De Johannes Brahms a Clara Schumann y Richard Wagner

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 Traducción de José Anibal Campos

Sobre un puñado de cartas de Brahms

 

Aunque no soy un coleccionista de rarezas literarias (sobre todo porque resulta poco práctico en mi condición de nómada permanente entre muchos territorios), sí que me declaro un asiduo ratón de biblioteca. Desde que tengo uso de razón como «animal intelectual», decidí que ése iba a ser mi destino zoológico, cosa que ha venido a facilitar mucho la era digital.

Cuánta diferencia entre aquellas primeras investigaciones en archivos y bibliotecas cubanas (de acceso no sólo muy restringido por su precariedad material, sino también férreamente vigilados ideológicamente) y el libre acceso a tanto pasado cultural digitalizado en el mundo entero.

La inmersión en los archivos y hemerotecas ha seguido siendo un hábito, casi una adicción, pero en los últimos tiempos, cada vez más, representa también un modo de resistencia a las coacciones y modas culturales del presente, ésas que con tanta frecuencia ponen de relieve —a veces con impúdica soberbia; otras veces con el cándido alborozo o el llanto desconsolado de un niño pequeño que descubre, respectivamente, que el sabor de una fruta resulta delicioso al paladar o que la llama de un fósforo le quema los deditos— su intestinal ignorancia de tanto plato preparado hace cien o más años en las cocinas de la cultura. En los archivos encuentro no sólo fuentes nuevas de inspiración y material para traducir, sino, sobre todo, infinidad de datos y matices desconocidos que sirven de correctivo a ciertas «verdades» esclerotizadas con el tiempo debido a la obesidad de las academias y al consumo rápido de junkfood cultural. Y si bien en algunos temas la mirada hacia el pasado nos permite cierto regocijo por nuestros progresos, en otras ocasiones sólo nos sirve para comprobar, con espanto, cuánto hemos retrocedido o estamos retrocediendo.

El trabajo en las Cartas de Brahms fue una de esas inmersiones en los archivos. Por un malentendido de traductor más o menos principiante, inexperto aún en lo que atañe al funcionamiento real-existente del mercado editorial, pretendí enriquecer la edición original (que databa de los años 70) con nuevos hallazgos puestos en dominio público y una selección más amplia de las cartas y de los comentarios biográficos. Me hice con la monumental antología que bajo el título de Johannes Brahms. Life and Letters preparara Styra Avins, quien, siguiendo en un principio el método empleado por Hans Gál, aumentaba considerablemente la bibliografía epistolar con datos extraídos de sus propias investigaciones. Sin embargo, nada de eso pudo ser. La editorial española había contratado el original de Hans Gál, y era preciso atenerse a esa edición, por lo que buena parte del cuerpo erudito añadido por mí en la primera fase de traducción debió ser eliminado, permaneciendo hasta hoy a la espera de que otro editor acoja la idea de completar la bibliografía existente sobre este enorme músico del siglo XIX.

Valga esta breve selección hecha por Armando Pinto —muy atinada en su simetría de poner lado a lado a dos figuras que representan dos de esos afectos fundamentales en la vida de cualquier persona: el amor y el odio que inspiran (en este caso concreto representados por Clara Schumann y Richard Wagner)— para hacer llegar a un público más amplio y joven algo de la vida del gran compositor nacido en el norte profundo, en Hamburgo, pero con un instinto vital que siempre tiró más hacia el sur, donde, de hecho, pasó buena parte de su vida y donde, un día 3 de abril de 1897, en Viena (esa bisagra entre lo germánico y lo mediterráneo), murió y fue enterrado.

 

José Aníbal Campos

Viena, 5 de mayo de 2021

 

 

 

 

A Clara Schumann

 

 

Viena, 18 de noviembre de 1862

Querida Clara:

Siento la necesidad de hacerte partícipe de la carta que te adjunto.

