Verso Bajo 21

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Para mí que estabas en lo cierto

Todos sabemos cómo es la cosa con los lápices: para que se los pueda ir usando hay que sacarles punta y, a medida que les sacamos punta, se van achicando. Cuando un lápiz alcanza la mitad de su tamaño original, puedo estar seguro de que ha cumplido con su tarea a carta cabal, y de ahí en más se convierte en un lápiz especial. Le busco el capuchón de alguna birome que yace vacía por alguna parte de mis cajones y ya está listo para la segunda parte de su vida: su tamaño le permitirá viajar conmigo en cualquiera de mis bolsillos y el capuchón hará que su punta esté algo más protegida que si estuviera descubierta.

“Los lápices se la bancan”, me dijiste aquella tarde de lluvia cuando tus padres seguían de viaje por ya no recuerdo dónde… bueno, sí: por Salta era que andaban. Me lo dijiste porque mi lápiz llevaba el capuchón verde de una bic.

Las gotas, gruesas como perlas, pegaban contra el vidrio de la ventana de tu pieza y los dos mirábamos aquel espectáculo desde la cama… ¿cuántos años teníamos… quince… dieciséis? Creo que dieciséis; porque fue al poco tiempo que la Claudita se murió; tenía aquel “aneurisma”… nombre que se me quedó pegado desde mucho antes de saber qué significaba.

Sí; “los lápices se la bancan”, dijiste; y para mí que estabas en lo cierto.

Pero los míos, a mitad de su tamaño original, lucen muy respetables con el capuchón puesto.

 

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Los grados de la poesía

Hace un rato leí un poema que me hizo pensar en un hospital, en una sala grande llena de gente que padecía una enfermedad cuyo nombre era el título de ese mismo poema, y respiraban con dificultad los versos y apenas si lograban saltar de una estrofa a la siguiente o a la anterior; y el director del hospital entraba por una puerta grande, al final de la sala (o al comienzo, dependía de dónde estuvieras parado) y se ponía a caminar por las camas y le tomaba el pulso a los enfermos y les recetaba cumbia, cumbia para todos, una cumbia diferente para cada uno; así la muerte llegaría felizmente, y cobraría su beneficio, y diría adiós igual que una reina, entre acordes de panderetas y bongós de todos colores, para profesar ese poema por las rutas argentinas hasta el fin.

 

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Jaque de clarear sobre puntos suspensivos

Llegué temprano al bar (…) no sabía para qué me quería ver, no me lo había dicho (…) y me pidió si le podía escribir el prólogo para su libro (…) y fue entonces que comprendí que tendría que matarlo (…) y lo maté como todo un buen profesional; tanto que todavía hay quien cree que sigue vivo.

 

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Tres puntos a unir

No dice que le parezca mal lo que dice Arlt en “Ahora nos levantamos a la mañana”: se limita a dar una descripción —esto pudiera servir como prueba de que no hay descripción inocente… ¿dónde más leí esta afirmación?

Personalmente, lo que me molesta de esa descripción en particular es la repetición. Claro que habrá quienes prefieran las velas a las lamparitas de bajo consumo, o las carretas al subte, o los muelles de carga a las oficinas… sobre gustos se rompen traseros… también ésta, ¿dónde la vi ya?

Ayer pasaban por la tele el tránsito pesado de los autos que se iban desde Baires hacia la ruta 2 (por el fin de semana largo); pobres, ¿no?, decía el locutor, atrapados en el embotellamiento… y no podía dejar de sonreírme.

 

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Maestro

Era su primer día en el taller literario; estaba a prueba. Había entregado su texto y, después de leerlo, el maestro le dijo:

—Esto es una mierda. —Dicho lo cual, agregó—: Pero, si decidieras quedarte para estudiar, te puedo ayudar a convertir tus textos en una mierda bien escrita.

 

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Por lo menos

—Poetas de la Tierra: salvad el Mundo… —gritó el español de la mesa de al lado, poniéndose de pie.

Hacía ya hora y pico que, convocados por un grupo de Facebook a encontrarnos en aquel café de aire vasco, estábamos escuchando cómo nos leían poemas, o algo que se les parecía lejanamente, a diez minutos por lectura: o sea que ya habrían pasado a la tarima docena y monedas de aquellos iluminados —garganta más, afonía menos—, y estaba yo al borde, colgado del borde, agarrado con las uñas que, por pura casualidad no me había recortado esa mañana.

Pero no era yo el único: el español, el de la mesa de al lado, no había abierto la boca en todo ese tiempo, pero yo, que lo tenía a la par y sus murmullos y los movimientos de su perfil me habían despertado curiosidad, hacía un rato que lo relojeaba para ver si conseguía controlar los golpecitos que estaba dando contra la pata de la mesa, o si se iba del café, o de madre, o qué…

Así llegamos —de nuevo— al momento del que te contaba al principio: se paró empujando la silla con las piernas y, en voz bien alta, casi llegando al grito pero hasta ahí nomás, dijo:

—Poetas de la Tierra: salvad el Mundo. —Tomó el vaso con la mano izquierda, lo alzó un poco más arriba que su cabeza, y agregó—: Y si no podéis salvar el Mundo… —Se detuvo como si hubiera olvidado lo que seguía; fueron unos segundos interminables; pero retomó—: Y si no podéis salvar el Mundo, por lo menos salvad la Internet.

