Verso Bajo 14

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Denys Nevozhai

La sonrisa que se me escapa

Me daba cuenta hoy de que, cuando tomo notas, lo hago sin esperanza —con esta última palabra en el sentido más literal que se le pudiera encontrar—; porque nadie entiende el significado de las notas que tomo. Yo mismo, dentro de algún tiempo, cuando las vuelva a leer, porque así me lo hubiera propuesto o porque me las habré de encontrar mientras buscaba otra cosa, tampoco las voy a entender. Unos y otros hacemos el gesto de entender, pero la cosa no va más allá; lo social pide ese gesto para evitar que nos lancemos al cuello del vecino… o, bueno, puede que no del vecino, precisamente, sino de quien esté delante de nosotros, hablando, hablándonos, y fingiendo que el mundo está ordenado; esto último vendría a querer implicar que el suelo está inclinado en la dirección del entendimiento, que es la dirección que el señalado interlocutor ha decidido para ese momento en particular. Sí. Así estamos. Y lo estamos porque lo hemos venido estando desde antes de que nuestras memorias comenzaran a formarse. Alguno podría esperar que agregue que así seguirán estando las cosas en el futuro… pero no; no soy capaz de arriesgarme a tanto. Lo que es más: no me sorprendería que un día de estos la farsa termine. Será por esto que, cuando tomo notas, lo hago sin perder de vista la sonrisa que se me escapa; y que podría querer decir unas cuantas cosas —que nadie entendería—; o ninguna.

 

Marcas

A comienzos del año 2004, compuse un poema cuyo título fue “Los poetas espléndidos”; y aproveché para intercalar, al comienzo, un acápite que, la memoria confundida me aseguró, había sido pergeñado (en un sueño) por Hueso Randall Quinn: “Se puede ser espléndido poeta / y pésimo / escritor”.

Algún tiempo después lo quité, porque resultó que el sueño había sido mío.

 

Sobre las armas mejores

Cada vez que alguno le decía que su escritura no tenía el más mínimo valor literario —eufemismo que desplazaba un poco, no mucho, que le parecía una porquería—, este autor, quien se manifestaba ferviente militante de la izquierda, acusaba a su lector de ser un derechista recalcitrante. Viendo esto, Hueso lo llevó aparte y le dijo que pensara un poco en ese asunto, que tenía en sus manos un arma de incalculable poder. “Para terminar con la derecha de una vez y por todas”, le dijo, “nada más tiene que dejar de escribir.”

 

El camino de la seriedad

Ya le había mostrado casi la mitad de las fotos de aquel encuentro cuando su amigo le preguntó: ¿Son siempre así, quiero decir: los escritores cuando se encuentran? Bueno, le respondió, no todos son escritores los que van a estos encuentros… y se arrepintió de lo dicho mucho antes de que el eco le hiciera notar la inexactitud que cabalgaba en sus palabras. Quiero decir, retomó, que puede ser que, unos más, otros menos, todos tengan alguna página escrita, pero eso no los vuelve, necesariamente, escritores, son aficionados a las letras y, cada tanto, algunos se ponen a escribir… acá le volvió a pasar lo mismo que antes. Sí; ahora que lo pienso, todos escriben; la mayoría muy mal, te voy a ser sincero, son bastante mediocres… mucho. Muy mediocres… Pero ¿Te referías a las fotos?… Sí, regresó su amigo de su rol de escucha; se los ve a todos muy serios… ¿cómo se hace para saber si no están aburridos? Se acercó las fotos a la cara y pasó unas cuantas. Era cierto que estaban todos muy serios; nunca se había detenido sobre aquellas imágenes de ese modo. En realidad, daban la sensación de estar todos abrumados; fastidiados casi. ¿Sería el efecto que producía lo social de aquel espacio? Pero, afortunadamente para ese momento, la conversación se fue por otros caminos.

