Cosima Wagner

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Traducción de Augusto Fiske

…el negro le sienta bien; tiene además la actitud responsable, un poco altiva, de una mujer que se queda sola en la vida con el honor de llevar un gran nombre.

Alphonse Daudet. Les Femmes d´artistes, cap. IX: “La veuve d’un grand homme.”

 

 

Hay, en la gloria musical, una apariencia de eternidad que resulta perniciosa para las mujeres, que no es asimilada por su corazón. Es por ello que el duelo que practicaron muchas esposas de músicos ilustres tuvo el aspecto de un comercio de lujo con extensión sucesoria. “Esas viudas, dijo, Jules Lemaître, prosiguieron el negocio del difunto según el conocido epitafio.”

Conocí, durante la época en que fui pasante en el Tribunal de París, a un abogado muy distinguido que desdeñaba el cuidado de su renombre profesional para consagrarse al culto del compositor Bizet, de quien él había esposado a la graciosa y honesta viuda. Al hacerlo, mi colega repetía la vocación de von Nissen, quien fue el segundo marido de Constance Weber, viuda de Mozart, y prolongó en una singular aventura póstuma la leyenda del pobre gran Mozart.

Mozart había amado, había desposado a Constance y no a Héloïse, la hermana mayor. ¡Agradable matrimonio que no llegó a desunir la coquetería y los alumbramientos de Constance, los celos y las fugas de Wolfgang! Un cariño siempre juguetón que se expresa mediante apelativos de cantante: Stanzi, Wolfi. Ella tiene alma de canario, él corazón de estornino. Ella es despreocupada, él pródigo. Y su vida en común se desarrolla como el diálogo de Papageno y Papagena en la Flauta mágica. Se baila para reír, se baila para entrar en calor. Es un idilio de la miseria, un idilio que acaba en agonía. Mozart sucumbe el 5 de diciembre de 1791, a los 35 años. Constance se entrega a la demostración de una desesperanza que le impide participar en los pobres funerales. Bajo una tormenta de nieve que dispersa el limitado cortejo de sus desdichados amigos, un viejo enterrador arroja el cuerpo del encantador a la fosa común donde nadie encontrará jamás su cráneo, mientras, la joven viuda liquida las cuentas de su dolor con un marido que no sabía hacer más que obras maestras y deudas.

El emperador Leopoldo le otorga a la viuda una pensión de veintidós gulden por mes. Los editores compran, por caridad especulativa, los manuscritos de Mozart. Estos ingresos no le bastan a Constance, pero le permiten montar una pensión familiar. “Viuda Mozart. Pensión Familiar.” Un muchacho excelente, consejero de la legación danesa en Viena, M.Georges-Nicolas von Nissen, se convierte por azar en pensionario de Mme Veuve Mozart y, como es costumbre, en amante de su posadera. Los dos hijos de Mozart serán educados gracias a los beneficios de esta relación, la cual se regulariza cuando von Nissen es llamado a Copenhague. “En 1808, a punto de dejar Viena, Constance fue por primera vez al cementerio Marxer y pidió ver la tumba de Mozart. El sepulturero, que había echado el cuerpo en la fosa común diecisiete años antes, había muerto y, como la fosa se vaciaba cada diez, fue imposible encontrar el lugar donde yacían los restos de Mozart. Nadie Había pensado en hacer una cruz o gravar una piedra para marcar su sepultura.”1

Pero, durante esos diecisiete años, la opinión había comenzado a reconocer el genio de Mozart. “En Alemania se volvieron a poner sus obras, por lo menos Las bodas de Fígaro, Don Juan y La flauta mágica. El viejo Haydn se inspiró en sus sinfonías, preparando de ese modo el camino para Beethoven. ¿Había duda de que fuera grande? ¡No!, ni siquiera Constance la tenía… Pero como la gloria crecía, tomó conciencia de su papel: ¿entonces ella había sido la mujer de un hombre genial?2

Desde entonces y hasta su muerte, en 1842, Constance se dedicó a recobrar su puesto de esposa en la biografía, la iconografía, la hagiografía de Mozart. Von Nissen trabajó de medio tiempo en ese empleo. Después de haber casi adoptado a los hijos del primer marido, adopta igualmente al primer marido. En 1819, abandona sus funciones en Copenhague para instalarse en Viena, documentarse sobre Mozart y escribir su vida. La Biographie W.A. Mozart’s publicada en 1828, por Breitkopf y Härtel en Leipzig era de Georg-Nicolas von Nissen, muerto en 1819, antes de la publicación de esta piadosa conmemoración cuya edición fue supervisada por Constance. Los ingleses llaman “fuego de viuda” –widow’s fire– al fuego que sólo ocupa la mitad de la chimenea. El hogar de von Nissen fue ocupado por completo por el widow’s fire de Constance a partir del día que comprendió que había evaluado mal su pasado. La burlesca originalidad de la historia es la devoción de von Nissen, su consagración a Mozart, su dedicación a esposo memorialista. Él representa a S. M. el rey de Dinamarca en las cancillerías y a Mozart frente a la posteridad. ¡Qué destino de burócrata!

