Verso Bajo – 20

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Lacuchi

Hoy es el primer martes de agosto y, como se me ha vuelto usual cada quince días, estoy sentado en el banco que está detrás del local tradicional de la Librería Rodríguez, junto a la puerta que ahora está clausurada; he mirado los libros que compré hace un rato (no acá, sino en otro lado) y ahora anoto esto en mi cuaderno. Cuando lo abrí, no sabía si iba a escribir o solamente a echarle una ojeada; y lo primero que vi fue la nota del viernes 15 de abril donde decía: “Cerró Lacuchi su local de la Galería Belgrano: el fin de una era”. Lacuchi era el negocio especializado en lapiceras y, desde chico, me recuerdo pegado a sus vidrieras, las que hacían esquina frente a Rodríguez, observando las Parker, Sheaffer, Tintenkuli… un par de las cuales me compró la tía Rosa. Que el local estuviera cerrado y vacío era definitivamente el fin de una época. Pero me encontré hoy con que el lugar ha sido ocupado por Rodríguez, habiendo ampliado así sus locales a tres; y confirmé que, a pesar de los finales, existe una parte del pasado que siempre se las ingenia para colarse entre sus grietas. Semper vivens.

 

Sobre las descripciones [1]

Para echar una mirada a la supuesta inocencia de las descripciones, empujo el entusiasmo del lector (posible escritor del futuro) hacia “The Toll House” (de Stevenson); narración de cuatro páginas que se encuentra en “The Silverado Squatters”.

 

Traza el egoísmo

Tengo 63 años y un montón de cosas en la cabeza sobre las cuales no he escrito… Vas a pensar que estoy a punto de pedir más tiempo… Pero no: tengo este montón de cosas sobre las que no he escrito y sobre las que no tengo intenciones de escribir una sola línea. Si acá es donde el egoísmo traza su frontera, pues bien, muy bien; y me encanta.

 

A tres metros

Me sirvo un whiskey (el vaso hasta la mitad, o poco más) y me pongo a leer; son las nueve de la noche. Para cuando dan las doce, la botella está por la mitad (o poco menos) y leo mal porque estoy medio dormido. Sin moverme del sillón, apago la luz con el paraíso a tres metros (puede que un centímetro más —bromas que me hace el diablo).

 

Adelanto a cuenta

Allá por septiembre de 2015 comencé a escribir un cuento para la colección “Ventana Almar”. Hace un rato, y más de 200 páginas después, se me terminó. Alguno dirá que no es un cuento sino una novela y, si me apuran y me conviniera, me pondría de su lado. En lo personal, creo que es un capítulo más del cuaderno que vengo escribiendo desde hace añares. Como fuere, su título es “Pares diferentes” y acá les adelanto las primeras líneas:

David miró por la ventana y detuvo sus pensamientos mientras el sol de febrero se iba apagando. Por un momento no supo cómo había llegado hasta allí; no fue que lo hubiera asaltado una pregunta, no; simplemente no se reconoció. Si en ese preciso momento alguien le hubiera dicho que su nombre era otro, no habría tenido motivo para dudarlo. Si una persona se le hubiera acercado para preguntarle cómo estaba, bien habría sospechado que era su mejor amigo. Por eso, cuando se percató de que ella estaba al otro lado de aquel alféizar, que lo miraba, divertida, mientras su cabeza y él viajaban por allá, bien arriba; cuando consiguió reflejar la mirada de aquellos ojos oscuros, recién ahí, sonrió, tranquilo, como quien hace poco ha regresado desde otro nombre, otra memoria, un país donde unas palabras se confunden con las de más allá.

—Tus ojos siguen siendo iguales —le dijo cuando se acercó a la mesa donde estaba la taza de café ya vacía.

—Los tuyos están raros —le replicó—; raros… como si hubieran visto cosas que no querían ver.

David dejó que su cabeza diera una vuelta por el pasado y volviera; se le escapó una sonrisa y asintió.

—¿No me vas a invitar a que me siente? —le preguntó en un tono que desbordaba retórica.