Le hizo una seña al mozo para que le trajera otro txikito y se dejó caer en la silla sin acercarla a la mesa, se agarró del borde, la trajo hacia sí, y apoyó la frente en la servilleta de papel que tenía justo delante.

El mozo, de facciones parecidas a las del español pero más joven, se quedó duro; clavado por su propia manera de soportar sin caerse de la risa.

 

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Lápiz adelantado

“(…) muletas de una maravilla de sombra y de escombros.”

Así dice Filloy, de Baalbek, en su libro “Periplos”, que fuera publicado por primera vez en 1931.

Lo mismo podría decir yo de los poemas, de cualquier poema —sobre todo de los que se me aparecen cuando me distraigo y el lápiz se me adelanta.

 

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El tabaco lo piensa mejor

Me regalan una sonrisa quienes confunden sugerir con escatimar.

 

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Convicciones

Estoy mirando una serie que se llama “Mind Games”; es excelente… o puede que deba decir que lo era: no pasó de la primera temporada, apenas se hicieron unos pocos capítulos y la cancelaron. Lo cual vuelve a confirmar mis convicciones sobre los valores, lo esencial, lo superfluo, & cetera.

 

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Me despedí de ellos con un gesto de la mano

Aquello de, dos veces cada semana, tomar el tren en Barrancas hacia la (así llamada) Zona Norte tenía una veta fascinante. No lo sabía entonces, como no sabía una pila de otras cosas, no al menos en esa parte de la cabeza que te devolvía lo que le decías, aunque seguramente que sí en el fondo, contra la pared del fondo; porque no había duda de que aquel viaje me hacía feliz. No se trataba tanto de la llegada, que tampoco era poca cosa, pero sí distinta. Y tampoco el viaje en el 114 desde Flores, salvo por la anticipación que me regalaba. Nunca usé aquellas idas y vueltas para leer, me refiero a los libros; aquél era un tiempo de lecturas diferentes, y las estaba aprendiendo también sin pensarlo mucho: como otra de las voces que recorrían aquella misma pared, la del fondo. Tenía 22 años y ya me estaba dando cuenta de que me sentía incómodo; era un esbozo, pero ya andaba mordiendo la orilla que tenía a su alcance. Venía de un año terrible: desde la segunda semana de febrero de 1975 hasta mitad de marzo de 1976, el servicio militar me había enseñado lo que era perder la libertad, quedar a merced de la voluntad de otro y, para peor, de un otro perdido en sus delirios de persecución. Y estaban los sueños… alguno diría que pesadillas, pero los sueños, aun esos que se propondrían como buenos, igual tienen una zona siniestra; éste es también un territorio donde la libertad vale poco; la diferencia está en el despertar. Pero justo es que te diga que soñaba también despierto. A veces, en el tren, recordaba las veces cuando nos quedábamos en la playa, Martina y yo, y esperábamos a que el sol desapareciera, y nos volvíamos caminando por la arena oscura, guiados nada más que por las luces de la rambla y los faroles de la costanera. Recuerdo que una noche el viento lloraba contra las piedras que dejábamos atrás. Los adioses eran breves todavía; pero ya lo sabríamos mejor. Sí. Mejor. Y para siempre. Viajaba, en el tren, hacia mis clases de guitarra, pero también lo hacía hacia otros lados; estaban los del pasado, las resonancias; y también los del futuro: agazapados detrás de cada decisión. El mundo que pasaba rápidamente a mis costados era un modo de escribir del que nada sabía y por el que poco me habría de preocupar en los meses siguientes; la música invadía mis secretos. Habría una frontera y estaría dada por mi viaje a Tucumán: antes y después cobrarían significado de la mano de tu nombre. Al verano siguiente, haría mi primera visita a Mar del Plata y regresaría enfermo; tres años después volvería pero sería otra persona. El tiempo pasaba lentamente por entonces, pero aquello tampoco duraría. El tren paraba en estaciones de las que nadie más que yo sabía los nombres; puede que te los diga alguna de estas noches. Claro que, de esos nombres, hay unos cuantos que aun hoy me eluden. Esas impresiones me estaban acechando cuando bajaba del 114 y entraba a la estación, sacaba mi boleto y esperaba la llegada del tren. Media hora duraba el viaje hasta San Isidro; a veces un poco más y otras un poco menos; y ya, cuando caminaba en esta última estación con rumbo a la parada del colectivo que me llevaría a Las Lomas, sentía que una parte de mí se estaba quedando atrás. Hace cosa de un año volví porque tuve que llevar un libro hasta la casa de su comprador y me dediqué a pasear un rato por la estación; ya nada es como era. Estaban, eso sí, los fantasmas; ésos nunca se van, o se transforman, o piden que el mundo se paralice. Pero se mantuvieron en silencio; se limitaron a observarme, desde alguna distancia, y a mirarse entre sí como si ya supieran lo que cada uno pensaba. Me despedí de ellos con un gesto de la mano, y me volví; pero no en tren: decidí tomar el 60 hasta Belgrano y caminar un rato por Cabildo: todavía era temprano. Ahora ya no lo es —temprano—, y busco un libro para mi lectura de esta noche, mientras espero a que llegues: nunca me das un aviso, pero me gusta estar preparado. Elegí el de ensayos, de Virginia, el de la polilla; lo dejé en la mesa de luz y me fui a servir un whisky. A cada uno de estos días, encuentro conveniente darles un buen final.