Verso Bajo 9

0
163
Jakob Owens

Tres tragos de jarabe

Estaba esperando a que llegara mi hija para ver una película y la tele quedó encendida en el noticiero. Estaban pasando imágenes de los disturbios en las calles de alguna ciudad del Brasil. Entonces el periodista a cargo del micrófono dijo algo así como:

—Hay mucha confusión, no hay una cabeza visible, no se comprende cuáles son las reclamaciones…

Y fue esta última palabra la que me detuvo en lo que fuere que mi cabeza andaba pensando para poner mi atención en la tele. El periodista, aparentemente complacido y hasta en éxtasis por su hallazgo, repitió la palabra “reclamaciones” hasta el cansancio.

Desconocía yo la existencia de tal palabra y no pude menos que preguntarme qué habría pasado con la vieja y fiel “reclamos”; también por qué, si tenemos una palabra con más historia, nos vemos obligados a sufrir su reemplazo por invenciones que, por lo menos, podemos tildar de trapajosa.

Motivado por lo anterior me fui a fijar y, muy arriba de mi sorpresa, me encontré con que en la Internet varios sitios dedicados a ofrecer el significado de palabras aceptaban este engendro. En estado de frustración, recurrí a nuestra edición 1984 del DRAE y, efectivamente, ahora sí para mi sorpresa a nivel del mar, ahí estaba; y su significado ocupaba todos los lugares que desde mis más tiernos días habían estado ocupados por la palabra “reclamo”. Casi al borde de la desesperación, busqué “reclamo” y me encontré con una punta de significados los cuales me fueron extraños hasta que, con la salvedad de que había entrado al ámbito legal, ahí sí, reclamo significaba: reclamación contra lo que es injusto.

Así es nomás: el cosmos me la hizo de nuevo. Lo que hasta ayer llamaba realidad, dejó de ser lo que era. Justo cuando creí estar en el paso de frontera de una nueva transformación del lenguaje, esas ocasiones extraordinarias e irrepetibles, como quien sin proponérselo presencia la muerte del último bacilo de Koch, me fui a la cama sin postre y, para colmo, engripado y con fiebre.

A pesar de lo dicho y dado que el tiempo que ha pasado desde mis días más tiernos no ha sido poco, me fui durmiendo en la convicción de que los cambios en los distintos idiomas son producto de la pereza y de la ignorancia, de acá al futuro más que nunca; y me tomé tres tragos de jarabe; y dejé la luz encendida un rato más a la espera de la llegada del verbo “reclamacionar”.

 

Cenizas

Hacer una promesa y sus variantes —hacer un juramento, dar la palabra— es un acto fascista. Puede que no se lo vea de inmediato porque no es el mero acto de prometer el que desata el fascismo sino su cumplimiento. Porque una promesa se hace frente a alguien, real o imaginario, encarnado o fantástico, y lo que el involucrado se propone cumplir es una interpretación que no deja huecos; cualquier variación, cualquier pequeño desvío, estaría delatando un incumplimiento. Es así como una acción que la gran mayoría tiene por noble encubre un crimen. Al no haber desvíos ni atajos, cumplir la letra de la promesa tiene que ser a rajatabla. No hay medias tintas. Y el clímax se alcanza cuando la promesa se le hace a un moribundo; porque, luego de muerto, no puede relevarnos de su cumplimiento, ni puede explicar sus rincones de sombra; el involucrado tiene que hacer las cuentas que el muerto dejó sin terminar, retomar las oraciones que dejó incompletas, imaginar los gestos que haría cuando llegara el momento; ocupar el espacio que su cuerpo dejó vacío. Y, cuando se ocupa el cuerpo de otro, el propio deja de existir. Y tampoco importa que las acciones a las que el cumplimiento de la promesa obliga sean malas; lo único que importa es no faltar a la palabra empeñada; y que el mundo se quede sin ojos, sin manos, sin voz. Siempre se puede faltar, no cumplir en pos del buen camino; pero para ello habría que romper la promesa dada, sería la única manera. Pero hay promesas que se hacen frente al fuego, con palabras de fuego firmadas con fuego. Y se cumplen hasta que nada más quedan cenizas; propias y ajenas. Las cenizas del mundo; las cenizas del futuro.

