Verso Bajo 16

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Deuda importante

La que tienen unas cuantas escritoras —entre ellas Alice Munro, Iris Murdoch, Ursula K Le Guin, Sylvia Plath, Laura Riding— con Virginia Woolf.

 

Mañana feliz

Comencé mi lectura de “Chance”, de Joseph Conrad; lo que no sabía era que, al dejar atrás la página 15 y entrar en la 16, me iba a encontrar, felizmente, con mi viejo amigo Marlow —veo que mi madrina aún vela por mí.

 

Leemos

En la película “Shadowlands” hay un personaje que se llama Peter Whistler y que está estudiando en Oxford y es alumno de C S Lewis; en una escena, en el tren, Whistler le cuenta a Lewis que su padre ha muerto hace algunos meses y que ahora, habiendo dejado Oxford, es maestro; tras lo cual Lewis recuerda que el padre de este muchacho también era maestro, cosa que su alumno le confirma; Lewis recuerda también una frase que Whistler le había referido y que había sido dicha por su padre; y es para darte esas pocas palabras que escribí todo lo anterior: “Leemos para saber que no estamos solos.”

 

No me iba a servir

Estaba escribiendo una de las partes que son clave en esta historia de suspenso en la que me encuentro enfrascado y tenía que hacer que un personaje fuera torturado.

Entonces se me ocurrió que lo podían encerrar en una habitación durante tres horas para ininterrumpidamente pasarle esas publicidades de perfumes que aparecen en la tele.

Finalmente, me di cuenta de que no me iba a servir porque el personaje tenía que sobrevivir y nadie se lo iba a creer.

 

Cuando me plante

No escarmiento con eso que hace la gente y que es arruinarme las palabras; e insisto con ellas como si me las hubiera encontrado ayer. Pero lo cierto es que no fue así, que no me las encontré ayer; y en consecuencia me va. Ahí nomás tenés la palabra “amor”… me pregunto si habrá alguna que haya sido más manoseada. Algunos creen que en ocasiones fue para bien… y me inclino sobre las manchas de la inteligencia mal alimentada (tal vez debería dirigirme decidida y definitivamente al mal, pero eso daría para largo y no me parece que éste sea el momento). Y tan es así que no me atrevo a usarla, ni a las pertenecientes a su familia (especialmente el verbo), para anunciar el sentimiento que más cerca se le pararía en la cola del almacén. Me pregunto si ello me estará indicando (también) que no puedo con esa acción; pero la verdad es que no me lo parece. Tiendo a pensar, en cambio, que la gran mediocridad que hace girar el mundo se ha confabulado para que me sienta enfermo. Pero, bueno, para rematar los papeles, te digo que todo esto te lo cuento un poco para justificar el tiempo de mi ausencia; y un poco también (el más chico; el que resta) para que no se te vayan a poner los pelos de punta cuando me plante y les haga frente; y termine con la foto en unos de esos papeles que decoran las comisarías.

 

Sus últimas páginas

Era la tarde, después de la siesta, y todos se habían ido a la playa; así que decidí prepararme un té, con esas hierbas raras que le había comprado a la mujer que, un día sí y tres no, está en el recodo que hay justo a la entrada de la playa, donde están los guardavidas y medio oculta por el tamarisco blanco. Mi intención era llevar el té al balcón y ponerme a leer; sabía que me faltaban unas pocas páginas para terminar ese libro que ya había leído por segunda vez en abril de 1991 (según constaba en su primera hoja, y algo más entre nieblas en mi recuerdo). Cuando fui a buscar el lápiz, me encontré con que se le había roto la punta; como no he traído el sacapuntas (cada tanto estos traspiés me ayudan a sonreír), fui hasta el bolso y saqué la cortaplumas (mi querida Victorinox) y la punta volvió a lucir lista para su tarea. Me di cuenta enseguida de que mi lápiz había llegado al día de su retiro y que, de regreso en Baires, iría a la caja de sus hermanos entrañables puesto que se había convertido en uno de ellos después de unos cuantos años de haberme acompañado durante mis lecturas. Ésas serían también sus últimas páginas; sus días cuando contar a sus hermanos las historias compartidas conmigo estaban por comenzar.

