Verso Bajo 2

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 El contrato

Suponemos. Hoy día. Que la escritura y la lectura son prácticas clandestinas. Pero sobre todo la escritura.

¿Cómo explico entonces mi predilección por ir a escribir a los bares o a las plazas?

Cualquiera podría acercarse a preguntarme qué escribo. A pedirme que se lo muestre. A lo cual podría negarme. Pero. ¿Basado en qué fundamento? Después de todo lo estoy haciendo a la vista de todos. De cualquiera. En público.

No tengo problemas con que se me vea escribir. Hasta hay un goce en ello. Pero descuento que nadie se va a animar a pedirme que le muestre mi cuaderno.

Hay una esquina perversa en salir a escribir abiertamente. Sin reparo. Salvo por el que da el pudor ajeno.

Y ahora que escribo esto y lo leo me pregunto por las lecturas con público. Por su aspecto impúdico; y hasta obsceno. ¿Qué pasaría si se me diera por leer un libro o el diario en voz alta en el bar o en la plaza o en el colectivo?

Hay un pacto. Un contrato. Entre quien asiste a una lectura pública y quien la convoca. Habrá que preguntarse entonces por sus cláusulas. Y. Muy especialmente. Por la letra chica.

 

Lo que se defiende como puede

Un poema puede ser bueno o puede ser malo —dicho esto desde un punto de vista literario (que sea obvio es justamente lo que obliga a hacerlo explícito).

Si lo aplaudimos y es bueno, el cosmos seguirá su camino.

Si lo aplaudimos y es malo, también; pero, en este caso, el camino habrá de colaborar en la destrucción de nuestro modo de leer.

Si este último camino se vuelve más y más frecuente, terminaremos festejando la aparición de las peores lacras, estaremos haciendo de la lectura una acción mediocre.

Por eso, conviene detenerse y despellejar los poemas; destriparlos hasta que no quede nada. Los buenos nos recompensarán bien. Los malos, junto con sus autores, recurrirán al espíritu de cuerpo —que es la manera eufemística de pedir auxilio a la patota: allí donde no haya fuerza literaria, otras fuerzas ocuparán el terreno—: la impotencia se defiende como puede; y muchas veces mata los buenos textos para ver si así consigue asomarse.

Porque atacar un buen poema resulta en una acción que explota en la cara —dicho esto (claro) también desde un punto de vista literario.

 

Lecturas y velocidad

Pertenezco al conjunto de las personas que leen lentamente.

Creo que deberé ampliar lo dicho acá arriba… Veamos.

Desde que terminó el verano, esto es: mi verano, que fue el 8 de febrero, cuando regresé de mis vacaciones en la costa de Baires, he leído estos libros : Mira por dónde (F. Savater), Querella (H. Zabaljáuregui) y Four Ways to Forgiveness (U. Le Guin), al tiempo que fui avanzando en la lectura de Poemas completos (N. Perlongher), Mensaje (F. Pessoa) y Matemática… ¿Estás ahí? (A. Paenza). Y regresé a Hablar de lo que se ama (M. Tracey), Después de Darwin (M. Defilpo), El arte de narrar (J. Saer) y Flowering Judas (K. Porter). Estas lecturas se podrían describir así: avanzo unas líneas, retrocedo, marco los márgenes, anoto números de página en alguna parte blanca hacia el final del ejemplar, copio esos fragmentos marcados en mi cuaderno de notas; esto ocurre principalmente en la noche y justo al levantarme. Lo cual hace que vuelva a decir:

Pertenezco al conjunto de las personas que leen lentamente.

Soy consciente, no obstante, de que la vida es corta para leer así. Que leer un libro es dejar otro en el estante.

Claro que, aun cuando el promedio de vida de una persona fuera de 500 años, la vida seguiría siendo corta.

Pudiera ser que me gusta leer imitando el escribir, imaginar al autor mientras escribe eso que voy leyendo —y acá el uso del presente de indicativo aparece ajustado, porque es como si estuviera viendo al autor en el mismo momento cuando escribe, no importa que lo haya hecho hace tres años o cien o más, lo está haciendo por primera vez ahí mismo mientras leo.

