial de los dos poetas, el anarquista dice que la poesía debe escapar de lo predecible, la misma vieja estación en la misma via de ferrocarril. Pero Syme contesta:

 

 

Lo raro y hermoso es tocar la meta; lo fácil y vulgar es fallar. Nos parece cosa de epopeya que el flechero alcance desde lejos a un ave con su dardo salvaje, ¿y no había de perecérnoslo que el hombre le acierte desde lejos a una estación con una máquina salvaje? El caos es imbécil, por lo mismo que allí el tren puede ir igualmente a Baker Street o a Bagdad. Pero el hombre es un verdadero mago y toda su magia consiste en que el hombre dice: “¡sea Victoría!” y hela que aparece… cada vez que un tren llega a la estación, siento como si se hubiera abierto paso entre baterías de asaltantes, siento que el hombre ha ganado una victoria más contra el caos.

 

 

Job le agrega una nota esencial al sentimiento de Chesterton por el libro del Génesis: que la creación es una batalla. El dios del trigésimo capítulo de Job es “Conquistador del caos en una guerra de seis días,” uno que encerró con puertas el mar, cuando se derramaba saliéndose de su seno. “Y dije: Hasta aquí llegarás, y no pasarás adelante, y ahí parará el orgullo de tus olas” (38.11). Incluso la idea de los siete días se encuentra en Job, donde el número místico es empleado por los hijos de Job, quienes festejan siete días en sucesión, “cada uno en su día” (1.4). Por el contrario, los amigos de Job se lamentan con él siete días en sucesión sin decir palabra (2.13). Y la restauración devuelve a los siete hijos para su festejo de una semana (42.13). “Puesto que no son ocultos los tiempos al Todopoderoso, ¿por qué los que lo conocen no ven sus días?” (24.1)

El poeta anarquista del primer capítulo es, por supuesto, el Acusador que pone a prueba a Syme , una prueba por la que se convierte en Jueves y el él mismo. La inclinación de Chesterton por Job, el libro favorito de sus creativos años juveniles, es reinvicada por los estudiosos modernos que ven una especie de conspiración policiaca en el trazo mismo de Job. El modelo para el tribunal de Dios, a donde el acusador llega, parece ser la corte persa con sus espías ––“los ojos del rey”–– enviados a poner a prueba la lealtad de sus súbditos. “Satanás” resulta un agent provocateur. La situación establecida en la primitiva prosa de cuento del prólogo es recordada por el poeta que escribe la poética diatriba de Job. En la traducción, donde el Job jacobeano de Handel dice “mi redentor vive”, está en realidad pidiendo un abogado, un abogado defensor con acceso a la corte para responder a los cargos del espía. Job sabe que ahí debe haber uno. La actitud de Syme hacia Domingo repite los sentimientos de Job: una extraña mezcla de desafío y confianza; la engreída esperanza de que podría ganar su caso si tan sólo su adversario se dignara a disputar con él; si tan sólo hubiera escrito un libro; si tan sólo pudiera leer las palabras de Job mordidas en piedra. Las palabras traducidas “Aunque me matase confiaría en él”, realmente significan “pero tendré confianza (en mi derecho)”, como hace con la otra mitad del verso: “Mantendré mi propio camino ante él.” Todos estos sentimientos se mezclan en las reacciones de miedo y esperanza de los miembros del Consejo frente a Domingo. Necesitan forzar una respuesta de él. Pero su misma determinación implica que Domingo debe tener las respuestas. Syme habla por ellos: “Sí, tiene usted razón, le tengo miedo. No obstante eso juro a Dios que he de buscar a ese hombre a quien temo hasta dar con él y romperle la boca. Si el cielo mismo fuese su trono y la tierra su escabel, juro que he de arrancarlo de ahí.”

