Verso Bajo 17

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Los árboles que bailan

Pocas cosas me dan el placer de la lectura en voz alta, especialmente poemas, y puede que más aun cuando en inglés; y en voz alta porque siempre está para escucharme, un poco hacia el costado, apenas en la vela de la luz que mi lámpara dispersa. Y ha estado desde hace mucho, desde antes que mi memoria, no sé si mucho antes, pero apenas ya sería bastante. Y ese resonar, que ya no de mi voz, viene a mí y me regala ese minuto de regreso en la escuela, donde todos siguen quietos, como si esperaran mi partida para continuar con sus cosas, quietos y atentos a los movimientos del aire. Y al perfume que viene de la calle, de los árboles que bailan en el otoño; y nunca se van. Y nunca se mueren.

Lecturas enfrentadas

Sigo leyendo la saga de Martin pero, dado que es el verano y hay tradiciones que no se omiten, todas las tardes, mientras baja el sol, me leo un cuento del Rayo de Illinois; en esta ocasión del libro “Quicker than the Eye”.

Los primeros no me engancharon como otras veces, pero desde la página 37 voy de mejor en mejor; el aire especial del Rayo inunda los atardeceres.

Hay edición de Minotauro: “Más rápido que el ojo”; y de Emecé: “Más rápido que la vista”.

Nota: Siempre, desde ya, habrá inteligencias necesitadas de alimento que para mostrar que son lectores cancheros dirán que este libro está “lejos de sus mejores”; para ellos: un gentil navajazo.

Para una lectora fiel

Studebaker es una historia en versos que escribí antes de “Hijos de una gran perra” y “La quimera del cartón”.

Nunca me propongo nada cuando me largo a escribir; las letras me van empujando.

Una vez escrito, creo que se trata de un empecinamiento.

No llega tan lejos como el “Finnegans”, pero la intención no me parece que le sea ajena.

Creo que todo pasa porque el escritor no deba nada a nadie y pueda escribir como se le dé la gana.

Puede ser que ello le cueste una disminución en los lectores; pero quienes permanezcan valdrán mucho más que los que se hubieran rendido.

Una suerte de desafío lanzado a nadie en particular.

O puede que se trate de otra cosa que nunca descubriré.

Como fuere, agradezco la paciencia.

Puede que la buena lectura no sea otra cosa que eso.

Una insistencia paciente.

Presente y futuro de unas pocas lecturas

Terminé ayer de leer “Cocuyo” (de Severo Sarduy) y ya cuando iba por la página 20 supe que iba a tener que dedicarle unas líneas. Lo mejor (lo más educado y gentil) que puedo decir de la impresión que me ha provocado es que ha sido una lectura informativa. Podrás pensar que el barroco no es lo mío… sin embargo, cuando leo las composiciones de Perlongher, las disfruto, y no poco; pero ese disfrutar Perlongher y lo informativo de este libro de Sarduy marca (precisamente) la diferencia entre ambos. Unos pocos subrayados, que podrían dar pie a cierta elaboración pero que están bastante atrás en una fila donde me esperan palabras que me resultaron más cercanas (mucho). Cuando comencé su lectura, me dije que se trataba de un idioma nuevo y que, si avanzaba a buen paso, no veloz, llegaría ese momento cuando no me daría cuenta de que estaba leyendo: me ha pasado otras veces. Pero, ya en la mitad del libro, seguía sin reconocer con certeza qué me estaba diciendo. Pensé que se trataba de un modo extraño de escritura, que ameritaba uno igualmente extraño de lectura, pero ya sobre el final comprendí que me había equivocado. Porque es justamente sobre el final, en esas últimas (puede que 30 ó 40) páginas cuando Sarduy se pone a contar y no cae seducido por las ramas; cosa que me indicó que sabía cómo hacerlo. Y me pregunté por qué tanto enredo hasta llegar a ese ritmo del final. Todavía no me lo he respondido. Puede que lea en el futuro algún otro libro de Sarduy (pienso en “Cobra”) pero, si echo una mirada a la cantidad de páginas que me observan desde los estantes, apuesto a que se va a quedar en una (mera) expresión de deseo.