Se trata de un suceso mucho más triste para mí de lo que piensas y de lo que, tal vez, te parecerá comprensible. Del mismo modo que soy un hombre chapado a la antigua, tampoco soy un cosmopolita, sino que le tengo tanto apego a mi ciudad natal como a una madre. Pues bien, debes saber que este otoño la Singakademie estaba considerando seriamente acoger a un segundo director. Sólo se barajaban los nombres de Deppe y el mío. Justamente antes de mi partida hacia aquí, se me preguntó privatim[1] si estaba interesado en aceptar el puesto. Pero ahora viene este amigo hostil y me saca fuera de un empellón… y tal vez para siempre.

Qué raras veces encontramos los seres como nosotros un sitio donde permanecer, y cuánto me hubiese gustado a mí haberlo encontrado en mi ciudad natal. Ahora, aquí, donde hay tantas cosas hermosas que me contentan, siento, sin embargo, y siempre lo sentiré, que soy un extraño y que nunca encontraré la paz.

Seguramente ya te habías enterado del asunto, y quizá pensaste en mí al saberlo; sin embargo, es probable que se te haya ocurrido que me causaría un dolor tan grande; no obstante, bastaría una breve insinuación para que vieras cuánto he perdido.

Si mis esperanzas no están aquí, ¿dónde, entonces, podría encontrarlas? ¡Dónde debería y podría! Tú lo experimentaste con tu esposo, y sabes que prefieren soltarnos y dejarnos volar solos sobre un mundo vacío. Sin embargo, uno desea tener ciertas ataduras y conseguir eso que hace que la vida sea vida, y sentimos miedo ante la soledad. La actividad en una animada asociación con otros, en un intercambio vivo, la dicha familiar, ¿quién es tan poco humano como para no sentir añoranza de esas cosas?

Además de todo eso, podrías divertirte con la manera dulce en que este amistoso enemigo me da a beber el cáliz. Por un lado lo hace hablando del floreciente futuro que me espera, y por el otro, y olvidando lo anterior, alegrándose ante la perspectiva de un futuro sin mí.

Les escribiré unas líneas a mis padres que también son para ti. El contenido de esta carta y su existencia deben quedar sólo entre nosotros, y en particular no deben saberlo Avé, ni Stockhausen, ni mis padres.

Afectuosamente,

Johannes

 

 

Viena, 4 de abril de 1864

Queridísima Clara:

Mi mayor gratitud por esa carta en la que me cuentas tantas cosas y que, por desgracia, tiene que recorrer un camino cada vez más largo para llegar hasta mí. Lo más entristecedor de todo es que, tal vez, la perspectiva de la siguiente carta quedará aun más distante, y pronto esa distancia será enorme.

De todos modos, eso sólo lo nota quien, como yo, ama tanto la vida tranquila.

A estas alturas, ya habrá pasado el primer concierto, y quizá muchos otros grandes, y ojalá que todo haya ido de la mejor manera. No me asombra nada que hayas recibido en Livonia y en Rusia tantas muestras de simpatía por las obras de tu esposo. En su cincuentenario, tu marido hubiese podido vivir cómo los hermosos sonidos de su música resuenan en todos los corazones.

¿O es que acaso sería distinto si aún viviera? ¿Acaso el espíritu de contradicción de los hombres hubiese esperado hasta su muerte? No hay nadie aquí más popular, y lo digo en el mejor de los sentidos.

Me gustaría oír muchas cosas acerca de Rubinstein: tal vez pienso y espero más cosas buenas del hombre que del compositor, ya que de éste último no puede esperarse ya nada más grande.

En el otoño interpretó aquí un cuarteto para piano que se hizo extraordinariamente célebre. ¿Lo has oído? Pero escribe tanto, que es posible que ese cuarteto ya sea una antigüedad.

Ahora, por desgracia, tengo que decidir si deseo conservar la Academia para el año que viene. ¡Si al menos otro pudiera hacerlo por mí!

En nuestro tercer concierto, el Oratorio de Navidad (partes 1, 2, 4 y 6) quedó espléndido. El coro y yo, por lo menos, lo disfrutamos. De cara a la crítica de aquí, una pieza de Bach se ve en una posición difícil.

En estos ocho días, Hanslick debió de sufrir unos tormentos infernales, ya que, dos días después, Herbeck presentó la Pasión según San Juan.

Por desgracia, tenemos otro concierto el 17 de abril, y, por desgracia, ¡tuve mis motivos para aceptar la propuesta del comité de interpretar únicamente «Brahms»!

