Una noche de hace diez años

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A la escuela primaria IMA de Ciudad Altamirano,

entrañable primera escuela de letras,

que fue invadida por la barbarie.

 

I

Galo Gutiérrez está en su taller mecánico. No para de platicar… Platica para sí mismo, en voz alta, dándole peso a ciertas palabras y frases; como lo hacen todos los que llevan tiempo platicando a solas. Su taller está en un cuarto de cerrada de Ánimas, de esos cuartos de cortinas de alzar y bajar que ahora la gente les llama accesorias. El piso del taller, ennegrecido por el aceite quemado, luce descombrado. Toda la herramienta está en su lugar y los fierros y las piezas de deshecho reposan en el óxido de los rincones discretos. En las paredes hay un póster de calendario, una imagen no mayor de la palma de la mano de la Virgen de Guadalupe y una repisa sobre la cual se despliega un Martín Caballero en su acto de caridad… Nada de esto puede distraer de los lamparones y el escurrimiento de la desgracia. El techo, en obra negra, es el cielo de penumbra donde se pierden las palabras de Galo. Este, sentado a una mesa que está a un costado de la entrada, se afana sobre un carburador, como si estuviera sobre un yunque martillando el metal con la mirada; esto porque la mesa, sostenida de un alto pedestal de madera, es de una superficie chica, tan chica, que nada más caben en ella el carburador con sus piezas sueltas, un botecito de gasolina y la brocheta que suelta de un rato a otro para beberle a la caguama que tiene entre las piernas. Galo, después de uno de esos tragos, sigue en su plática: “Ya no tomo mucho. Una o dos. Ni para decir aquello de ‘nomás para sacar hambre’; más bien, para pasar el rato. Aquí me la paso platicando con mi madre y con la Charito. Mi madre de qué tiempos murió… Y ella, Charito, la que fue mi mujer, está lejos, muy lejos…” Deja la brocha y con el índice de la mano izquierda se apunta un agujero de su playera que está derecho a su corazón. “Yo me casé con ella a los 21 años. Ella tenía 14. Era una guacha bonita… allá a donde esté, estoy seguro: ha de ser la mujer más hermosa. Eres un ángel, vida mía. La llevé a la casa de mi madre. Al año tuvimos un hijo. Y ahí es donde uno dice que fue feliz. Mi madre desde un principio no la quiso. Y yo nunca decidí abandonarla a su suerte. ‘Dale por su lado ―le decía a Charito―. ¡No te desesperes! ¿Qué podemos hacer? Bien que nos podemos cambiar de casa. ¡Mira: hay dinero! ¡No te hace falta nada! Después de todo, la vieja, como tú le dices, con su mal carácter y todo, es mi madre. ’ Y ella siempre se portó a la altura. No es que quiera echarle porras. Yo veía cómo trataba de granjeársela. Había tiempos que se llevaban bien. Se platicaban sus sueños al amanecer. Se ponían de acuerdo para cocinar juntas. Pero mi madre siempre tuvo ese mal genio. Se le agrió el humor luego de la menopausia. Y ahí tenía a Charito diciéndome: ‘Pero ¿por qué tengo que navegar, primero con un borracho; y luego con tu madre?’ Porque por esos tiempos yo le entraba duro al trago. Trabajaba para el Gordo. Lo que soy, lo que sé, es gracias a mi patrón el Gordo. Con él este taller relucía, rendía sus buenos dineros. Él se fue de aquí porque la mujer lo dejó. Tonta esa mujer, tenía todo con mi compaché el Gordo. De ahí él empezó a trastabillar y terminó, como te decía, por irse de por aquí. Yo por ese tiempo ya tenía la de izúcar de matamoros. Me dio temprano, apenas a los 23. Tiempo después que la jefa murió las cosas empeoraron. Charito embarneció. Se puso gorda como su madre. Y parecía que quería seguir los pasos de ella porque en su cara, por ratos tan bonita, le bullía el impulso por partir con el primero que la sonsacara. Después que tuvimos a nuestro primer hijo ya no pudo embarazarse. Y ahí estaba ella, que ansiaba tener la parejita. Si hubiéramos tenido once hijos tal vez todavía la conservara. La cosa era que se embarazaba y cada vez que lo hacía su cara se hundía en negros presagios. No hacía ningún quehacer porque se miraba grave. No pasaba de los tres meses. Me llamaba y yo me iba volando a la casa. Me recibía con los dedos chapoteando con la sangre. Me enseñaba los abortos y se ponía a llorar. Una vez, entre sollozos, me enseñó una bolita como una manzanita de coco, rugosa, ceñida de hilos delicados de coágulos; y se partió en un llanto diciéndome que ahora sí iba a ser niña. Nuestro hijo Federico tenía 10 años cuando por fin cuajó un embarazo. Ella me decía por entonces: ‘No te confíes, méndigo borracho, un día de estos voy a dejarte. ¡Ja, ja, ja!’ Y yo no sabía si su risa era de sorna o de odio. ‘¡Ya encontraré quien me valore!…’ ” Galo Gutiérrez se queda callado por un momento. Sus ojos no pierden detalle de los resquicios del carburador. Con su frente amplia y sus cejas tupidas que arquean sus ojos morunos parece una bestia en acecho. La serenidad hace resaltar su nariz recta y sus labios levemente reventados. Su rostro, enmarcado por su pelo hirsuto, irradia esa luz tenue de los soles que los niños de 6 años pintan en sus libretas de dibujo. Su delgadez a causa de la diabetes aún no ha demacrado su rostro. Aún se le puede saludar como a un rostro joven. Después de un rato, que aprovechó para acabarse la caguama, añade: “Y me abandonó Charito. Por más que yo me hacía ilusiones que volvería (nos seguimos viendo como amantes por un tiempo), nunca volvió. Han sido diez años de oscuridad. Diez años de estar aquí sin saber nada de ella. Pero por ella me mantengo. Me ha ayudado a permanecer aquí…” Galo Gutiérrez hace un movimiento para bajarse de la silla. Cae al suelo y da una maroma porque tiene sus dos piernas amputadas desde arriba de las rodillas. “Esto también a causa de la izúcar de matamoros”, dice desplazándose hacia el fondo del cuarto con agilidad. Sus muñones los protege con fundas echas con correas de neumático. Galo, así de chiquito, después de cortar un pedazo de cable, vuelve ágil y excitado. De un brinco sube al banco y se acomoda a la mesa, mientras masculla: “Charito me ayuda a mantenerme aquí de pie. Un día ella volverá. Ahora tengo 44 años. Estoy seguro que vendrá aquí”, dice esto último apuntándose el agujero de su corazón.