¡Un destino que exigía una perfecta simplicidad! Él era, en efecto, un perfecto tenedor de libros que le proporciona a Constance la sensación de recuperación y el gusto de la avaricia. Ella muere en Salzburgo, el lugar de nacimiento de Mozart transformado ya en lugar de peregrinaje. Los músicos acuden desde todas las capitales de Europa para rendirle homenajes inducidos que ella acepta como recibos de una viudez grandiosa e insignificante. Bien valdría una ópera bufa, un Komisches Singspiel a la manera asombrosa y sabia, traviesa y maliciosa, de este Mozart angelical cuyo Requiem interrumpido retoma un aire de cantata…

Schnorr, para ilustrar las obras completas de Mozart, gravó una muy curiosa imagen: un medallón rodeado de pámpanos, colocado sobre un pedestal a ras de suelo, frente al cual una mujer graciosa y suave, sentada graciosa y elegantemente, llora lágrimas ostentosas que enjuga con un pañuelo demasiado grande para no parecer un sudario. Hay una magnificencia, una Gemüchthlichkeit de duelo que ultraja la grandiosidad.

Constance fue una viuda ofensiva. Pero no lo fue menos Cosima Wagner, quien incluye la falta de discreción en la viudez y cuyo caso permanece sujeto a debate, como el de Mme de Maintenon.

*

Despojada de hipérboles, sustraída a las controversias, reducida a estilo de diccionario, una biografía de Cosima Wagner podría expresarse como sigue: nació en Bellagio, a orillas del lago Como, el 25 de diciembre de 1837. Fue hija de una adúltera, de una de las más bellas adúlteras de una época en la que los amores de los grandes hombres y las grandes damas eran acontecimientos en la vida europea. Su padre –Franz Liszt–, virtuoso a los 10 años, célebre a los 20, llevaba en la frente la escaldadura de un beso de Beethoven: nostálgico como un húngaro, vagabundo como un gitano, incapaz de fijar sus sentimientos ni su residencia, capaz de codiciar todo y de sacrificarlo todo, amante múltiple, amigo único, sensible a los honores y sin embargo humilde, byroniano y franciscano a la vez, apasionado de Proudhon, encaprichado de George Sand, elevado a francmasón de segundo grado3 para acabar en la tercera orden con una tonsura de fraile que fue su penúltima coquetería, semidiós, medio loco, legó los dones de una herencia genial a los tres hijos de su relación: Blandine, Cosima y Daniel. Pero Cosima, la menor, tenía la ventaja sobre su madre, Marie de Flavigny, condesa d’Agoult, de que no tenía que ser apreciada por su talento de escritora, por las obras literarias, históricas o filosóficas de Daniel Stern. Nacida del matrimonio de un emigrado francés y de una Bethmann de Fráncfort, educada mitad en Alemania, mitad en Touraine, bajo una doble influencia, católica y protestante, esta ambiciosa de alto linaje intenta unir a las conveniencias de la razón los favores de la libertad. Fracasa en esta apuesta de voluntad. Cuatro años fueron suficientes para agotar la sensatez apasionada de Liszt. No queda entre los dos amantes, después de esta tentativa de felicidad estable, más que un amor por correspondencia y el ejercicio mutuo de un derecho de fiscalización que no se fija apenas en Blandine, Cosima y Daniel. La abuela Liszt reemplaza al padre errante y a la madre mundana. Cosima, no obstante, recibió una educación magnífica, en la cual la música igualaba en importancia a la religión o se confundía con la religión. Esta educación se consuma con los cuidados de la vieja Mme Patersi de Fossombroni, quien, habiendo sido la institutriz de Caroline Podocka, princesa de Sayn-Wittgenstein, es designada instructora de los hijos de Liszt cuando aquel, alejado de Marie d’Agoult, olvidado de Bettina von Arnim, de Charlotte von Hayn y de Lola Montès, se convierte en prisionero místico de la princesa.