El Ave María, las Marienlieder [Op. 22] y otras Lieder para coros, un motete, cuartetos vocales, el Sexteto para instrumentos de cuerda [Op. 18] y, finalmente, mi Sonata para dos pianos [Op. 34b], con Carl Tausig.

Esto último será lo que más te asombre, ya que tendrás un concepto horrendo de Tausig. Es, sin embargo, un hombre bajito y curioso y un pianista bastante excepcional que, dicho sea de paso, siempre está cambiando para beneficio propio, en la medida en que eso es posible para cualquier persona.

A menudo toca maravillosamente cosas de Rubinstein, de Chopin y, sobre todo, de Liszt. Ya me había pedido la sonata para interpretarla en sus conciertos, y eso va a suceder ahora.

Los de Härtel van a publicar algunas de las Geistliche Chorlieder y tres cuartetos vocales (Wechsellied zum Tanze). Son de una gentileza asombrosa, ¡y piden lo que uno tenga! ¡Antes ya me habían escrito espontáneamente para pedirme cosas nuevas! Rieter sacará en breve mi concierto a cuatro manos.[2] El arreglo es muy ligero, pero debe de ser desconsolador tocarlo, ya que el sonido es demasiado uniforme.

Lo peor para mí en este momento es la mencionada decisión que debo tomar. Es cierto que la Academia me ha proporcionado muchas alegrías, pero, al mismo tiempo, hay muchas cosas desagradables en ella.

Está muy bien que la gente sea tan musical, que cante a primera vista y ensaye con tanto entusiasmo, pero la vida aquí es demasiado agitada, y en una temporada tan corta no puede sobrevivir ninguna persona ni institución que no corra dando traspiés a la par de los otros, sino que desee existir con tranquilidad y buscar el disfrute y la cultura en todo ello. La gente se empeña en vivir bailando de un concierto a otro, de una sorpresa a otra.

Lo que también sitúa lo pecuniario y lo artístico en una situación sospechosa, es que no exista a la cabeza de todo ninguna persona eminente o de cierta eminencia artística.

Podía manejar bastante bien y de forma adecuada los aspectos musicales, pero tal y como son las cosas aquí, tendría que poseer un talento organizativo del que carezco.

En general, aparte de eso, no tengo mucho más que contar acerca de mi vida. Mis verdaderos amigos son los de siempre, y por desgracia, cada vez más, mi corazón sólo puede contentarse con ellos gracias a la imaginación. Aquí no se encuentra a nadie que sustituya a ninguno de ellos.

—Ayer por la mañana los amigos vieneses me tomaron esto último a mal, y a partir de ese momento no me dejaron escribir más. Vinieron uno tras otro, hasta que cerré el tinglado y me marché con el último que vino.

Esta mañana, en cambio, tengo que confesar que, una vez más, lo que ocupa mi mente de la manera más incómoda es el próximo concierto y la decisión que debo tomar.

¡Si uno tuviera dinero, podría tomar las decisiones con mayor facilidad y hacer y dejarse llevar por lo que complace a su corazón! Pero sin él, uno está realmente atado. Cuánto me gustaría ahora, de todo corazón, marcharme pronto a Hamburgo (aunque antes quiero echar un vistazo a algunas hermosas montañas de aquí), y pasar algunas noches sentado en mi vieja habitación! No obstante, también me atrae mucho lo de irme a Baden cuando regreses. ¡Intentaré descaradamente averiguar qué clase de esfuerzos puede soportar el oro de Härtel!

Mis canciones populares para coro [Vierzehn Deutsche Volkslieder] han gustado extraordinariamente aquí, y Spina se mostró muy ávido de tenerlas, pero en vista de que Rieter sigue insistiendo en publicarlas y a él le da igual cuáles sean los honorarios, será él quien las obtenga.

Tengo para ti el retrato de Schubert que viste el año pasado en mi casa. Me lo dio para ti una hermosa joven con la que –Dios bien lo sabe— me hubiera gustado hacer algunas tonterías, si por suerte, en las Navidades, alguien no le hubieras echado el anzuelo antes.

