TRES CUENTOS

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Matthew Black

La cabeza

Que tuve suerte, a pesar de todo, dijeron. El equipo de emergencias reaccionó con celeridad. Un minuto había pasado de la explosión cuando ya la cámara criogénica arribaba al lugar. Lo que quedaba de mí fue sumergido en nitrógeno líquido y antes de que transcurriera otro minuto alcanzaba los 196°C bajo cero.

Los doce días en espera de un donante valieron la pena. El cirujano amputó desde el cuello para conectar enseguida el cuerpo sustituto, un modelo SOMA23.

Fabricado en acero cromo vanadio, dotado de una computadora principal y otra auxiliar, 1.5 HP de potencia y diseño de Sorayama Hajime, es sin duda el mejor de los producidos por la Bodytech Inc.

Aunque un certificado lo acredita de mi propiedad a título vitalicio, nunca lo sentí parte de mi ser. En vidas anteriores ha soportado otras cabezas y habrá de sobrevivir a la mía. Es casi inmortal, y esa condición odiosa lo hace doblemente ajeno.

No tan sólo el aparataje físico me ha sido amputado. Hoy comprendo que los cuerpos piensan y sienten, algo que a este admirable artefacto tecnológico le ha sido negado.

Acotados a la estrechez del cerebro mis pensamientos pierden espesor. Se abre un hiato insalvable entre ellos y la vida. Desvanecida la memoria del antiguo cuerpo, se tornan fríos y distantes.

Hoy veo en la muerte un incidente privado de dramatismo, asimilable al colapso de un fusible; imagino para mi envejecida cabeza un ataúd apenas más grande que una caja de zapatos. Dos paladas de tierra y una lápida del tamaño de una baldosa mediana bastarán para sellar la historia.

Últimamente observo aterrado que ciertos errores de programación llevan al nuevo cuerpo por sendas propias, que la cabeza sobreviviente desconoce.

A menudo desobedece mis órdenes más elementales. Ha roto tazas y volcado ollas, descartado papeles importantes y fotos, destripado libros. Elige a su capricho la ropa, se resiste a suministrarme el alimento a las horas debidas o a peinarme.

En la hora del lobo induce sueños oscuros. Acabo de asistir al más atroz. Las manos suben hasta mi cabeza, la aprisionan, tironean, la arrancan de cuajo, la sueltan, cae, el mundo da vueltas, voy rodando hacia la noche.

 

Arenas

Una mañana de aquél difícil año 90 distinguí en el piso del corredor que lleva al baño algo blanco, cuadrado. Lo recogí. Era el reverso de una de esas fotos kodak de vacaciones, ajada y con manchas. De café, de óxido, de las que deja el tiempo. Una mujer joven, la vista en alto, salía del mar llevando de la mano a un niño de cuatro o cinco años que miraba al suelo, disgustado. La impresión del margen fechaba la toma en febrero de 1970. Los veinte años transcurridos habían abaratado el color en azules desvaídos, turbios anaranjados y blancos demasiado blancos. Hice cuentas. Ella debería rondar ahora los cincuenta, y unos veinticinco el niño. Pasé revista a las personas que conociera en estos veinte años sin dar con alguna que pudiese asociar a las de la foto. Decididamente, eran para mí del todo extrañas. Tampoco pude articular alguna teoría verosímil acerca de su aparición en casa. No había recibido visitas ni se advertían señales de que alguien hubiese entrado subrepticiamente. Y que un intruso dejara a mi paso la vieja foto de unos desconocidos hubiese constituido un misterio en sí mismo.

Y por ahí quedó, perdida entre las páginas del libro que tenía más a mano. De vez en cuando reaparecía para ser olvidada en otro libro o en el cajón de las cosas inclasificables. Finalmente fue a recalar en la caja de cartón que almacena las fotos de la vida. La vaga sensación de que un día algo llegará a decir me impidió descartarla.