En vez de sufrir la pena de un nacimiento irregular, Cosima Liszt saca provecho de esta solicitud contradictoria que le testimonian a distancia o intermitentemente un padre ilustre y una madre vivaracha. Gracias a su padre, Rey de Aulnes, ella estuvo desde los diez años advertida de la conducta y procedimientos de la gloria. Gracias a la madre, quien completaba con relaciones su inspiración, pudo a la misma edad, entrever a Lamartine y acercarse a M. Renan. A los 20 años se casa con Hans von Bülow, un pianista gentilhombre, distinguido por la preferencia de Liszt y quien ya se orienta hacia Richard Wagner como un mártir hacia la cruz. Se trataba de un prusiano nervioso, caprichoso y dogmático que invocaba la Biblia a propósito de Bach o de Beethoven: “La obra de clavecín de Bach, decía, es el Antiguo Testamento, las sonatas de Beethoven, el Nuevo: debemos creer a uno y a otro”. Él caminaba sobre las huellas de los “superhombres” a paso de ganso. Cosima lo esposa para consolarlo de haber sido abucheado una noche en Berlín, mientras tocaba la obertura de Tannhausser: por lo menos ella proporcionará esa explicación del compromiso cuya precipitación desconcierta al mismo Liszt, a quien pocas cosas disgustan y muchas le divierten; la explicación, a fin de cuentas, es plausible, pues un periodo de enfermera y otro de tutora precoz podían satisfacer provisionalmente el apetito de dominación que ya atormentaba a esta imperiosa hija de la orgullosa Marie d’Agoult.

El matrimonio se celebró el 18 de agosto de 1857 en la iglesia de Sainte-Edwige en Aix-la-Chapelle. Hans von Bülow, luterano, no se hace del rogar para pasar por la sacristía. Casi al mismo tiempo, Blandine, a quien Wagner mostraba un equívoco interés, se une a M. Emile Ollivier, un abogado parisino, de moda en los salones, que haría una magnífica carrera como hombre de Estado. Blandine y Daniel estaban destinados a morir jóvenes, dejando que las virtudes y ardores de una ascendencia incomparable se condensaran en Cosima, cuya activa personalidad no tarda en desbordar el marco de esa vida de pequeño funcionario que habría de ser la de Hans von Bülow, “pianista del rey de Prusia”. Ella tiene dos hijas: Daniela y Blandine, pero los embarazos sucesivos no entorpecen la energía de las amazonas. Recluta, para conseguir sus fines, las relaciones de calidad: Ferdinand Lassalle, el constructor de partidos, Georges Herwegh, el Lamartine de Stuttgart, y cualquiera que tuviera una idea, un poder, una esperanza no escapa de ser atrapado por los mecanismos de su encanto.

¿Pero qué hacer con Hans von Bülow, y por él? No es más que un artista suplente, inmovilizado, reducido a un segundo plano por su estupor admirativo ante Wagner. Instigada o siguiéndolo, Cosima penetra en la intimidad del maestro. Ella penetra ahí oportunamente, después de la dolorosa ruptura con Mathilde Wesendonck, después dela separación de Minna Planer, la esposa, ¡ay!, demasiado irascible de Wagner, después de la liquidación de los amores intermediarios –la actriz Frédérique Meyer, Mathilde Maier y todas las otras comparsas de un mes o de una noche. El lugar está, por lo tanto, libre para la ocupación a título definitivo de esta vida de hombre que constituye en sí misma un campo de maniobras digna de una practicante del embrujo. Todo se presta a la operación: la cincuentena de Wagner, su vacío matrimonial, y ese respiro material que le ofrece el loco entusiasmo del rey Louis II de Baviera, Hamlet II, de quien Cosima se improvisará como confidente hasta el día en que el ingenuo monarca se dé cuenta de que hay más que colaboración entre su bien amado y Mme von Bülow.

De esta relación, Cosima tuvo dos hijas: Isolde y Eva; el nacimiento de un hijo –Sigfried–, el 6 de junio de 1869, volvió inevitable una ruptura conyugal, sorprendentemente pospuesta hasta el alumbramiento lírico al que Nietzsche casi asiste, sentado como está en la cámara de Ariadna en labores de parto.

“Lo más extraño es que el odio de Bülow parece dirigirse en primer lugar contra Tristan.”4 Decía: “Es culpa de Tristan”, con el mismo tono sibilino que Charles Bovary debía tomar para decir “¡Es culpa de la fatalidad!” Pero sigue dirigiendo la orquesta en las representaciones wagnerianas. El drama de estas existencias entremezcladas se desarrolla entre gente resuelta a que, pase lo que pase, el concierto no se comprometa.

Los amores pasan, los programas permanecen. Es un asunto de programa lo que decide la suerte de Cosima, si uno cree a su apologista, el conde de Moulin Eckart.

