Verso Bajo 23

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Me escribió Orwell

Me dice que lo están leyendo mal.

 

Voces en una postal persistente

Ayer y hoy, días de febrero de 2019 junto al mar, estuve leyendo “El Libro de Arena”[1] (de nuevo, después de treinta años): colección de cuentos con un epílogo firmado el 3 de febrero de 1975 (dos días antes de que me presentara en Campo de Mayo para comenzar los ejercicios de instrucción correspondientes al servicio militar obligatorio). He usado como señalador una postal[2] con una foto de un niño que se frota los ojos en gesto de frustración; el texto impreso deja leer: “Optique enfantine. Bébé ne comprend pas, il se frotte les yeux… Car vraiment ce récit est plus que merveilleux…”[3] La postal está dirigida al “Sr Capitan Roman Cabrera” (sic: sin tildes) y el texto escrito, en tinta púrpura, por quien la hubo enviado reza: “Queridísimo padre que el cielo le conceda felicidad y que por muchos años en un día como hoy pueda verse rodeado por todas las personas que le sean queridas. Son los votos de su hijo que lo abraza con cariño. Ricardo R Cabrera. 9 de agosto de 1904.” Ahora que ya he finalizado su lectura, la postal quedará apretada en el libro hasta que alguien, en equilibrio sobre el futuro, lo encuentre y decida abrirlo sin mayores reverencias.

 

Para avisarme

Iba para mi clase de inglés. Al traductorado. Y tenía tiempo. Siempre tenía tiempo. Salía de casa mucho antes de lo necesario. Me gustaba emerger de la boca del subte y caminar por Florida. Hasta la Galería del Este y de regreso. Entrar en las Galerías Pacífico. Mirar las pinturas del techo. Aquellos dibujos en la oscuridad. La vidriera de Rodríguez. Aquel local angosto. Casi como un pasillo. El camino entre las estanterías. Los libros. Y así fue que lo vi. Un ejemplar diferente. Un pocket. El Rayo de Illinois. The Martian Chronicles. Me lo llevé a Necochea en el verano. Está en la foto. En la arena. Al costado de la silla. Ya lo había leído una vez y la Martina me interrumpió la segunda justo antes de que Spender se hiciera matar. Todavía tengo aquel pocket y cada vez que lo leo la Martina me interrumpe y me lleva al mar y me dice que tenga cuidado con las aguavivas. Y el atardecer nos agarra en la carpa (capota le decíamos). Protegiéndonos del viento que hace picar la arena contra la lona. Mientras Spender hace guardia un poco más allá. Arriba de las rocas. Y abre sus ojos de marciano para avisarme que 1971 es un número en una fábula que mis hijos no conocen.

 

Vuelta fuera de programa

Caminaba por la costa[4] y se me dio por recordar el diálogo mantenido con Alicia, la tarde anterior, por medio del messenger.

—¿Es parte de Studebaker? —me preguntó, en relación con un párrafo publicado en la Internet hacía poco.

—No —le respondí—; por ahora está en una colección que se llama ‘Preludios de sí’. Pero lo voy a pensar: pudiera ser que hubiera retomado ‘Studebaker’ sin darme cuenta: sí, tendré que meditarlo…

—Claro igual ‘Studebaker’ no está en prosa… —me acotó.

Levanté una piedra negra y lisa; me gustan las piedras que están semienterradas en la arena: imagino el momento cuando se formaron, en los comienzos de la Tierra y me emociono al pensar en su derrotero antes de llegar a ese lugar donde me las encuentro.

—Hay una historia en prosa —le dije— que es el basamento para la Stude… fue cambiando de títulos pero creo que el último fue ‘Del Irlandés a Gavilán’. —Busqué entre mis borradores y regresé—: Fui a revisar mis archivos, mi última visita a esas páginas data del 7 de noviembre de 2013, lo cual puede no decir mucho porque a lo mejor fue de pasada; el título figura como ‘Gavilán regresa’ (que me suena ahora medio choto, parece un spaghetti western). La primera línea dice: ‘Estoy sentado sobre las rocas de Cabo Ballard; hace dos horas que espero.’ Y la última (que es hasta donde llegué, aunque no recuerdo cuándo): ‘—Entiendo… Y estos «poetas» ¿son de confiar? —estuvo por soltar una carcajada pero cerró la boca con fuerza para ahogarla.’

Y así fue cómo regresé a Miramar, la Miramar del nivel D (alguno lo entenderá mejor que otro: eso del nivel D), y desde entonces que ando recorriendo su costa, lápiz en mano, siempre a punto de apoyarlo en la hoja; aunque, por el momento, las historias revolotean a mi alrededor igual que aves salvajes. Arrojé la piedra y fue con tanta fuerza que dio la vuelta al mundo. El futuro tiene estas cosas; y me muerde los talones.

 

Suena el teléfono

(domingo 20 de septiembre de 2015)

Recién terminé de ver la producción que realizó este año la BBC basada en la obra de Priestley: “An Inspector Calls”… ¡Excelente! El inspector es David Thewlis; probablemente más conocido por su participación en las películas de Harry Potter haciendo de Remus Lupin; también lo recuerdo caracterizado como distintos rufianes de monta baja y alta.

Arthur Birling es Ken Stott (quien —no lo puedo creer— es más joven que yo); lo recuerdo más que nada como Rebus, aunque también participó en las películas del Hobbit.

Y la hermosa Miranda Richarson hace de la detestable Mrs Birling… acá no me sorprende este escalofrío; prefiero recordarla junto a Harry (y no me sorprende que sea más joven que yo).

 

Sin que fueran necesarios los saludos de cortesía

Hace un rato vino una mujer a buscar un libro que había encargado[5] —”El Espectáculo Del Mundo”, de Susana Silvestre, una colección de cuentos publicada en 1980—; cuando se lo entrego, me mira y me pregunta: “¿Usted es Mourelle?”. Me detuve un momento porque no es común que alguien me pregunte quién soy; por lo general, toman el libro, lo pagan y se van a posteriori de los saludos de cortesía. No me pareció cara familiar pero igual le dije que sí, y esperé. Agregó: “¿De ‘Territorio Invisible’ y ‘Ecos del Viento’?” Acá, sí, me agarró desprevenido porque no me hablaba de algo ocurrido a la vuelta de la esquina. Le dije que de “Ecos del Viento”, que era la publicación que dirigía yo por entonces. Y me dijo: “Yo la recibía por correo en Bánfield cuando tenía quince años… cuando vi quién vendía este libro, me dio un escalofrío”. Los dos nos sonreímos y le dije: “Ya pronto harán cuarenta años.” Y se fue con su libro sin que fueran necesarios los saludos de cortesía.

 

[1] Jorge Luis Borges: El Libro de Arena; Emecé, Buenos Aires, marzo de 1987.

[2] Carte Postale editada por Union Postale Universelle.

[3] La óptica del niño. El bebé no entiende, se frota los ojos … Porque realmente esta historia es más que maravillosa…

[4] Agosto de 2018

[5] Diciembre de 2016