Secuelas del ‘caso Jauss’ según Ottmar Ette

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En su enjundiosa y aguda monografía Der Fall Jauss,[1] Ottmar Ette ofrece, entre otras contribuciones, un poco grato pero luminoso ejemplo de escritura moldeada en función de una (doble) vida, al mismo tiempo que de una existencia personal sostenida en ciertas operaciones y artilugios retóricos, literarios. El connotado filólogo romanista de la Universidad de Potsdam recurre, así, al ‘caso Jauss’, para desentrañar y mostrar los resultados de  las hermenéuticas de ocultamiento, disimulo, represión y de comprensión-olvido-perdón, practicadas por el temible exmiembro de las Waffen-SS, Hans Robert Jauss, máxima figura de la influyente ‘estética de la recepción’, en su condición de fundador y conductor vitalicio de la escuela filológica y crítica fortificada –más allá de las connotaciones metafóricas de este adjetivo– en la Universidad de Constanza. De esa manera, Ette pone de relieve lo que podría verse como la abominable concreción de un avatar específico de literatura ejercida como “ciencia de vida” (Literatur als Lebenswissenschaft).[2]

En las sobrias páginas de su obra, Ette sintetiza las dos vidas de Jauss. La primera corresponde a sus tiempos de adolescente adscrito a las Juventudes Hitlerianas por voluntad propia y finalmente alistado en las Waffen-SS.[3] En ese organismo bélico, completamente subordinado a la conducción de los aparatos de seguridad nazis, el futuro filólogo se destacó, más bien, por su ardorosa dedicación a la acción castrense, así como a la formación de sus nuevos miembros.

Ette pone de relieve la celeridad, firmeza y brillantez con que Jauss hizo una carrera militar, ante el asombro obsecuente y sostenido de sus superiores. Pero, si Ette se interesa en esta etapa de la existencia de Jauss, no es para cebarse en sus facetas reprobables desde el punto de vista ético e ideológico. Tampoco para participar de un escándalo que, claro está, mina en buena medida el prestigio de la academia universitaria alemana y pone en solfa a una vertiente ––la de la ‘estética de la recepción’–– pese a todo inscrita en la tradición filológica a la que aquélla ha prohijado durante un periodo que abarca por lo menos dos siglos.

En realidad, Ette asume el hecho de que su papel no consiste en engrosar el expediente de una denuncia que ya habían hecho, tiempo atrás, académicos del más alto nivel como Hans Ulrich Gumbrecht ––por cierto, destacado exponente de la Escuela de Constanza, es decir, alguien cuya carrera estuvo determinada por su cercanía con el propio Jauss–– y el norteamericano Earl Jeffrey Richards.

Ette está consciente de que se cierne la némesis moral y científica sobre la figura del otrora omnipotente Jauss, desde que por ejemplo fue expulsado de la Modern Language Associatiation of America y desde que resulta inconcebible colocar su nombre junto a los de Ernst Robert Curtius, Leo Spitzer, Eric Auerbach, Karl Vossler, Werner Krauss y alguna otra de las grandes figuras de la historia filológica germana.

Todo eso, aparte de que la propia Universidad de Constanza, sobre la base de investigaciones puntuales realizadas por el historiador del nacional-socialismo Jens Westemeier, hizo del dominio público, vía internet, el pasado nazi de Jauss. Lo que, en último término, advierte y asume Ette es que Jaus fue tan militar en la guerra cuanto en la universidad. Así, la gran ‘anagnórisis’ que en su momento haya podido ser, dentro y fuera de Alemania, la cruda revelación del pasado bélico-ideológico de Jauss y la consiguiente detección del peso que el espíritu guerrero tuvo en su juventud, le permiten a Ette descubrir que las actuaciones personales e institucionales del máximo representante de la estética de la recepción sólo podrán ser realmente justipreciadas si son leídas en clave militar.

Ottmar Ette se esfuerza por tratar de hacer justicia teórica y académica con Jauss. Acaso sin poder dominar por completo cierto impulso de abominación ético-política, Ette pone en la balanza teórico-literaria la biografía y la trayectoria de Jauss. Así, desde su punto de vista, no está en discusión el efectivo influjo de las aportaciones del profesor de Constanza. Para Ette, es evidente que Jauss “fue capaz de modelar como nadie la romanística alemana de posguerra y su estilo científico” (p. 29).

