Una silla vacía

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Vienen mi madre y mis tíos, Pilar y Juan Manuel, a tomar una copa a mi nuevo departamento. El pueblo de Santa María parece adormecido bajo el rayo del sol. Mi madre, como acostumbra, toma el micrófono y también como acostumbra, hace una parodia de mis enseres y mis modos de ser frente a la vida. En eso, formula con sarcasmo una pregunta: “¿Podrías decirnos por qué esa silla vacía que cuelga de una de las paredes de tu cuarto es una obra de arte?” En la sonrisa que perfila su rostro adivino la malicia de Yocasta. Estamos sentados alrededor de una mesita, en la sala. Tomo aire y comienzo lo mejor que puedo una disertación.

“El fenómeno puede analizarse a partir de dos premisas. La primera, formal. La silla, dibujada al acrílico con aparente torpeza, parece emerger del centro de una tela apenas preparada como si estuviera a punto de fundirse con el espacio que la contiene. En su sencillez, el dibujo se aproxima a la noción que de las cosas se tienen en Oriente: una cosa es un dibujo, que encuentra una equivalencia en la forma en que la palabra silla se pronuncia; pero antes que palabra, una cosa es una representación formal, un ideograma, que no se dice ni mucho menos se pronuncia: se ve. El dibujo de la silla, que no deja sin embargo de ser silla a nuestros ojos, es una forma de unir dos particiones distintas: Oriente y Occidente, que vienen a confluir en el espacio casi crudo de una tela a la manera de un postulado. Así, la palabra silla se descompone en nuestra mente y se convierte en las patas, el asiento y el respaldo de una percepción elemental: el ideograma, es decir, la representación gráfica de la palabra silla.

“La segunda premisa es literaria. La silla se encuentra allí, enjuta, casi seca, en el espacio ya sea amplio e infinito o cerrado y asfixiante de nuestra propia mente. Pienso en esa obra en un acto de Samuel Beckett, donde una anciana se mece en una silla emitiendo una serie incomprensible de sonidos guturales. El no-discurso de la anciana que se mece en su silla constituye, a fin de cuentas, un testimonio del horror que en el ser humano produce la existencia; un horror que por supuesto va más allá de las palabras. De nuestro paso por la tierra sólo quedaría entonces el vestigio de un artefacto, ya desprovisto de nombre, ya desprovisto de historia: una serie de trazos mentalmente articulados por una voluntad transhumana —una voluntad inenarrable, que se encuentra más allá de la historia— sobre una superficie vacía.

“Más allá de Magritte y de su pipa, podríamos concluir, pues, que “Esta silla no es una silla”. Y más allá todavía, que esta pintura no es una pintura.

“Por supuesto que no lo es: es un dibujo; sin embargo, más allá de que sea un dibujo, nosotros podríamos por lo tanto derivar una lección suprema: el trazo, en este cuadro, se orienta y se distribuye en el espacio hermético de la tela, de donde ha quedado desplazada para siempre la noción de autor. (La firma no se encuentra visible en la parte preparada del lino, sino atrás, dibujada con grafito entre las cuñas del bastidor.)

“Así, amparados en la razón, podríamos terminar afirmando que este cuadro, cuando lo contemplamos, sólo existe en el espacio indeterminado de nuestra propia mente, en el mismo sentido en que una serie apenas audible de notas se confunde con el silencio del que emerge en una sinfonía de Respighi.”

Santa María Ahuacatitlán, a 29 de mayo de 2019.

Fernando Leal Audirac, Silla, acrílico/ lino, 65 x 65 cm, 1997.