Sergio Pitol: una mala partida

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Curso superior.

1. Ya no recuerdo cuándo leí a Pitol (ni las circunstancias ni el texto al que acudí), pero podría decir que:

1.1 Mi encuentro con Pitol sucedió en la UAM – Azcapotzalco, un día en que uno de mis compañeros nombró al escritor en una charla casual, pero para mí, en ese momento preciso, pasó inadvertido su nombre, quizá por las entregas finales de cada trimestre.

1.2  Mi encuentro con Pitol sucedió en el metro de la Ciudad de México.

Compré una antología cuyo recopilador pudo haber sido Monsiváis. En ese momento leía otra cosa que no recuerdo, pero que me obligó a postergar la lectura del libro recién adquirido. Una mañana, yendo al trabajo, y como casi siempre, tomé la línea 2 del metro de la Ciudad de México y me dispuse a leer por fin dicha antología. El primer cuento era uno de Pitol (¿La pantera o Victorio Ferri cuenta un cuento?). Me entretuve tanto en la lectura que poco faltó para no salir en la estación correcta. Como pude me abrí paso. En el trabajo me percaté de que no tenía ya la cartera.

1.3 Mi encuentro con Pitol sucedió en la ribera de un río pequeño, que bien pudo ser un afluente. Mi abuelo, amante de la pesca, me llevó muchas veces a ese sitio para aprender algo del oficio que su padre le enseñó. Una tarde, logrado nuestro cometido (pesqué tres mojarras medianas y una grande que me llenó de mucho orgullo), comimos, posteriormente nos recostamos, y, panza arriba, leímos. Mi abuelo leyó algo que ya no recuerdo qué era, aunque podría apostar que eran los evangelios traducidos por Ernesto de la Peña; yo, un libro que mi abuelo me prestó: Infierno de todos.

2. Todas las historias anteriores son totalmente válidas para afirmar que algo sucedió: mi encuentro con Pitol.

3. Es una lástima que ya no frecuente a los amigos de la universidad. Es más, no sé si tuve amigos en la universidad.

4. Ya no uso la misma ruta en el metro. Ahora cuido más mis pertenencias. Bueno, ya no llevo nada en los bolsillos.

5. El río al que me llevó mi abuelo no era un río, era una laguna. Según dice mi madre, yo le decía “río” a cualquier cuerpo de agua. Hoy el río está seco.

6. Nunca conocí personalmente a Pitol.

Curso medio.

Si pudiera comparar la obra narrativa de Pitol, debiera ser con un río: Hay un relato principal de caudal vigoroso, que casi siempre es una anécdota cualquiera, un chisme, porque, ¿qué de interesante puede tener la vida de una vieja urraca inglesa venida a menos en un pueblo de Veracruz?; a la par, y como si fuera una caja china, otras historias contenidas en el relato principal actúan a manera de afluentes, nutriendo el poderoso engranaje de la maquinaria de ficción pitoliana. En su narrativa, todos los personajes relatan, escriben o imaginan otro cuento, uno personal y que da sentido a su aparición en la trama. Como si el personaje pitoliano a fuerza de mentir existiera. Es la narrativa de Pitol un carnaval de voces que celebra el acto de narrar (que fue para Pitol lo más importante), como lo comprueba Juegos florales, la tercera de sus novelas publicadas.

El origen de Juegos florales se encuentra en El relato veneciano de Billie Upward, texto que aparece en Vals de Mefisto, volumen de cuentos publicado en 1981. En el cuento, la autora, una tal Billie Upward, describe la aventura y posterior muerte de una joven estudiante en Venecia. El relato tiene su importancia en tanto que Pitol, entre otras cosas, bosqueja a la futura protagonista de su novela Juegos Florales: Billie.

