Verso Bajo 15

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Jamie Davies

Sugerencia de ocasión

Hay un cuento de H.G.Wells titulado “The Magic Shop” (La tienda de magia[1]) con el que no pocos autores tienen una deuda; desde Bradbury (especialmente) hasta J.K.Rowling, pasando por Le Guin, Carter y, probablemente, C.S.Lewis (y lo digo así porque de Lewis he leído apenas dos libros). Recomiendo su lectura (quiero suponer que hay traducciones, lo cual nunca es lo mejor, pero así andamos); con un brebaje caliente a un costado y un paquete de churros rellenos… (no hay de qué).

 

Una crónica marciana diferente

Recién terminé de mirar “The Martian”, de Ridley Scott; hacía rato que no la pasaba tan bien mirando una peli. Habrá que tener en cuenta que me gustan las historias de aventuras; en esto sigo siendo un reptil prehistórico. Lo mejor han sido las escenas de Matt Damon, solo, en Marte. Puede que porque me hizo acordar de mí mismo cuando me embarco a esos viajes a ninguna parte. Y no dejemos de lado que fue en uno de esos viajes, precisamente, cuando me encontré con vos.

 

Escribo la insistencia que me escribe para dejarme

En la simulación. El campo abierto. La mancha libre. La resistencia me da unas letras para que golpee. De nuevo. Y otra vez. Y así. Con el pico del gavilán. Viejo como la línea. El pentagrama de la costa. La caza cuando el crepúsculo da la señal. Escribo el primer paso. Escribo el camino. Y cuando escribo el segundo. Veo que se trata del primero. Pero no el mismo sino otro. Porque no hay otro. Y el camino se borra mientras lo pienso. Lo mismo que la música que ronda la playa. Y va hacia el sur. Y va hacia el norte. Y se vuelve humo que dibuja la hora. La cercanía de la noche. Escribo el miedo para que no me escriba. O se escriba en mí. O lo haga con nombre sin autenticidad. Dibujo el orden de esas letras. Y las escribo sin parar hasta que la sombra pierde las patas. El gancho. Las profecías que dieron la vuelta al mundo. Una hoja llena tapa la anterior. Y se llama el olvido. Segundo del invento. Ahora. Justo. Como el ruido de un golpe. Coma tatuada en el pecho. Y se va. Igual que los pensamientos cuando nos toca abrir la grieta. Igual que hace un rato. Las ventanas invisibles. Los vidrios inmaculados. La armadura del rincón que nadie pesa. No hay escándalo en el olvido. Cuando exacto. Cuando limpio. Cuando sano. Insisto en resistir y clavo las maderas que le hacen marco al olvido. A la sombra de la memoria. No al dorso de la foto: al espacio entre el frente y el dorso. Y me sonrío cuando por un momento el ojo me atrapa en esta retina que deja de ser mía. Instante individual. Uno falso. Truco de cartas para eludir la copia. Ilusión multiplicada. Paso el lápiz (simulando descuido) por las misma trazas que el otro de mi nombre. Así. Resisto. Insisto. Sostengo los labios de la grieta que me escribe.

 

Si no mayor

He descubierto que en este afán de que en el uso de los sustantivos en plural donde antes alcanzaba con utilizar el masculino, dado que se entendía que abarcaba ambos sexos, ahora que hay un empeño en que se diga el femenino junto al masculino, la discriminación se vuelve, si no mayor, por lo menos patente.

 

 

Estos periodistas burros

Siguen hablando de kamikazes…

Lo extraño es que desde la embajada del Japón nadie alce la voz.

Evidentemente, para estos ignorantes todo es lo mismo; se les pega una palabra porque les suena a que es un acierto y la gastan hasta volarla de la existencia… casi parecen poetas.

 

A buen entendedor

Eran las dos de la tarde y me había preparado un jarro de mate-cocido; en un platito había puesto un puñado de óperas, había dejado todo en la mesita de la cocina y, dado que ayer había terminado de leer el libro de Wells (“First Men In the Moon”), me fui a elegir con qué libro continuaría mi lectura de la tarde. Fue justo ahí cuando sonó el timbre; y, cuando me fui a fijar quién era, resultó ser Ignatius Reilly.

 

Otra cuestión de gravedad

Frente a estos poemas que tanto aprecian, solía pensar que me estaba perdiendo algo; pero, luego de bastante ensayo y error, me he dado cuenta de qué es lo que pasa: hipnotizan con su run-run; basta preguntarse qué es lo que dicen para verlos caer como caen los restos secos de madera podrida.

