El Gran Diccionario Tzotzil

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Los días se hicieron meses, y los meses años. Comenzó como poeta y terminó como lexicógrafo. Ahora trabaja en el Museo de Historia Natural de Washington dc, abochornado por un triunfo que, dice, es absurdo. Él ha compilado el mayor diccionario de una lengua indígena que jamás se haya ensamblado en el Hemisferio Occidental. Piensa a menudo en el pobre Praharaj, el gran lexicógrafo indio que sobrevivió para ver cómo su mamotrético diccionario cuadrilingue era transportado en carretillas para ser vendido por su peso, como papel de desperdicio.

Pero lo terminó, y en enero de 1976 se aproximó al Principal de Zinacantlán en el sur de México, se inclinó hasta sus rodillas y presentó el libro que le había ocupado catorce años de su vida. Con la voz quebrada comenzó a cantar en versos mayas: K’usi yepal li yo kee —li yo hti’e— cabal (“Esta es la suma de mi humilde boca, Mi Señor, de mis humildes labios.”) Vaciló con algunas de las palabras y el Principal trató de interrumpirlo. “Luego, diría después, escuché decir a una persona que me estaba mirando que yo debía ser chamán. Los versos habían brotado solos.”

Robert Laughlin visitó a los tzotziles, conocidos también como Pueblo del Murciélago, por primera vez en 1961. Esos indios, aproximadamente 120 mil, viven en el estado de Chiapas y hablan una de las treinta lenguas mayas de uso común todavía. Están en la miseria y beben grandes cantidades de aguardiente de caña. Cultivan maíz, pero ellos a su vez están sometidos a un cultivo intenso. El pueblo capital de Zinacantán es centro de operaciones de decenas de antropólogos norteamericanos que saturan el estado de Chiapas.

Entre esos académicos estaba el joven Laughlin. A principios de los años sesenta comenzó a registrar sueños tzotziles y descubrió que la mayoría de ellos eran pesadillas. La locura, con lentitud al principio, comenzó a envolverlo y garrapateó algunas palabras tzotziles y sus equivalentes en inglés en una pequeña libreta de pastas negras. En 1963 escribió a Washington que un diccionario extensivo de la lengua tzotzil no había sido compilado desde el siglo xviii.

Propuso subsanar esa carencia. “Se espera que en el lapso de un año este material pueda estar listo para su publicación.”

El Great Tzotzil Dictionary de San Lorenzo Zinacantán fue por fin publicado en 1975. Ahora Laughlin trabaja en su oficina en Washington. El día que lo vi estaba estudiando un mapamundi. Marcadas en él, con grandes puntos, estaban las instituciones a las cuales había sido enviado el diccionario. Había un punto extra grande sobre Novosibirsk. Allí vive el profesor Kaladnikov. No es que a Kaladnikov le preocupen los tzotziles. Es sólo que todas las publicaciones antropológicas del Instituto Smithsoniano —que es el que le paga su salario a Laughlin— se le envían a Kaladnikov.

—¿En qué momento se dio cuenta de que su pequeño diccionario le iba a llevar catorce años?

— Supongo que fue en las primeras catorce semanas, cuando descubrí que había demasiadas palabras que no imaginé que existieran.

—¿Siempre fue compulsivo en colectar información?

—Supongo que sí. Y compulsivo con los detalles. Recuerdo críticas a mi trabajo cuando estaba en el internado. Demasiada concentración en los detalles. Mi padre es un experto en el peltre americano, lo cual, supongo, me influyó pues si se tenía que hacer algo se tenía que hacer tan completo como fuera posible. Él se pasó años y años estudiando el peltre americano.

—¿Tuvo mucho entrenamiento antes de empezar?

—No, ninguno. No sabía cómo hacerlo. Sólo lo hice. Cuando empecé adopté el método de ir automáticamente de AA a AAB y continuar así.

—Pero eso podía llevar al infinito.

—Lo sé. Tenía bak, sabía que había un sufijo bak-um. ¿Había entonces una palabra bakumtasvan? Los tzotziles, al ayudarme a descubrirlo, algunas veces no podían recordar si las palabras que me habían dicho existían en realidad. Sonaban como palabras reales. Trabajé sobre todo con dos hombres. Uno de ellos es ahora alcohólico. No sé si soy el responsable. Se hicieron muy sensibles al lenguaje. Y hubo una mujer cuya gramática parecía mucho más sofisticada. Como macramé. No sé por qué. Era una mujer muy lista, muy agresiva y extrovertida.

—¿Vivía solo?

—Al principio, luego me casé. Uno de mis hijos murió ahogado allá. Se cayó en una piscina. Tengo otros dos.

—¿Cuáles fueron las consecuencias de trabajar en un diccionario durante catorce años?

—Bueno, un diccionario es como un manantial de sopa. Nos alimentó, a mi familia y a mí, durante años. También impidió a mi mujer hacer un trabajo de escritura creativo porque pensó que no debía hacerlo mientras yo estuviera abismado en el diccionario. Lo cual no percibí, ni ella percibió, hasta que el diccionario estuvo terminado.

—¿Por qué?

—Pensó que para mí iba a ser difícil que ella estuviera lejos, escribiendo, mientras yo estaba empantanado con las palabras.

—¿Ella odia el diccionario?

—No creo que le gustara.

—¿Descubrió que estaba volviéndose monomaniaco?