Juegos florales es el intento vano e impotente de reconstruir a Billie Upward, una mujer que se movió en los extremos de la escala sentimental de cuantos personajes la rodearon; a Billie le profesaron odio o amor, no más: “la insoportable Billie Upward que en tales circunstancias se revestía de un aire de ave sapiens, un pajarraco de pescuezo largo y mirada penetrante dispuesto siempre a graznar frases lapidarias y a repartir picotazos a diestra y siniestra…” (p. 7). Como todo en esta novela, metáfora del fracaso, el esfuerzo por reconstruir el pasado es inútil, y el protagonista lo confirma cuando escribe: “Es posible que él hubiera ignorado zonas importantes de su personalidad. Hubo en ella muchas cosas que ignora. Acepta que nunca pretendió conocerla. Por el contrario, ¿no ha confesado una y mil veces las dudas que el personaje le impuso cuando trató de escribir la especie de crónica a la que con tanta frecuencia se refiere?” (p.35).

El protagonista de la historia, un escritor mexicano venido a menos, regresa a Roma luego de un largo periodo de ausencia. Sumido en la nostalgia que provocó el regreso, el personaje repasa los acontecimientos más importantes de su juventud: un romance fallido en México que lo obliga a partir, su eventual llegada a Roma a los veintidós años, otro romance fallido (los personajes de Pitol nunca tienen historias felices de amor), su ingreso y labores en el comité editorial de Orión, (casa editorial auspiciada por una mecenas venezolana, mujer cuya única misión en la vida es la de atormentar a su esposo fallecido sirviéndose de los servicios de médiums), y, por supuesto, la relación conflictiva del protagonista con la tormentosa pareja conformada por Billie Upward y Raúl. Finalmente, el personaje describe los últimos días de Billie Upward en Veracruz, transformada para entonces en una caricatura: Billie, mujer de carácter fuerte, poseedora de un bagaje cultural envidiable, se sometió voluntariamente (?) a supercherías, creencias pueriles y artificios religiosos en nombre del amor. “Eso fue Billie en verdad, la del pasado, su proyecto; la del presente, la real” (p.129).

Curso inferior.

Meandro 1. En Juegos florales Pitol recrea lugares distantes con la palabra (aclarar que Pitol, miembro del Servicio Exterior Mexicano, fue un viajero infatigable: lo mismo estuvo en Moscú, Varsovia, París, que en Budapest, Praga, etc.), y como si dispusiera de la maestría pictórica de Giorgio de Chirico, sus descripciones recrean una escenografía surreal en la que sus personajes se mueven como fantasmas, condenados a la errancia: “Sorber otra vez la leche oscura de la vieja loba, respirar su vaho pegajoso, gozar de la contemplación de las palmeras insolentes que, recortadas a un costado de la Trinita dei Monti, sobre fachadas color sepia, solferino o de un rojo desteñido lanzaban  ante un cielo inalterable un alarido de procacidad y dicha, la plenitud procedente de otras tierras.  —Porque Roma es la capital del África —habría dicho un día Raúl—, como Venecia la del Oriente. Pudrirse gozosamente en un laberinto de callejones y pasadizos que de pronto desembocan en plazas principescas o en algún atrio recóndito frecuentado solo por una legión de gatos y alguna vieja escueta, bizca, bigotona” (p.8).

Meandro 2. Pitol es un escritor bondadoso que no tiene reparos en compartir con el lector los motivos y obsesiones que lo llevaron a construir este relato. Como si su literatura fuera un museo (Pitol es un revisionista de su propia obra), invita al lector a conocer su proceso creativo y la génesis de sus historias, en voz, claro está, de sus personajes: “—Lo último que me propuse hacer fue un relato de brujas, de brujas verdaderas, donde su víctima, la protagonista, de alguna manera se inspiraba en nuestra Billie Upward, la misma Billie que conocimos aquí pero que en mi país se volvió otra mujer, bueno, tal vez solo se permitió ser uno de los personajes que albergaba. El proyecto no funcionó. Mi novela pretendía ser una especie de gótico tropical.” (p.20).

Delta.

Con Juegos florales, Pitol demostró que él fue el hombre que jugó una mala partida a la memoria: Escribir es olvidar lo que fue.

Desembocadura.

Todos mis encuentros con Pitol son falsos. Ya no recuerdo cómo fue en realidad este hallazgo.