La mujer con la cara de César

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Traducción de Ezequiel Valderrábano

Gertrude Stein vivía en la rue de Fleurs, “a unos cuantos brincos del Dôme,” como decía mi amigo Wambly Bald; pero los brincos debían ser muy potentes. Por lo que atañe al lugar de su morada, no vivía lejos del clamoroso centro de Montparnasse; pero, para la mayor parte de los residentes del barrio, lo mismo podría haber vivido en Tombuctú.

Su ubicación topográfica era típica de su actitud hacia el mundo exterior en general. Remota y, no obstante, cercana. Por lo común daba la impresión de ser una persona monástica, como Joyce, temerosa de cualquier intrusión; se le describía como alguien a quien uno sólo se podía aproximar con genuflexiones y olor a incienso; pero la verdad era que, a diferencia del creador de Ulysses, era muy accesible a sus admiradores y a cualquier enviado de la prensa que quisiera echar una mirada a su studio (no había muchos que lo hicieran en esos días).

En ese periodo, el contacto con los norteamericanos parecía limitarse a Bravig Imbs, Elliot Paul, Glenway Wescott, Eugene Jolas y su esposa Maria y uno o dos más. Paul, a sugerencia de Jolas, le pidió que escribiera para transition y, según Maria Jolas, ella consintió con prontitud. La revista procedió a reimprimir su Tender Buttons y, además, a publicar su ópera Four Saints y una bibliografía de su trabajo. ¿Cuál fue exactamente la causa de la ruptura entre transition y Miss Stein? Tal vez nunca lo digan con letras de imprenta aquellos que están en posición de saberlo, pero la ruptura estuvo marcada por la aparición de la Autobiografía de Alice B. Toklas, por una parte, y por un estallido en respuesta a su trabajo, publicado en forma de panfleto: Testimony against Gertrude Stein, firmado por los Jolas, Matisse, Braque, André Salmon y Tristan Tzara.

Todo ello, sin embargo, ocurrió más tarde. En la época de la que estoy hablando, Stein y Joyce eran las dos sensaciones que transition tenía para ofrecer a sus clientes trasatlánticos. Los peregrinos venían desde lejos —tan lejos como Chicago o California— en busca de la oportunidad de cruzar unas palabras con la creadora de tender Buttons o el genio que en ese entonces estaba enfrascado en la producción de su Work in Progress. Puede sonar extraño, pero creo que la mayoría de ellos llegaba más a la rue de Fleurs que a la casa de Joyce, y también tengo la impresión de que había más mujeres que hombres entre los devotos de Stein. No sé qué moraleja se deduzca de ello; pero, a juzgar por los reportes que llegaban, parecía llevarse mejor con las mujeres.

Tenemos el caso de Annie, la muchachita que después de leer Geography and Other Plays viajó de Chicago a París sencillamente porque quería discutir la obra con la autora. Hija de padres de la clase media que la criaron en la creencia de que su virginidad era la mayor joya que poseía, Annie era una muchacha muy bella (inclinada al misticismo) que, como ella misma decía, “emitía vibraciones”. Ciertamente las trasmitía; y, lo que es más, casi volvía locos a los hombres cuando se sentaba en el Dôme durante horas y sopesaba la cuestión, pidiendo el consejo de todos los presentes: “¿Debo perder o no mi virginidad?” La primera visita de Annie a la rue de Fleurs había sido todo un éxito y se convirtió en una visitante habitual. Un día regresó con la noticia de que la cuestión había sido zanjada. Miss Stein había solucionado el problema. ¿La solución? Según Annie, Miss Stein le dijo: “Ser virgen es ser virgen y no ser virgen es no ser virgen y no ser virgen puede ser ser virgen.”

Eso, en todo caso, fue lo que Annie nos dijo. No respondo por ello.

Por mi parte, siempre tuve temor de Gertrude. Me recordaba un poco a la fumadora de puros Amy Lowell, a quien había conocido en mis días juveniles. Wambly Bald la había llamado “la mujer con la cara de César” y el mote parecía encajarle bien.

—Vamos a visitar a Gertie —dijo Wambly una tarde en el Dôme.

—¿Qué dices? Nos va a correr.

Leo Stein, el hermano de Gertrude, estaba sentado con nosotros. “¿De qué tiene temor? Por Dios, Sam, no tienes idea de lo tonta que es. Cuando íbamos a la escuela yo tenía que hacerle sus tareas.”

Leo y Gertrude no se tenían afecto; y ese comentario, reflexioné, debía ser una exageración en vista del desempeño de su hermana en John Hopkins y en Harvard en materias tan abstrusas como la anatomía cerebral y la patología. Pero, no obstante, me animó. Decidí ir con Wambly.