“Inmediatamente después de la representación de Los maestros Cantores, la convicción invencible se impone por sí misma a la joven mujer: que tendría que cumplir una gran, importante y necesaria misión. No fue del todo un impulso sensual y apasionado lo que la conduce al maestro, sino la clara conciencia de que sin su ayuda él está perdido, y que las poderosas obras que él tenía a la vista, que eran su objetivo y su razón de vivir, no serían cumplidas sin el apoyo de su mano bienhechora.”5 Hans von Bülow no contradice esa certidumbre que sin duda comparte. Él se resiste a la separación por disposición legítima y preocupación de amor propio marital, pero no sueña en discutir los derechos sagrados de la música y del genio que exigen la requisición de su mujer. Algunos añaden que Cosima Liszt obtiene la aprobación de su confesor; es mejor creer que no la solicitó antes de sus segundas nupcias.

Estas segundas nupcias señalan la etapa decisiva en su ascensión majestuosa; Minna Planer ha desaparecido, Hans von Bülow se ha resignado: nada de obstáculos. Por el contrario, Cosima no se acuerda de Francia más que para incluir en su conversación esta fanfarronada germánica: «París se ha nos ha vuelto indiferente. Ellos [los franceses] pueden hacer lo que quieran con tal de que sean humillados.” Ella podía casarse con un Grossdeutsch: su corazón había emigrado.

Así pues, “el 25 de agosto, después de las sorprendentes victorias de los ejércitos alemanes en Froeschwiller y Forbach, una semana antes de Sedan, Wagner desposa a Cosima Liszt en la iglesia protestante de Lucerna. Él dirige un poema patriótico a Louis II de Baviera y una carta a su suegra, la condesa d’Agoult”.6 Días después de la rendición de Napoleón III, la debacle militar de Francia precipitada a la guerra por Emile Ollivier, el pequeño Sigfried será bautizado en Triebschen –tierra de idilio– entre los salmos de alegría germánica, a los que parecen asociados un Bismarck de la ópera y su compañera autentificada, la nuera de Emile Ollivier. No le falta a la pareja Wagner más que el lazo de la comunidad confesional. ¡No importa! La hija del “fraile Liszt”, ayer católica ferviente, se convierte al protestantismo tan fácilmente como no hace mucho Hans von Bülow pasó del templo luterano a la capilla católica.

Cosima Wagner se convirtió al protestantismo y se consagró a los negocios. A partir de 1870, ella administra a Wagner, su Festpielhaus, las cuentas de los arquitectos, sus intereses de compositor y su inspiración de poeta. No le será suficiente a esta “dama de gran estilo”, que es una mujer de gran orden, con ordenar las despensas, las recepciones y los pensamientos cotidianos; pone por adelantado el buen orden en el futuro. A partir de 1869, bajo la apariencia de satisfacer una fantasía del rey Louis II, escribe Mein Leben, las memorias de Wagner, sus memorias de ultra tumba, que no aparecerán sino hasta 1911, pero que son la apoteosis en reserva, en cava.

Franz Liszt, cuando Cosima desposa a Hans von Bülow, dijo, volviéndose hacia el audaz esposo: “¡Este matrimonio es de lujo!” Cuando Cosima se casa con Wagner, dice, medio convencido, medio en broma: “¡Es una misión!” La misión se ha cumplido. “He conocido y disfrutado la eternidad aquí abajo”, proclamará Richard Wagner en la fastuosa alegría de Wahnfried, edificada como un palacio de felicidad con las puertas abiertas a los visitantes cosmopolitas, a los cortesanos de la fortuna y a los agentes de la publicidad literaria. La representación de Parsifal en 1882 corona una epopeya teatral que iguala a Wagner con Esquilo en la admiración de una posteridad ebria de sonidos. Habiendo terminado su tarea humana y sobrehumana, el maestro muere en Venecia el 13 de febrero de 1883.

La desesperación de Mme Wagner fue patente. “Pero ella habría de conocer el terrible honor de sobrevivir a Wagner durante cuarenta y siete años.”7 Este envidiado honor prolonga hasta el 1 de abril de 1930 su hegemonía wagneriana. Había hecho la concesión de vivir y esta concesión parece ser a perpetuidad.

El conde de Moulin Eckart toma de las Oraciones fúnebres de Bossuet el acento necesario para esta transición de la muerte a la longevidad. Ella vuelve a la vida, “la pobre mujer, llena de profundo dolor, Isolda aspirando a la muerte y sin embargo convencida de la misión que, en las últimas horas, él le había confiado con una calma risueña, lleva esta orden grabada en su corazón. Está descompuesta, mortalmente, al punto de que el mismo Hans von Bülow le grita: “¡Hermana, hay que vivir!” Pero entonces, de su dolor, de su angustia íntima, ella se espabila para actuar y terminar la obra. Aquella que ha salvado al maestro y su genio se convierte en “la soberana de Bayreuth”8

Soberana, dirige a millares de coristas y a millones de oyentes. Renoir, habiendo raspado un fósforo a la salida de un concierto se ve reprendido, amonestado, excluido del derecho de penetrar al santuario. Ella tiraniza a los directores de orquesta que se pavonean como ministros: los Hermann Levi, los Hans Richter, los Felix Mottl, los Nikisch, los Weingartner, cuyas batutas se inclinan ante su férula. Von Gross, el cajero-contable de la firma, obedece sus consignas. Su magra silueta, su perfil de cabra o de pájaro son inseparables de la imaginería de Bayreuth.