II

―Jefa, ¡présteme su cadena para empeñarla! Necesito comprar material para sacar una chamba.

―¡Qué! No, Galo. Ya acabaste con todo mi oro. ¿Qué le hiciste a mis aretes de apache? ¿Cuándo me regresaste mi cadena de calabrote?

―Esta vez sí le devuelvo su cadena luego enseguida. El otro oro lo tengo empeñado. He ido renovando los contratos.

―¡Y todo por esa puta! Esa mujer ha sido tu desgracia.

―No, jefa. Ese dinero lo quiero para comprar unas piezas.

―¡Hijo! ¿A quién quieres engañar? Siempre que esa mujer se va ahí estás rogándole. ¡Dándole a manos llenas! Esa mujer no es buena…

―No diga eso, madre…

―Ay, Galo; ay, Galo. ¿Por qué eres tan cresta? Si ya se fue, déjala. Búscate una aunque sea de la cantina. Tanta mujer que hay.

―Sí, jefa, ya le tengo el ojo puesto a una. Ya empezó con sus cosas. Por eso es el agravio de aquella cocha.

―Puedes rehacer tu vida, hijo. ¡′Arajo, ′arajo! ―Vaya que puedes rehacer tu vida. Estás a tiempo…

―¿Entonces me la presta? Esta, en una semana la saco…

―Si lo haces por tu hijo, ahí no tengo nada que decir. ¡Ayúdalo! Él un día entenderá lo podrida que salió su madre.