Pero Domingo, como el Dios de Job, sólo respondía preguntas con preguntas y acertijos con acertijos, lo que llevaba a algunos a pensar que no respondía en absoluto. Esto lo deja dispuesto a las mofas del Job de Robert Frost: de que quien realmente sucumbió al tentador fue Dios al tratar de alardear. Job ha estado llevando por mucho tiempo lo mejor de esta discusión. Él es el primer gran rebelde contra la divinidad, el supremo ancestro del lucifer de Milton. Él es tan convincentemente blasfemo en sus poemas que un trabajo deliberadamente equívoco lo oculta tras el epíteto de “paciente Job” ––como al referirse invariablemente al tímido Aquiles o al joven rey Lear. Job es paciente en dos capítulos y furioso en el resto del libro. De su boca salen a raudales himnos y cánticos y razonamientos de censura a Dios. No es sólo impaciente, maldice la paciencia de sus astutos amigos cuando trata de que recobre su paciencia.

La fuente del disparate de la paciencia de Dios es obvia. La parábola que yace tras el libro, y proporcionan el prólogo y el epílogo, narra la simple historia de un hombre que confía en Dios y que es recompensado. Pero el gran poeta que continúa la historia la utiliza como las engañosas solapas de la portada y contraportada de una larga palinodia que pretende destruir la idea de que la virtud es recompensada. Sólo para hacer el juego más divertido, un tercer artista ––el compositor de los diálogos de Eliú–– parece a ver olvidado la opinión del segundo y tratado de reivindicar la lógica del primero. Es como si alguien le pegara una escena a Hamlet tratando de demostrar que a Shakespeare se le escapa la verdadera y profunda sabiduría política de Polonio. Otras adiciones se le han hecho al libro, pero estos tres principales estratos son lo relevante aquí; y el segundo narrador de historias es el auténtico gran poeta ––no sólo porque ve a través del primero y confunde al tercero, no únicamente como mero sarcasmo de las beaterías simplonas, sino por su propio golpe maestro, la aparición de Dios en el torbellino.

Las cosas han sido bellamente preparadas. Job sigue demandando una audiencia, aunque sus piadosos amigos le aseguran que es un hombre que no puede dirigirse al rey: “Castigárete acaso, o vendrá contigo a juicio porque te teme?” (22.4). Pero Job sigue empeñado en exigir su turno en la corte, y lo consigue. Triunfa gracias al impacto de su desesperada apuesta, los blasfemos juramentos del capítulo 31. Esto fuerza la mano de Dios. Desafía al trueno ––que deberá golpear al hombre culpable–– para demostrar que Dios ignora los llantos del hombre inocente. Job se coloca voluntariamente en el cadalso para conseguir su regreso a la corte. Pero incluso ésta es una forma de apostar con Dios. Obviamente piensa que puede lograr justicia en la corte si logra exponer su caso.

Esta confianza les parece fuer de lugar a los lectores modernos. Después de todo, Dios está involucrado desde el principio con Satanás en una conspiración contra Job: una confrontación desigual si hubo alguna vez una; como si el cielo y el infierno pudieran confabularse contra un solo hombre. Pero el punto más profundo es que Dios le apuesta al hombre: que él no se quebrará. Y gana esa apuesta. Dios viene a recompensarlo lo mismo que a reprenderlo. No toma partido por sus piadosos amigos. Contesta a Job con sarcasmo y admiración. Lo que realmente molesta a Dios es el razonamiento de los amigos de Job. No soporta a los teólogos.

Creo que los lectores se sienten confortados al ver como Dios regaña a sus propios defensores. Se sienten contentos de que recompense al hombre que lo atacó. Pero la única cosa que se le niega a Job es la que él pidió: una respuesta. ¿Por qué sufre? Dios responde con una serie de desmedidas irrelevancias: ¿Por qué el avestruz es tonta, o el caballo fabuloso? ¿Por qué, para el caso, es Leviatán enorme? Por un momento, el hombre en el estercolero y Dios en el torbellino parecen convertirse en dos rabinos, cada uno tratando de confundir al otro con un saber más recóndito. “¡Tú lo sabes! Pues entonces ya habías nacido, y es grande el número de tus días.” Dios se mofa de Job devolviéndole la felicidad, no refutándolo ni cediendo ante él. Esa es la medida del genio del poeta. Si Dios simplemente accediera, eso disminuiría la dignidad del gran desafío de Job. El toque verdaderamente catastrófico hubiera sido una réplica que mostrara a Dios no sólo menos terrible, sino menos terrible que Job. Como ir a ver a Goliat sólo para encontrar al actor Frank Morgan temblando en su máquina de Oz.

