Una cohorte de jóvenes mujeres poetas

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Traducción de Ezequiel Valderrábano

¿Por qué el mundo de la poesía finge que la poesía no es una forma artística? Me refiero al ascenso de una cohorte de jóvenes mujeres poetas alabadas hoy por el establishment poético por su ‘honestidad’ y ‘accesibilidad’ –palabras de moda para designar la franca denigración del compromiso intelectual y rechazo del oficio que caracteriza su trabajo.

La respuesta inmediata es que la poesía cándida vende. En octubre de 2016 The Bookseller reportó las mayores ventas anuales que jamás se habían tenido de libros de poesía, “tanto en volumen como en valor”. De acuerdo con el editor de poesía de Penguin, Donald Futers, este boom se debió a la emergencia de una “particularmente enérgica e innovadora generación de jóvenes poetas que comienzan a publicar con un significativo y ‘aparentemente atípico’ número de seguidores.” Cifras dadas a conocer el Día de la Poesía de este año confirmaron que esto no es una novedad: las ventas subieron otro quince por ciento en volumen. En 2016 y 2017, el título que más vendió, y que sobrepasó a todos los demás por un asombroso margen, fue Milk and Honey. Este es uno de los típicos poemas del libro: “Ella era música/ pero sus oídos fueron cortados.” Y este otro:

no sé cómo se siente una vida balanceada

cuando estoy triste

no lloro, me derramo

cuando estoy feliz

no sonrío, resplandezco

cuando estoy enojada

no vocifero, ardo

lo bueno de sentir

al extremo

es que cuando amo

les doy alas

pero tal vez

eso no es tan bueno

pues ellos siempre

tienden a irse y

deberías verme

cuando mi corazón está roto

no me aflijo

salto en pedazos

Siguiendo el ejemplo de la neozelandesa Lang Leav (con quien ahora comparte editorial), Kaur acumuló cientos de miles de seguidores en Instagram antes de publicar ella misma una colección de sus poemas en internet. Alertado por su popularidad, Andrews McMeel Publishing –especialista en el mercado de libros de regalo, ahora con un desarrollado brazo poético (en cuanto a ventas concierne) adquirió la colección y la imprimió. Para mayo de 2017, Kaur había vendido 1 millón 400 mil ejemplares (justo el número de sus seguidores de entonces en Instagram). Al hablar del atractivo de Milk and Honey, la editora de Kaur, Kirsty Melville, resaltó que “el medio de la poesía refleja nuestra época, en la que la comunicación breve es algo que la gente encuentra fácil de digerir y conectar.”

Si hubiéramos tenido tiempo para digerirlo, el diagnóstico hubiera dado motivo de preocupación. La idea de que la WEB 2.0 tiene un deletéreo efecto en nuestros periodos de atención y nuestras habilidades cognitivas no es nada nueva; el empresario de internet, Andrew Keen, abordó el caso en 2007. Una década después, este otoño, el cofundador de Twitter, Evan Williams, expresó su consternación por la forma en que las redes sociales estaban ayudando a hacer “el mundo más estúpido”, lamentando en específico el papel que Twitter jugó en el triunfo electoral de Donald Trump. En la arena de la política, el lenguaje ha sido siempre el poco fiable sirviente de la auto promoción, del desvió de la verdad, de los individuos que buscan la popularidad. En la era del sensacionalismo, para la cual las redes sociales son el vehículo perfecto, ya no esperamos que las declaraciones de los políticos expresen algo significativo. De la literatura habíamos esperado hasta ahora algo mejor –en especial porque la duración, antes que la fugacidad, era una señal de su calidad. Como dijo Pound, la literatura es “la noticia que sigue siendo nueva.” De todas las formas literarias, hubiéramos supuesto que la poesía tenía la mejor oportunidad de escapar al efecto estupidizante de las redes sociales; su propósito, después de todo, ha sido típicamente el de liberar al lenguaje de clichés. Pero con la redefinición de la poesía como “forma breve de comunicación” las esclusas se han abierto. El lector ha muerto: larga vida al contenido dirigido al consumidor y a la “gratificación instantánea” que permite.

