Verso Bajo 11

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William Daigneault

Las medidas

Cuando las reglas vienen establecidas por criminales, vivir con tranquilidad no es posible. Esto vendría a ser una definición clara de lo que produce la ignorancia. Pero, ojo, porque cada quien tiene una idea diferente de la cultura. Se puede regalar libros o un poema escrito en una servilleta de papel, pero no hay mejor unidad de medida que el sudor de la frente.

 

Inversiones sucesivas

“Sólo una cosa no hay. Es el olvido”, decía Borges en su poema “Everness”. Su confianza en el amor no tenía límites. Entretanto, el amor pintaba (y pinta) caras sobre las caras y, debajo de los párpados, un antifaz.

 

Un libro hermoso

Hoy, terminé de leer “Pavilion of Women” (Pabellón de mujeres), de Pearl S Buck: sobre personas que me son ajenas, una cultura que me es ajena, y lugares y momentos que me son ajenos. Pero que ya nunca dejarán de ser parte de mí.

 

El recurso escandaloso

Me entusiasma cuando una persona se esfuerza, al escribir un poema, para que no caiga en lugares donde ya han caído otros y, al mismo tiempo, evita el recurso escandaloso. No hay muchos escritores inclinados a hacerlo; la mayoría prefiere ir a lo seguro, aun cuando se encuentre muy visitado. Por eso, dejé que tu perro me arrancara la mano; así tengo una excusa para no aplaudir.

 

Acá Drum-Drum y el sábado nocturno

Estoy terminando de leer mi volumen de cuentos completos de Saki. En el final trae una biografía escrita por su hermana, Ethel; la estoy haciendo durar, pero se me termina. Por suerte, ya ando eligiendo qué vendrá después. Por la noche me gusta leer cuentos, y poemas, y alguna cosa fragmentaria. Las novelas me atrapan de mañana; casi nunca de tarde.

Felices sueños —lo mejor es cuando son de aventuras.

Y que la mañana te encuentre brillante.

 

Reencarnaciones

Todos los fines-de-semana me traen un aire especial, un perfume, de tal modo que, al volver a mí, me despierta ese recuerdo y puede, también, que algún otro el cual, en la superficie, pudiera parecer ajeno. Así ha ocurrido con éste que aún no ha terminado.

Terminé de leer hace unos instantes (son las 11:33 del domingo 23 de agosto) “The Cornish Trilogy”, en la edición de Penguin que contiene tres libros, tres novelas: “The Rebel Angels”, “What’s Bred in the Bone” y “The Lyre of Orpheus”; su autor es Robertson Davies, un escritor canadiense (quien también fue actor) del que no escucho hablar frecuentemente. Te recomiendo con entusiasmo la lectura de los libros de este autor, mejor si en inglés; caso contrario espero que las traducciones (que las hay) estén a la altura (aunque ya sabemos…) Hace un año (casi con exactitud, por supuesto, planeada) leí otro grupo de libros de él, también publicados por Penguin: “The Deptford Trilogy”… sí; está claro que tenía (murió en 1995) predilección por el número tres.

“The Lyre of Orpheus” es (entre otras cosas) un homenaje a Hoffmann… otro autor de quien no escucho hablar con frecuencia. Una parodia (en parte) al mundo del arte escénico con una dosis importante de agudeza; atravesada por personajes de lo más comunes, en el ámbito mencionado y también en el académico, sin excluir a los intelectuales, y algunos villanos vivamente despreciables (por los cuales agradezco sin fin). Las tres novelas me fueron llevando por los terrenos de una universidad, luego por la vida de un artista plástico desde su nacimiento hasta su muerte, pasando por la segunda guerra mundial; y, finalmente, por la construcción de una ópera bajo la mirada implacable de los primeros momentos del romanticismo. Y todo escrito de tal manera que no lo parece. Fueron casi dos meses de lecturas nocturnas que han pasado al terreno de la nostalgia.

En la otra vereda del fin-de-semana, estoy mirando “Moby Dick”, no la película de Huston ni la más reciente con William Hurt, sino la de en medio, de 1998, con Patrick Stewart. Ya la he visto varias veces, y estos días le ha tocado de nuevo. Por supuesto, la película se ve obligada a trabajar con lo anecdótico o duraría unas veinte horas (lo cual tendría un valor a ser considerado); pero tiene esos momentos que me recuerdan el libro y aquella lectura, también durante las noches, hacia fines de los noventa. Todavía hoy me pregunto qué habría pasado con Ahab si hubiera conseguido matar a La Ballena.