“Ella actúa según los giros de la opinión.”9 Aprovechando uno de esos giros de la opinión, esta semi francesa convertida al germanismo integral preside la reaparición póstuma de Wagner en este París que tanto había maldecido. Las sangrantes amarguras de dos guerras franco alemanas jamás menoscabaron los homenajes que la viuda de Wagner recibió de nosotros, como recibía casi todo, como acreedora, pues ella se ajusta al ejemplo del maestro.

El último en el calendario de estos homenajes le llegó de M. Louis Barthou, aficionado a las almas fuertes, cuya voluntad desafía la resistencia antes de sucumbir al desafío supremo del destino. “Después de la muerte de Wagner, escribe M. Louis Barthou, ella mantuvo su culto con una energía cuya justicia ordena admirar las virtudes más que criticar los excesos.”10

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Esta orden del día amistosamente académica, con alabanzas y reticencias combinadas, concluye a maravilla una biografía sumaria de Cosima Wagner. No se escatima una bendición a este magisterio que no se agita, que no se cansa nunca durante 92 años de tormentas. Esta mujer de corazón varonil se revela verdadera y continuamente como “señor de sí mismo”, desdeñando la respetabilidad primero y la adversidad después. A lo largo de duelos y luchas, su queja individual, su grito de angustia o de revuelta no se exhala, ni perturba jamás la majestuosa serenidad de esta Semíramis romántica.

Un jefe no se conmueve. Ella no se conmueve. Ni en la victoria, ni en la derrota.

Es necesario sitiar París, plaza fuerte del arte. Sigfried, su hijo, sucesor del maestro, se apodera de París en 1912 a la cabeza de la orquesta que su batuta dirige: ¡victoria! El mismo Sigfried en 1914 firma el manifiesto guerrero: ¡plaza perdida, derrota! Las dos hijas de Wagner, de quienes Hans von Bülow olvida desconocer la paternidad, litigan contra su madre y hermano para obtener su parte de herencia –proceso desagradable que reaviva un escándalo caduco, disputa tardía de orden civil que fuerza a Cosima a descender de las alturas olímpicas a los bajos fondos de la justicia: ¡derrota del amor propio, la peor! Cosima Wagner no muestra ningún desfallecimiento de su orgullo.

Alemania se hunde sin parar, el marco cae al fondo y Bayreuth, arrastrado a la ruina del Reich, no ofrece más que el espectáculo de un desierto bajo el artesonado. Octogenaria, refugiada en una recámara del primer piso de Wahnfried, contemplando el desastre y sopesando su amplitud, la soberana de Bayreuth destronada, acorralada por la miseria, no se doblega ante el viento de la áspera tormenta. Wahnfried no es más que el Escorial de la música. Cosima muere de pie, vacía de substancia y resistiendo, a pesar de todo, como uno de esos viejos árboles del Limousin o de Quercy de quienes Luis Codet festeja su secular vigor:

Es un tilo centenario

Tocado por la tormenta 11

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Esta longevidad que desafía las catástrofes emparienta a Cosima Wagner con su contemporánea la emperatriz Eugenie, a quien un parecido instinto de conservación encauza paralelamente hacia el lejano término de una senilidad confortable. Este género de viuda invencible no es de un tipo corriente. Pero de él existen numerosos ejemplos: viudas pensionadas de un régimen al que se creen obligadas a sobrevivir, matronas sin miedo y sin reproche a cuya salud no inquieta la sensibilidad, abuelas autoritarias de nuestros campos que eluden la muerte para evitar una dimisión de bienes. Al verlas pareciera que la vejez fuera una larga malicia. O que nuestras sociedades democráticas gustan de la malicia y de la senilidad. Las reverencias a Cosima Wagner se justifican por esta predilección.