—Sí, pensé que debía agotar todas las posibilidades.

—¿Cuál pensó que era la función de esa empresa?

La voz de Laughlin se va haciendo aguda y débil. Tiene dedos largos y gráciles que tiemblan un poco.

—Es por completo absurda. Iba a hacerlo en español, pero me sentí cansado.

—¿Pensó que, necesariamente, era malo que fuera tan absurda?

—¿Qué? No. Creo que es gracioso.

Tenía esa clase de sentimientos de que si iba a ser académico entonces, por Dios, iba a serlo en serio, hasta el punto del absurdo.

—¿Quería ser académico?

—No, no en realidad. En cierto modo quería serlo, en cierto modo no. Quería ser una persona libre.

—¿Quería ser otra cosa?, ¿escritor, aviador?

—No, aviador no. Quería ser escritor pero nunca pude pensar en lo que tenía que decir. Pensé en este diccionario como algo semejante a estar jugando una partida de ajedrez conmigo mismo, mientras toda la ciudad se derrumbaba.

—¿Se siente todavía deprimido de que su diccionario de 599 páginas carezca de importancia?

—Sí, algunas veces. Otras veces no. Luego me digo: “Ajá, lo hice ¿y a quién le importa?” También me consuelo con los pensamientos que Lévi-Strauss expresó en su primer libro, Tristes trópicos.

—¿Qué alega a favor del Great Tzotzil Dictionary?

—Es el diccionario más amplio de cualquier lengua nativa de este hemisferio. Proporciona más del contexto de cada palabra de lo que hacen otros. Tiene una información científica más esmerada. Podría ser el diccionario más grande del mundo de una lengua nativa. No sé qué más decir. Podría ser útil para traducir glifos mayas.

—¿Cuánta gente podrá consultarlo adecuadamente?

—Bueno, lo he pensado a veces, ¿no sería gracioso que este diccionario fuera por completo una broma? En realidad es difícil que haya alguien en el mundo que pueda saberlo, excepto en Zinacantán. Y no sabría inglés. De hecho nadie conoce estas 30 mil palabras. Se puede tomar las prolongaciones lógicas del idioma y crear una palabra que puede o no existir. Un lingüista podría decir que hay errores, pero no podría decir si fue inflado con falsas palabras o no.

Calculamos las implicaciones de la broma en una servilleta del comedor del Instituto Smithsoniano. 238 mil dólares, suma del salario total de catorce años, más 50 mil del costo de la publicación, más 70 mil de subvenciones extras. Total 358 mil dólares.

—¿Hubo un momento en que pensó que se estaba volviendo loco realmente?

—Creí en cierto momento que me tiraría de la catedral de Notre-Dame. Estuve a punto de hacerlo. El diccionario estaba en la computadora y no salía. No parecía haber modo de lograrlo. Estaba invadido por sentimientos de total desesperanza. Una operadora renunció porque no quería imprimir la palabra mierda. Insistía en poner en su lugar palabra impublicable. La gente en el Instituto Smithsoniano, cuando estaba casi terminado y sólo necesitaba 15 mil dólares más, dejó de darme dinero. Lo llamaban el Gran Desastre Tzotzil. Mi director aquí estaba haciendo lo imposible por detenerlo. Políticas internas. Es recordado debidamente en el diccionario, si sabe usted dónde mirar.

—¿Cuál es el genio del tzotzil?

—Me di cuenta de la medida en que las lenguas mayas se concentran en la forma, el movimiento y el sonido. Todo esto es por completo extraño a nosotros. Y no hay palabras para cuestión, plan, familia, paz, libertad o fe. Hay una palabra para el ruido que hace un cerdo al masticar huesos de durazno. Es una cultura muy puritana y reprimida. La palabra para nombrar la acción de hablarle a una muchacha es la misma que se usa para decir que se tiene una aventura con ella. Las muchachas son vigiladas todo el tiempo.

—¿Cómo se sintió cuando lo terminó?

—Al principio no sentí nada. Después comencé a sentirme liberado. Fui a Sevilla a buscar el original español de una traducción del tzotzil. No estaba allí. Regresé y lo encontré aquí junto, en la Biblioteca del Congreso. Mi mujer y yo quisiéramos escribir, pero no procedemos de familias que tengan mucha confianza en sí mismas.

Ahora todo ha terminado, aunque en realidad nadie puede obtener el Great Tzotzil Dictionary de las librerías del gobierno debido a que uno de los números de referencia fue omitido en las copias finales. Laughlin juega con las muchas, muchas palabras tzotziles que describen lo que las personas hacen y sienten cuando están ebrias. Al sacar una de las tarjetas del archivo vuelve a aquel día de enero cuando le presentó el Great Tzotzil Dictionary a los principales de Tzinacantán.

—Quise hacerlo en la fiesta de San Sebastián. Es la fiesta más importante del año. Hay un relato de sus orígenes que cuenta cómo hubo un libro del conocimiento de San Sebastián y que se perdió. Y los indios dicen que por eso los ladinos, los no indios, son ricos ahora, porque tienen el libro del conocimiento mientras que ellos perdieron el suyo. Por eso le dije al Principal: “Si algún ladino viene y dice que ustedes son indios tontos, estúpidos, por favor enséñele este libro, muéstrele las 30 mil palabras de su conocimiento, de su razonar.”

Traducción de Armando Pinto