A juicio del romanista de Potsdam, durante los últimos años de la década de los 60 y la primera mitad de la de los 70 del siglo pasado, Jauss supo ofrecer un nuevo enfoque teórico-literario, justo a quienes buscaban tal innovación. Para gente con tal “horizonte de expectativas”, Jauss siempre halló e inventó formulaciones claras, reclamos y, sobre todo, enemigos (p. 53). Gente que, por lo demás, a instancias de su fervorosa identificación con Jauss sucumbió a la “paradoja funcional” (funktionale Paradoxie) de precipitar lo que empezó siendo “el caso Jauss” en “la caída Jauss”.[4]

Lo que, en todo caso, rastrea Ette en la etapa materialmente bélica de la vida de Jauss son los elementos que habrán de cimentar su segunda fase: la del fundador y conductor de la Escuela (filológica) de Constanza, el artífice y prominente impulsor de la ‘estética de la recepción’ literaria. Ette detecta, así, una especie de simetría actitudinal entre los ‘dos’ Jauss, algo así como una clausewitzeana continuación de la guerra por medios académicos.

Las disposiciones, motivaciones, actitudes y procederes en que se basó la actuación de Jauss en las Waffen-SS hallaron una vía renovada de realización en el mundo de la filología y de la academia universitaria. Desde lo que en los hechos operaba como una suerte de cuartel general, la Universidad de Constanza, Jauss impulsó lo que Ette llama una Blitzkarriere (p. 25) ––una carrera-relámpago, en clara consonancia con la Blitzkrieg, la guerra-relámpago hitleriana––.

El éxito deslumbrante que Jauss alcanzó en sus tiempos de actividad militar en el Frente Oriental, durante la II Guerra Mundial, se proyectó en el fulgurante ascenso y en la arrolladora efectividad con que fue armando una bien dotada estructura de relaciones académico-políticas, que incluía proyectos de investigación, plazas universitarias, becarios, publicaciones…, en la que se sustentó el impulso de la estética de la recepción a escala nacional e internacional. Se trata del ya referido ‘Sistema Jauss’: un aparato que operaba conforme con un ‘fiel espíritu de cuerpo’ propiciado por la propia Universidad de Constanza –según la apreciación de Gumbrecht– (p. 15) y que adquirió el carácter de una machine de guerre, en expresión que Ette toma prestado de Hans Wolpe (p. 56).

Por lo demás, esa tonalidad belicista de las actuaciones de Jauss, acorde en muchos aspectos con un proyecto académico reformador, como el que motivó desde el principio a la Universidad de Constanza, se proyecta y se hace patente en el vocabulario técnico del teórico de la recepción literaria.

Según advierte Ottmar Ette, el concepto de Provokation, que integra el título de la célebre conferencia impartida por Jauss en 1967 ––al comienzo de su carrera en Constanza–– y que lo colocó en la palestra internacional de la filología y la crítica literaria, Literaturgeschichte als Provokation der Literaturwissenschaft (Historia de la literatura como provocación de la ciencia literaria),[5] actúa deliberada y notoriamente como el foco de atracción del lector y, con ello, pone en evidencia que su uso obedece a una estrategia aplicada al campo de la investigación filológica.

De ese modo, Jauss define claramente las posiciones contrarias a él, así como sus enemigos en dicho campo, y de inmediato los pone bajo fuego (pp. 47-48). Esas operaciones bélico-académicas se complementan con la de recurrir a una provocación bien formulada, motivada por la aspiración a una hegemonía en el ámbito de la ciencia de la literatura (Literaturwissenschaft, p. 55)

Pero, junto a esas maniobras bélico-hegemonizantes, Jauss practicó muchas artimañas dirigidas a la autoexculpación y, con ello, a su integración finalmente impune en la academia y en la sociedad alemanas de la segunda mitad del siglo XX.

Acaso la mayor contribución de Ette, en esta obra, es justamente el desentrañamiento y la penetrante interpretación de las operaciones de mímesis y camuflaje efectuadas por Jauss, cuando una vez terminada la guerra y arregladas sus cuentas con el orden instaurado a raíz de la victoria de los Aliados en 1945, sienta sus reales en el mundo académico alemán.