 

Un paisaje parecido

Es una mañana de invierno, una mañana de sol, nada inusual para los primeros días de julio; una mañana hecha a medida para mí: recordarás que soy un ferviente conservador: me dan placer las rutinas.

Estoy leyendo “A Severed Head”, de Iris Murdoch, una edición de Penguin impresa en 1963, y mientras leo tomo mi mate cocido, de a sorbos porque está bien caliente, y como unas criollitas —las criollitas traen ese recuerdo de la niñez y de la Mabuela, sobre todo de la Mabuela, y su nombre flota por el aire de la habitación cuyas paredes están cubiertas de libros: Ofelia.

Siempre leo algún libro en inglés, de autores que han escrito originalmente en inglés; también leo en castellano pero, como suelo leer varios libros al mismo tiempo, siempre alguno es en inglés. Así, además del recuerdo de la Mabuela que me traen las criollitas, y claro que también el olor del mate cocido, justo acá, a mi costado, sobre la mesita, me llegan los recuerdos de la escuela, de aquellas tardes, y de cómo cada día me regalaba una palabra nueva, desde aquel famoso “The bird is in the cage” hasta las últimas palabras de Mr Hands antes de caer al agua.

Y no puedo no pensar que estos momentos son solitarios por excelencia. No queda nadie en el mundo que recorra este paisaje. No queda nadie de aquellas tardes en la escuela; y tengo que aceptar que lo que queda de quien era yo es una pequeña parte de mí, una parte crecida, o puede que mejor fuera decir envejecida.

Faltan seis meses y algunos días para que se cumpla mi año número sesenta. De ahí en más, será un tiempo bonificado —si he de ser fiel a mis pronósticos de infancia. Y, justo cuando me detengo sobre este pensamiento, el mate cocido me llama, y una criollita se la arregla para subírseme a la mano, y las palabras de Iris me llevan lejos, a un paisaje parecido pero lejos. Donde todos saben mi nombre, el verdadero, el que ya casi no uso.

 

Una cuestión de cronologías

Hace un rato terminé de leer “The Man Who Was Thursday”; un libro que, de haberlo leído cuando estaba en el secundario, habría provocado que este año, en lugar de 2014, fuera 1984.

 

No amo las palabras

Y llegó ese tarde cuando lo que sabía y lo que no sabía hicieron una cita para encontrarse en su mesa de escribir y comprendió que, para decir lo que había que decir, tenía que olvidarse de todas esas personas que se pondrían extremadamente incómodas al leerlo.

Así resultó que nacían los escritores del tercer mundo —bautizo sin gracia y torcido—; y, con suerte, así también algunos morían.

(Éste es el comienzo una novela que nadie ha escrito aún; y así, como otras antes, muerde este verano que todavía no ha comenzado.)

 

Carta en respuesta a una pregunta por mi andar

Nada que valga el mérito de mencionarse.

Me levanto por la mañana y me aseguro de estar respirando.

En caso de no lograrlo, me recuesto un rato más.

Mientras desayuno, tomo el diccionario que está sobre la mesa de la cocina y tacho una palabra; casi siempre un adjetivo.

Adverbios ya casi no quedan.

Substantivos abstractos tampoco.

Después salgo a dar una vuelta, tratando de esquivar basura y personas (sobre todo si se llaman a sí mismas peronistas o si tienen puesta la camiseta de algún club de fútbol); por el camino me compro unas manzanas, y unas naranjas, y un cuarto de pan casero.

Vuelvo al departamento que está frente al parque y cuyas ventanas dan a los patios interiores.

Entre una cosa y otra vendo algún libro y leo algún otro que, si resulta bueno, se salva de la venta de mañana.

El atardecer hace gala de su demora; y parece que llega pero no.

Una suerte de retraso anunciado.

Antes de acostarme, miro alguna película y me tomo un vaso de whisky escocés bien frío.

Una vez acostado, leo un poco de cada uno de tres libros que siempre tengo en la mesa de luz. En estos días, el de Graves que ya se me está por terminar. Los poemas de Stevenson (la parte en inglés) editados por Hiperión. Y el de los cuentos mitológicos chinos que editó Miraguano.

Para cuando alguno de estos se me termine, ya tengo otros en la fila, esperando.

Y así…

¿Vio?

Como le decía: nada que valga el mérito de mencionarse.

Espero que siga bien y exitosamente.

Un abrazo.