Pero hay una cosa todavía peor que no dar una respuesta: dar una respuesta. Eso convertiría a Dios en teólogo, reduciendo a Jehová al nivel de los amigos de Job. El autor de los discursos de Dios en el libro de Job es la primera persona que conocemos que comprendió que la única teología valiosa era una que renunciara a la teodicea. Obviamente, el rabino de los enigmas en el torbellino tiene respuestas; pero ninguna lo suficientemente pequeña para dispensarla. Para encontrarlas tendríamos que volver con él al principio y entender los vínculos de Behemot. O restablecer para éste el horario del sol. El mundo dice, incluso a nosotros, más de lo que podríamos decir en su “defensa.” Cualquiera de las cosas de Dios es un secreto demasiado profundo para ser desentrañado, aunque Job es recompensado por intentarlo. Porque él es el mejor entre las cosas de Dios. Dios presume de Behemot al más raro de todos los monstruos, al único que le ha apostado, al único al que le puede resaltar las cosas y discutir con él: Job. La verdadera conspiración es entre Dios y el hombre , por un oscuro pacto en un cuarto sombrío, cuando el hombre ni siquiera sabía a quien le estaba dando su palabra. Entre ambos, hermanos extraños el uno para el otro, luchadores íntimos no presentados, confunden al Acusador.

 

 

Los amigos de Job intentan confortarlo con optimismo filosófico, como los intelectuales del siglo xix. Pero Dios lo conforta con misterios indescifrables y, por primera vez, Job es confortado. Elifaz da una respuesta, Job da otra, y la pregunta permanece como una herida abierta. Sencillamente, Dios rehúsa responder, y de alguna forma la pregunta es contestada. Job le lanza a Dios un acertijo, Dios le devuelve cientos de ellos y Job queda en paz. Es confortado con adivinanzas. Pues la gran y permanente idea del poema, como sugerimos arriba, es que tenemos que reconciliarnos con esta gran experiencia cósmica, que es algo divinamente extraño y divinamente violento, una búsqueda o una conspiración, o alguna broma sagrada. Los últimos capítulos del colosal monólogo están dedicados, en un estilo superficial suficientemente misterioso, a la detallada descripción de dos monstruos. Behemot y Leviatán pueden ser el hipopótamo y el cocodrilo. Pero, sean lo que sean, evidentemente son corporizaciones de lo absurdo de la naturaleza. Tipifican el rasgo cósmico que cualquiera puede ver en los parques zoológicos, la locura del señor que es sabiduría. Y en referencia a uno de ellos, se hace a Dios pronunciar una espléndida sátira sobre la ordenada y remilgada piedad del optimismo vulgar. ¿jugarás con él como un pájaro? ¿O lo atarás para tus doncellas? Éste es el mensaje principal del libro de Job. Cualquier cosa que este monstruo cósmico pueda ser, un animal bueno o malo, es por lo menos un animal salvaje y no uno domesticado. Éste es el mundo salvaje y no un mundo domesticado. (The Speaker, 1905)

 

 

Esta mención del zoológico nos lleva de vuelta al comentario de Mr. Amis con el que comencé. Domingo, al huir, conduce a su furioso Consejo en rebeldía a través del zoológico; ahí, en el borroso corredor, estos hombres ven criaturas extrañas, pelícanos y cálaos , cuyos jeroglíficos animados les hablan en lenguas desconocidas. A Syme lo hace pensar “en la asiduidad con la que la naturaleza se dedica a hacer caprichosos juegos”. Entonces columbran la figura de Domingo, bastante adelante, en el elefante que le parece indigno a Mr. Amis. Behemot, en la Biblia con la que creció Chesterton, fue traducido con la presunción de que se trataba de un hipopótamo. Pero en la Biblia católica, que su hermano y notros amigos estaban usando en esa época, la bestia es algo más adecuado a la historia en este punto: un elefante. La desfachatez de esta última aparición es la forma más maliciosa de Chesterton para establecer que Domingo es el Dios de los acertijos de Job. Domingo arroja pistas privadas a cada uno de sus perseguidores porque ese Dios tiene chistes privados con el avestruz e intimidades con el reyezuelo. “¿Sabes tú el tiempo en que paren las cabras monteses?” “¿O miraste tú las ciervas cuando están pariendo?” (39.1), Domingo sabe, y nadie más, lo que rosa significa para Gogol, o los chanclos para Gabriel Syme. Este Dios misterioso, con payasadas y acertijos tanto como con terror, es el anciano de los días cuyo nombre no hemos sabido.