Aunque de ningún modo están cerca de Kaur en términos de ventas absolutas, Kate Tempest y Hollie McNish son sus equivalentes en el Reino Unido, arrastrando su significativo y al parecer atípico número de seguidores a la arena de la poesía respaldadas por el establishment poético. Ambas crearon perfiles en You Tube como una extensión de su presencia en el escenario antes de ser recogidas en prensa por Picador. Ambas han recibido el Ted Hughes Award for New York in Poetry. Mediante ellas, el establishment –por el cual me refiero a editoriales, editores, reseñistas y administradores de premios–demostraron su creencia de que la poesía debe adaptarse a los cambios en la forma en que la gente se involucra con la producción literaria. Incluso McNish dedujo que su “memoria poética” Nobody Told Me ganó el premio Ted Hugues “debido a donde ha llegado la poesía, no tanto por la calidad de la escritura.”

¿Qué tan bueno es el florecimiento del mercado poético, si lo que leemos en los libros de poesía nos desconcierta más, nos hace menos apreciativos del matiz, menos capaces de comprometernos con ideas, más indignados con lo que nos molesta, y más resentidos con quienes parecen diferentes a nosotros? La habilidad de invocar a una multitud, atraer una audiencia o reunir una turba no convierte nada en algo intrínsecamente bueno: lo prueba Donald Trump. Como el nuevo presidente, los nuevos poetas son producto del culto a la personalidad, el cual demanda a sus héroes sólo que sean “honestos” y “accesibles”, en el que la honestidad se define como la expresión constante de lo que uno siente, y la accesibilidad significa el completo rechazo de la complejidad, la sutileza, la elocuencia y la aspiración a hacer algo bien. Como ha explicado la editora de Kaur: “La intensidad emocional del mensaje de Rupi de auto empoderamiento y afirmación, combinada con su apasionada audiencia realmente resonaba y podíamos ver por las ventas de su auto publicada edición que los lectores en verdad respondían a su mensaje.” De modo similar, Don Paterson, el editor de Tempest y McNish, dice que McNish lo atrajo debido a su “conexión directa con la audiencia” y la “irresistible honestidad de su trabajo.”

¿Cuándo se convirtió la honestidad en requisito –ya no digamos el principal requisito– de la poesía? Curiosamente, la obsesión no se aplica a toda la literatura; no se espera que la producción de novelistas o dramaturgos deba reflejar su personalidad. Sin embargo, todas las reseñas y artículos relativos a McNish en la prensa en los dos años anteriores citan esa característica como su principal motivo de venta. Al reseñar su nueva colección, Plum, publicada por Picador, en el Scotsman, Roger Cox escribe: “No es que ella no se preocupe por cosas como el símil y la escansión; sólo que, en su lista personal de prioridades estéticas, la inmediatez y la honestidad importan más […] Mucho de lo que McNish tiene que decir urgentemente necesita decirse, y la forma sigue a la función en sus poemas, bueno, es como debía ser.”

¿La honestidad una prioridad estética? ¿La función de los poemas? El presentador de la BBC, Jim Naughtie provocó un similar non sequitur al entrevistar a McNish para el programa Conoce al Autor de la BBC el 15 de junio de 2017. Al preguntarle qué le gustaba a la audiencia de sus poemas, contestó: “su honestidad”. Naugthie añadió:

“Les gustan los poemas que no parezcan demasiado forzados o artificiales, que te golpeen en el plexus solar. […] En la buena poesía no hay lugar para que el poeta se esconda –quiero decir, todo está allí, ¿no es cierto?”

Cuando no esperamos precisión lingüística de los poetas, tal vez sea injusto esperarlo de los editores de arte y los locutores. Aun así, la gente que no sabe que los poemas son trabajos creados deliberadamente, no un fenómeno que ocurre espontáneamente, no debería emitir juicios o ser anfitrión de discusiones literarias.

Si, por otro lado, estos comentaristas culturales no saben que la poesía es una forma artística, ¿por qué mienten? Una explicación es que están complaciendo la tendencia al esnobismo inverso que considera que el talento es antidemocrático. Al actuar así, están jugando un papel en la confusa conspiración del establishment para “democratizar” la poesía.

Fue precisamente esta tendencia “inadvertida” contra la que Paterson arguyó en su conferencia T.S. Eliot: “El oscuro arte de la poesía”.

Una comparación de su punto de vista de entonces con los comentarios más recientes que ha elegido publicar revelan una asombrosa vuelta en U. En 2004 Paterson denunció a “los populistas, que han cometido el error fatal de pensar que el sentimiento y la práctica forman un continuum (…) todos estos auto proclamados popularizadores, quienes al insistir en nada más que el tonto sentido, han alienado a la comunidad natural inteligente y letrada al infantilizar nuestro arte”. Dichos escritores, arguye, “proveen una especie de cara de palo de comedia de enredos, y no buscan ni originalidad ni epifanía.” En el Guardian del 16 de junio de 2017 identifica la misma característica como causa de celebración, pretendiendo que “se obtiene del trabajo de McNish el mismo tipo de sensación que se recibe de la comedia de enredos”.