—Tú hablas —le dije—, yo me quedaré atrás.

—Y pensar —observó cuando llegamos al edificio donde Miss Stein vivía— que desde aquí ha estado protegiendo el idioma inglés ¡desde hace veinte años!

Al entrar descubrimos que todas las paredes estaban cubiertas con Picassos. Picasso, Picasso y más Picasso.

—Si —nos informó Miss Stein—, Picasso hizo ochenta retratos míos. Para ello posé unas noventa veces.

Como buen periodista, Wambly no perdió tiempo para entrar en materia; la técnica para entrevistar que utilizó, muy beligerante, probó ser admirablemente adecuada para desatar la lengua de la entrevistada. Pero yo, al principio, me sentí un poco alarmado.

—Su prosa, Miss Stein —dijo con brusquedad—, me da la impresión de ser oscura, deliberadamente oscura.

La mujer con la cara de César nunca se pareció más a él que en ese momento en que se erguía con altivez y replicaba:

—Mi prosa es oscura sólo para los flojos mentales. Es una fuente, una fuente profunda, una fuente es una fuente y ella es una fuente.

—Hay algunas personas que se sienten inclinadas a pensar— insistió Wambly— que es una fuente sin fondo, o con un falso fondo.

Ante esto, los ojos de Miss Stein resplandecieron como los de César en el campo de batalla y su voz resonó al contestar:

—Por supuesto, tengo mis detractores. ¿Qué genio no los tiene?

—Entonces, ¿usted es un genio? —Fue mi primera pregunta. Miss Stein me miró como si fuera una chincheta que de pronto apareciera en el mapa.

—Somos tres —declaró—: yo misma, Picasso y Whitehead. (Habría de repetir este juicio en su Autobiography.)

—¿Qué nos dice de Joyce?

—Joyce —admitió— es bueno. (Las cursivas sonaron en su voz.) Es un buen escritor. A la gente le gusta porque es incomprensible y nadie puede entenderlo. ¿Pero quién fue primero, Gertrude Stein o James Joyce? No olvide que mi primer gran libro, Three Lives, se publicó en 1908. Eso fue mucho antes que Ulysses. Pero algo ha hecho Joyce. Sin embargo, su influencia es local. Como Synge, otro escritor irlandés, ha tenido su día. ¿Desean más té?

—¿Entonces, Miss Stein, usted piensa que es seguro su lugar en la literatura?

—¿Mi lugar en la literatura? La literatura del siglo XX es Gertrude Stein. Por supuesto, tenemos a Henry James…

—Sí, tenemos a Henry James.

—Puede decir que él fue mi precursor; pero en realidad todo comenzó con Three Lives.

En este punto, Wambly vio la oportunidad de recordarle a nuestra anfitriona algo que Wyndham Lewis había dicho acerca de ella. Lewis había insinuado que ella era de la misma clase que Anita Loos.

—¡Eso —exclamó Miss Stein— es sólo propaganda británica en contra de los grandes escritores norteamericanos! Me sorprende que le preste atención.

—¿Cree que los ingleses están celosos de los norteamericanos?

—Tienen derecho a estarlo. Después de todo, Norteamérica hizo el siglo XX, tal como Inglaterra hizo el XIX. Norteamérica le ha dado a Europa todo. Norteamérica le ha dado Gertrude Stein a Europa.

—¿Qué nos dice de los otros grandes escritores norteamericanos?

—Hay cuatro grandes: Poe, Whitman, James y yo. La línea de ascendencia es clara. Y James, Whitman y Poe están muertos. Yo soy la última. Pero soy verdaderamente internacional. Mi reputación crece todo el tiempo.

—¿Siente usted que su escritura es realmente norteamericana, es decir, típicamente norteamericana?

—Ciertamente. ¿Cuál es la tendencia de la escritura norteamericana?

Wambly y yo intercambiamos miradas, cada uno esperando que el otro contestara.

—Hacia la abstracción, por supuesto. Pero una abstracción sin misticismo. Ésa es la gran contribución de Gertrude Stein. Su trabajo es abstracto sin ser místico. No hay misticismo en mi trabajo.

—¿No hay misticismo?

—En absoluto —fue la enfática respuesta—. Mi trabajo es perfectamente natural. Es tan natural que resulta antinatural para quienes lo antinatural es natural. Reproduzco las cosas tal como son y eso es todo lo que son. El mundo externo se vuelve el mundo interno y el mundo interno se convierte en externo, y el exterior ya no es el exterior sino el interior y el interior ya no es el interior sino el exterior y hay que ser un genio para lograr eso y Gertrude Stein es un genio…