La reverencia sucede al culto, es todo. Nosotros ya no celebramos el culto de las druidas literarias, de las mujeres inspiradoras o redentoras, de las sacerdotisas del hombre. Este mito que imagina sin duda Goethe, que se apropia Auguste Comte, que Michelet magnifica, a quien el pobre Poe vincula sus tristes aventuras amorosas con Mrs. Shelton y Mrs. Whitman, es eliminado. El último mitógrafo de la serie, el último trovador místico –Edouard Schure– ha desaparecido casi al mismo tiempo que Cosima Wagner y Maurice Maeterlinck ya no habla de las mujeres como “hermanas veladas con todas la grandes cosas que no percibimos.”12

Ya no es suficiente con anunciar: Ecce ancilla domini para que se pongan en posición de firmes los muchachos malvados de la indisciplina sexual, tan prendados por lo demás de un ideal de genio célibe. ¡Ancilla domini! ¡Nada de frases! ¡Hechos, actos, un balance de pérdidas e ingresos!

Una frase perentoria, una frase comodín resume toda la leyenda heroica de Cosima Wagner: “ella salvó a Wagner”. Si hubo salvamento, fue, en todo caso un salvamento en puerto. Pues, el 12 de marzo de 1866 –“el día de la bienaventuranza” 13– cuando Mme von Bülow llegó a Triebschen a reunirse con el maestro al que no habría ya de dejar, la situación de Wagner no era la que había tenido dos años antes, cuando recibió en una habitación del hotel Marquadt, en Stuttgart, a von Pfistermeier, secretario áulico de S.M. el rey de Baviera y con él, para él, las primeras certezas del renombre. Ciertamente, el exilio impuesto por la coalición de ministros bávaros detuvo la cruzada en sus inicios, en realidad en sus preparativos. Pero la pensión de Louis II atemperó el exilio con una confortable suavidad. Y, por lo demás, el escándalo de Munich le proporcionó a Wagner el ruido necesario a sus lanzamientos musicales.

Minna Planer fue enterrada a finales de enero de 1866. Los amores secretos de Cosima no toman el carácter de una franca relación sino dos meses después del entierro de Minna. Richard Wagner era viudo y libre, en tanto que Mme von Bülow resolvió liberarlo de las cadenas del pasado.

El maestro no se las arregla sin señora. Le hace falta tener a su lado una mujer que lo asista y lo aliente. Él siempre gime como si se quejara de falta de amor. Él gime en 1866, pero no más que en 1863, cuando esboza con Mathilde Maier un plan de idilio racional. “Me hace falta una patria, no la patria terrestre, sino la del corazón… me hace falta una presencia femenina…”14 A diferencia de Cosima, Mathilde Maier fracasa en cumplir esta función de presencia amorosa. Esta bella mujer, rubia y seria, era capaz de heroísmo tierno. La sordera que la aflige desde la infancia no disminuye el precio de su sufrimiento mientras Wagner compone Los maestros cantores de Núremberg. Sabe escuchar, incluso sin oír. No sabe conceder el gesto adecuado. “Ella elige el papel ingrato, el papel difícil y es preciso no culparla por ello como de una cobardía.”15

Pero este hombre terrible que no soportaba ningún rechazo, prosigue su correspondencia con esa pequeñoburguesa asustada, como si guardara en reserva un amor de repuesto. La correspondencia comenzada en 1862 se prolonga hasta 1878,16 mucho más allá del día en que Mme von Bülow instala las comodidades de su imperio.

Cosima no sacia al ogro sentimental. Las delicias de una paternidad tardía no satisfacen las ambiciones de este corazón ilimitado. A riesgo de transgredir la orden, Wagner continúa escribiéndose con Mathilde Maier y eso sería suficiente para demostrar que la asistencia conyugal de Cosima dejaba espacio a las nostalgias.

¿Ella, por lo menos, ha restituido al creador su poder de creación? Al reino de Cosima corresponde la finalización de Sigfrido, la partitura del Crepúsculo de los dioses y la escritura del poema de Parsifal, magnífica cosecha artística, ¡pero poco abundante comparada con la fertilidad anterior! De 1860 a 1883, Richard Wagner monta representaciones, perfecciona sus obras sobre el papel o sobre la escena. Cesa de inventar. El inventor de ficciones se eclipsa frente al fundador de escuela y el director de teatro. A pesar de ello su vitalidad cerebral no decae de los 53 a los 70 años. La orientación de su genio varía a merced de la dama reinante.

A pesar de los ditirambos y las exhibiciones de gratitud, no le dedicará a su esposa un ex–voto comparable a la dedicatoria de Tristan e Isolda en la que se ennoblece la memoria de Mathilde Wesendonck: “Que haya escrito Tristan es por lo que te agradezco desde lo más profundo de mi alma y durante toda la eternidad.”

