Treinta segundos de Gimme Danger: documental de Jim Jarmusch

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Aparentemente, esta película de Jim Jarmusch no es una película de Jarmusch. Iggy Pop tampoco parece el mismo cuando actúa de Jim Osterberg. El encuentro de dos elementos (dos Jims) fuera de sus conjuntos naturales: una botarga se quita al hombre que ha llevado puesto.

Tras el fade inicial, vemos dos manos a punto de cerrarse en un aplauso. Tras el dorso de la que está en primer plano, se perciben los contornos de una cabellera rubia y en el fondo una lavadora con una pila de ropa encima. Un plano minuciosamente descuidado.

Mientras esto (poco) ocurre, se escucha la voz de Jim Jarmusch:

-Si te pones aquí te caparán las tres cámaras, ¿de acuerdo?

-Sí, sí, sí.

La teñida melena asiente visiblemente tras la mano, al tiempo que ocurre un vertiginoso zoom back que no parece tener ningún sentido y tal vez por lo mismo es interrumpido de improviso. Corte duro a Jim Jarmusch (con gafas oscuras y su icónico pelo ridículamente blanco) recargado contra una puerta corrediza, y luego a sus manos que se cierran, ahora sí, en un aplauso que permitirá que las imágenes puedan sincronizarse después con los tracks de audio, en postproducción.

Sin respiro, corte rápido al ojo de Osterberg, luego otro a las manos inquietas de Osterberg.

-¿Estamos listos?

-Sí.

Osterberg parpadea apenas, como si le molestaran las luces. Luego los músculos de su cara se relajan y sonríen. Sigue Jarmusch:

-Es 9 de junio. Estamos en una locación no revelada…

Corte a un encuadre más abierto que permite ver que Osterberg está sentado en una silla, vestido con pantalón de mezclilla, una playera negra (si de verdad fuera Iggy Pop, ya se sabe, no usaría playera) y unas sandalias negras de plástico. La habitación en la que se encuentra parece ser un pequeño cuarto de lavado en el que sin embargo hay una mesa de mármol y también un teléfono, un bote de pegamento, cestos con productos de limpieza, más ropa mal apilada.

-Estamos interrogando a Jim Osterberg sobre los Stooges, la más grandiosa banda de Rock and Roll de la historia.

A un lado de la cara del Jim en cuestión, aparece una pequeña nube (como cuando un personaje de caricatura tiene una idea) con una imagen en blanco y negro en la que una “edecán” muy sesentera, vestida apenas con una tanga moteada y un chaleco abierto sin nada debajo, golpea un enorme gong en cuyo centro se lee: Stooges forever.

Fade a negros.

Así es como Jarmusch hará un cameo dentro de su propia película. Pero no será siquiera eso. Un destello apenas, del cual se dudará (como de aquellos cuadros con imágenes pornográficas que insertaba Tyler Durden en películas infantiles, cuando trabajaba como cácaro), ocupará sólo unos cuantos centímetros del material y habrá que pausarlo para poder verlo. El cineasta no volverá a aparecer, ni siquiera en forma sonora, en toda la cinta.

Los primeros treinta segundos de Gimme Danger son inusuales y un rompimiento con el estilo cinematográfico de su autor. De entrada, el ritmo de montaje, que es probablemente el elemento más reconocible de su estilo: su timbre característico. También los movimientos vertiginosos de la cámara y sobre todo el recurso efectista de la nube.

Jarmusch dirige ficción y este es apenas el segundo documental de su considerable filmografía. El primero, que no tuvo muy buena recepción (ni distribución), es The year of the house, un trabajo sobre el regreso de Neil Young & Crazy Horse a la carretera.

Como contará más adelante uno de los Stooges, dejar la banda y los excesos de la escena musical para estudiar ingeniería y mudarse a Silicon Valley fue un gran (grandísimo) salto existencial, equiparable al que probablemente experimentará un director de ficción al realizar sus primeros trabajos con documental, sin importar cuántos proyectos exitosos tenga en su reel.

El guion en el cine documental funciona generalmente al revés. Se planea con base en lo que se imagina se puede encontrar o escuchar en entrevista, pero el proceso real de guion ocurre después. Tras la selección del material capturado se trabaja el montaje narrativo con piezas sueltas (la inclusión de incontables y maravillosas imágenes de archivo y segmentos de animación, en este caso).

La diferencia entre un documental hecho por un documentalista y uno hecho por un realizador de ficción es clara. El oficio de los últimos se ha desarrollado ejerciendo el máximo control posible sobre la generación de sus imágenes. Esto hace que en el documental la mano del realizador se sienta con mayor claridad, y que los elementos que conforman su estilo se cuelen a la fuerza. En el caso de Gimme Danger, esta “mano” aparece incluso a cuadro.

Los primeros treinta segundos de tan atropellada introducción pueden leerse superficialmente como un intento desesperado de control, una puesta en escena y una coreografía excesivas que a nivel estético no tienen sentido dentro del documental, aunque enuncian de entrada sus razones: la carta personal de un fanático a uno de sus ídolos.

La relación de Jarmusch con la música es muy conocida. Sobre todo su colaboración como tecladista de Del-Byzanteens a principios de los ochentas, además de sus relaciones con músicos famosos como Tom Waits, Lou Reed, Neil Young, Jack White, John Lurie y muchos otros (entre ellos, por supuesto, Iggy) que además han actuado en sus películas y en sus ensayos literarios.

Por su parte, el aplauso del realizador que sustituye a la claqueta con el fin de sincronizar audio y sonido, es un suceso poco común en producciones de este nivel. Sugiere que tal vez el espacio en la locación es muy reducido, o incluso el tamaño del crew. La decisión de prescindir de la pizarra ya llama la atención (la legendaria tablita dentada con líneas diagonales, donde se ubican número de escena, secuencia y plano para ayudar al editor). Ante todo, lo que sorprende por supuesto es su aparición en la versión final.

El aplauso del director que hace un cameo de sí mismo en su propia película. El director como espejo del personaje: Jim Osterberg no es ni será nunca Iggy Pop, sino un cansado imitador de su propia leyenda.

El aplauso de la mencionada “mano” (singular y plural), aquí no pretende sincronizar audio y sonido sino cine y música (es una de las pocas formas en que el cuerpo humano produce la última). Una forma simple, punk-rock y bella de jerarquizar, pero sobre todo de introducir a Jim Osterberg, de quien sólo nos importa lo que pueda contarnos sobre Iggy Pop y los legendarios Stooges, “la más grandiosa banda de Rock and Roll de la historia”. Un aplauso solitario antes de que empiece la obra.