De las páginas compuestas por Ette, emana una trayectoria en la que la vida de Jauss pasa por las siguientes estaciones: el cautiverio del derrotado, la elección exitosa del medio universitario para recomponer su existencia personal y la articulación del Sistema Jauss, a partir de la conformación de la Escuela de Constanza.

Esa ‘segunda vida’ de Jauss está atravesada por un proceso de ‘adaptación al medio’ cimentado en un uso estratégico de la escritura. En realidad, ese segundo momento en la biografía de Jauss es una construcción literaria, tras el parapeto de una carrera institucional.

De acuerdo con el código de lectura belicista desde el que Ette lee la trayectoria de Jauss, en la opción de éste por la romanística, todavía en la temprana posguerra, pesan más los cálculos estratégicos que las inclinaciones vocacionales.

Ciertamente, Jauss dio muestras de una atracción por Francia y la cultura gala, desde sus tiempos de colegial. Pero, en 1948, recién salido del campo de internamiento para exmiembros de las SS, de acuerdo con Ette, se impuso la sagacidad mimético-estatégica, que indujo a Jauss a ver en la romanística un refugio, un lugar de retiro para recuperar fuerzas (p. 33).

  1. R. Jauss habría comprendido que resultaba demasiado arriesgado para él optar por una carrera militar o política; en cambio, una brillante trayectoria en el ámbito de un saber como la filología –y concretamente la vertiente romanística de ésta–– le permitiría una exitosa inserción en la sociedad alemana de la posguerra, al tiempo que le permitiría seguir ejerciendo su voluntad de liderazgo (p. 59).

Si en eso radica la causa potencial del ‘aterrizaje’ del guerrero Jauss en el mundo de filología, la clave de la explicación de su deriva escritural autoexculpatoria y aun positivamente reivindicadora la halla Ette en un símil figurado por su gran mentor Roland Barthes: la estrategia del pulpo: aventar el máximo posible de tinta, para ser más difícilmente reconocible detrás de esa agua turbia (p. 73).

El libro de Ette abunda en detalles precisos acerca de este aspecto y el lector interesado haría mejor en acudir directamente a él, para forjarse su propia idea. En lo que respecta a este acercamiento a las tesis de Ette, será suficiente con registrar sus hallazgos más destacables en su inmersión en las aguas entintadas de Jauss.

Ottmar Ette conoce bien las tesis de Jauss y sus antecedentes en la tradición filológica y filosófica. También cuenta con sobrada información sobre la estructura y la dinámica del Sistema Jauss, durante y después de la vida de su organizador. Pero, acaso para evitar prolijidades poco significativas, se concentra sobre todo en los textos que componen Wege des Verstehens.[6]

En diversas zonas de la obra de Jauss, Ette detecta diversas maniobras de ocultamiento, disimulo y represión, ejecutadas con frialdad, desfachatez y hasta aires de superioridad. Por ejemplo, a partir del reconocimiento de algunas debilidades de apariencia irrelevante, Jauss procede al ataque contra lo que estorbe sus designios. Asimismo, por caso, se escuda en la figura de Paul de Man ––incluso después de haber sido denunciado por sus escritos antijudíos de juventud––, para quitarle peso específico a sus responsabilidades como destacado miembro de las Waffen-SS.

Al notar que Jauss omite por completo toda consideración a esos antecedentes del célebre teórico belga de la literatura, Ette descubre un tipo de operación consistente en camuflarse él mismo, con su pasado impresentable, por medio de esa omisión. Por eso, Ette concluye que Jauss fue un maestro en la artimaña del decir a través del no-decir, del hablar a base del no-hablar (p. 104).

Tal vez lo más llamativo de los artilugios escapistas de Jauss estriba en el desdoblamiento de su historia personal, en términos de una etapa que según su interés se debería simplemente sepultar ––no necesariamente olvidar–– y una fase de ‘manos limpias’ y ‘cara inmaculada’, en la que un Jauss por completo desentendido del anterior se convierte en un prohombre de la filología alemana.

