Verso Bajo 6

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Federica Campanaro

Poemas y lecturas

¿Qué hace que un poema sea bueno?

Nada.

Nada hace que un poema sea bueno.

Un autor no hace hablar a un poema. Un autor no hace que el poema haga nada. El poema habla por sí mismo; el poema se hace. El poema hace que el autor simule hacer el poema.

El poema transita la realidad, una realidad.

¿Y cuántas realidades hay?

Millones. Porque ¿qué es la realidad?

Pongámoslo en palabras de Savater: “llamamos realidad a lo que no podemos dejar atrás, a lo que siempre nos alcanza.”[1]

Por supuesto, puedo estar equivocado, Savater puede estar equivocado, aplicarse todas las vacunas puede ser un error… Pero —por las dudas— hasta ayer me las he dado todas, con rigurosa puntualidad (bueno… casi) —esto es lo que algunos llaman “poner el cuerpo”; cuerpo: esta palabra saturada de moral.

Hace tiempo, mucho tiempo, los poemas llamados malos desaparecían al poco rato —salvo aquéllos que de tan malos comenzaban a entrañar algún mérito. Hoy, solamente necesitan prensa y ya aparecen los fanáticos como plaga de mosquitos.

¿Has notado que algunos de estos “poetas” recientemente encumbrados por los circuitos a los que pertenecen no pueden articular una oración completa cuando interpelados en persona? ¿No te resulta revelador?

¿Y los que se fundan en la ambigüedad?

Habría que reflexionar acerca de la ambigüedad, pensarla un rato antes de usarla de coartada, leer “Los adioses” de Onetti (por dar un ejemplo); porque lo que debe quedar claro con la ambigüedad es que, en el terreno de lo literario, lo ambiguo no apunta a cualquier parte.

Y, ya que hablamos de coartada, ¿qué te parece esta onda de la —así llamada— “metaescritura”? Muy conveniente, ¿verdad? En especial para quienes andan débiles de imaginación.

¿Qué hace que un poema sea malo?

Nada.

Nada hace que un poema sea malo.

Justamente: nada.

Claro que hay lectores y hay lectores. Los hay que leen y aprueban eso que leen con 4 —ojo: esto me fue confiado de primera mano. Hay otros que ni siquiera saben cómo leen lo que leen —umbrales cortos—, les complace encontrar en la lectura sus propios lugares comunes, confirmar lo que ya conocen, palabras familiares en sus combinaciones familiares —vale decir: todo queda en familia.

Por mi lado, creo que lo mejor que me puede pasar como lector es verme sorprendido, envuelto en vértigo; por supuesto habrá que ver cuánto cuero tengo, hasta dónde resisto —me deja en paz conmigo (hasta cierto punto, no revoleo banderas) saber que al menos estoy dispuesto al desafío.

Hay poemas, probablemente la mayoría, que no pasa que sean malos sino que han sido escritos ya, algunos hasta el cansancio, y es tal repetición la que los ha erosionado a punto tal que hasta la versión original se vuelve trabajosa de salvar.

Y los hay, desde ya, que son malos sencillamente porque están mal escritos; nos es posible detectar un destello entre sus líneas, pero tapado bajo el esmero de una técnica mala.

Hay quienes dicen que un poema es malo cuando no tiene poesía… bueno… ¿podrías pensar en una dogmatización más vacía?… Sí, claro que las hay; fue una manera de decir. Y es vacía porque habría que explicar qué dice quien lo dice cuando dice “poesía”; y no es que crea que no se puede, al contrario, apuesto a que hay que comenzar por ahí.

Pero, ojo, que tampoco estoy del lado de quienes agitan pañoletas de rebeldía cuando se les señala que escriben mal —pañoletas que casi siempre encubren actitudes de alumno de primaria que no tiene mucha idea de cómo usar la inteligencia.

Aparece un poema y es como cuando cae un árbol en medio del bosque: si nadie lo oye, ¿hace ruido?

En líneas generales, el mejor lector es quien carece de rencor, pues quien carece de rencor puede leer sin piedad.

 

Taller de poesía

Para ser el cocodrilo, hay que saber lo que piensa el cocodrilo, y cómo lo piensa. Pero para saber lo que piensa y cómo lo piensa, hay que vivir con el cocodrilo. De otro modo, podés ser cualquier cosa, pero no un cocodrilo. Para nada; un cocodrilo, no.

 

No pesa lo mismo en todas partes

¿Te gustaría ser usado como herramienta?

¿Por qué habría de gustarle, entonces, a una palabra?

¿Y qué, de la rebelión?

 

Esa muralla

El placer de escribir bien no es mayor que el de hacerlo mal; menos aun si la mala escritura no es descubierta por su autor.

Pero, si lo es y tal descubrimiento se suma al aprendizaje, el placer tampoco sería menor: tal vez porque llevaría implícita la promesa de escribir mejor en la próxima ocasión.

La buena literatura no puede medirse a partir del placer que provoca en el escritor; mucho menos en el lector.

Mala cosa: tratar de medirla; mercantil.

Claro que, sin su relación con el placer, ¿qué nos queda?

La ilusión; o mejor: el combatirla.

La buena literatura se escribe sin ilusión; levanta una muralla entre el autor y su nombre.

Un buen libro reemplaza a un lector por otro; mata para dar vida.

Y un buen lector no está feliz —porque no es tal— si no lee, dejándose matar.

Escribir bien descuelga hilos del claroscuro.

 

Expressio identitatis

El poeta no vuelve visible lo invisible.

El poeta hace que lo invisible hable.

Y se va.

 

El mundo se detiene [2]

Y Nickolai escribe. Está por verse si esto último es consecuencia de lo primero o si al revés. Para Nickolai, el escribir se presenta como una cuestión de lugares; pero esto tiene que ver con la sutileza y no con que unos sean mejores que otros. En consecuencia, la importancia se pasea por alguna otra parte; siempre otra parte.

 

Ardores y arderes

Vengo de un territorio fundado en abstracciones, que es lo mismo que decir que no de un buen lugar; claro que el venir de ahí señala un alejamiento, lo precisa: y ésta es la parte buena.

Está bien que la vida que sabe de sí sea mirada como enigma; pero, si el yo se te vuelve ajeno, no tendrías necesidad de respirar; y no obstante acá estás.

Me lo contabas y podía ver que la composición de palabras que desplegabas en la mesa te gustaba, te hacía las veces de espejo donde mirarte… éste es uno de los problemas con las palabras bellas, con las composiciones bellas: que se olvidan de la sombra que les cuelga de los talones; y por más bellas: no se salvan cuando vacías.

No hay energía venturosa que valga lo que ahogarse en un charco de barro; si la extrañeza no te pone de cara a la muerte, escribir estará muy bien a condición de quemar todo lo escrito mientras baja el sol. De este modo, palabras como: todo, siempre, ya, nada, sólo, nunca, jamás, abismo, horizonte… serán el combustible para un fuego de verdad, que no necesitará grandilocuencia para arder… y extinguirse sin memoria.

[1] Fernando Savater. La infancia recuperada. Taurus. Madrid, 1976 [ p.38 ]

[2] Posible introducción a esos escritos de Nickolai; los tan ensimismados de primera persona.