La narrativa mexicana está en crisis

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Estoy por analizar, posiblemente, los diez minutos más aburridos en la historia del guion en México. Tengan paciencia por favor. El cortometraje se titula 20 pesos, es una producción de Dunas Films y su autora es Silvia Tort; disponible para ser visualizado en la plataforma de videos Youtube.

La historia tiene por escenario el metro de la Ciudad de México y no va más allá de que por medio de un billete de $20 pesos mexicanos los protagonistas se conozcan. Transcurren menos de diez segundos cuando el personaje femenino piensa esto:

«Puta madre. Otra vez tarde. Sólo a mí se me ocurre estudiar los sábados poesía clásica.» 0min 22s.

De base nos presentan tres elementos inútiles en la trama: la prisa de la mujer, que es sábado y que ella estudia poesía clásica. Ya existe una imagen interesante desde el comienzo, la muchacha dentro del vagón del metro es suficiente para avanzar en el argumento. Pero no, Silvia Tort cree que es trascendente saber lo anterior; es la típica fijación absurda de muchos «escritores» de dar a conocer dentro de sus escritos que escriben.

Si yo veo cualquier metraje, espero que me despierte algún tipo de sensación. Si soy una persona un poco más entendida en el tema ya podré apreciar los planos, la fotografía, el mismo guion; la esencia de una creación (para mí) es que te mantenga cautivo(a), que puedas escuchar tu propia respiración al contemplarla. Cosa que jamás ocurre con 20 pesos.

La protagonista se levanta de su asiento y observa cómo una niña ilumina un dibujo de unos planetas. Camina hacia la puerta del vagón, ve a un muchacho que le gusta y pierde su oportunidad de bajarse para contemplarlo.

En este punto es importante la temporalidad del relato; la mujer olvida que tenía prisa en llegar al dichoso taller de poesía clásica, esto último también se diluye debido a que nunca se realiza ninguna referencia cultural que justifique esa mención; de que es sábado ni hablamos, la historia pudo desarrollarse cualquier día de la semana, y si es así, desde un inicio se debe evitar llenar el guion con detalles sin repercusión dentro de la historia, la mujer pudo decir que estudiaba física cuántica y no hubiera importado en absoluto.

Sra. Silvia Tort, si usted tomó un taller de poesía clásica: afirmativo, recibimos el mensaje; tal vez pudo usar algo de ese conocimiento para nutrir los diálogos de la protagonista, ya que estos rayan en el infantilismo:

«—Pero qué lindo es—pensó la protagonista refiriéndose a Romeo.

—¿Y si le pregunto la hora? —No, obvio sabe que traigo celular.»

Menos mal que la guionista es consciente de sus deficiencias para estructurar historias, es más, lo deja claro a través de su personaje:

«—No pus no, no se me ocurre nada. Soy una común y corriente, no tengo imaginación». 1min 47s.

Repite casi la misma expresión minutos más adelante:

«—Pésima, pésima, pésima idea; no tengo imaginación» 3min 43s.

La historia es un relato rosa cargado de clasismo. En el minuto cuatro con treinta segundos se pronuncia: «Escuchen bien machines acomplejados», y se realizan tomas hacia hombres con tes morena y de clase social humilde porque, sí, los dos protagonistas son de tes clara. Es la reafirmación de un estereotipo sociocultural que México arrastra desde principios del siglo pasado, así que BRAVO por la innovación en su guion Sra. Tort.

Antes de llegar al final del cortometraje recapitularé: la mujer es eclipsada por Romeo, desde ese instante todo el video se convierte en una diatriba penosa sobre cómo la protagonista desea conocer al muchacho por medio de un billete de $20 pesos. De repente dirán que todo quedó dentro de la mente de la protagonista, ya que, mediante su deteriorada imaginación, vislumbra todos los encuentros con Romeo por medio del condenado billetito, que es un reflejo de la inseguridad que todos hemos experimentado…Y bla, bla, bla; pero eso es una excusa sacada del aire, la verdad el cortometraje es malo de principio a fin, no importa cómo lo interpretes. La guionista pudo hacer que su personaje fingiera una caída cerca del tipo para llamar su atención, aprovechar el tambaleo del vagón para «accidentalmente» caer en el regazo del hombre, no sé, atreverse a escribir algo con auténtica fuerza, pero no, Silvia Tort no tiene el valor; más bien creo que no puede salir de la convencionalidad, es decir, olvidarse de ella misma y tener presente al público que verá su trabajo. Prefiere una narración plana y poco o nada trabajada, se nota que nadie le ayudó a escribir esa ridiculez, que no existió persona con suficiente cabeza o sinceridad a su alrededor para decirle: «¿en serio vas a llevar al metraje…eso”

Minuto ocho con quince segundos, la niña que iluminaba planetas se baja del tren, se le cae el dibujo que es levantado por la protagonista y de ahí nace la siguiente interacción:

«—Disculpen, disculpen. Cuida mucho tu planeta—dijo la protagonista a la niña al tiempo que le devuelve el pedazo de papel.

