El DIARIO DE LOS HERMANOS GONCOURT

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Edmond de Goncourt nació el 26 de mayo de 1822 en una familia acomodada de Nancy; precedió a su hermano Jules por ocho años ––este nació, ya en París, el 17 de diciembre de 1830. El traslado de la provincia a la capital es importante: andando el tiempo, ambos se convertirían en los cronistas más excepcionales y minuciosos de la vida privada de la capital francesa que registra la literatura de esa misma lengua. Ningún historiador literario podría establecer con certeza el momento en que los dos hermanos empezaron a aficionarse a la literatura. Habiendo nacido en una familia educada, en un entorno aristocrático decadente, es de sospecharse que no fue una decisión antinatural de Edmond, el mayor de los Goncourt, quien empieza a demostrar un idilio cada vez mayor con la letra impresa desde la época de su bachillerato, y que esta vocación se contagie a su hermano Jules cuando éste se encontraba en edad de poder sufrir esta suerte de padecimientos. He dicho padecimientos antes que pasión porque si algo distingue la escritura de los hermanos Goncourt ––en el Diario–– es la saña propia de la época, una saña propia de la época de descreimiento y desencanto que les toca vivir y a la cual contribuyen con productos notables, casi todos ellos relacionados con un medio farandulesco que comienza a medrar en la sensibilidad parisina de medio siglo, en los cuadros de Degas, en los sonetos de Baudelaire y, años más tarde, en las litografías de Toulouse-Lautrec. Es el París de la Belle-Époque, que se gesta por partida doble tanto en los salones literarios como en los cabarets de los bajos fondos. El Diario de los hermanos Goncourt abunda en detalles sobre esta ambigüedad de situaciones: por un lado el salón y el desarrollo de una conversación de lo más elegante y refinada, y por el otro las escenas más grotescas, desenfadadas y escatológicas que podrían llevarse a cabo en los antros de mala muerte de aquel París, que vio oscurecer sus antorchas con la proximidad de la nueva centuria.

Es probable, asimismo, que la edad de Edmond y la salud endeble de Jules despertaran en ambos un instinto de amistad “inseparable”. En su adolescencia y primera juventud, Edmond obedece el mandato de sus padres y sigue una carrera “burguesa”, hasta que el talento de su hermano menor Jules es tan evidente y tan palmario como para que ambos decidan consagrarse a la literatura en detrimento de una “vida burguesa” (el equivalente a las comodidades y facilidades que una persona de recursos más o menos moderados podría brindarle el estatus de la clase media actual). Edmond no sólo escribe sino que compra en las subastas acuarelas y dibujos de Watteau y de La Tour. Su hermano Jules gana concursos literarios y demuestra una naturalidad extraordinaria para las letras. El cariño de los hermanos los hace desembocar en proyectos en común: al alimón, firman novelas y obras de teatro que no tardan en publicarse y encontrar una cierta recepción crítica favorable. El 3 de enero de 1863, los hermanos registran la impresión que su obra provoca en el crítico Sainte-Beuve: “Nuestros libros, el género de nuestro trabajo, han provocado una gran impresión en Sainte-Beuve. La preocupación por el arte en la cual vivimos, lo turba, lo inquieta, lo tienta. Es lo suficientemente inteligente para comprender todo lo que este nuevo elemento, desconocido hasta ahora en la historia, ha aportado en carácter y riqueza al novelista y al historiador”.

Con su “trabajo” y con sus “libros” los hermanos Goncourt apuntan ya a las páginas de su Diario, donde se concentra lo más significativo de esta “aportación” a la cual ya desde entonces se refieren, con un exceso de autoconciencia del propio valor o de pedantería incluso. La preocupación por la vida privada manifiesta en los trabajos literarios de los Goncourt desemboca y se concentra en el Diario, de una manera que sería difícil calificar de inédita. Antes que ellos se encuentra una nutrida colección de diaristas y, sobre todo, aforistas y autores de pedacería que irían desde un Pascal hasta un Vauvenargues, pasando incluso por un Montaigne y La Rochefoucauld. A todos estos grandes escritores que ajustaron su pensamiento a los límites de lo fragmentario se deben el estilo demostrado en el Diario de los hermanos Goncourt. Sin embargo, en ellos hay algo más: la conciencia de que el escritor de su tiempo es el bufón de los salones literarios donde se llevan a cabo las soirées que ellos describen con cierta profusión no exenta de sorna en su Diario, pero también el diletante que le da rienda suelta a sus instintos en los antrillos donde comienzan a verse, por ejemplo, los primeros esbozos del cancán: “En el último baile estuvo, por lo que parece, bailando con sus hombres, una muchacha pública, expulsada de Lyon por escándalo y que hizo en este tiempo mucho dinero en París. Tenía, al danzar, dos movimientos. Levantaba su falda por atrás y dejaba al descubierto su ropa interior untada a su culo, luego se arremangaba por delante y mostraba su calzón abierto” (21 de enero). Todo se puede en el diario: todo se puede decir de una manera quebrada, directa e incluso procaz. La libertad que Michel de Montaigne encontró en el ensayo en el siglo XVI, los hermanos Goncourt lo redescubrieron en el diario en el siglo XIX. Ambos eran campos propicios para la renovación de una lengua y la cancelación de todos sus pudores, en lo moral y en lo intelectual.