 

El dinamismo de la lengua

Justo estaba pasando hacia la cocina cuando escucho (desde la tele) que Nelson Castro inventa el término “perturbante”… el cual supongo que vendría a ser un turbante más grande de lo usual. Lo que no sé es dónde se lo usa.

 

El fracaso de la lectura

Te levantaste temprano y fuiste a la playa a caminar; dos kilómetros de ida y otro tanto de regreso. Te tomaste un café con unos bizcochos y regresaste a la playa, esta vez con un libro, a tu lugar preferido, a la sombra pero con el sol ahí nomás, y se te dibujó la sonrisa literaria. Al poco rato, llegó este joven con una guitarra eléctrica y un amplificador a batería y se puso a cantar, a voz más allá que en cuello, unas canciones de Vox Dei; junto al pie, había colocado un recipiente con monedas y te preguntaste si querría que agregaras algunas para que al fin se fuera. Sostenido por la suposición de que aquel no podía ser el único lugar placentero de la costa, te alejaste libro en mano hasta una distancia donde el sonido (y el ruido) consiguieron aplacarse. Al poco rato, llegó un auto, bajaron varios jóvenes de ambos sexos (aunque no pudiste estar seguro) y por las puertas abiertas de par en par comenzó a emerger un sonido que, en lo rítmico, se sometía a un aire que, a falta de mejores referencias, llamaste (en tu cabeza) tropical. La literatura estaba perdiendo la batalla o, al menos, estaba claro que sangraba. Así que, nuevamente, libro en mano, continuaste tu peregrinación.

 

Fragmento de la historia que le voy contado en episodios a la señora que vende flores acá enfrente

Al principio fue un rumor, como si por allá a lo lejos alguien estuviera tocando un tambor; o muchos tambores. Y sin mucha noción de ritmo, para serte honesto —a mí, aquello de que cada quien tiene su propio tambor siempre me sonó a que era una exageración, como me pasa con los comentarios de Fran en unas cuantas ocasiones, como si ese dichoso tambor interior de cada quien estuviera, digamos, sobrestimado, riesgosamente sobrestimado; en suma: que no pondría mi espalda al cuidado de nadie que pensara de ese modo.

 

Gente del barrio

Terminé de leer la página 458 y cerré el libro. Puse el jarro en la pileta y lo llené de agua. En eso estaba cuando sonó el timbre; era Mirna Minkoff. Venía a buscar a Ignatius. Cuando se fueron, me quedé mirando el estante de los libros sin leer y que ya habían pasado por el primer filtro en la noche de Año Nuevo. Elegí el de Bradbury, lo puse en la mesa de la cocina y me fui a dar una vuelta por el parque. El Rayo de Illinois estaba sentado a la sombra del paraíso llamado Peregrine; me saludó y me acerqué, tenía el libro abierto en la página 458; era Moby Dick.

 

La misma que escribe

Hace una punta de años ya que llegué a la conclusión de que esto que hacemos los escritores no era fundamental, ni siquiera importante: la gran mayoría era capaz de vivir bien sin tocar un libro. Y lo mejor fue que se me quitó un peso de encima; se me aflojó la sonrisa. La misma que escribe estas líneas.

 

Un clásico

Hace una punta de años, un escritor, conocido puede que no por todos pero sí por muchos, se puso a escribir y le salió esto: “Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.” Y fue un clásico. [1]

 

Para evitarme

No sé si lo que siento es ternura frente a esos “poetas” que confunden una buena imagen con unas palabras tomadas, de aquí y de allá, de buenas imágenes compuestas por otros, pero que, juntas (del modo como ellos las juntan), hablan mal; me temo que podría ser vergüenza ajena… por eso, para evitarme esa vergüenza, elijo el odio.

 

[1] El fragmento pertenece a “Casa tomada”, de Julio Cortázar