—Oye, y que tú también encuentres el tuyo—responde la niña.»

¡Venga ya, Silvia! Que ese diálogo es más forzado e irreal que yo tratando de que me entren unos pantalones talla 32. En una situación normal dicho gesto (devolver un objeto a su dueña) no va más allá de que la protagonista reciba las gracias.

Después de esa escena pueril el cortometraje cambia de intención debido a que la mujer decide perseguir a Romeo hasta la salida del metro, una vez fuera, el rostro de ella no es el de alguien que realiza algo espontáneo, de que está dejándose llevar por la aventura para vencer su timidez, NO, su cara transmite sufrimiento, como si se le hubiera perdido un hijo, como si esa fuera su última oportunidad para enamorarse de un perfecto desconocido; el rictus de la protagonista nos dice: «no estoy gozando la experiencia.»

Si yo me encuentro a una persona así por la calle, me acercaría a preguntar si se siente bien, si puedo llamar a un familiar suyo que la recoja o de una vez le pido una ambulancia, pero qué importa aquí el sentido de los acontecimientos si es que en ese momento aparece Romeo y le da a la mujer un billete de $20 pesos…¡Ay, qué lindo, los dos se gustaron! Y yo me la creo, ajá. El tedioso cortometraje finaliza con ambos personajes viéndose a los ojos.

Es evidente que desde hace muchos años la narrativa mexicana (con sus rescatables excepciones) está en crisis. El problema no es Silvia Tort y su relato rosa, el problema es que este tipo de trabajos son los que ganan certámenes literarios, también esta basura inunda los proyectos de becarios, las revistas, los libros publicados. El medio se encuentra plagado de escritores ordinarios contando historias ordinarias, no existe convicción en sus letras, parece que escriben bajo la fórmula del menor esfuerzo, de llenar páginas sin poder narrativo-ficcional para ganar becas y/o reconocimiento; dejando en segundo término (o seguro sin contemplar ese objetivo) emocionar al lector.

Aquí mismo, en la Santa Crítica, realicé un análisis sobre el premio ganador del nacional de relato Sergio Pitol que leí en una revista del 2009. Pueden encontrar esa crítica con el nombre de Premio oxidado. El relato mencionado es muy parecido al relato rosa de Silvia Tort. Estamos hablando de más de diez años soportando historias lamentables, el paradigma narrativo poco se ha modificado. Ni la actual pandemia por el Covid-19 ha representado una motivación lo suficientemente fuerte para elevar la calidad en los cuentos a nivel nacional. Hace unas semanas —omitiré el nombre de la antología narrativa en cuestión, debido a que deseo hacer una crítica más profunda en un futuro— estuve presente de manera virtual en la presentación, aquello fue de pena ajena. El editor con un discurso (justificación) sobre que el proceso de selección obedeció a no sé cuántas tonterías.

Lo de pena ajena consistió en que dos de los autores allí presentes escribieron prosa poética. Para variar eran textos de ensimismamiento y demasiado torpes, por ejemplo, un personaje bajaba una escalera y mientras lo hacía el autor colocó como cuatro metáforas sobre los pasos del sujeto, de cómo el azul-pardo se conjugó con un giro de sus ojos y, estos a su vez, fungían con la elíptica de no recuerdo qué babosada; un verdadero martirio. Era el típico poeta (porque lo Googleé para leer más de sus cuentos y no hallé nada) que quiere incursionar en la narración y no sabe dejar a un lado su trabajo de construcción de imágenes estéticas.

¿Para qué mandas un trabajo así a una convocatoria de CUENTO? Dale la oportunidad a un narrador para aprovechar el espacio con una historia de verdad. En cuanto al consejo editorial que le dio luz verde a dicho trabajo, ¿en qué demonios estaban pensando?, ¿tenían compromisos que ya no podían ignorar?, no lo sé, pero lo que un lector menos necesita es un poema disfrazado de relato. Y eso que nada más estoy dando un ejemplo. De este tipo de escritores arribistas combinados con torpes editores se crea (en un pequeño porcentaje) la actual crisis en la narrativa mexicana.