Tristan pertenece a Mathilde y le pertenece en exclusividad. Parsifal no es propiedad única de Cosima, pues una parte de la inspiración se debe a Judith Gautier, la cálida camarada cuyo aliento reanima las últimas flamas de una concupiscencia de Titán. Judith Gautier encarna el deseo, Cosima Wagner encarna la voluntad.

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Pero esta voluntad tiende en definitiva a fines personales, a captar la gloria, y es esto lo que descubren de pronto algunos fanáticos del maestro rebelados contra la Papisa por amor a su dios. El ataque precede en algunas semanas al deceso de la muy vieja dama, a quien los cronistas olvidan una vez que el wagnerismo es admitido como religión establecida.

La curiosidad ordinaria se satisface con diez mil publicaciones wagnerianas, con trescientos volúmenes documentales publicados sobre su obra, el hombre y su entorno. Una tradición de Bayreuth, después de liberarse de la guerra, define los ritos del fervor y repartición de alabanzas. “En la actualidad, escribe M. Bartholoni, presidente del Conservatorio de Ginebra y wagneriano de estricta obediencia, la lucha ha terminado: ya no se discute más que sobre cuestiones de detalle; se remozan o se simplifican algunos decorados; espera uno que se perfeccione el cisne de Lohengrin y el dragón de Sigfrido y que se mejoren las proyecciones vacilantes de la cabalgata de las Valquirias.”17

Cuando estas ilusiones de pequeños progresos cultivaban al pie del altar piadosas divagaciones, se abre de improviso una instancia de revisión de la santidad, entablada contra “los excesos” de Cosima Wagner por dos publicistas americanos, P.D. Hurn y W.L. Root, los cuales utilizan los documentos de la colección Burrell, constituida y olvidada por más de treinta años. Quisiera poseer algunas dotes psicológicas a propósito de esta excelente Mme Burrell, esposa del honorable Willoughby Burrell –Lord Gwydyr– que ama a Wagner al punto de aborrecer a Cosima y de nutrir su aborrecimiento como una requisitoria.

No hay como un anglosajón o una anglosajona para cultivar ideas fijas de la historia menuda. La idea fija de Mme Burrell la empuja a búsquedas y gestiones arriesgadas, fastidiosas y ruinosas. Pero lo más asombroso “es que Mme Burrell haya logrado documentarse luchando cara a cara contra Cosima Wagner.”18

Cosima saquea todos los papeles, manuscritos y autógrafos que le señala una administración de la amistad singularmente vigilante. Wahnfried, como la Wilhemstrasse mantiene un servicio de espionaje y contraespionaje que descubre los futuros complots de los libelistas. ¡Wagner ha dispersado tanto su amor y sus escritos que incita al escándalo por todas partes! Desde 1866, Wagner, instigado por Mme von Bülow, ya todopoderosa, exige la restitución de las cartas a Minna que permanecen en manos de Natalie, la hija natural de Minna –esta hija camuflada como hermana por un prodigio de decoro y que acepta esta superchería sin denunciarla durante medio siglo. Natalie, obligada a devolver el paquete, conserva el tesoro –su humilde tesoro–, los preciados billetes de 1836 en los que el modesto músico implora a la linda actriz que desea esposar, los billetes de ternura y de súplica, de reproches y de celos, de reconciliación y de zalamería, los billetes que devuelven al superhombre a las dimensiones de hombre, lo muestran débil ante alguien más débil que él, vacilante frente a la crueldad de la ruptura, bamboleando de la mentira a la lástima, más próximo a Peer Gynt que a Casanova.

Esas son las cartas que Natalie, después de haberlas protegido de las reclamaciones de Wagner, de las investigaciones de Cosima, libra a las indiscreciones vengativas de Mme Burrell. Son las cartas que servirán a la rehabilitación de Minna, a la refutación de los cuatro volúmenes de Mein Leben, cuyo fin apologético nunca fue negado, cuya falsificación no puede ya ser negada. Me es indiferente saber si las primeras palabras de la autobiografía portaba esta declaración que Nietzsche afirma haber leído en la edición de quince ejemplares: “Yo fui hijo de Louis Geyer.” Esta precisión no tiene valor más que en la controversia de judíos y antisemitas. Hay suficientes nacimientos adulterinos en la línea de Cosima como para agregar el de Richard.