Los míos están bien, mi amor sólo siente temor de que mi madre envejezca, quién sabe con cuánta prontitud se me deparará un dolor profundísimo.

Escríbeme bien pronto y cuéntame muchas cosas de ti y de los niños, de los que tanto me gusta saber que les va bien y dónde están.

Con mi amor afectuoso

Tuyo,

Johannes

 

 

Viena, 28 de marzo de 1870

 

Querida Clara:

Mis agradecimientos por tu cariñosa carta debían de haber llegado hace muchísimo tiempo. No puedo más que reírme de que, a pesar de todo, tus preocupaciones por conseguir una habitación caliente no se hayan vuelto ya superfluas. Por cierto, tengo dos grandes estufas, pero mis habitaciones están orientadas hacia el norte y son difíciles de caldear. Este año se ha presentado un invierno tan obstinado como el que los vieneses no están acostumbrados a ver. Tenemos en cantidades abundantes todo lo que forma parte del invierno. La nieve está tan alta como pocas veces –y los conciertos tienen lugar todos los días, con una regularidad que no había notado jamás. La presentación de la Peri fue, en general, muy mediocre. El coro y la orquesta estuvieron más que dudosos, y los solistas, con excepción de la señora Dustmann y la señorita Burenne, muy insatisfactorios. A todo ello se le añadió la enorme sala (que yo no deseaba para esa obra) y la luz natural, la cual, en combinación con abigarrados colores de las paredes y del techo, no suscitaron, al menos en mí, la atmósfera apropiada.

¡Herbeck tiene ahora otros cuatro conciertos de orquesta! Hasta el momento, no ha tenido éxito alguno en todo el invierno. En esta ocasión fue la Peri, pero, por demás, los periódicos más pequeños son lo suficientemente osados para culparlo a él y atacarlo. A los grandes, sin embargo, ya se los ha echado en el bolsillo, y no creo que eso cambie tan pronto.

Los maestros cantores han tenido que ser anunciados y suspendidos en cinco ocasiones. Ahora las repeticiones están causando los mismos problemas. Eso, de por sí, le impide al público entusiasmarse, pues para ello se necesita cierto impulso. Encuentro al público mucho más apático de lo que esperaba. Yo no me mostré entusiasmado, ni por esta obra, ni, en general, por Wagner. Pero la escucho con tanta atención como sea posible, es decir, las veces que la pueda soportar. La verdad es que resulta tentador cotillear muchísimo sobre esto. Pero me alegra el no sentirme obligado a decirlo todo alto y claro, etc., etc.

Eso, por lo menos, lo sé: en todo lo demás que intento, le sigo los talones a ciertos antecesores que me hacen avergonzarme. Pero con Wagner no me cohibiría de empezar ir a una ópera con el mayor placer. Esta ópera, por cierto, está –entre mis muchos deseos—, antes del puesto de director musical.

Hace poco estuve en Klosterneuburg, algo que haré con más frecuencia con la llegada de la primavera. Es una de las fundaciones religiosas más pudientes, y quisiera que alguna vez pudieras ver un presupuesto como ése.

Esos piadosos padres no tienen absolutamente nada que hacer cuando están en casa. Son, según creo, unos sesenta, de los cuales unos veinte –por libre elección, claro está—, tienen que asumir las parroquias más ricas de los alrededores (Hietzing, por ejemplo, con 5.000 o 6,000 fl[orines]); otros veinte administran las enormes propiedades de Hungría, etc., y el resto se queda en casa en la actividad antes mencionada. En un auténtico monasterio, por ejemplo, el de Einsiedeln, en Suiza, las cosas son siempre más interesantes. Aquí, la vida de holgazaneo y de sibaritismo –tal y como esos mismos señores te cuentan con absoluta franqueza y desenfado— les permite de inmediato dejar de pensar o de hacer cualquier cosa. Para distraerse, viajan a Viena, donde tienen una casa; ¡sin embargo, se les permite dejar su hábito sacerdotal afuera! NB Cuando se cansan, se lo ponen de nuevo.