Ottmar Ette resalta cómo Jauss se refiere a la época hitleriana, en Wege des Verstehens, como si nada tuviera que ver con él (p. 82). Ette se pregunta si esa actitud obedece a un automatismo retórico aprendido o a una esquizofrenia discursiva. Ambas posibilidades ––cabría pensar, al margen de las consideraciones del propio Ette–– parecen rebasar los límites de una razón consistente.

En efecto, Ette engloba las actuaciones de Jauss, de manera pertinente, en la cápsula ideológica del nazismo y ello le permite asociar las atrocidades de las que aquél fue partícipe y, en parte, autor con el capricho de Goya sobre el sueño de la razón. No es cuestión de azar que esa obra del gran pintor aragonés ilustre la portada del libro de Ette.

Como es bien sabido, Goya afirma allí que el sueño de la razón ––ese dormir o soñar: caben ambas opciones, en una siempre abierta interpretación del dictum goyesco–– produce monstruos. Se concuerde en todo con Ette o no, lo cierto es que nada autoriza a reducir la razón a simple inteligencia instrumental ––aplicada a asuntos de teoría filológica–– y a sagacidad mimética, que es lo que Jauss demuestra poseer de manera prominente.

Es probable que, tratándose del caudillo intelectual del Sistema Jauss, estemos cuando más ante un frío psicópata criminal, inteligente en grado sumo. Una dimensión no excluye a la otra, como es bien sabido. Esta clase de estipulación presenta el peligro de colocar un objeto de atención ético-teórica en el arriesgado plano de la psiquiatría. Esto es muy cierto, pero también sucede que estamos obligados a tantear una caracterización del “caso Jauss” y, aun cuando pudiera ocurrir que esta que se acaba de intentar resulte fallida, no se puede negar que se sustenta en elementos altamente probables.

No parece que estemos ante una persona-personaje que ejerce los usos teórico, práctico y estético de la razón de manera inobjetable. No sería posible postular la anterior caracterización hipotética, si Jauss hubiera asumido una militancia nazi incondicional ni si hubiera dado muestras de real autocrítica e incluso de sincera contrición, en caso de haber evolucionado desde el nacional-socialismo hacia una opción ideológico-política decente. Al contrario: camufla o hace invisible su pasado oprobioso, mediante artimañas diversas, sin renunciar a las ventajas que le prodigan las posiciones de poder que de todos modos consigue.

No es posible salir indemne de la lectura del libro de Ottmar Ette. Es un escrito que puede suscitar fuertes secuelas, en muchos de quienes se dedican a las investigaciones literarias, en sus diversos modos. El caso Jauss no es un problema que sólo atañe a la filología alemana, sino a los estudios literarios a escala global.

Muchos hemos hecho el ridículo, en América Latina, al considerar inocentemente con respeto las tesis de un filólogo como Jauss, a fin de cuentas, impresentable. Muchos nos sentimos burlados, tras haber examinado con seriedad planteamientos como, por caso, el de la historia de la literatura como ‘provocación’ de cara a la filología, sin tener manera de asociarla a su fondo militar-fascista.

Las inquietantes luces que ahora debemos a Gumbrecht, Richards, Westemeier, Ette… pueden inducirnos a ver en planteamientos como el de la necesaria actividad del receptor frente al texto o el de la confluencia de los “horizontes de expectativas” de los autores y los receptores una trasposición de planos equiparable a un sublimado teatro de operaciones de cariz bélico.

Ahora podemos justipreciar, por ejemplo, la enormidad que comete Jauss al omitir los efectos de la vesánica destructividad nazi ––la Shoah antijudía, el exterminio de gitanos y otras variantes de “razas inferiores”, discapacitados, comunistas, homosexuales… –– en la literatura y otras artes, cuando espeta una soflama moralizante con el pomposo título de “Moral hermenéutica: la reivindicación moral de lo estético”.[7]

Además, por poco que alguien se acerque a las entretelas del Sistema Jauss, brota la pregunta por las responsabilidades del orden institucional que lo han permitido y aun prohijado. ¿Hasta qué punto llegó la desnazificación, en la Alemania occidental de la posguerra? ¿El virulento afán anticomunista y antisoviético que cimentó la Guerra Fría en Occidente podría haber convertido también al nazi Jauss en uno de sus peones? ¿Ha sido del todo inocente la Universidad de Constanza de cara a la conformación e impulso del Sistema Jauss?

