Horizonte

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Retrato-Javier Narváez

El aire jugaba a las distancias y yo buscaba reses perdidas a unas millas de Piedras Verdes. El caballo lo dejé al otro lado e iba tras huellas en el suelo. En eso andaba, en un macizo de madroños, cuando oí los ruidos. Venían de uno de los picachos. Reaccioné veloz para ocultarme. Mi respiración de golpe de piedras. Boca abajo, puse el ojo entre dos arbustos y comprobé lo que sospechaba: su modo de mirar el horizonte… su manera de montar… a pesar de ir vestido de vaquero mexicano. Borroso de tan lejos, ensombrecido. El sol reventaba de tal modo que, a contraluz, los dos cuerpos parecían una sola silueta. Cargué mi rifle y disparé en el momento en que dio la espalda. Se sacudió con un sonoro relincho. La figura fue perdiéndose.

Sin comprobar de inmediato el tino del disparo, tomándome el tiempo, fui por mi caballo y me puse a comer un higo que me sobraba. Estuve pensando y pensando. Mastique y mastique. Tenso, como si me hubieran sacado filo de algún lado. Después fui al lugar: gotas gruesas de sangre, marcas de la sacudida.

Seguí su rastro ya con la noche encima, pero la luna clara. La tibia luz metalizaba el camino, como si lo enfriara. Las alimañas escondiéndose bajo el polvo, al compás de los cascos…

Tocotoco-tocotoco-tocotoco…

Hallé su montura, lo cual no me sorprendió y me daba a entender la urgencia de su situación. Más adelante, un pañuelo achicharrado, húmedo; de un negro rojizo que de tan negro parecía anochecerse y olía a grillo aplastado. En seguida: cacas, meadas frescas. Una flecha de hueso apuntando hacia el norte.

Kilómetros y kilómetros, hasta que distinguí al alazán desbocado, sin saber a dónde ir, con los hierros de la hacienda de Don Dionisio. A unos metros estaba el cuerpo con la panza al cielo. Los golpes y raspones en su rostro denotaban que había caído en su cabalgar a voluntad de la muerte. El sarape rasgado y manchado de charcos negros. Parecía joven, pero nunca se sabe con estas gentes… Su pelo tenue, como recién lavado, olía a flores. Tenía un hueco de bala en el estómago.

El aire jugaba a los recuerdos y en el trayecto de vuelta al campamento me fui hablando solo, más de lo común. Me fui pensando en la dignidad, en la guerra. Te forman las palabras que salen del silencio, ¿verdad que sí? A alguien le escuché decir que la dignidad es la más esotérica de las virtudes humanas…

Imaginaba rastros en todos los rincones. Un peso fantasmal, como si cargara su sombra. Miré el cadáver, que iba jalando encima del alazán capturado, y su cara parecía conversar con el tiempo y las estrellas.

Temía esta vez que los apaches me emboscaran a mí. Confundía figuras y movimientos en los flancos del barranco. Vigilándome, listos para atacar. Debía ser más astuto que ellos. Siempre esperan en el camino, pero no tomé el camino…

Cabalgando me quedé dormido por unos segundos. Soñé que todo era una trampa. Su navaja cortaba mi cuero cabelludo hasta tocar el cráneo y en la tierra veía una flecha de hueso apuntando hacia el norte que yo no lograba alcanzar con la mano. Di un saltito con el pecho y al abrir los ojos me asusté tanto que se me quitó el sueño.

Su muerte me valió seis monedas de oro que traía escondidas en un paliacate, cuarenta pesos por la bestia, una Winchester y la cabeza de un hombre que vale trescientos.

Lo escalpé y la salé. La envíe en una bolsa.

Aún espero mi recompensa.

 

Chihuahua, 1886.