Volví a ver esa mujer. Fue por el 2009, una tarde de febrero, en las playas de Santa Teresita, tal como en la foto, mojada y sonriente, recortada sobre el mar verdoso y el niño de la mano.  La razón indicaba que no podían ser los mismos. La de la foto tendría que andar ya por los setenta y orillando la cincuentena el niño. Y era sin embargo el mismo rostro tantas veces contemplado, el mismo andar decidido de quien parece a punto de alzar vuelo, y este niño tan enfurruñado como aquél otro. Empezaba a parecerme que en esa vuelta de campana que acababa de dar el tiempo esas personas reales que se presentaban a mi vista eran la copia tardía de aquellas otras impresas en papel. La mirada de ella pasó por encima de mi cabeza, dirigida a lo alto y a lo lejos. No me costó comprender que atraía su atención algo que la foto dejaba fuera de campo. Era el globo publicitario que sobrevolaba el pueblo, circunstancia trivial que explicaba la expresión de encantamiento registrada en la foto y duplicada ahora en la vacilante realidad. Atenta ella a los cielos y el niño a las arenas, se perdieron entre la gente. La puerta entreabierta había vuelto a cerrarse sin que atinara a espiar el otro lado.

En días sucesivos recorrí en vano las calles con esperanzas de un reencuentro. Caído el telón quedaba intacto el enigma. En el viaje de vuelta, como quien despierta de un sueño significativo, me esforcé por retener lo visto. El pelo mojado de la mujer, el destellar de los anteojos sobre la frente, el brillo de las gotas en la piel tostada, los dibujos ondulantes en turquesa y azul de la malla, el niño que llevaba a la rastra. Quería cotejar esta escena con aquella que cuarenta años atrás había fijado la foto.

Subido a una silla bajé la caja de lo alto del ropero y volqué su contenido en la cama. Fui pasando las fotos de a una, casi sin mirarlas. No quería que otros momentos de mi vida desdibujaran la imagen que traía en la retina.

Apenas pude reconocerla por la mancha marrón en el ángulo superior derecho. Y ya sin dudas por la fecha impresa en el margen: FEB 70.

Fuera de eso, era apenas un ajado cuadradito de papel blanco, de 8 x 8, sin vestigios de imagen alguna.

 

La noche

El fin del La mundo sobrevino a altura de Garín, pasada la estación del peaje, en sentido sur-norte. Las luminarias de la autopista, los focos de la Ford y las luces de los vehículos precedentes se extinguieron. La repentina oscuridad borró las líneas demarcatorias. Perdido el campo visual, pedí a Mary que me guiara.

—No sé qué pasa —dije—. No veo casi nada.

—Te salís del carril, volanteá un poco a la derecha. Ahí, por ahí, bien, vas bien.

Busqué el refugio de la banquina. El auto trepidó al tomar lo desparejo.

—Cuidado, te vas para el guardarraíl.

Enderecé, bajé la velocidad, frené, respiré, hice girar la mirada.

La misma negrura, a izquierda y derecha, apenas punteada por algunos brillos titilantes. Tuve la descabellada esperanza de que el mundo se hubiese apagado también para los demás.

—¿Vos ves? —pregunté.

—Sí, claro que veo —dijo.

—Estoy ciego —dije.

Cierro los ojos, los froto, los abro, pestañeo y nada, el velo no se rasga. Ha llegado la hora tan temida. Pienso en lo que quedará a medio hacer y en lo que vendrá. Los pasos alumbrados por el bastón blanco; los cristales negros que encubrirán la mirada vacua; los dedos aplicados a reconocer alineaciones de puntos en una torpe cacería de palabras.

El glaucoma ha ganado la batalla, quizá la guerra.

Pienso en la doctora Guirao.

Posará con levedad su mano en mi hombro, me conducirá hasta una de las máquinas, colocará una gota fría en cada ojo, apoyaré sobre un metal plano el mentón y contra un metal curvo la frente, pedirá que mantenga bien abiertos los ojos, oiré zumbidos, habrá luces que no veré. Luego de una pausa muda en que la sabré revisando mi historia clínica indicará, reticente, nuevos estudios.

—No podré manejar —digo—. Pidamos el remolque.

Mary emite un sonido raro, entre suspiro y lamento.

—Dios mío —parece decir.

Escucho el chasquido de sus uñas en las teclas del celular, el tono lejano de llamada, la voz impersonal de una grabación, marque uno, marque dos, marque siete, escucho dos minutos de una versión ramplona de Eleanor Rigby y enseguida otra voz, ésta por fin humana, algo cansada.

—Soy Milena, en qué puedo ayudarte.

Oigo a Mary recitar el número de documento, el de patente, el modelo y color del auto, precisar nuestra ubicación, la oigo respirar agitada mientras la distante Milena consulta la demora.