En su crónica de la vida cotidiana del París del medio siglo, es privilegio de los diaristas no guardarse nada, dejar que el pensamiento fluya con toda su ponzoña escapando a la censura que podría oponérsele al desarrollo de una obra inscrita en cualquier otro género literario. Al desbastarlo todo y reorganizarlo en la forma de un pensamiento lúcido y fragmentario, los Goncourt se proponen una radiografía omniabarcadora de lo que está ocurriendo alrededor suyo, lo cual no es poca cosa: Flaubert acaba de publicar (1856) una novela, Madame Bovary, que trajo consigo el escándalo de un proceso judicial en contra del autor por faltas a la moral pública y a la religión. Salammbó ––una obra más reciente (1862) es motivo de diversión en el salón de la princesa Matilda, donde la emperatriz, esposa de Napoleón III, le solicita a Flaubert que le preste el disfraz que le sirvió de modelo para representar su novela al mismo tiempo que la estaba escribiendo. “Flaubert estaba ahí, a nuestro lado.” Los dos hermanos están conscientes de ser testigos de una historia que no habrá de figurar en los libros de historia. La soledad del Diario permite revelar estos hechos, de la misma forma en que el fotógrafo requería de la soledad y el hermetismo de un cuarto oscuro para revelar sus placas. Curiosamente, las imágenes de lo que se revela corresponden, antes que a la historia natural de una cultura, a la historia de la intimidad de quienes escriben.

Pero no todo en el Diario es sorna y vida privada vuelta pública. El retrato también permite que el pensamiento se manifieste en sus renglones más puros o desasidos de la realidad social circundante.  “No hay líneas rectas en la naturaleza”, escriben. “Es un invento humano, tal vez el único que pertenece propiamente al hombre. La arquitectura griega, cuyo principio es la línea recta, es absolutamente antinatural.” Su estilo es sinuoso, ágil, indiferenciado, letal. Indiferenciado, aquí, quiere decir homogéneo, único, inseparado. Nadie sabe, ni podría decir qué escribió Edmond o qué escribió Jules. La pluma de uno se funde en la del otro. “El diario es nuestra confesión de cada  noche”, escribe Edmond en el prefacio de la edición de 1887, “la confesión de dos vidas inseparadas en el placer, el trabajo, la aflicción; de dos pareceres gemelos, de dos espíritus que reciben del contacto con hombres y cosas impresiones tan semejantes, tan idénticas, tan homogéneas, que esta confesión puede ser considerada como la expansión de un solo mi y un solo yo [L’expansion d’un seul moi et de un seul je]. Esta declaración de principios, esta moral de escritor, es tan conmovedora, o tan contundente, como la de ;Montaigne, cuando explicó su amistad con La Boétie en términos muy similares: “porque era él, porque era yo”.

Jules, debido a la precariedad de su salud, muere el 20 de junio de 1870, a los 40 años, dejando huérfano a su hermano mayor. Edmond prosigue en solitario la escritura del Diario durante dieciséis años. En la historia de la literatura francesa y en la historia de la literatura en general, no existe colaboración parecida entre dos individuos quienes, además, estuvieron unidos por el vínculo de la sangre. Quizá la más importante de sus aportaciones a la literatura de su siglo consistió en elevar el diario, un género hasta entonces considerado como ocupación menor entre escritores, a la altura de un género mayor, que colocó la vida privada en el centro de la discusión intelectual de Europa.

 

Las páginas del Diario de los hermanos Goncourt abarcan un periodo que va de 1848 a 1896. La edición del profesor Robert Ricarte, en tres volúmenes, publicada por Robert Lafont en 2004 (en realidad, una reedición de la original de Flammarion de 1956) consta de un total aproximado de cuatro mil páginas. Nuestra edición, por designio de un azar que compete sólo a los esfuerzos de su traductor, Armando Pinto, se constriñe al año de 1863. Se trata de una pequeña muestra de lo que es el vasto fresco del Diario de los hermanos Goncourt, el cual constituye la visión panorámica más dramática y profunda de lo que fue la segunda mitad del siglo XIX francés. Los estudiosos interesados en la génesis de la sensibilidad moderna por fuerza tienen que estar familiarizados con las páginas de este proyecto bicéfalo, truncado apenas por la muerte prematura de uno de sus autores. Nuestra edición es la simiente de un proyecto mayor, que tendría que haber incorporado hace muchos años la lectura de este libro entre los clásicos de nuestra literatura. Es de prácticamente todo el mundo conocido que el premio literario más importante que se otorga en Francia año con año lleva el nombre de los autores de este diario. Sin embargo, son poquísimas las personas que están al tanto de su contenido, o que alguna vez siquiera han oído hablar de estos dos autores. Nuestro libro quiere reparar mínimamente una omisión y abrir una ventana al conocimiento de una de las obras más eruditas, sofisticadas y divertidas de aquel periodo de nuestra cultura.

 

Edmond y Jules de Goncourt, Diario, memorias de la vida literaria, 1863, Libros Magenta, Secretaría de Cultura, México, 2016, 215p.