―Él no sabe nada. Federico es un niño, apenas salió del kínder.

―No te entregues a la bebida. Fuma, hijo; fuma, si tú quieres, yo te compro las cajetillas que quieras. Y búscate mujeres. Si quieres oro para ello, aquí yo tengo. Pero para esa puta, nada.

―…Uta madre. Ya va a empezar con sus cosas esas de: “ mujer mala, matarla o dejarla.” Charito, eres la mujer más buena

―Ándale pues. Desabróchame la cadena. Pero si vuelves con esa mujer, es la última vez que te presto un gramo de oro. Y tráeme las otras boletas de empeño. Yo veré cómo las saco.

―Sí, jefa.

 

III

Yo no sé por qué lo hizo. La desesperación nos ahoga en este mundo reducido para nuestros pasos. Yo lo digo porque en esta prisión de pronto no veo ni la palma de mi mano. Galo Gutiérrez, mi compaché, mi tamborudo, pudo haber vivido 54 o 56 años. Así era la costumbre de los hombres de su familia. Y eso me consoló cuando supe que agarró la azúcar tan joven. Pero yo lo conocí de antes, era un morro de 18 que andaba tristeando por las banquetas de los batos los locos. Yo luego dije: “Este pariente, porque fuimos primos segundos, me da algo de lástima.” Y me lo llevé al taller. Yo lo hice mecánico. Por esos días yo era don Gordo. Ganaba mucho dinero y no nada más del taller, sino de otros bisnes que me aventaba. Galo, a estos negocios, nunca le entró. Guardaba una rectitud, se le miraba en sus ojos de animal manso, heredada de su padre que por esos días murió. Dicen que ya al último, en la desesperación, le entró al hielo; pudo ser, para hacer lo que hizo se necesita o estar muy perdido o tener buenos tamaños. Bueno, esto es algo que yo no puedo decir… Al taller pasaba una vieja que vendía aguas frescas en un triciclo. Y a modo de relajo se la empecé a echar a Galo. Yo conocía a la Gorda, que así le decíamos a esa mujer, desde hace tiempo. Era dejada y tenía dos hijas adolescentes. La más chica, esa Charito, trabajaba de pilmama en mi casa. Yo tuve mis queveres con la Gorda, como se decía antes: “viví con ella.” Pero no pasamos de tres encuentros. Me pareció simple y fofa. Y por eso me las curaba echándosela a Galo. Nomás para que se empezara como hombre. Y la Gorda se lo quería devorar. Lo quería como macho fijo. Yo le dije: “Mira, viejo tamborudo, no te hagas cresta y desafánate de esa vieja. Es una rata. Te va a chingar.” Y Galo me hizo caso. Y luego con la Charito. Ahí estoy encampanándosela. Yo me hice de la guacha, tenía 13 o 14, chiquita y todo, pero nada de inocente, ni ciscada: el trabajo fue la primera vez para que empezara a desenvolverse en su malicia natural. Mi mujer se las tanteó porque la guacha era descarada. Entonces yo para quitarle a mi mujer esas ideas se la empecé a encaramar a Galo. He ahí donde él cayó redondito. Recuerdo la mañana que me dijo: “Viejo tamborudo, así nos decíamos porque los dos llegamos a pesar 120 kilos, ya se me hizo con la Charito. Pero tengo una duda: no sangró como dicen que sangran las señoritas.” Entonces yo le dije, para que no se las maliciara, que no todas las mujeres sangran cuando las desvirgan. Él pensó que había chingado, pero el chingado, con el tiempo, fue él. Eso ni quien lo pueda poner en duda. Por mi cuenta, todavía siento ese alfilerazo de remordimiento por haberle endilgado a esa vieja, guacha y todo, pero salió peor que su madre. Al poco tiempo la Charito resultó embarazada y ahí tienen a la Gorda pegando el grito en el cielo. Los hicieron que se casaran. Yo tuve que ir a la boda como padrino. Y ahí estuve viéndoles los bigotes cochinos a la madre y a la hija. Ya después me cambié de ciudad. Lo de Galo ya tiene diez años. Supe que la Charito lo abandonó después de andar con medio mundo. Pero antes le robó diecisiete mil pesos que ocupó para comprarse una motoneta que traía pa’rriba y pa’bajo, paseando a muchachitos que luego terminaban acostándose con ella. Eso me han platicado algunos amigos que me han visitado. Galo ya no pudo levantarse después de ese robo. Cuando oigo decir: “Malditos los suicidas porque no puede haber mayor infortunio que la de ellos”, me pongo a pensar, porque con mi pesadumbre, yo también lo he contemplado: para ello se necesita no valentía, no temeridad, sino algo que no se puede decir.