Pienso en ese otro mundo que se avecina, conformado de voces, sonidos, olores, ángulos, texturas. Los volúmenes, especulo, se traducirán en líneas, los sonidos en alturas y distancias, las texturas en manchas de color. Pienso en Borges, en Ray Charles, en Degas. Pienso en Tucho Lazslo y pienso en las pinturas que Tucho Lazslo supo extraer de las tinieblas. Recuerdo vívidamente uno de los cuadros de Tucho Lazslo, El rey Arturo en el campo de espinos. Pienso en espinos.

Retrocedo veinte años. Ante el mostrador de la aseguradora se presenta el de la cara quemada a cobrar los pocos pesos de la invalidez.

—Una luz muy grande alumbró el puerto —nos cuenta—. Cuando desperté las brujas me habían quitado los ojos. Las oía hablar y no podía verlas.

Después en su expediente leeríamos: “Quemaduras graves y pérdida de la visión por explosión de tubo de acetileno en circunstancias de estar realizando tareas de soldadura en el puerto”.

Brujas, enfermeras, la noche todo lo confunde.

Cruza por la memoria Rulo Montes. El saxo barítono de la Banda Nacional de Ciegos frasea por enésima vez Días de vino y rosas. Lo sigue a pasos cortos, lentos, como pensados uno por uno, Salvador Papalardo. Aire de santito, dientes de conejo, los ojos entrecerrados, la media sonrisa de quien ve algo que se nos escapa, lo veo tieso en el ataúd y, entre las manos, el bastón magullado, oigo que alguien, justifica la extravagancia. “Quién sabe si por allá no le hará falta”.

Puede que uno de estos días pase a ser yo el cieguito del barrio. Uno más en la cofradía del bastón blanco, con Tucho Lazslo, con Salvador, con Rulo Montes, con el hombre del puerto. Los que supieron robar algo de la noche: colores, sonidos, alguna revelación hermética, una fábula oscura.

Me abandono, hago a un lado los cieguitos de mi vida, cierro los ojos. Nada cambia, salvo cierta errancia de los brillitos, chispas que agonizan en una noche que se anuncia duradera.

—Ahí viene —dice Mary.

Como si lo viese, un festival de focos rojos salpica de reflejos naranjas la carrocería del dinosaurio color huevo, lo oigo frenar, la puerta se abre, el chofer salta a tierra, los borceguíes hacen crepitar el pedregullo, nos da las buenas noches, pregunta qué pasó. Por la voz trato de imaginarlo: más bien joven, no muy alto, moreno o acaso pelirrojo, cuerpudo, de uniforme azul. Pronuncia la ese aspirada de los santafesinos. Que debemo’j salir del auto, dice.

Mary me lleva del brazo, las rodillas tropiezan con el guardarraíl, me siento, el metal es frío, mojado de rocío y algo filoso. Oigo el correr de los autos por la autopista, empiezo a notar diferencias en el ruido de los motores, pienso en nuestro perro, capaz de distinguir a cientos de metros un auto de otro aunque sean del mismo modelo; los autos amigos de los autos enemigos; el Corsa rojo que nos trae a la Gracielita, del Corsa plateado que lleva al odioso abogado de la esquina.

Paso lista a los que aprendieron a orientarse en la noche: el búho, el murciélago, el lobo, el ladrón, los caracoles, las chicas audaces, el desesperado, los travestis, los mosquitos y aquella que, nombrada en voz baja, sólo el perro sabe reconocer.

Registro la secuencia de ruidos metálicos, la rampa que desciende hasta golpear el suelo, el chirriar de las lingas, el rodar sordo de las poleas, los quejidos de los amortiguadores, el clang clang de los pernos que aseguran la plataforma.

Mary me conduce hasta la escalinata del camión, subo, sube, nos ponemos en marcha, el hombre no habla, ella tampoco, ni yo. Los pensamientos zumban, el fragor de la autopista establece un modo de silencio dotado de peso y volumen.

Voy calculando nuestra ubicación, Maschwitz, Escobar, Loma verde, estimo que acabamos de pasar Rio Luján, pregunto por dónde andamos, Otamendi, dice el hombre. Erré por pocos kilómetros, voy bien, iré bien, no apuraré juicio sobre la nueva vida que se abre o me encierra y que conozco sólo de oídas.

Pienso, pienso, pensaré como nunca antes he pensado, seguramente la ocupación central del ciego es pensar, pensar en esto y en aquello, en lo hondo y en lo tonto.

Pensar.

Y al cerrarse cada noche cerrar los ojos y en ese pacto con la oscuridad dormir, y en el sueño, de a ratos, volver a ver. Algunas caras, alguna calle, un árbol, perros, fantasmas, algo, todavía.

Todavía.