Al margen de las respuestas precisas que cabría esperar a estas y a otras preguntas afines, resulta más que difícil apartar la mirada de la evidencia de que el aparato de poder académico-intelectual armado por Jauss sería literalmente inconcebible ––y, por ende, impracticable–– sin un decidido respaldo de instancias dotadas de la fuerza y las capacidades políticas suficientes para ello.

Pero junto a ese factor político-institucional puede también someterse a cuestión un elemento potencial, de cariz epistémico. La estipulación de Ette sobre la eventual conexión entre el ‘sueño de la razón’ y la concreción institucional y personal de una pronunciada voluntad de dominio, a la hora de dar cuenta del Sistema Jauss, rebasa las lindes de la política y la ética, para adentrarse en el campo de cierta idea del conocimiento y la ciencia.

En eso, el caso Jauss podría verse como un extremo más de la sistemática aniquilación del viejo ideal humanista del saber, ampliamente derrotado desde la instauración del modelo epistemológico cartesiano-baconiano incluso en el ámbito de las Humanidades. Acaso sea esto lo que evidencie, de manera deslumbrante, el contraste extremo y obsceno entre un Curtius y un Auerbach, por un lado, y alguien como Jauss, por el otro. Pero ese modelo de producción de verdad no agota los alcances de la razón, por lo que sería injusto adjudicar a ésta el surgimiento de extravíos como el que encarna el Jauss convertido en gran académico universitario.

El recurso a los procederes metódicos y rigurosos de la ciencia, para producir ciertos saberes subsumidos en intereses extracientíficos, obliga a reparar en la condición ética de la ciencia misma, así como la de la praxis epistémica que la genera y sustenta.

La generación de verdad ––como, en último término, toda actividad humana–– no está libre de determinaciones éticas del signo que sean. Gente como Jauss se niega a esta evidencia y echa mano de artimañas más o menos efectivas, para soslayar las exigencias que la moral antepone también a la producción científica e incluso, para negarlas de raíz.

Esa actitud es estructuralmente afín a la que subyace en los artilugios sofísticos practicados por el Maquiavelo de El príncipe, para desvincular ––en el fondo, de manera fallida–– la política de la ética o descartar por completo todo nexo posible entre ambos. Esa desetización de la política, confiere a ésta la patente de corso para actuar como inobjetable e incontrolable voluntad de dominio. No parece descabellado advertir en la trayectoria de investigadores como Jauss una suerte de ‘maquiavelismo epistemológico’.

Todo indica que Ottmar Ette ha actuado con notable corrección, al evitar convertir el caso Jauss en motivo de dramatizaciones patéticas y de escándalo, al reconocer la influencia de Jauss en la filología de la segunda mitad del siglo XX, al denunciar con fundamento sus procederes mendaces y simuladores, al rechazar el tufo militaroide que dimana de actuaciones y sus tesis. Más aún: Ette parece estar dispuesto a rescatar la valía heurística de las doctrinas de Jauss, en la medida en que se deje de lado el estandarte de la ‘provocación’, acaso el emblema supremo del teórico de la recepción y de su sistema de poder. Todo eso está bien, pero tal vez sea menester ahondar más.

La reivindicación de un éthos de la epistéme, como la que implícita y sumariamente se hace en las líneas precedentes, exige dar pasos complementarios. Acaso viene siendo hora de revincular expresamente la producción, manejo y difusión del saber a necesidades de carácter ético y humanístico, lo que por fuerza implica un adecuado ejercicio de la libertad heurística sobre la que se cimientan la investigación científica y la comunicación de la ciencia.

Y aquí puede venir a cuento recurrir ––a título hipotético y como revulsivo–– a algunas determinaciones humanas de la actividad epistémica, que normalmente se soslayan. Por ejemplo, los procesos heurísticos ¿son del todo independientes del modo de ser de las personas que los efectúan? Ésta no es una pregunta retórica ––si por tal se entiende una vacua antesala discursiva a una respuesta prefabricada.

