Arquitectura

0
305

Con Las moradas, Nicolás Cabral (Córdoba, Argentina, 1975) nos ofrece estructura por encima de historia. Se trata de un libro que podría parecer extraño a ojos de un lector habituado a los inicios–nudos–desenlaces, a la anécdota, a preguntarse qué va a pasar en el próximo capítulo o al final del cuento.

Si bien varios de los nueve relatos que conforman el volumen publicado por Editorial Periférica cuentan con una anécdota que se desarrolla, como en La palabra, Cuaderno o Cierto lugar, en la escritura del también editor de la revista La tempestad lo que predomina es la forma, la experimentación con la forma de narrar.

Así lo vemos desde el texto inaugural, que le da título al libro. En estas páginas el autor ofrece un peregrinaje construido con enunciados cortos, con puntos y seguido y puntos y aparte. No hay otro signo de puntuación. De esta forma, el habla del personaje–narrador adquiere brusquedad, convirtiéndose en una sucesión de golpes, de la que Nicolás Cabral se sirve para construir un escenario envuelto en una atmósfera con dejos de distopía. “Ya habían arrasado. Mi padre agonizaba. Yo sentado en una silla. A su lado”, nos dice el narrador como si martillara, antes de salir a merodear, a meterse en casas ajenas y vacías, donde se conserva cierto orden debajo del polvo, donde el intruso duerme, come y recolecta fotografías y ropa interior de mujeres y jovencitas. Pronto este personaje va a irse más lejos: “Decidí mudarme de ciudad”, dirá, antes de empacar varias latas y ropa interior ajena en una mochila que tampoco es suya.

En ese ir más lejos también puede contarse su atrevimiento, por así llamarlo: si antes, cuando miraba a las niñas en la iglesia, cuando hizo varias amigas y asistió a sus fiestas, el narrador subía a la recámara en turno a robar sostenes y bragas, ahora, después del evento ocurrido antes de que inicie el libro, cuenta con una libertad absoluta para invadir cualquier casa y volverla suya a través de actos como una comida, dormir, defecar o masturbarse.

Ausencia y Cierto lugar son cuentos que se asemejan a Las moradas en su estructura. El primero de ellos, sin ceñirse a un único signo de puntuación, está hecho también con enunciados cortos. La diferencia con el texto que abre el libro estriba en que el personaje permanece inmóvil, apenas da unos pasos para ir a orinar y espera a una ella ausente, una ella que el narrador llama con desesperación, con un “¡Amor, ¿estás en casa?!” o un “No la veo por ninguna parte. ¿Volvió anoche?”, sin moverse, aunque en un momento asegure: “Podría salir a buscarla”.

La desesperación de este personaje por la ausencia de ella, al final, va en aumento, y mientras recuerda la época en la cual no estaba postrado ni esperaba la cuchara de sopa, la puntuación del texto cambia, así como su redacción: se confunden ideas expuestas a lo largo del cuento, se van omitiendo puntos, comas, quedando el desenlace como algo parecido a un lienzo cuyos bordes se deshilachan con suma rapidez: “Rubia murciélago, vecinos cerdos, amor sábanas amarillentas. Voy a buscarla. Amor ratas con alas primo del cuarto de al lado despertar ojos abrir brazo revolcarse tirarse pedos sacarse mocos rubia goteras salir gemir murmullos sangre buscar. La buscaré”.

Esta omisión se lleva al extremo en el cuento que cierra el volumen, titulado Cierto lugar. Aquí, Nicolás Cabral limpia cada párrafo de cualquier signo de puntuación, excepto por guiones y paréntesis, y además, suprime las letras mayúsculas.

Sin embargo, dicha particularidad no vuelve ilegible el texto: las ideas, construidas con enunciados cortos, se separan e interrelacionan a través de espacios visiblemente más amplios que los comunes, entregándonos la cotidianidad de un grupo de personas que ha sido abandonada en una zona campestre, donde hay una planicie, árboles, un lago y una colina, y hasta donde alguien les lleva provisiones en un contenedor que cuelga de un paracaídas.

Como ocurre con varios de los cuentos que conforman Las moradas, Cierto lugar está inscrito en el territorio de aquella fantasía con cierto dejo distópico, y narra, además del abandono por parte de quienes llevan el contenedor de provisiones, la evolución que se da a partir de dicho evento, la espera convertida en exploración, en un animal que se cocina en el fuego. Alrededor de esto, el autor levanta con bloques–enunciado un sitio y una época semejante a la del primer cuento: “hubo una historia             (antes de que nos trajeran)                no importa ya”, es hermano del “Ya habían arrasado” al inicio de Las moradas. Así, con pincelazos breves, con esbozos, Nicolás desentierra de la página un tiempo muy probablemente posterior al nuestro, a nuestra realidad. Esto lo intuimos por el mobiliario de cada cuento, las casas solas, abiertas a la invasión del narrador de Las moradas, la fábrica con apenas herrumbre y maquinarias incomprensibles que el grupo de Cierto lugar habita durante un tiempo, luego de vivir en cavernas.