 

IV

―Charo, platícame ¿qué pasó esa noche?

―¿Todavía te acuerdas, mamá?

―Sí, hija; me lo has contado tantas veces por teléfono, pero siempre surge una palabra nueva, un detalle que da goce de esa noche trágica. Además, por lo que te escuché hace rato, hoy se cumplen 10 años de aquel suceso.

―Así es. Ya tiene ese tiempo, pero vieras que de pronto lo sueño y lo siento tan cerquita.

―¡Ay, hija!; debió haber sido muy feo. ¡Cuánto has sufrido, mi Charito!

―Pues ese día Galo buscó a Federico. Mi hijo ya tenía 13 años. Y cuando lo encontró en la tienda donde trabajaba, lo sacó, le echó el brazo al cuello y lo sujetó con fuerza preguntándole que con quién había ido yo al baile. Mi hijo sintió que lo ahorcaba. Como pudo se le zafó y luego me habló. El guache no podía ni hablar por el dolor. Me dio tanto coraje que salí a buscarlo.

―Dices que andaba borracho.

―No hacía otra cosa luego que lo dejé; bueno, desde antes…

―Ay, ese Galo ¿cómo se pudo echar a perder? Tan buen muchacho al principio…

―Y no lo encontré en la casa. Pero lo seguí buscando. Sentía que me atragantaba de coraje.

―¿Vivía solo?

―Sí. Murió como un perro.

―¡Cállate, Charito!… Dios le perdone.

―Es pecado rogar por ellos. Por mí que se pudra en el infierno o, mejor, que pene, que desee el descanso y que no me encuentre.

―Ajá, ¿y dónde lo encontraste?

―En su casa, como a las once y media de la noche.

―¿Qué le dijiste, Charito? Dime la verdad.

―Él me dijo primero: “¡Puta, siempre has sido una puta! ¿Crees que no sé que al primero que te entregaste fue al Gordo?”

―Dime la verdad, ¿ese Gordo abusó de ti cuando trabajabas con su mujer?

―¡No me pregunte eso, mamá!…

―Y por cierto ¿qué se hizo de ese?

―Sigue preso en Acapulco.

―¡Ay de cosas, hija! También tuvo su castigo.

―Ajá, cuando me dijo eso, quería ser hombre para agarrarlo a golpes. Pero no hubiera aguantado ni un empujón. Según como estaba de enclenque.

―¿Y qué le dijiste que tomó esa decisión?

―Que lo odiaba. Que lo había dejado porque no me servía como hombre. Que era un… ¿cómo se dice?… ¡hum! ¡ah! ¡un impotente!

―¡Ay, hija!

―Enojada, mamá; además, era cierto.

―¿Cuántos años tenía?

―34.

―¡Oy nada más! Ya pasaron diez años.

―Pero no se mató por esas palabras. Él así nació. Siempre andaba diciendo que se iba a reventar.

―¿Dices que se despidió de ti?

―Sí. Arranqué la motoneta y seguí derecho, doblé a la izquierda y luego otra vez a la izquierda para regresarme. Él acortó por la otra calle. Me alcanzó porque había una zanja y tardé unos segundos para pasarla. Ya que retomé mi marcha, lo vi que apretó sus puños y me grito: “Te quiero un chingo, Charito.” Yo quería desaparecerlo.