El compañero que me atiende y las paradojas de la vigilancia

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Para César Reynel Aguilera

La editorial Hypermedia ha sacado a la luz, en octubre de 2017, la antología titulada El compañero que me atiende, volumen compilado y prologado por el escritor, bloguero y profesor cubano, residente en New Jersey, Enrique del Risco. Dicha antología trata sobre la relación de los escritores cubanos con los órganos de la Seguridad de Estado (léase policía política, mediante la cual se ejerce no solo el control de los escritores, sino que opera en un círculo que se va ampliando hasta alcanzar a toda la población, y que resulta uno de los pilares fundamentales del totalitarismo en la isla) y recoge varios textos de cincuenta y siete autores nacidos, en su gran mayoría, después de 1959. Estos escritores, al decir de Del Risco, provienen de “todas las orillas, y de monte adentro también”, puesto que las únicas condiciones impuestas para integrar el índice del libro recayeron en “que fueran cubanos y estar vivos”.

Lo primero que merece la pena destacar es el prólogo escrito por Del Risco para introducir a los lectores en el tema y la estructura de la antología. Una pregunta inicia el mismo: “¿Cómo se escribe en un mundo en el que cada escritor, cada ciudadano incluso, tiene un policía de cabecera?”. A esta interrogante encontraremos cincuenta y siete respuestas. Luego de la medular introducción, el antologador expone una microhistoria del totalitarismo en su proceder con los escritores en el caso cubano en particular, y en la cual el papel del policía a cargo de la vigilancia toma el carácter, en base a la calidad y eficiencia de su trabajo, de “personaje mitológico”.

Estos antecedentes y consideraciones le permiten a Del Risco proponer y definir las producciones literarias generadas por esta tensión como género totalitario policíaco. Y aquí estamos de lleno ante una curiosa paradoja: más allá del miedo a la represión, la tentación de escribir, registrar, molestar, por encima del riesgo que sea, siempre emerge triunfante, lo que revela un fenómeno de una persistencia a toda prueba.

Además, el autor expone como esta relación policía de turno-escritor, sin perder su esencia de correspondencia impuesta sujeto-objeto de la vigilancia-represión rebasa cualquier geografía, extiende sus tentáculos, suerte de ubicuidad, desde el más humilde municipio de provincia hasta las grandes urbes del espacio exterior donde habiten cubanos. No obstante, esta relación ha mutado desde los primeros días de la revolución hasta hoy. Mutación que incluye formas más sofisticadas de coacción entre las que se destacan la invitación a la colaboración y a la rectificación de comportamientos, el chantaje en todas sus expresiones, la delación, la campechanería de los “compañeros”, el uso de la memoria represiva, entre otras. De ahí, lo disímiles de las voces, su registro y su rastro cronológico.

Finalmente, el prólogo termina, retomando la paradoja de la que hablábamos, con un reconocimiento a la vigilancia y la atención de los compañeros a cargo de ella, pues estos “no solo han infundido temores de todo tipo en los escritores patrios sino también una profusa y variada creatividad…”. Y es precisamente esta creatividad de la que habla Del Risco la que le ha permitido recoger la gran, y diferentes entre sí, cantidad de materiales que integran el corpus de El compañero que me atiende. Entre los textos agrupados en la antología el lector encontrará testimonios; poemas; ficciones que se mueven entre el relato, la prosa poética, el minicuento y capítulos de novelas; así como fragmentos de piezas de teatro.

Pero si hay algo en lo que su mayoría coincide, aparte del tema, es la descripción del “contacto”, involuntario y no deseado, del compañero asignado o de guardia operativa, según la jerga de los cuerpos represivos, con el escritor candidato a reprimir. Contacto que no solo genera consecuencias ni amables ni procuradas, sino que se regodea en el aspecto físico del mismo y durante el cual se puede aquilatar las tipologías del esbirro en cualquiera de sus versiones la buena, la mala o la apática. Y que hacen del “personaje mitológico” un personaje literario, per se, que morfológicamente hablando encarnará aspectos físicos (su semblante, sus manos, su edad, incluso su manera de respirar); sociológicos (de dónde procede, qué tipo de vida lleva, cómo asume su trabajo, cómo se relaciona con el escritor asignado etc.); y sicológicos (como su carácter, su intelecto, su humor, si habla mucho o poco, etc.)

El compañero que me atiende quizás no sea un libro definitivo, esperemos que no, pero es sin duda un hallazgo, un acto fundacional, en todo el sentido de la palabra. Hallazgo que queda definido a raíz de la conciencia de la existencia de un género: el totalitario policíaco. En este sentido, con este volumen nos atrevemos a asegurar que estamos ante la presencia de un libro imprescindible, que impulsará la escritura de otros, puesto que los materiales primordiales aún perviven (terror, vigilancia, represión, delación, agentes). Y si el devenir de la historia los arrastra o sepulta, lo merecemos todos, aun así valdría la pena volver sobre ellos; nunca estaría de más ejercitar la memoria. (La Habana, febrero de 2018)

Enrique del Risco Arrocha
El compañero que me atiende
Antología
Editorial Hypermedia
2018
478 pp.