 

Accidentes

Esta mañana, mientras desayunaba, terminé de leer el libro de Up de Graff (“Head-Hunters of the Amazon”). Cómo fue que lo comencé a leer no sabría explicarlo a ciencia cierta; lo tenía en las manos, me había llegado junto con casi doscientos de una compra reciente, y fue como si me llamara. No me era desconocida su existencia; para quienes no lean en inglés, aprovecho y les cuento que hay edición en español publicada por Espasa-Calpe, en la querida colección Austral. Pero a lo que voy con estas líneas es a que se trata de un libro inolvidable. El autor no pensaba en escribirlo pero su familia lo empujó a hacerlo. Son las experiencias personales de su viaje al Amazonas cuando tenía apenas 20 años; llegó en 1894 y estuvo allí hasta 1901; y, aun cuando no fue ésa su meta, logró un libro de aventuras que muchos escritores seguramente envidiaron a boca cerrada. Lo escribió en 1921 y fue publicado ese mismo año; y fue el único libro que escribió. Su nombre fue Fritz W. Up de Graff, había nacido en 1873 y, después de tantas y tan peligrosas peripecias en el Amazonas, murió en 1927, en un accidente de auto.

 

Dinero sin fondo

Hace unos días vendí un libro de Emeterio Cerro; y con lo que junté me compré: Blandings Castle (de P G Wodehouse), The Weird Ones (de Poul Anderson y otros; una antología), Penguin Science Fiction (una antología recopilada por Brian Aldiss), 100 Years Of Science Fiction (una antología recopilada por Damon Knight), Science Fiction: The Best Of The Best 2 (una antología que no recuerdo con exactitud quien recopiló, creo que fue Judith Merril), Surprises (de O Henry), The Penguin Poets (una selección hecha por Cecil Day Lewis), Uncle Spencer And Other Stories (de Aldous Huxley), Portnoys Complaint (de Philip Roth), She: A History Of Adventure (de Rider Haggard), y A Double-barrelled Detective Story (de Mark Twain). Encima me sobró plata. El fantasma de Emeterio me mira y sonríe.

 

Y pensé que ser espía era muy parecido a ser escritor

Hace unas noches me crucé con esto que R (su jefe) le dijo a Ashenden: “Hay una cosa que creo que usted debe saber antes de asumir este trabajo. Y no lo olvide. Si lo hace bien nadie se lo agradecerá y si se mete en problemas nadie lo ayudará. ¿Eso le parece bien?”[2]

 

Lo social

Ya le había mostrado casi la mitad de las fotos de aquel encuentro cuando su amigo le preguntó: ¿Son siempre así, quiero decir: los escritores cuando se encuentran? Bueno, le respondió, no todos son escritores los que van a estos encuentros… y se arrepintió de lo dicho mucho antes de que el eco le hiciera notar la inexactitud que cabalgaba en sus palabras. Quiero decir, retomó, que puede ser que, unos más, otros menos, todos tengan alguna página escrita, pero eso no los vuelve, necesariamente, escritores, son aficionados a las letras y, cada tanto, algunos se ponen a escribir… acá le volvió a pasar lo mismo que antes. Sí; ahora que lo pienso, todos escriben; la mayoría muy mal, te voy a ser sincero, son bastante mediocres… mucho. Muy mediocres… Pero ¿Te referías a las fotos?… Sí, regresó su amigo de su rol de escucha; se los ve a todos muy serios… ¿cómo se hace para saber si no están aburridos? Se acercó las fotos a la cara y pasó unas cuantas. Era cierto que estaban todos muy serios; nunca se había detenido sobre aquellas imágenes de ese modo. En realidad, daban la sensación de estar todos abrumados; fastidiados casi. ¿Sería el efecto que producía lo social de aquel espacio? Y la conversación se fue por otros caminos.

[1] Alguno podría traducirlo como “La tienda mágica”; pero como no dice magical sino magic… aun cuando se podría admitir que como título este último le gana en sonoridad.

[2] “There’s one thing I think you ought to know before you take on this job. And don’t forget it. If you do well you’ll get no thanks and if you get into trouble you’ll get no help. Does that suit you?” (W Somerset Maugham; The World Over, The Collected Stories Volume One; London, 1954)