Haciendo los sentimientos a un lado, la analogía es problemática. La comedia de enredos es el arte de provocar risa haciendo que la audiencia reconozca lo absurdo en lo familiar. Su efecto, cuando está bien hecho, es el cultivo de la humildad por medio de la autoconciencia. Los poemas de McNish consisten en un montaje de palabras que se refieren a tópicos familiares. Su efecto se limita al reconocimiento, el cual simplemente refuerza en el lector o en los miembros de la audiencia el sentido de individualidad. Como McNish y sus críticos reconocen, sus fans son atraídos a los poemas por sus temas –sexo, relaciones, y las visibles desigualdades sociales– lo mismo que por la presentación “sin pretensiones”, en la que sin pretensiones significa abundancia de expletivos y que no intimide a quienes hacen de la ignorancia virtud. De nuevo, esas son características de las que se burló Paterson en el 2004:

Arriesgarse en un poema no es escribir un torrente de palabrotas sobre lo espantosa que es la guerra de Iraq […] Esta clase de poesía no es más que una especie de sentimentalismo inverso –es decir, que para el momento en que llega a la página es menos rabia auténtica que celebración de la  fuerza de nuestros sentimientos. En tanto intenta provocar una emoción que los lectores a los que va dirigido ya poseen, no cambiará el punto de vista de uno sobre nada; es más, cualquiera puede hacerlo.

En 2017 sostiene lo contrario:

Hollie aborda temas de los que no hablamos tanto como creemos. La gente puede pensar que es fácil escribir tan espontáneamente como ella lo hace, sin artificios, pero no es así en realidad. Funciona porque se adapta perfectamente a su personalidad.

Paterson tiene razón en esto. Plum es el producto no de un poeta sino de una personalidad. Se suponía que yo lo reseñara, pero hacerlo para una revista de poesía implicaría que merece ser tomado como poesía. Además, yo estaba demasiado distraída por la patológica actitud de su falsamente ingenua autora, y demasiado ofendida por la ejemplar mala fe de sus editores para ignorar las dudas más amplias que provoca.

En 2015 escuché a McNish hablar en un panel en el Aldebourgh Poetry Festival, donde fue también una de las principales intérpretes. Las cosas que dijo me impresionaron por extrañas, tanto en sí mismas como por el hecho de que haya elegido admitirlas públicamente. La primera fue que su editorial (Picador, presumiblemente) le había enviado una pila de libros para que los leyera pues pensaban que ella no había leído suficiente poesía. La segunda fue que los poemas que estaba escribiendo en ese momento eran semejantes a los poemas que había escrito en sus diarios de infancia. Debe ser alrededor de esa época que se le ocurrió la idea de Plum, que nos convida con “el primer poema que escribí a los 8 años,” junto con poemas escritos a los 9, 10, 13, 14, 16, 17, 18, 24, 25, 27, 29, 30 y 33 (como indican los subtítulos). Algunas veces los poemas de la infancia están explícitamente emparejados con poemas escritos en la adultez, con una nota de McNish resaltando sus semejanzas. Por medio de este original formato ella preserva su propia imagen de escritora en posesión de grandes talentos desde el principio.

La poesía como proyecto autobiográfico no es nuevo: podemos darle crédito a Wordsworth por inventar la noción de que los lectores deberían estar tan interesados en el “crecimiento de la mente del poeta como el poeta mismo.” Ignorante de la tradición de la que escriben los poetas, McNish ha pergeñado inadvertidamente un Preludio a nuestro tiempo. Donde el proyecto poético de toda la vida de Wordsworth explora el desenvolvimiento de la sensibilidad particular del poeta –desarrollo logrado mediante una combinación de experiencia emocional, educación, reflexión filosófica y compromiso personal con eventos y debates cuya implicación se extiende más allá de la percepción del poeta de su identidad e importancia individual– el chapucero montaje de palabras de McNish (“garabateados en momentos de confusión”, como dice en los reconocimientos) celebra el estancamiento total de la mente del poeta.