 

Derrotero y sus traspiés

Entre los motivos por los cuales escribo (los cuales, sospecho, son más de los que podría imaginar), no está el deseo de trabar amistad. En mi vida, la amistad nunca ha tenido un lugar que me importara; esto podría ser porque, se me ocurre, si hay que poner esfuerzo en sostener amistades, no se justifica mucho el hacerlo. Alentar la escritura mediante las amistades que pudieran aparecer en el camino no huele bien. Así y todo, está claro que buena parte del éxito a obtener, o el momento llamado de ese modo, depende de las buenas migas que se vayan haciendo sobre la marcha; las palmadas en el hombro y los halagos rinde sus frutos. A mí, que no tengo la habilidad para fingir que un queso es una manzana, los traspiés de tal derrotero me resultarían incontables. Por lo dicho, espero que entiendas que te deseo lo mejor y te solicito que, de una vez y por todas, me sueltes la mano.

 

Para separar la paja del trigo

Un escritor, especialmente si se llama a sí mismo poeta, salvo casos muy especiales (muy) y que podrían explicarse fácilmente, no debe usar la palabra “algo”: tiene que decir qué; y, si no puede, será señal de que está en problemas, porque recibirá el aplauso de los mediocres y de nadie más.

 

Desde la sombra

Me dicen que estaba por ahí, que estaba por allá, hasta que un buen día dejé de estar…

¿Es eso posible? Una persona debe estar por alguna parte. No importa si en un lugar desconocido por todos.

Claro que, según me dicen, conmigo no ocurre así; parece que no.

Pero lo que parece resulta, por literalidad, inestable. Desde un lugar se muestra de un modo y desde otro de manera diferente. Hasta pudiera no mostrarse, pero igual observar la escena desde la sombra. Escribo desde la sombra que me da tu atención. Y la sombra cambia de nombre.

 

Al fin de cuentas

Como dice Conrad —o le hace decir al personaje de turno, para ser exacto—: el mejor día de tu vida es, al fin de cuentas, eso: un día; y nada más.

 

Las presentaciones de libros

Prueba suficiente de cómo un acto, nacido de buenas intenciones y, en consecuencia, bueno (sobre todo por lo liso y llano), puede terminar en una farsa.

 

Risita

—Cada cinco palabras que dicen, una es “boludo” —dijo Hueso cuando vino a verme en un sueño—; a ésos, con toda cordialidad les deseo que se les acabe, a la brevedad, el sufrimiento —y me dejó también aquella risita que medio le había copiado al viejo que vendía llaveros, y billeteras, y pañuelos, en la esquina de Billinghurst.

 

Vergüenza ajena

Puede que algún día consiga librarme de la que me provocan quienes se llaman a sí mismos “poetas” cuando se ponen a explicar lo que hacen y, peor aun, lo que sienten cuando lo hacen.

 

Se congeló sobre mí

Y entonces, justo cuando me estaba llevando el vaso de cerveza a la boca, me preguntó: “¿Y vos, por qué escribís?”. Debo admitir que me tomó desprevenido, por completo, nunca nadie me había hecho esa pregunta en un tono así de imperativo, ni siquiera yo mismo; por lo que, de la misma forma como me había impresionado la pregunta, me surgió, sin pensarlo (o casi): “Por amor… todo lo que he escrito lo he escrito por amor.” Su mirada se congeló sobre mí; torció el cuerpo y siguió hablando con quien estaba sentado a su derecha —yo estaba a su izquierda.

 

Hay una oración que no le puedo decir a nadie

Y me pregunto si habrá otras oraciones, no necesariamente parecidas, que andan por ahí, acumulando su monólogo obligado. No tiene sentido una oración que no puede pronunciarse en la presencia de otro. No salva ni se salva. Pero vive e insiste en subrayarme su presencia. Abre la boca como quien grita en un estadio repleto de gritos. Y se queda rondando, a pocos metros. Sin hablarle a nadie.