Metro patrón

El 22 de mayo de 2016 comencé a escribir un cuento que me venía rondando desde hacía bastante tiempo; podría decir que hacía años, y no sería exagerado, pero también ocurría que últimamente se le había dado por visitarme con una frecuencia mayor. Finalmente, una noticia inesperada hizo que no lo postergara más y así comenzó su escritura. Te lo cuento porque hoy he llegado a la página 150; me refiero a hojas del tamaño A4 a espacio y medio (64.259 palabras). Lo que me pregunto es si seguirá siendo un cuento o se habrá convertido en otra cosa. Desde ya que no podría presentarlo a un concurso de cuentos; y, por otro lado, me sería fácil hacerlo a uno de novelas; pero siento en las entrañas que esto no alcanza para responder mi pregunta. No muy lejos de mis pensamientos andan esos eruditos de la literatura nacional, literatos de porte y ganas, que siempre están dispuestos a decirnos cómo se tratará de un cuento si conserva cierta estructura; y cómo, si la estructura fuera otra, sería una novela aun cuando se extendiera a lo largo de siete páginas. En este aspecto de la escritura creativa, los sajones son más expeditivos; para ellos basta con la extensión, y así tenemos: short story, nouvelle (o novelette), novella y novel (y algunos otros nombres que se han gestado recientemente como sudden fiction o flash fiction)[1]; porque, con la claridad que suelen tener para estas cosas, saben que de lo que se trata es de contar una historia y, si es buena, mucho mejor. Vos dirás que no te he dicho nada acerca de la dicha historia… y es cierto; para eso vas a tener que esperar un poco más —y puede que las páginas sean más de 200.

Murmullos de imprenta

Escuché por ahí que alguien decía que el recuerdo de un libro era más importante que el libro mismo. Dejemos a un lado eso de lo que es más importante y lo que es menos importante, dado que parece extraído de alguna olimpiada. Eso que escuché vendría a ser un oxímoron; dado que no existe el libro mismo, nada más existe el recuerdo.

Sustituciones válidas

Esto leía yo, en enero de 1981, mientras viajaba hacia Tucumán (en tren, por supuesto: nadie podría decir que ha viajado a Tucumán, verdaderamente viajado a Tucumán, si no lo ha hecho en tren):

“Para alcanzar audiencia y repercusión es preciso hablar en nombre de un grupo, de un partido, de una tendencia; sólo Dios habla en su propio Nombre, pero ni siquiera Él sabe pasarse sin partidarios. De tejas abajo, todo el que predica se siente portavoz; parece haber vigente cierta superstición del plural enmascarado, según la cual cada yo, para ser digno de atención, debe poder ser sustituido válidamente por un nosotros.”

(Para quien no sepa quién habla y de dónde es la cita, se lo contaré más adelante.)

La importancia del contexto

Acabo de leer una línea, en la página 42 del libro que tengo en las manos[2], que me ha hecho reír, y no poco: “Shit!” said Ben.

Cualquiera podría dudar de los méritos de las tres palabras que componen esa línea.

Lo que ocurre es que, para tener una verdadera dimensión de su efecto, hay que leer las 41 páginas previas.

Pliegues del tiempo

En estos días me estoy reconciliando con Cortázar; ando leyendo el “Diario de Andrés Fava” y ya lo tengo más marcado que otros libros a esa altura. Por ejemplo, dice en la página 48: “Si frecuentara escritores, anotaría toda ocurrencia que me pareciera significativa —no el mero juego de ingenio; y haría obra de bien para los pobres biógrafos de 1995.”

Haciendo a un lado el guiño, me llamó la atención la mención de ese año. El texto del libro fue escrito en 1950; por lo tanto, 1995, para Cortázar, significaba el futuro —un futuro que estaba mucho más lejos de que lo que probablemente sintió. En tanto que, para mí, mientras escribo estas líneas, es el pasado; con una distancia al hoy que me produce ambivalencias varias.

Escribir hace que el tiempo se pliegue; y lo escrito da testimonio.


[1] Flash Fiction: 53 – 1,000 palabras

Short Stories: 3,500 – 7,500

Novellettes: 7,500 – 17,000

Novellas: 17,000 – 40,000

Novels: 40,000 + palabras

[2] “Rule Britannia”, Daphne du Maurier, Pan Books, London, 1974