La primera doble página de extensión de la colección presenta “Prados amarillos, verdes y marrón. / Arcoiris en el cielo. / Sin basura en el pasto o en el prado. / Con las mariposas revoloteando por ahí pienso en las fresas del verano / firmes maduras y jugosas / y cuan perfectamente las semillas de diente de león / se hacen briza de helicóptero / procreando a través de los campos.” El primero es el pasaje estándar de los ocho años que no es ni timidez ni promesa literaria. El segundo, “escrito a los 30”, es una respuesta a la aserción (McNish la llama “consejo”) de su madre “Te amo de aquí a la luna y de regreso, Hollie / pero no eres más importante que un árbol”. El filosofar de McNish (“y me pregunto por qué estamos aquí (y me pregunto qué caso tiene […] y para qué carajos estamos en esta roca”) la conducen simplemente a “recordarme / que no todo es sobre ti, Hollie.” Desafortunadamente, como un tweet, mas tarda en decirse que en olvidarse.

El poema de sus ocho años está impreso dos veces: al final de la primera sección de Plum, la cual se compone de setenta poemas agrupados bajo el encabezado “(mind)”. Mientras que la segunda sección contiene ocho poemas catalogados como “(body)”, la mayoría de los poemas en “(mind)” se ocupan de sexo, anatomía, apariencia física, baile, animales, comida, o de alguna combinación de ellos (“Hipos”, “Sudor” y “Pezones” están catalogados como (“mente”). Si este débil intento de convencer al lector de que los arrebatos infantiles de McNish contienen algún significado filosófico parece ridículo, el uso de paréntesis para proteger los periodos del escrutinio es francamente insultante –defensivo, pretencioso y sin sentido y, a la vez, histriónico.

En “(mind)” encontramos el poema “Midsomer Murder”, el cual intenta analizar la inclinación contemporánea por los dramas de detectives de la televisión. Comienza:

hay mucha sangre en las calles

¿por que nos gusta vadear en ella?

tras la seguridad de las pantallas de la tv

nos empapamos los dedos de los pies hasta el borde

 

es el reverso de la vida

que nos gusta lamer un poco por alguna razón

obsesionados por los labios que vierten besos mortales rojos

la cámara toma un acercamiento

a los rostros de los actores que gritan

 

Unas pocas estancias después “somos” cogidos con las manos manchadas de sangre, “codiciando las sombras desde donde / podemos idolatrar la culpa.” ¿Y qué vamos a aprender de “nuestra macabra fascinación en esto / en los detalles de los crímenes / en las espinas que desgarran la piel rosada-carmesí / en el cuerpo de otro delineado con tiza? El poema concluye:

es una obsesión humana tal vez

ver más allá de la gloria de los cuentos de hadas

 

pero cuando las rosas son dejadas dolorosamente

en tumbas reales cada día

¿por qué nos gustan tanto las historias de asesinatos?

 

En cierto sentido es injusto de mi parte destacar este poema, pues es el único en el McNish más obviamente busca ser poética. En efecto, es una desviación de su estilo acostumbrado de confusos señalamientos literales con alguna que otra rima aproximada intercalada en él. ¿Realmente leyó algunos de los libros que su editorial le mandó, notó que los poemas de otra gente contienen imágenes y metáforas y decidió darle una oportunidad? Si es así, ¿debemos juzgar el resultado más favorablemente, dándole preferencia al noble esfuerzo de amateur sobre los logros del artista experto? No olvido los hechos: esto fue publicado por Picador; Don Paterson lo editó; el libro cuesta £9.99.

 

Abra Plum en cualquier página y encontrará escritura de equivalente calidad. Otro ejemplo desconcertante es “No ball games”, cuyo mensaje (todos los poemas tienen mensaje) es que como sociedad no debemos denigrar a la gente joven cuando no les proporcionamos lugares a dónde ir. Versos como “ “Igual que fantasmas / la ‘juventud´ da vueltas arrastrando los pies / los clubes juveniles cerrados / por falta de libras” podrían haber sido copiado del magnífico poema de Partridge sobre la clase trabajadora del norte. Para versos como los que siguen no hay explicación:

y ahora

aburrimiento

olor a mierda

de las alcantarillas, rezuma a las calles para envenenar a los niños

sermoneando, echado a la cuneta alineada de patadas de adolescentes

balones desinflados, lodo y asco adolescente

 

con estómagos gordos y centros hundidos

mentes entumecidas y alegría arrepentida

arrebata corazones adolescentes que palpitan en llamas

derrama agua sobre las explosivas chispas adolescentes

 

hasta que nada queda, nada qué hacer

ciudades convertidas en zoológicos de adolescentes

enjaulados y encerrados, sus senderos obstruidos

dejados para echar sólo un vistazo o recorrer las tiendas

 

mientras el joven pobre espera y se pudre

etiquetado pandillero por los titulares de policía

 

