Una profecía de ventas y otros colombianismos

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Apuesta: salga a la calle y pregúntele a cualquiera cuál fue la novela en español más popular del siglo veinte. No la mejor, no la preferida, sino la más editada, impresa y traducida, en suma, la más vendida. Veinte dólares dicen que, aun cuando ese cualquiera desprecie la estadística, si tiene dos y más dedos de frente le responderá que Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Y tendrá razón, por supuesto. Ayer mismo la entrada desactualizada de Wikipedia mencionaba treinta y tantos millones de ejemplares vendidos en treinta y tantos idiomas. Artículos más recientes la remontan a cuarenta y siete millones. En la BBC hablan de cincuenta. Todo un rodeo de redondeos porque, hasta donde sé, sin ayuda divina resulta imposible precisar una cifra, no habida cuenta de las ediciones piratas/digitales y habida cuenta de la opacidad del sector editorial. Algo sí es muy transparente: ninguna otra le pica cerca. Todavía en el cuadragésimo aniversario batía records, llegando a vender, dicen en Colombia, un ejemplar por segundo durante una semana. Y sabrá Dios cuántos más venderá ahora que Netflix compró los derechos y anunció la serie. Aleluya.

Doble o nada: ahora vaya a la Facultad de Letras y pregúntele a alguien con cara de polilla cuál fue la novela en español más popular del siglo diecinueve. ¿Silencio? Es lógico, los datos escasean. De confiar en los enciclopedistas, el premio se lo lleva María, de Jorge Enrique Isaacs Ferrer. Ninguna otra tuvo tantas ediciones y traducciones. Ninguna se vendió y pirateó tanto. Cuenta la leyenda que la primera edición (ochocientos ejemplares) se agotó en un día. Como el mundo es un pañuelo bordado de casualidades, lo curioso es que Jorge Isaacs fue colombiano también, y que María se publicó en 1867, cien años justos antes que Cien años de soledad. Si la historia insiste en esas repeticiones, tenga por seguro que la novela más popular del siglo veintiuno la sacará un colombiano en 2067. Dudo vivir para verla, pero págueme los sesenta dólares antes y anóteme el adelanto cuando aparezca.

Extendiendo las especulaciones, igual me pregunto si el destino de María prefigura el destino de Cien años, en el sentido de cuán popular se mantendrá, de quién y cómo la leerá. Hoy por hoy, ¿quién lee a Jorge Isaacs? Diríase que alguna gente, porque la última edición de su novela data del mes pasado. Contrargumento: una edición facsimilar y electrónica de la Biblioteca Nacional de España no es garantía de lectores. Mas no se trata de la única, ni de lejos. Como los derechos caducaron hace rato, desde que existe la impresión bajo demanda María se edita un par de veces al año. Por haber ediciones, hay hasta una que algún alma empresarial anda vendiendo en Amazon por $6.85 US y que aparenta ser la traducción original de Rollo Ogden al inglés. Con mirar el primer párrafo hasta el cualquiera de marras descubre la trampa y los disparates típicos de un software. Por descubrir queda por qué el alma empresarial prefirió “editar” una traducción automática, estando la auténtica traducción de 1890 disponible y libre de derechos. Misterio de nuestro tiempo.

Ahora bien, que se publique bastante no implica que se lea mucho. Un tercio de mis amigos la conoce, nada mal, aunque gran parte de esa tropilla la estudió por obligación, para los exámenes comprensivos. En contraste, dicen los colombianos que María ya no es lectura obligatoria en su sistema escolar, como sí sucede aún (al menos por capítulos, me han asegurado) con Aves sin nido en Perú o Cecilia Valdés en Cuba o El Periquillo Sarniento en México. De hecho, la intelligentsia colombiana siempre la ha percibido con una mezcla de amor y odio que llegó al culmen al acercarse el centenario de la publicación, cuando los nadaístas de Cali la tomaron como signo de todo lo malo y le organizaron protestas, incluidas la quema y el ahorcamiento de sus ejemplares. También hubo un manifiesto, recuerda Armando Romero, publicado en El Espectador que hacía “perentoria exigencia de que se retirara el Monumento a María —bajo riesgo de ser dinamitado— y que fuera remplazado por el busto de Brigitte Bardot”. Qué país tan singular. Al parecer, del otro lado los piedracielistas de Bogotá la conmemoraban rezándole un Santa eres, María, entre todas las novelas.

En aquellos movidos años 60, a los nadaístas les molestaba el exceso de pacatería, paternalismo y romanticismo que veían en la obra de Isaacs, más o menos las mismas cosas que siguen molestando a sus detractores, y que ya molestaban hacia 1937, cuando Borges reporta el consenso porteño en su contray escribe una Vindicación de María quizás por contradecir a los contrarios, quizás para congraciarse con Alfonso Reyes, quien ya la había defendido. Para los asiduos del ciego, leer la Vindicación es sorprender los caprichos del criterio. Borges, que pasó media vida enalteciendo la prioridad del texto sobre el autor, decide que no hay mejor manera de respaldar a Isaacs que apelar a su biografía. Antes, como si fuera un elogio supremo, habla de una lectura “nada voluptuosa por cierto, pero tampoco ingrata”. Lo que salva a su Vindicación es el reconocimiento del verdadero problema: la legibilidad. Para un lector contemporáneo, ¿es legible el argumento y la sensibilidad de María?

Haciendo encuesta en la fracción de amigos, unos me juran que sí, que les hizo llorar, que les parece más actual que varias novelas de moda e imprescindible para entender el horizonte cultural latinoamericano. Otros, los más, la niegan con desgano. La encontraron anticuada, inverosímil y aburrida. Y los unos aporrean la mesa mientras los otros bostezan. Yo los dejo disparar opiniones y sigo escribiendo. Son juegos de lengua, ya nadie se bate a duelo por un libro. Discusiones de minoría en nuestra burbuja. Allá afuera está la gran mayoría que ni pura idea tiene de quién fue Jorge Isaacs y, en su defensa, falta que no hace para vivir. También hay otra mayoría, menor esta, que conoció a María casi sin saberlo, sin haberla leído, a través de las películas, series y telenovelas que pulularon el siglo pasado. Desde la María silente y mexicana de 1919, hasta La María de 1991, con libreto de García Márquez. “Cada libro tiene su lector”, enuncia la tercera ley de la bibliotecología. Y cada libro que tiene muchos lectores, añadiría yo, termina por perderlos en favor de sus representaciones.

Llegado aquí, de nuevo me pregunto si algo de esto se repetirá, si en unos años algún movimiento poético-político amenazará las estatuas del Nobel colombiano, si la buena gente dejará de leer su novela, encontrándola anticuada, inverosímil y aburrida. Si la conocerán sólo interpretada en los audiovisuales que ya asoman. Si quedará para exámenes y debates letrados. Si alguien pasará gato por liebre con la traducción de Gregory Rabassa para sacarle más plata. Si las estirpes condenadas a olvidar Cien años de soledad tendrán una tercera oportunidad sobre la tierra. Si reconocerán la referencia. ¿Apostamos?