Ahora bien, lo que no entiendo es por qué la vocecita me dice que hay una relación entre Davies y Melville, como si uno fuera la reencarnación del otro sin decirme cuál de quién (dado que, y esto ya lo sabés, la flecha del tiempo no tiene peso en estas cosas). Y, a pesar de no entenderlo, ahí están los dos, mirándome, sentados en la escalera, cuando paso hacia el pasillo donde está la biblioteca (parte de ella) y regreso; y no me hablan pero tienen en los ojos esa insistencia que forma parte de la definición de un reflejo. Callados. Sin moverse. Como si escribieran en el aire.

 

Memo para un cuento de ciencia-ficción

Extraterrestres de un planeta lejano invaden la tierra. La gran mayoría de la especie humana se salva de ser masacrada porque los extraterrestres, una especie poseedora de un pragmatismo totalitario, se confunden y creen que se trata de animalitos.

 

Fragmento de una novela cuyo título no recuerdo

Hacía años que nos habíamos despedido y nunca pensé que lo volvería a ver; pero ahí estaba, aquella noche, nos había reunido afuera de las carpas, cerca del fuego, y nos dijo: “Se viene una guerra; es tan evidente que no sé cómo es que no se dan cuenta y siguen peleando por boludeces; va a ser una guerra grande, la más grande de todas, y mucha gente va a sufrir de maneras terribles y, claro, también a morir… es tan evidente que me sorprendo de no haberme ido más lejos, de haber vuelto. La vida de una persona es imposible de predecir.”

 

Escena fantasma lejos del mar

—¿Por qué volver a Necochea? —le insistió—. ¿Para qué, después de todos estos años?

Y le respondió, sin apartar el libro de donde lo tenía:

—Cualquiera necesita un buen lugar donde llorar sin que lo molesten.

 

Pequeño tratado sobre la paciencia

Qué cosa que, a pesar de las advertencias de tantos más sabios que nosotros, muchos escritores insisten con los adjetivos como si hubiera que terminarlos porque el mundo se acaba mañana.

Ya sabemos lo del mundo. Así que tanto adjetivo no tiene excusa.

No puedo esperar a mañana.

 

Una creencia y después

Dice Dacia Mariani: “… creo que un escritor debe dedicarse a escribir sobre el mal.”

Y escucho que dice la vocecita que me sobrevuela: “Sin olvidar que escribir sobre el mal mancha el alma de las manos”.

 

Pasado contra futuro

Hoy por la tarde, durante mis veinte minutos de siesta, soñé que Hueso me pasaba unos datos muy interesantes relacionados con el viaje en el tiempo. Nada cercano a los dichos de Einstein, quien aseguraba que, desde las leyes de la física, nada impedía que se pudiera viajar en el tiempo hacia el futuro, pero que sería imposible hacerlo hacia el pasado, dada la presencia simultánea de los mismos átomos y porque dicho viaje daría pie al rompimiento de la causalidad.

Personalmente creo que los fundamentos de Einstein podrían ser usados, si se los relaciona apropiadamente, para afirmar que tampoco sería posible viajar hacia el futuro; dado que para quien ya está allí es de nuestro tiempo de donde provienen sus causas.

También hay quien dice que de ser posible el viaje hacia el pasado, ¿cómo es que no ha llegado ningún viajero desde el futuro? Esto no se sostiene mucho rato: se podría pensar que, si alguien viniera desde el futuro, tendría todo un protocolo de conductas que no podría transgredir a riesgo de no poder regresar al mismo lugar del que salió (aunque ya sabemos que basta que uno solo tropiece y el protocolo se derrumba —esto ya lo dijo el Rayo de Illinois). Para no mencionar que, según escuché recientemente, el tiempo podría ser una ilusión donde todo se mantiene quieto y somos nosotros, los observadores, quienes nos movemos. O que, para que haya tiempo, tiene que haber observador.

En fin… este Hueso… Lo anoto acá porque hay, en lo que me dijo, datos que bien podría utilizar en una historia, pudiera ser un cuento o una novela. Nunca tan oportuno como ahora, entonces, ese lugar común: el tiempo lo dirá.

Y, si no el tiempo, puede que alguno de mis demonios temporales.