Para nosotros, sin embargo, es una agradable distracción. El monasterio está situado en un paraje maravilloso, a orillas del Danubio, y los salones donde uno se aloja, el vino que se bebe y, en general, toda la hospitalidad, son ejemplares. En cuanto la primavera se deje ver un poco más, quiero salir con mayor frecuencia, pues conozco muy poco de Austria.

Hay algo que deberías proponerte: viajar a Oberammergau para las fiestas de la Pasión. Quizá cuando termines en Karlsbad (¿o dónde?). Sabes que esos juegos se repiten sólo cada diez años. Hasta donde sé, no los has visto, pero seguramente has oído hablar con entusiasmo de ello.

No hay cosas personales que ahora me vengan a la mente. Pasaré la noche en casa de Anna Franz.

Los Oser están todo el tiempo en Baden, ya sabes que el niño está muriendo.

Oh, milagro, han salido publicados unos estudios para piano y un Adagio de Kirchner. Todavía no los he recibido.

Bueno, adiós por hoy; en lo demás, que todo te vaya bien y que la mano mejore. Saludos a Marie y recibe el cariño de tu

Johannes

 

 

 

Un ríspido intercambio con Richard Wagner

 

 

6 de junio de 1875

 

Muy estimado señor Brahms:

Le solicito que me envíe mi manuscrito de la segunda escena de Tannhäuser revisada por mí, ya que lo necesito para la publicación de una nueva edición revisada de la partitura. Me han informado hace poco que usted, en virtud de un regalo que le enviara Peter Cornelius, proclama ser dueño de ese manuscrito; sin embargo, no creo tener necesidad de hacer caso a esa información, ya que es imposible que Cornelius, a quien yo sólo le dejé ese manuscrito, pero nunca se lo regalé, se haya expresado de esa manera delante de terceros, algo que, según me asegura de un modo vehemente, jamás hizo.

Probablemente no sea necesario por mi parte recordarle esas circunstancias ni habrá ninguna necesidad de posteriores disputas para exhortarle a que me envíe de vuelta, de un modo amigable y voluntario, ese manuscrito que para usted sólo puede tener un valor como curiosidad y que, en cambio, para mi hijo, puede constituir un preciado recuerdo.

Con mi más alta estimación, suyo, devoto,

Richard Wagner

 

 

 

Ziegelhausen, cerca de Heidelberg, junio de 1875

 

Estimadísimo señor [Wagner]:

Si bien le digo de inmediato que me complace enviarle de vuelta, de un modo amigable y voluntario, el manuscrito en cuestión, también me veo obligado, no obstante, a añadir unas palabras sobre este particular.

Hace algunos años, su señora esposa ya me abordó con el propósito de que le devolviera aquel manuscrito; por entonces, fueron tantas las cosas que, al parecer, me indujeron a hacerlo, que al final sólo he podido darme cuenta de una cosa: no me está dado a mí poseer un autógrafo suyo.

Por desgracia, es probable que tuviera que violentar el sentido de su carta si pretendiera yo ahora interpretar otra cosa, pero, tanto entonces como ahora, prefiero hacer un sacrificio ante un simple reclamo suyo.

Para su hijo, la posesión de su manuscrito –comparado con la enorme suma de sus trabajos— no puede resultarle más valiosa que para mí, puesto que yo, sin ser un verdadero coleccionista, suelo conservar únicamente aquellos autógrafos que considero de gran valor. No suelo coleccionar «curiosidades».

No me gustaría tener que continuar estas confrontaciones sobre amigos que ya están muertos, ni sobre reclamos de propiedad de algo que creo deberles a ellos. Quizá para ellos hubiese sido preferible y hasta más fácil admitir ante mí, sencillamente, haber actuado de un modo precipitado.

Me veo en la obligación para conmigo mismo de responder en detalle primero a su carta, y luego a la de su señora esposa; me temo, sin embargo, que no podré evitar ciertos malentendidos, porque, si me lo permite, difícilmente podrá encontrarse otro caso en el que pueda aplicarse con mayor propiedad el refrán de partir peras con el amo que en el de mi persona ahora ante usted.[3] Posiblemente para usted sea grato que yo no pueda verme ya como alguien que le ha hecho algún obsequio. En ese caso, sólo digo que, en vista de que ahora usted despoja mi colección de autógrafos de uno de sus tesoros, a mí me alegraría sobremanera que mi biblioteca se enriqueciera con alguna más de sus obras, por ejemplo, Los maestros cantores.