Se trata, en todo caso, de una manera de interrogar por los nexos entre éthos y lógos (en su triple dimensión de razón, pensamiento y palabra). Así pues, esa cuestión brota ahora como una manera concreta de expresar una inquietud a la que tuvieron que responder los filósofos antiguos, siempre atentos a las implicaciones éticas de su actividad epistémica, como puede observarse en casos como Pitágoras, Sócrates, Demócrito, Platón y tantos otros.

El célebre dictum de Heráclito, Éthos anthrópoi daímon, podría ser válido también para quienes se dedican con rigor a la producción de verdad. Lo que el pensador efesio expresó con tan escasas palabras es que lo que conocemos como ‘carácter’, ‘temperamento’, ‘modo de ser’, es para el hombre un genio interior, una fuerza anímica y, por ello, su destino. En síntesis, el carácter de cada quien sería su destino.[8]

Al margen de cuál sea el origen preciso del éthos o modo de ser de cada quien ––la sola phúsis o un orden cultural concreto o la combinación de ambos, evitando esencialismos––, puede advertirse que toda actividad heurística está determinada por aquél. Podría presumirse, al menos, hipotéticamente, que scire sequitur esse, es decir: que el conocer se sigue del ser, que la actividad epistémica está en función de la constitución óntico-ética de quien la realice.

Y si esa hipótesis fuese probable en algún grado significativo, caería de suyo la conveniencia de tomar las providencias necesarias para la preparación del éthos del investigador, como condición para emprender su labor heurística.

La ciencia ––que, en principio, tiene que estar al servicio de lo más raigalmente humano–– es algo demasiado serio como para manejarlo como si se tratara de una excrecencia pragmática de iniciativas meramente instrumentales de producción de verdad (maquiavelismo epistémico) o como para dejarla en manos de los monstruos de la voluntad de dominio.

Que el caso Jauss, tan lúcidamente desencubierto por Ottmar Ette sirva para reflexionar en esa dirección y, así, para potenciar un fecundo diálogo, con la mira puesta en una humanización de las ciencias abierta, a su vez, a una asunción de las potenciales aportaciones de éstas a las humanidades.

 

Bibliografía

Ottmar Ette, Der Fall Jauss. Wege des Verstehens in eine Zukunft der Philologie, Berlín, Kadmos, 2016.

 

Juliana González, El éthos destino del hombre, México, FCE, 1996.

 

 

Facultad de Filosofía y Letras UNAM

Ciudad de México, julio de 2018

 

 

 

[1] O. Ette, Der Fall Jauss. Wege des Verstehens in eine Zukunft der Philologie, Berlín, Kadmos, 2016. En adelante, los números que se incluyen en el texto dan cuenta de páginas de esta obra.

[2] De ese modo, Ottmar Ette pone en práctica las tesis propuestas en su Programmschrift, “Literaturwissenschaft als Lebenswissenschaft”, publicado en Lendemains, núm.125 (Tubinga, Gunter Narr, 2007).

[3] Waffen (armados), Schutz (protección) Staffel (escuadrón): “Escuadrones armados de protección”, podría ser el término que mejor recoja el significado de la denominación alemana “Waffen-SS. Se trataba de uno de los cuerpos de seguridad, control y acción militar de vanguardia, con que contaban los nazis en el ejército alemán, durante la II Guerra Mundial. Esta fuerza tuvo graves responsabilidades en crímenes de guerra y de lesa humanidad, especialmente en la Unión Soviética y en Europa oriental, justo donde Hans Robert Jauss se entregó en cuerpo y alma a este componente bélico.

[4] O. Ette recurre a dos implicaciones semánticas en el sustantivo alemán ‘Fall’: ‘caso’ y ‘caída’, según se desprende de una locución como “den eigenen Fall –und auch die eigene Fallhöhe–” (el propio caso –y también la propia altura de caída-“), en un contexto referido a cierta criptografía practicada por Jauss.

[5] Existe una traducción española: La literatura como provocación, trad. de Juan Godo Costa, Barcelona, Península, 1976.

[6] Hay versión española: Caminos de comprensión, trad. de Pol Capdevilla, Nuria Sara Miras Boronat y Alberto Bernal, Madrid, La Balsa de la Medusa, 2012.

[7] Cf. H. R. Jauss, Caminos de comprensión.

[8] Una interpretación fecunda del apotegma heraclíteo se halla en Juliana González, El éthos, destino del hombre, pp. 10-11.