Esta atmósfera de fantasía que conserva un pie dentro de nuestra actualidad se extiende a Cuaderno, cuento que junto a La palabra, es el más cercano a la idea tradicional que de una narración corta se tiene. Aquí, la morada del texto es la libreta de un periodista, en la cual su dueño va registrando observaciones, entrevistas con un preso, charlas con un colega.

El lector podría pensar en Cuaderno como en algo cercano a El señor de las moscas, de William Golding, ya que en la libreta del periodista se consignan momentos y consecuencias de una revuelta infantil. Aunque, a diferencia de la que ocupa las páginas de la novela publicada en 1954, esta no se desarrolla en una isla, sino en la ciudad, y está dirigida contra los adultos, cuya descomposición es idéntica a la de los propios niños.

“Sin mayores preámbulos, pregunté sobre los niños. ¿Los niños? Nacieron en la mierda, harán que todos compartan esa mierda”, escribe el autor a través de la pluma de su personaje, delineando así un ambiente sórdido, unos seres que en sí mismos y desde muy temprana edad, guardan la semilla de la descomposición. Y el pesimismo, el temor a que el encuentro con un niño, en apariencia inocente, termine en el ataque de una banda, se acentúa con el regreso del Cosmonauta, el último hombre, el último capaz de imaginar, en palabras del dueño de la libreta.

El Cosmonauta ha estado fuera de la Tierra por setenta y cuatro años, quince para él, en la soledad del espacio. “¿Por qué partió? ¿Con la esperanza de conocer el futuro, de encontrarse con una especie evolucionada?”, escribe Nicolás Cabral, y nosotros, junto a él, notamos desde el otro lado de la página cómo esa tilde enfatiza la desilusión, cómo a través de esas pocas anotaciones se vuelve más sólido un escenario de enfrentamientos y zonas acordonadas por militares, de manos temblorosas y centros penitenciarios a los que las mujeres van a buscar a sus hijos, niños ya sin rasgos que los definan como tales.

Parecido a los niños, conscientes sólo de la violencia y así portadores de una semilla perniciosa para todos, es el vocablo impronunciable que logra descubrir el personaje de La palabra. Este es otro de los cuentos que transita la zona de lo tradicional: hay una historia lineal con un salto al pasado, hay un desenlace abierto, un nudo.

Como en Cuaderno, tenemos a un personaje–narrador, en este caso un policía criminalista con aspiraciones de escritor que se ve obligado a acudir a una escena del crimen. “Un hombre muerto sobre una mesa, no hay rastros de nada, debes venir”, lo llama el jefe, de madrugada, sin respetar su sueño. Y él obedece, como antes, cuando también le dicen “debes venir”, cuando se encuentra a un hombre que se ha disparado a sí mismo al rostro, por accidente, intentando acallar los reclamos de infidelidad de su esposa.

Esta vez no hay gárgaras color carmín, no hay un individuo (o un ex individuo, como el personaje lo llama en un arranque de humor) sin rostro, a causa de un disparo de escopeta, y tampoco un escenario donde mandíbula, ojos y nariz quedan esparcidos por la habitación. Ahora, el cadáver se encuentra apoyado en el escritorio, donde hay varios papeles. Se trata del profesor B, muerto mientras realizaba una investigación.

Como en Cuaderno, tenemos anotaciones, en las que el policía, luego de robar la libreta del hombre muerto, encuentra lo que pondrá la palabra FIN a la historia de la humanidad: el vocablo impronunciable que con tanto afán buscara el profesor antes de su muerte. Dicho vocablo se nos muestra como la respuesta a los intentos literarios del policía (“…porque lo que tengo que decir he de encontrar su forma justa, y posiblemente yo sea el futuro autor del libro que diga la última palabra sobre la humanidad”), pero también es esa semilla de destrucción que guardan los niños del penúltimo cuento del libro.

Fuera de estos textos, el autor nos ofrece estructuras donde los hechos, cotidianos o no, parecen girar sobre sí mismos, terminando en un punto cercano a su inicio: el personaje que entra en más de una casa abandonada sale de su pueblo para volver más tarde; los enunciados de Un cubo, que relatan la exhaustiva búsqueda del origen de una filtración de humedad; el cambio de turno en La pajarera, en donde el diálogo inicial y final, “–¿Le doy? –No todavía”, está indicándonos que la vigilancia del prisionero transcurre como una copia al carbón de la anterior, sin importar quienes sean los custodios; la imagen de un pájaro en la orilla de un tejado, un ave de apariencia pétrea a la que se regresa y se regresa en Superficies, y que es el conector entre el presente y los numerosos flashbacks que llenan el texto.

Lo anterior, junto a la atmósfera fantástica que permea los cuentos, hacen de Las moradas un libro–poblado en el que si bien las historias pared adentro son distintas, se hace presente cierta uniformidad otorgada por las estructuras, es decir, por el andamiaje que Nicolás Cabral construye palabra a palabra, como si la escritura fuera una arista más de su formación como arquitecto.

 

Las moradas, Nicolás Cabral. Editorial Periférica, 2017. 133 pp. ISBN 9788416291427