Verso Bajo 13

0
112
Cristina Gottardi

Hoy se me cruzó en el camino un poema que no me pareció bueno

Muchos lo alabaron, pero la verdad es que no era otra cosa que una repetición de lugares comunes de baja calidad.

Pero eso no fue lo permaneció en mí; lo que permaneció fue que este encuentro, el del poema en el camino, me trajo la memoria de uno de los recitales del grupo de música donde tocaba en los setenta. El recital no había comenzado aún y andábamos ordenando nuestras cosas sobre el escenario; estaba yo revisando que la guitarra estuviera afinada y a un costado tenía abierto su estuche, el cual, sin la guitarra en él, dejaba ver unos cuantos papeles con distintas anotaciones de épocas variadas: muchos habían quedado ahí sin motivos que recordara.

Había muchas personas dando vueltas, algunas conocidas y otras no; las que no lo eran no tenía la menor idea de cómo habían entrado. Entre estas últimas, había una chica que caminaba por el escenario, hablaba con alguno que había más atrás, después con alguno de mis compañeros, hasta que finalmente se paró a mi lado y se puso a mirar lo que tenía en el estuche. Se agachó y fue fácil que me diera cuenta de que estaba leyendo los papeles que ahí había; finalmente, se puso de pie, me encaró y me dijo: “Ese poema es muy bueno.” Miré hacia el estuche y le respondí: “Gracias.”

Se bajó del escenario y desde abajo me dijo: “Hoy no me puedo quedar, pero la próxima vengo seguro.” Le hice un gesto mezcla de aceptación y saludo de adiós y seguí con lo mío; ella se fue.

Uno de mis compañeros, quien había estado prestando atención a lo que había pasado, se me acercó, miró dentro del estuche y me dijo: “Ésa es la lista de los temas.” A lo que le respondí: “Sí; ya sé.”

 

Eso que se sabe

Hace ya algunos años que camino las calles de Olas Grises. Y escribo; sí. Escribo. No siempre, pero cada tanto; aquí y allá: un anillo que pudiera ser de Moebius. Pero no lo digo alrededor. Lo digo acá porque acá no hay anillo. Pero donde lo hay no lo digo; pues, si lo dijera, el anillo perdería su gracia y nada más quedaría Moebius —quien, como todos los vecinos sabemos, es un tipo triste.

 

Reconocimiento de lugar

Ya me lo habían dicho la Mabuela y el Tata; por eso no me sorprendió cuando Hueso también me lo dijo: saber el camino de la niebla era imprescindible y hacerlo hábilmente tomaba unos cuantos años de disciplina y dedicación.

Una vez dominado ese arte (así lo llamaba Hueso), la muerte abandonaba el ruego de los enemigos.

De alguna manera sabía ya por entonces que no llegaría tan lejos, ni siquiera lo suficiente; por eso, la escritura se volvió mi lugar fuera del mundo y también, claro, muy dentro de él.

 

Escribir de nuevo

Forma de pensar. Al menos acá. Para mí. Hay ocasiones cuando camino o apago la luz. Y llega la noche. Y el pensar va hacia otro lado. Pero regresa. Repite este viaje sin pisar las mismas piedras. Hoy es una de esas veces. Y ya estoy apagando la luz.

 

Esa isla griega

Me ocupo en las mañanas de terminar las tareas programadas el día anterior, y me preparo unas galletas con un mate-cocido y unas mandarinas para el mediodía y descanso media hora con los ojos cerrados; esto me permite, justo después, darme una ducha, preparar otro mate-cocido y disfrutar de una hora de lectura. Desde ayer, el libro elegido me lleva a la isla de Corfú y, sin proponérselo, al año 1969 y mis caminatas solitarias por la avenida Cabildo y las calles adyacentes; cosa que permitió, desde marzo hasta diciembre y pasando por las estaciones correspondientes, que mi figura se fuera haciendo familiar y que chicas de los colegios vecinos, al salir de clases, me preguntaran por tal revista o tal libro cuando me encontraban en la librería Rodríguez o, si lo hacían en la calle, me contaran del baile que estaban organizando para el fin-de-semana; bailes a los que mi bolsillo nunca me abría la puerta pero que jamás habrían podido reemplazar mis lecturas. Así las monedas iban a parar a la compra del segundo episodio de esa revista cuyo número anterior me había dejado colgado, o un nuevo título de la colección Robin Hood del Espacio o de Imágenes del Mundo. Sí: esa isla griega ha resultado más grande de lo que sus habitantes jamás sospecharon.