¡Si tan solo Schopenhauer hubiera podido leer Plum! Lo hubiera distraído de su odio a Hegel. Es como el habla de los locos sin cerebro; el producto de una “(mente)” con una limitada comprensión del significado y del modo en que las palabras deben conectarse para formar frases con sentido. A pesar de ello, en el Times (23 de julio de 2017) Jeremy Noel-Tod declara que McNish “puede ser verbalmente diestra en largos trechos, y está seriamente interesada en cómo el lenguaje moldea el mundo y nuestras emociones”. (También dice que McNish escribe con una voz apasionada que parece mirarte a los ojos”, lo que tal vez explica su indiferencia a sus enredados intentos de metáfora.)

Otro malentendido de (o engaño practicado por) sus celebrantes es que el “atrevimiento” (Scotsman) y “valentía” (Scotsman, Times) de McNish al incluir poemas de su juventud en su libro es tanto generoso como admirable –que su “disposición a sacarlos (Guardian, Scotsman) deben inspirarnos mayor honestidad en cuanto a nuestros propios defectos.” “Como parte de su valiente, divertida e inclusiva campaña contra los ´blindados pensamientos adultos’,” afirma Noel Todd, “tiene completo sentido”. ¿Alguien puede realmente cerrar los ojos ante tan falsa humildad? Más bien, al convertir en virtud su estancado desarrollo, McNish se protege de la acusación de puerilidad. El libro es deliberadamente malo: en desafío de los patrones bajo los que debería ser juzgado: aquí reside lo absurdo. Orgullosos de su insensibilidad a la influencia literaria, los poetas de la personalidad nos tendrían que redefinir la poesía como cualquier cosa que el establishment alegue que no es. Ignorante de Shakespeare, Burns, Rochester, Dickinson, Rossetti, Harrison, Ginsberg, Larkin, Plath, Rich y miles otros (incluyendo a sus contemporáneos –Addonizio, Capildeo y Lee-Houghton, por ejemplo) se miran a sí mismos como demoledores de tabúes, como si ningún poeta antes que ellos hubieran escrito nunca sobre sexo o maternidad, resaltado la desigualdad o desplegado obscenidades.

Mientras en persona McNish admite su deseo por una posición en el establishment –le dijo a el Guardian que ella “nunca habría entrado si sólo hubiera enviado su trabajo a las editoriales de poesía tradicionales”, y ahora que está “adentro”, resistiéndose a la apelación de “poeta oral” “porque puede ser una etiqueta algo despectiva—su escritura está basada en un truculento antiestablishment. De hecho, en Plum el proyecto poético –de invocación a través del lenguaje—colapsa por completo. “Traté de capturarlo aquí, pero no pude”, dice McNish al presentar un poema sobre su primer sostén. “Tengo que decir que son de los peores poemas que he escrito jamás”, sonríe afectadamente en su comentario sobre “extract from Désirs”, uno de sus “muchos terribles poemas de amor adolescente”. Es una torcida especie de vanidad que lleva a una persona a implorar el aplauso por lo que la gente piensa que son sus peores poemas. Finalmente, como McNish sabe, el culto a la personalidad que las redes sociales fomentan funciona precisamente de ese modo: una vez que te interesas por una persona consumirás todo lo que ella produzca –en especial si te hace sentir mejor respecto a tu propia falta de talento. “los poemas caen de mi boca / como los versos aprendidos de memoria en la escuela / parece que a la gente le gustan”, escribe en “Oasis”. A pesar de su condena general a la aspiración, McNish aspira a ser admirada por su talento, lo mismo que querida. “Las personas a menudo se acercan a mí en las actuaciones y me dicen que ellas pensaban que no podrían escribir poesía hasta que leyeron la mía,” se lamentó en el Guardian. “No es en realidad un cumplido, ¿verdad? decir que cualquiera puede hacer lo que yo hago.”