Supongo que no debo esperar que cambie usted de opinión, y por eso estoy escribiendo hoy mismo a Viena, para que me envíen la carpeta que contiene su manuscrito. Le pido con urgencia que me notifique amablemente, con unas pocas palabras, el momento en el que lo reciba.

Con la más alta estima y admiración, suyo, devoto

Joh. Brahms

 

 

Bayreuth, 26 de junio de 1875

 

Muy estimado señor Brahms:

Le agradezco mucho el manuscrito que acabo de recibir, el cual no destaca por su elegancia externa, ya que en su momento quedó muy maltratado en su copia parisina, pero que –además de todas las razones sentimentales—, me resulta de gran valor, ya que está más completo que la copia a la que Cornelius le hizo una gran tachadura.

Lamento mucho que, en lugar de la deseada partitura de Los maestros cantores (la cual se me ha agotado totalmente a pesar de los muchos envíos que me ha hecho Schott), no pueda ofrecerle nada mejor que un ejemplar de la partitura de El oro del Rin. Sin esperar su aprobación, le envío esta copia hoy mismo, ya que ésta destaca por ser un ejemplar de lujo que Schott presentó con gran orgullo en su momento en la Exposición Universal de Viena. Se me ha acusado en algunas ocasiones de que mis composiciones musicales son meros decorados teatrales: El oro del Rin tendrá que soportar aún mucho ese reproche. Sin embargo, por otra parte, tal vez no resulte poco interesante, si se estudian las posteriores partituras del ciclo de El anillo del Nibelungo, percibir cómo he sabido crear toda suerte de temáticas musicales a partir de los decorados teatrales implantados allí. En ese sentido, quizás, El oro del Rin en particular, encuentre la amable atención de usted.

Con mi más alta estima, queda de usted y le saluda, su devoto

 

 

 

Junio de 1875

 

Muy estimado señor [Wagner]:

Con su envío me ha deparado usted una alegría tan excepcional, que no puedo dejar de comentárselo con unas breves palabras, y decirle también cuán agradecido estoy, de todo corazón, por ese espléndido regalo que debo a su bondad. El mejor agradecimiento, sin embargo, el más adecuado, se lo dedico cada día a la obra misma, que no yace aquí sin ser utilizada. Quizás esta parte sea la que menos exhorte en un principio al estudio exhaustivo que merece toda su obra; este Oro del Rin, sin embargo, pasó de un modo muy especial por sus manos, y ahora deja a la Valquiria brillar claramente en toda su belleza, al punto de opacar con su luz a su fortuita antecesora. ¡De todos modos, perdone usted este comentario! Más obvia resulta la causa: y es que nos resulta difícil hacer justicia a una parte, pues nos sentimos impelidos a mirar más allá de ella, con la vista puesta en el todo.

Después de todo, nosotros tenemos el verdadero disfrute, en parte inspirador, en parte curioso –como, por ejemplo, los romanos al desenterrar una estatua gigantesca—: el de ver su obra elevándose por partes y cobrando vida. En su ingrato oficio, el de ver nuestra perplejidad y nuestra negación, sólo ayudan la sensación segura en el pecho y el respeto cada vez mayor que genera su magnífica obra.

Le reitero mi enorme gratitud y quedo de usted, en la más alta estima,

Su devoto servidor

Johs. Brahms

 

[1] La expresión latina privatim, como bien apunta Styra Avins en su libro Johannes Brahms. Life and Letters (Nueva York, Oxford University Press 2004), es aquí ambigua, pues puede significar tanto que la consulta se le hizo a Brahms de manera indirecta, a través de alguien, o en privado.

[2] Se refiere aquí al Concierto para piano y orquesta en un arreglo para cuatro manos.

[3] El refrán alemán es Mit grossen Herren ist nicht gut Kirschen essen [No es bueno comer cerezas con los grandes hombres]; en castellano, su equivalente sería: Ni en burlas ni en veras, con tu amo partas peras. (N. del t.)