Aquí el silencio procede de un prejuicio de corrección burguesa. Pero no podría reprochársele a Cosima Wagner que coloque en escena para la eternidad el gran cadáver de su esposo. Que haga a su modo la restauración del muerto. ¡Que lo vista, lo adorne, lo maquille en función de una perpetua y solemne ceremonia! La piedad no es más que un maquillaje cuando se ejerce en los bastidores de un teatro universal. Es necesario consentir una tolerancia especial a la inexactitud cuando se trata de la beatificación laica: los sujetos de la posteridad, como los sujetos del fisco, tienen derecho a faltantes en sus declaraciones. Cosima Wagner hace uso de ese derecho para escamotear el pantalón rosa de Marie, la sirvienta vienesa, que hacía tan amablemente la interinidad: ella lo usa para omitir, en el balance de Richard Wagner, a diversas damas piadosas que, antes de llegar al final, aseguran los relevos. Ella usa las reticencias con autoridad, con ingenio, lo que conviene a una mujer-jefe, patrona de dinastía o fundadora de la orden. Marie d’Agoult fracasa en su designio de transformar a Liszt en celebridad correcta; pero su hija Cosima hizo de Wagner un gentleman retrospectivo.

Ella hizo más. Transforma a ese monstruo sublime en mártir burgués y Minna Planner se convierte en el falso verdugo de ese falso mártir. Veinticinco años de unión infernal fueron borrados por la censura de Wahnfried, borrados y ennegrecidos, ennegrecidos y manchados. ¡Y cómo! ¡Ni una indulgencia parcial, ni siquiera una limosna a quien fue testigo de las obras maestras! ¡No, ni eso!

Es a pesar de Minna que Wagner, de 1836 a 1851, concibe once óperas, termina nueve poemas, esclaviza al público del mundo. Es gracias a Cosima que por fin fue él mismo al final de un periodo de espera trágica. Tal debería ser la verdad sobre Wagner –y como el papel real de Minna contradice esta versión, la soberana de Bayreuth relega a la intrusa del pasado a la cocina de los años de lucha alimentaria, la expulsa del recuerdo, enamorada calumniada, esposa engañada, sombra acorralada…

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La sorprendente correspondencia intercambiada entre Cosima y su yerno Houston S. Chamberlain19 demuestra que se trata, en efecto, de una empresa del espíritu en el que la imaginación usurpa el lugar del corazón. “Vos tenéis razón, amigo, escribe ella, yo he tenido mucha bondad y amor en mi vida. Lo he vivido o resentido. No lo sé…”20

Nosotros lo sabemos. Nosotros sabemos que no hay una sola palabra de ternura en ese volumen de efusiones, ni una palabra de evocación íntima, de nostalgia languidece en la correspondencia de esta viuda cuya viudez fue su razón de ser.

La ausencia de hipocresía sentimental deja a esta altanera veterana sin parecido con la cautela banal de las sobrevivientes aprovechadas. La tonta fórmula usada para la gloria de las mujeres “duelo resplandeciente de felicidad” no se aplica para nada a Cosima, cuya gloria no fue un duelo de felicidad, sino un duelo de indecencia.

 

  1. Davenport Marcia, Mozart, 1756-1791, Payot, París, 1933, p.297.
  2. Ghéon Henri, Promenade avec Mozart, Desclée de Brouwer et Cie, París, 1932, p. 441.
  3. Correspondance de Liszt et de la comtesse d’Agoult, publicado por su nieto, Ollivier Daniel, Grasset, París, 1934, t.II, p. 263.
  4. Pourtalès Guy de, Wagner, histoire d’un artiste, Gallimard, París, 1932.
  5. Moulin Eckart, comte du, Cosima Wagner, Stock, París, 1933, p. 200.
  6. Pourtalès Guy de, cit., p. 351.
  7. Pourtalès Guy de, Ibid., p. 428.
  8. Moulin Eckart, comte du, Op. cit., p. 463.
  9. Malherbe Henry, Le Temps, 9 de abril 1930.
  10. Barthou Louis, La vie amoureuse de Richard Wagner, Flammarion, París, 1925, p. 200.
  11. Codet Louis, Poèmes et chansons, NRF., París, 1926, p. 205.
  12. Bailly Auguste, Maeterlinck, Firmin Didot, París, 1931, p. 48.
  13. Expresión de Wagner.
  14. Carta de Wagner a Mathilde Maier, 3 de enero 1863.
  15. Gillet Luis, “Une inconnue de Richard Wagner”, La Revue des Deux Mondes, 1 de octubre 1930, p. 603.
  16. Scholz Hanz, Richard Wagner an Mathilde Maïer (1862-1878), Theodor Weicher, Leipzig, 1930.
  17. Bartholoni Jean, Wagner et le recul du temps, Albin Michel, París, 1923, p. 49.
  • Hurn P. D. y Root W. L., La verité sur Wagner, établie d’après les documents Burrell, traducción de M. Rémon, Stock, París, 1930, p. 12.
  1. Cosima Wagner und Houston S. Chamberlain in Briefwechsel. Reclam, Leipzig, 1934.
  2. Carta de Cosima Wagner a Chamberlain, Wahnfried, 19 de febrero 1889.