Hay una ventaja en convertir a la poesía en algo que “cualquiera puede hacer”. La forma artística ya no puede ser acusada de ser elitista –una acusación que hasta recientemente ha excluido su atractivo en el mercado masivo. En otros contextos, el elitismo no es considerado un mal en sí mismo. Deseamos francamente que nuestros doctores, nuestros peluqueros, plomeros y deportistas sean los mejores: aprender de lo precedente, trabajar duro, afilar nuestras habilidades y ser mejores de lo que somos en las vocaciones que elegimos. Incluso en las demás artes, la línea entre el aficionado y el profesional es más clara de lo que es en poesía. Como Paterson sostuvo en el 2004: “La poesía es maravillosamente terapéutica a nivel amateur; pero los artistas y músicos amateurs no piensan que deban exhibir en la Tate o tocar en el Wigmore. (Los poetas serios, hay que decirlo, no empiezan como aficionados, sino como aprendices, justo como en cualquier otra vocación.

Tal vez porque se cree que la poesía es la más alta de las artes literarias es la más susceptible a la invasión de aquellos que intentan derribar todas las barreras sobre la base de la equidad. McNish es una de esos guerreros. En su comentario sobre “Políticos” ella sostiene que la advertencia de su madre de “no convertirse en un esnob al revés” es una de las más importantes y difíciles lecciones que he tratado de aprender.” Su poema “Aspiración” (subtitulada “Después de ver Grandes esperanzas en la tele por última vez”) es reveladora en este aspecto. Después de estereotipar a aquellos con “trabajos muy bien pagados” e igualmente a los “trabajadores” (ella no es sino igualitaria en su rechazo a comprometerse por completo con las experiencias de los demás) compara a los grandes diseñadores “sarah” y “tim” (o “jim” –su nombre cambia inexplicablemente de un momento a otro) que “mordisquean nueces de un tazón antiguo de vidrio” con ella misma “mordisqueando nueces comidas directamente de la bolsa”:

Y pienso cómo sabrán esas nueces de un tazón

en una mesa de comedor excavada directamente de un árbol […]

 

y luego me aburro de este sueño

y me doy cuenta de que no me gusta tim

y que bastante pronto

moriremos

 

No resulta claro lo que impide a McNish poner sus nueces en un tazón. Pero puesta a satirizar la parafernalia del estilo de vida de la clase media alta, concluye con la nihilista Jactancia de que toda aspiración, aplicación o esfuerzo es fútil.

 

Ya sea socialmente o como escritor, admitir el orgullo con una actitud de sensiblería es un modo de protegerse uno mismo contra la crítica o la condescendencia. Pero McNish no necesita preocuparse. El sector de reseñistas de mediana edad y clase media esta aterrorizada de ser visto despreciando la producción de cualquiera que se imagine que habla en nombre de un grupo tradicionalmente subrepresentado en las artes. Una y otra vez, los medios artísticos subordinan la obra –en muchos casos excelente y original—en favor de su creador. Logros técnicos e intelectuales son nada comparado con el logro de ser considerado representante de la identidad de un grupo que el establishment puede fetichizar. Esto se refleja en titulares como “la vietnamita refugiada Ocean Vuong gana el Premio Forward de Poesía” (Telegraph), y frases como “elegancia oriental” y las “mangas raídas” de la “gente trabajadora común” (Kate Kellaway en el Guardian, sobre Sarah Howe y William Letford respectivamente). Dichas actitudes están basadas en el estereotipo o caricatura de las “audiencias” antes que en una apreciación de los lectores individuales. Justo como McNish insulta a aquellos que espera que compren sus libros –condescendiente con una clase sin educación a la que profesa solidaridad, mientras simultáneamente rechaza las raíces de su palabra hablada —los críticos y editores que la elogian por “decir las cosas como son” nos degradan como lectores al pregonar escritura de la más pobre calidad porque piensan que es la que merecemos.

Podríamos preguntar: ¿cómo es? La vida, como la buena poesía testifica, es complicada e infinitamente variada. Sólo porque algo es “lo que pienso” no significa que la gente en masa deba ser alentada a escuchar (Trump y Farage deberían habernos enseñado algo). Es tarea de los poetas salvaguardar el lenguaje: esforzarse mediante la innovación y el compromiso con la tradición, encontrar nuevas formas de hacer el lenguaje significativo y memorable. Eliot señaló en 1932, “La gente que deja de preocuparse por su herencia literaria se vuelve bárbara”. Aunque lo escribió antes de Orwell, Eliot sabía que abrazar la neohabla es renunciar al único instrumento que tenemos para comunicarnos y defender los valores de la civilización Si vamos a favorecer la clase de cultura crítica, inteligente, que se requiere para combatir el efecto del populismo en política, debemos dejar de celebrar el amateurismo y la ignorancia.

 

Hollie McNish, Plum, London, 2017,

ISBN 978-1-5098-1576-0