Laurence Sterne

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Traducción de Ezequiel Valderrábano

El único libro que llevo conmigo por el Rhin es A Sentimental Journey de Laurence Sterne. En una edición de bolsillo de la serie “The World’s Classics.” Sterne es, por decirlo así, mi “autor favorito,” y leo Tristram Shandy cuando menos una vez al año. Me parece sorprendente, sin embargo, que este escritor, que gozaba de una excepcional popularidad en el Continente a finales del siglo xviii y la primera mitad del siglo xix, sea hoy muy poco disfrutado en algunos países europeos.

En Inglaterra, por otro lado, se ha mantenido hasta el presente como un autor popular. Sus dos libros más famosos han sido reimpresos en numerosas ediciones, y todas las ediciones se han agotado en muy poco tiempo.

Sterne es, en realidad, un autor que no puede ser disfrutado a menos que sea leído. Hay muchos clásicos de todas las literaturas del mundo que pueden ser conocidos, disfrutados y citados en conversaciones sin haber sido leídos en su totalidad.

Unos pocos sonetos de Petrarca, por ejemplo, son suficientes para permitirnos hablar de su arte y su genio. Otros clásicos son conocidos y están presentes en la cultura gracias a las colecciones de extractos o de reelaboraciones, o incluso de libretos musicales (“Fausto”). Todo mundo ha leído Don Juan en una versión condensada. Lo mismo puede decirse de Rabelais. Con respecto a los clásicos franceses, las personas educadas los “conocen” en la escuela o mediante antologías. Ciertamente, estos extractos recogidos en antologías son siempre amenos. Cualquiera que haya leído algunos capítulos de Montaigne, o una tragedia de Racine, o algunas pocas páginas de Pascal sabe de qué trata el autor. Es un conocimiento inadecuado, superficial, pero por lo menos es algo.

En el caso de Sterne, sin embargo, no lo entiendes, no lo disfrutas, ni siquiera sabes de qué trata a menos de que lo leas por completo, y muchas veces. Es un autor difícil. Pero no sólo eso. Es un autor que muestra su grandeza sólo hasta que has leído su última página. Hasta entonces no te das cuenta de la magnitud de su genio. Él resiste obstinadamente la síntesis, la fragmentación, a pesar de que su obra está hecha de miles de fragmentos y fue publicada en “entregas” No puedes extraer nada para una antología, no puedes ilustrar nada con una “página escogida,” no encuentras en ninguna parte el diamante que convencerá al lector de la cualidad de su genio. Él ha escrito sus libros, además, no sólo para ser leídos hasta la última página sino también bajo la convicción de que cada uno de ellos continuará con muchos otros volúmenes. Ni Tristram Shandy ni A Sentimental Journey fueron finalizados. ¡Incluso podría uno decir que ni siquiera fueron comenzados! En su autobiografía, Tristram Shandy, aún no hay información sobre el héroe. Trata sólo de sus padres, de eventos de su vida, y sobre todo del inolvidable tío Toby. Los nueve libros de la novela, que en total consisten de 600 páginas en tipo pequeño, apenas si introduce al lector en la vida de la familia Shandy. Requeriría otros cuarenta o cincuenta libros –unos cinco o seis volúmenes del mismo tamaño– para agotar la autobiografía de Tristram Shandy. Si no hubiera sido abatido por la tuberculosis, Sterne habría continuado escribiendo y publicando hasta dos volúmenes por año. No sólo era un espléndido negocio, era provechoso también. Las ediciones se vendían rápidamente y todo el mundo de lectores de libros de ese tiempo esperaban impacientemente la siguiente entrega de la novela.

Sterne nunca termino A Sentimental Journey. Este pequeño volumen, integrado por dos libros, difícilmente iguala la extensión de una novela pequeña del siglo xvii. No sólo no acaba en el segundo libro, la última frase ni siquiera es completada. Todo permanece en suspenso. Tal fue la intención del autor, pues vivió lo suficiente como para haber completado por lo menos el último párrafo.

Yo aconsejo al lector que se aproxime al arte de Sterne a través de su Sentimental Journey, que, obviamente, debe ser leída en el original. Sterne es uno de los pocos escritores clásicos ingleses intraducibles. Él es, además, inimitable, y no creó una “escuela.” Nadie puede salir del lugar en que se detuvo. Ningún otro escritor, ni siquiera Proust, ha tenido el coraje de narrar tan azarosamente y con tantas digresiones. El libro entero, de hecho, desde la primera página, no es sino una digresión.

Ahora, cuando comienza la lluvia y el Rinh ha crecido, es tiempo de abrir A Sentimental Journey y leerlo otra vez, lentamente, repitiendo ciertos pasajes en voz alta.