Pero ––e igualmente importante–– Domingo es Lucian Gregory, el poeta anarquista. El Acusador. El libro tiene subtítulo: “Una pesadilla.” Pero Syme no despierta, con un sobresalto, en la cama. Despierta caminando en la madrugada con el poeta pelirrojo que conoció y con el que discutió en el primer capítulo. La pesadilla comenzó con esa discusión, y Gregory existe realmente fuera de ella lo mismo que Syme. El sueño termina con los dos discutiendo en la corte de Domingo. Vale la pena citar el punto final de Syme de esa discusión:

 

 

¿Por qué han de pelear entre sí todas las cosas de la tierra? ¿Por qué cada cosa insignificante se ha de sublevar contra el mundo? ¿Por qué quiere combatir la mosca el universo? ¿Por qué la florecita dorada ha de combatir al universo? Por la misma razón que me obligo a estar solo en el temeroso Consejo de los Días. Para que todo lo que obedece a una ley merezca la gloria y el asilamiento del anarquista. Para que todo el que lucha por el orden sea tan bravo, sea tan honrado como el dinamitero.

 

 

Syme rechaza como calumnia la acusación de que él ha sido mimado por la felicidad ––el estado, pagado de sí mismo, del “piadoso” Job en el primero de los grabados de Blake––, Syme no es sobornado a causa del bien por todas las drogas del goce sin esfuerzos. No es un simple policía.

Esa discusión se interrumpe y Syme aún continúa hablando con Gregory en una calle de los suburbios. Ellos han discutido toda la noche, y la “pesadilla” es el significado de su discusión: lo que Chesterton vio como su realidad (del mismo modo que Blake vio el carro del sol). El  momento esencial de Chesterton en el Colegio Slade ocurrió una noche en una conversación a sus puertas con un “diabolista”, quien empleo las mismas palabras puestas en la boca del profesor en Jueves: “Si lo hice no debí reconocer la diferencia entre lo bueno y lo malo.” A partir de esa conversación, a partir de esa penetración que logró mediante las palabras de un blasfemador consciente, Chesterton moldeó su primer poema ambicioso. “El caballero salvaje”, en el que a un místico se le garantiza por fin la visión de Dios, por la cual ha rogado y ayunado toda su vida, en la persona del villano de la historia, Lord Orm. Muchos otros cuentos fueron escritos sobre antagonistas que eran complemento el uno del otro, si no su propia visión del bien que no podía alcanzarse de otra forma. Lo que puso de manera pretenciosa en “El caballero salvaje”, lo puso jocosamente en respuesta a un antagonista llamado Rix en el Daily News (1903):

 

 