Incómodo, David se puso de pie y le acomodó la silla que tenía hacia la derecha; Leonor se sentó y puso la cartera en la mesa dejando lugar frente a ella para un vaso o una taza. David le hizo una seña al mozo para que les trajera dos cafés apenas cortados: el tiempo no sólo se había detenido: había girado sobre sus talones.

Y se largaron a hablar como si se hubieran visto el día anterior; tanto así que, al cabo de un rato, los dos creían que era cierto: que se habían visto durante los últimos meses sin interrupción.

Era ya de noche cuando, en la vereda del bar, David le dijo:

—Bueno… así como nos encontramos hoy, podrían pasar años antes de que nos encontremos de nuevo. Si para vos está bien así, pues así de bien se quedará. —La miró como si le estuviera dando la oportunidad de intervenir; pero como no le dijo nada, continuó—: Pero hay una pregunta que anda flotando por los alrededores y no creo que esté fuera de lugar si la hago: ¿Te gustaría que nos encontráramos de nuevo, como hoy, a tomar un café o unas cocas o lo que te viniera mejor?

Leonor lo miró sin borrar la sonrisa que había tenido en la cara durante la tarde entera:

—Me gustaría, sí —le respondió—; me gustaría. —Se quedó pensando un poco y agregó—: Yo también tengo una pregunta…

—¿Sí?

—¿Cuándo fue que te cambiaste el nombre a David?

—No estoy muy seguro —le contestó—; a lo mejor fue para la misma época cuando vos te cambiaste el tuyo a Leonor.

 

Penas más — Penas menos

Estaba viendo el otro día un programa sobre los leones y el narrador dijo en un momento que la alimentación de estos animales los defendía de la muerte.

Hubo en ese modo del decir un aire que me resultó extraño, como si estuviera fuera de orden, con alguna vuelta de más.

En medio de la noche me desperté con sed y me fui a la cocina a tomar un vaso de soda; y fue ahí que pensé que el león no comía para defenderse de la muerte: comía porque tenía hambre.

 

Parecido ocurre con esas personas que se tienen por poetas (y así se presentan) y anuncian que actúan en defensa de la poesía; ninguna poesía que necesite ser defendida merece la pena.

 

Contraste personal

Veo esta película donde Eliot lee “The Waste Land” y me surgen ganas de tirarle un zapato. Un poco después, Robert Graves aparece leyendo su poema sobre el día del armisticio y me digo: “El camino es por ahí.”

 

Dedicado a los poetas

Tantas veces los escuché declamar sobre las intenciones de la poesía, sus callejones oscuros, sus exigencias; los sacrificios que debían realizarse en su nombre. Un buen día me los encontré en la nómina de jurados de un certamen tan importante como de rigor dudoso. Es fácil aceptar que ganarse el pan no cede el mango de la sartén. Otro habría arrojado sus libros al fuego. Lo que hice, en cambio, fue sacarlos del estante de mi biblioteca personal y llevarlos al mueble de la librería dedicado a los poetas. A un precio bien alto.

 

Arquitecto agarrado

Me pregunto qué me lleva a ciertos lugares cuando sé que no serán de mi total agrado, que me producirán estados de incomodidad de calidad variopinta; y, lejos de hallar la respuesta, me sigo dejando llevar. Algo así me pasa con las películas de Peter Greenaway: me impresionan como un desarreglo de cabo a rabo y, sin embargo, cada tanto voy hacia alguna de ellas como el meteorito famoso que terminó con los dinosaurios. Mi experiencia más reciente ha sido “Goltzius and the Pelican Company”… puede que deba agregar que las risas que algunas de las escenas me producen pudiera ser lo que compensa la torcedura que sufre el cosmos. O alguno de los otros efectos; como aquel arrebato inverso al insomnio que me dominó durante las idas y venidas del arquitecto agarrado a la piel de Brian Dennehy. O el carrousel de cuerpos desnudos que suben y bajan las infinitas escaleras del teatro, ese lugar que me es ajeno.

 

La mirada fija

Cuando escribe con tantos sustantivos abstractos, sé que lo hace para desorientarme, para hacerme creer en un valor superior al real; y cree que no la veo caer, aun cuando lejos, en el sillón donde pasa la tarde con la mirada fija en el lomo del diccionario.

 

[1] No apta para poetas con tendencia a las presentaciones de libros