(Fecha de referencia: 25 de marzo de 2007)

 

En el fondo

Dice Barthes que dice Hugo de las revoluciones del lenguaje: “una tormenta en el fondo del tintero”. Un cierto aire de menosprecio parece sobrevolar esa frase. Me animaría a decir que no es poca cosa una tormenta en el fondo del tintero.

Esto me recuerda a aquel muchacho (Daniel Malatesta), llamado “inmenso poeta” por su presentador (Javier Adúriz), cuando dijo que Perlongher hacía gárgaras con las palabras; a lo que Tamara Kamenszain respondió que ya querría ella poder hacer esa clase de gárgaras.

Así que aprovecho para que lo sepas: una tormenta en el fondo del tintero siempre será bienvenida a mi mesa —conste que soy el feliz poseedor (herencia mediante) de una Parker 61 de color rojo, capuchón dorado y carga a bomba; por lo que, en mi caso, lo del tintero no vendría a ser cosa antigua.

Pero igual de bienvenida sería esa tormenta en el lápiz, en la médula del grafito o en la madera perfumada, en los cartuchos de azul-negro permanente, o en los distintos colores de los faber acuarelables.

Una tormenta. Sí. Al frente. Al fondo. De cualquier cuaderno de éstos.

Para la referencia sobre Hugo y Barthes : Variaciones sobre la escritura, Rolan Barthes. Paidós, BA, 2003. [pp.10-11])

 

Reflexiones desprendidas de una neumonía literaria

Cuando te conté acerca de mi neumonía, ¿era eso literatura?

¿Existe la sólo literatura?

La pregunta anterior ¿la formuló un personaje literario?

¿A quién conocés que no sea un personaje literario?

¿Qué pasa cuando le contás a alguien lo que hiciste hoy?

(El vértigo pide una pausa.)

Quien realizó las preguntas, en el calor del momento, tuvo la impresión de que le ibas a regalar una caja de puros. E, inmediatamente, recordé cuando el doctor F, cada año hacia fines de agosto, luego de mirar la radiografía de los pulmones, me dice: “Usted no fuma, ¿no?” Luego de lo cual viene la parte de mí que nobleza obliga & cetera.

(Nueva pausa que no menor.)

A ver… Voy a tratar de recordar la palabra del Viejo y tratar de hacerlo como lo haría él:

¿Cómo es que me preguntás por la neumonía —como quien necesita darle un aire a verdad— y nunca me has preguntado sobre los arts: si eran tan bajitos, o el color de sus ojos o si tenían voces graves; o —puede que más importante— si es verdad que desaparecieron?

¿Te hace feliz tu lugar?… Claro, vos o algún otro (dentro o fuera de vos) podría decirme que no estás en un determinado lugar para ser feliz. Respondido lo cual, cualquier pibe de la cuadra se preguntaría para qué estar en un lugar que no te hace feliz.

(Última pausa de hoy.)

La inquietud (creo que inquietud es el término apropiado), tuya o de cualquiera, revela un modo de leer. ¿Qué cambia cuando cambia tu manera de apreciar la verdad?

Esto me da una pista de por qué te detenés en los textos que sugieren un bonus, un bien colateral, un fin otro que va más allá de la lectura.

Te paso un dato: si dependiera de mí, no vas a encontrar nada de eso en lo que escribo; mi punto débil, claro, es que lo que escribo no está por completo bajo mi dominio y pudiera pasar que deje espacio para que un lector apremiado crea que hay moralejas al acecho.

(Ése fue el final; lo que sigue es el bonus.)

Una sola cosa más: si pudiera elegir mi nombre, la elección recaería sobre Colman… Drumour Colman; y si aparecen más, será para no dejarme morir.

+Fragmentos de una novela acerca de lo literario, cuya lectura puede comenzar por donde se guste y continuar por cualquier parte —siempre y cuando continuar fuera verbo existente con miras a un final