 

Flannery O’Connor

Sigo leyendo sus “Collected Works”. Ya pasé por sus páginas literarias (de intención: novelas y cuentos) y ando ahora por las cartas (quizás debería haberse llamado “Collected Words”); voy por la página mil y pico: no podría estar más de acuerdo con ella —con quien no estoy de acuerdo en la mayoría de las veces.

 

Leer, traducir, y la comodidad

Podemos leer páginas escritas hace cien años, o doscientos, o mil… pero no tenemos otra posibilidad que leerlas con estos ojos de hoy; esto no lo recordamos todo el tiempo, y hay (muchos) quienes jamás lo han tenido en cuenta. Leer es, entonces, traducir; sin excepción. Desde un idioma que resulta familiar a los metros cuadrados (pocos) donde las palabras hacen que nos sintamos cómodos: más las formas que los contenidos. Por eso, la mirada crítica puesta sobre lo escrito hace cien años construye su propia trampa: tiramos el dado y éste deja ver su séptima cara. No pasa diferente con lo escrito ayer, o esta mañana mientras el sol salía, o en el cuaderno de la compañera de banco. Ni qué decir de sus cartas de amor.

 

El precio del primer pensamiento

Cuando un pensamiento irrumpe, lo hace de modo inocente; y es, precisamente, su inocencia la que seduce. El paso siguiente (para quien no quiera conformarse con la inocencia) es la de quitar los excesos, lo prescindible, eso que no alimenta y el cuerpo desechará… claro que esto no sería fiel a la continuidad natural y cada quien deberá pagar el precio que corresponda (o los precios). El primer pensamiento (según algunos teóricos) es el mejor; pero nadie (ni nada) asegura que llegue solo; puede traer pegadas unas cuantas sanguijuelas. No puedo negar que hay quienes muestran un gusto especial por las sanguijuelas —plato predilecto de la velocidad y el vértigo de una droga sobrestimada… la sangre ofrece su propio modo de saborear. El precio, claro, es una cuestión de medida; y la medida vive pegada a la comparación: existe una forma del arte ligada a ese lugar contra el cual se compara —absoluto efímero la mayoría de las veces. Y, detrás, un hacha aguarda, agazapada, por el más mínimo traspié.

 

Asuntos íntimos

Me preguntaste si eso que había escrito tenía que ver con vos; y te respondí que, ante la duda, siempre era mejor pensar que sí.

 

El tiempo no pasa como la gran mayoría cree

Tuve que ir hasta la sección de libros más viejos de la biblioteca, la mayoría de ellos ya leídos, para una consulta de poca consecuencia y me encontré con Sartre… claro está que no con el Sartre de carne y hueso, calculo que me entendiste bien, sino con sus libros; y justo ahí, sobresalientes, los tres volúmenes de “Los caminos de la libertad”, editados por la inestimable Losada. Y, tal como es costumbre, aquella visión llegó acompañada de otras pertenecientes a la misma época de su adquisición. Los tres habían sido comprados, en agosto de 1978, en La Casona de Iván Grondona, en la calle Montevideo, a pasos de Corrientes; en cuyo sótano Ecos del Viento dio dos recitales poco después, en octubre y en diciembre; mismo lugar donde, años más tarde, estaría la librería Gandhi. Aquel año leí el primero, “La edad de la razón”; recuerdo claramente haberme bajado del 92 con el libro en la mano e ir caminando por Santa Fe hacia Billinghurst. Lo terminé en septiembre y no recuerdo por qué fue que dejé los otros dos sin leer; estaba claro que tenía la intención de hacerlo, por eso había comprado los tres juntos… pero no fue así. Lo cierto es que ya llevo leída más de la mitad del primer volumen; algunas hojas a media mañana y otro tanto luego del almuerzo. Y cada vez que veo, en aquella letra conocida, que en la primera hoja dice “septiembre 1978”, me detengo con un pie sobre el cordón y miro con mucho cuidado antes de cruzar Billinghurst.

 

La literatura no cumple una función social

No está capacitada para hacerlo; cualquiera que quiera usarla a ese fin tiene garantizado el fracaso. La literatura puede expandir la mente del lector; pero solamente si el lector desea expandirla. Ante quien busque ratificar sus tendencias se volverá un cúmulo de recetas que a la literatura no le podrían importar menos. Tratar de usar la literatura para esto o aquello me recuerda a esa persona que, para asegurar la paz, se enlista en el ejército.