Mr. Rix ha hecho notar que muchas veces yo he sostenido la opinión de que todas las cosas son divinas, e insinúa que mis hipótesis físicas la niegan. Por supuesto, concuerdo totalmente, o, más bien, sostengo apasionadamente que hay una divinidad en todas las cosas. Estoy preparado para llevar esto a un grado tal que quizás incluso Mr. Rix vacilaría en seguirme. Me agradaría ir, coronado con flores, a adorar a Mr. Rix, pero él lo resistiría con violencia, al fracasar iría con la misteriosa alegría a adorar, con el sentimiento de que es igualmente valioso, el paraguas de Mr. Rix. Es claro que en este sentido absolutamente metafísico todas las cosas tienen un origen divino común; todas las cosas son símbolos; todas las cosas son igualmente distantes del centro. Obviamente, la misma omnipotente sabiduría que dijo “Hágase la luz”, dijo “Hágase un paraguas perteneciente a Mr. Rix”; o (puesto que una absoluta igualdad espiritual entre todas las cosas del cosmos es la esencia de esta idea) podríamos expresar el asunto de otra manera. “Hágase un Mr. Rix perteneciente a este paraguas.” Si eso quiere decir que, en última instancia, todas las cosas son bellas y espantosas, en tanto existen, estoy totalmente de acuerdo con él. Pero las dificultades que provoca esta situación son totalmente obvias: sé todo sobre ellas porque es la posición que he estado defendiendo noche y día. Es evidente que aunque todas las cosas son divinas, todas las cosas son limitadas. Y entre las otras cosas divinas, el hombre mismo es limitado. No tiene la memoria ni la imaginación ni la vigilancia ni la salud física para darse cuenta de la Divinidad en cada átomo u objeto que pasa por sus manos. Una persona que nunca pasara por alto un objeto divino, un hombre que estallara en lágrimas religiosas mientras abrocha el cuello divino con un divino botón y siguiera así con todo lo que se pusiera frente a sus ojos, enloquecería en cinco minutos: podría ver a Dios y morir. Las únicas cosas que el hombre, un animal limitado, puede hacer en este punto, son dos: primero, puede creer (como una absoluta cosa de fe) que hay esta divinidad en las cosas, ya sea que la vea o no; segundo, puede mantenerse razonablemente abierto a esas repentinas revelaciones por las que una o dos de esas cosas, una nube, el rostro de un hombre, un ruido en la oscuridad, puede, por alguna razón que nadie es capaz de ofrecer, revelar caprichosamente su divinidad.

 

 

Por muy guasón que sea su estilo, Chesterton estaba preparado seriamente para recibir la visión beatífica en la persona de Mr. Rix. Tal como el caballero hizo en Orm. O Syme en Gregory. El primer misterio, que todos los conspiradores eran también policías, fue fácilmente resuelto. Pero eso parece dejar a Gregory fuera del esquema ––y estaba preparado para convertirse en Jueves antes de que Syme lo sacara del juego––. Gregory, sin embargo, no está fuera del esquema ––está tan metido como Domingo. Se mantiene como enemigo, y amigo, de Syme hasta el final––, es el hombre por el cual él tuvo su visión (la pesadilla). Es también, por supuesto, el hermano de la mujer de quien Syme se ha enamorado. Pero Syme le daría un significado mucho mayor a las palabras de Romeo (cuando Teobaldo trata de iniciar una pelea):

 

 

Te aprecio más de lo que puedas imaginarte,

Hasta que sepas la razón de mi cariño.

 

 

Domingo es el enemigo que trae la revelación; y Domingo es vislumbrado solo en los razonamientos de Lucian Gregory. Lucian es “el hombre de la luz”, no sólo una estrella caída, como Lucifer, sino la fuente de luz para Syme.

Ello altera el impacto del libro del Nuevo Testamento que se cita. Cuando Gregory, en el sueño, acusa a los Días de ignorar la duda y el dolor, Syme se jacta de que todos los Días han sufrido menos… y mira a Domingo. Las palabras flotan hacia Domingo mientras su rostro se desvanece (para ser reemplazado por el punto de arranque, Lucian Gregory): “¿Podréis beber en la copa que yo bebo?” Esto, a primera vista, parece un mero uso de Job a la manera patrística ––sus heridas prefiguran las de Jesús––. Pero es a causa de su agonía compartida, de Syme y de Gregory, que se urdió esta historia de hermanos heroicos, “Iliada tras Iliada”. Es Domingo, como Jehová, quien truena y desafía: “Antes entenderán ustedes el mar; yo seguiré siendo un enigma.” Es Domingo, como Lucian Gregory, quien sufre. El misterio del Consejo es el secreto de todos nosotros. Todos somos patriotas y rebeldes, en guerra unos contra otros y contra nosotros mismos. Y unos a otros nos provocamos visiones.

 

*De aquí en adelante, todas las citas de El hombre que fue jueves están tomadas de la traducción de Alfonso Reyes publicada por Porrúa en su colección “Sepan cuantos…”, núm. 725