Inger Christensen: El signo en su fluir

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El mundo estaba ahí cuando adam[1] llegó. Para que no estuviera solo, los animales fueron traídos ante él. Frente a ese ajeno y vasto otro, adam repartió nombres, pero, eso no fue suficiente para acercarse a behemoth[2] ni para que él saliera de los los “lugares húmedos[3]”.

Aunque el nombre ordena, comunica y reconoce[4], la vida permanece “debajo de las sombras[5]”. Es cierto que el lenguaje puede, con su número finito de elementos, nombrar a una cantidad indefinida de ideas y cosas, como reconoció John Locke; sin embargo, la palabra “es un puro signo para una pura significación. El que habla pone en cifra su pensamiento. Lo reemplaza mediante un arreglo sonoro o visible que no es más que sonido en el aire o patas de mosca sobre un papel[6]”. En otras palabras, el signo no es el ser, pues aunque en la ausencia queda el nombre, él es una huella mientras todo avanza. Antes del nombre está la vida, y ella, como dice uno de los primeros poemas que conocí de Inger Christensen[7], es sagrada. Pero nuestro pensamiento y el recibir de los sentidos se han vuelto una distancia inerte y ajena a su fluir. ¿Cómo es que la necesidad por reconocer al mundo, «rasgo inmanente de nuestro propio ser», según Félix de Azúa[8], nos desgarra de lo vivo?

Entre este desgarre está la poesía de Inger Christensen. Desde ella “el lenguaje nos lleva a las cosas mismas en la exacta medida en que, antes de tener una significación, es significación[9]”. ¿Cómo lo logra?

Se dice, tal vez ya sólo por costumbre, que la poesía de Christensen es experimental. El adjetivo se pone en duda porque la experimentación no es más que el resultado de la poiesis con lenguaje: se deja atrás el hábito judicativo para regresarnos a la relación sensible y afectiva con el mundo. Se logra al hacer evidente la materialidad del lenguaje, lo que hay en él de móvil, de vivo. Algunos comentarios sobre la unidad formal en los tres libros fundamentales de Christensen, que ya existen en nuestra lengua (Eso, Alfabeto y El valle de las mariposas), pueden hacer más evidente ese fluir en el signo que nos pone de regreso con la vida:

 

la vida, el aire que inhalamos existe

una ligereza en todo, una semejanza en todo

una ecuación, una afirmación abierta y móvil[10]

 

 

ח

La forma, esencia de lo inmóvil, se hace cuerpo en la poesía de Christensen.  El cuerpo anda, dice, padece, percibe y en esta poesía lo hace, increíblemente, con el epítome de lo fijo: el sistema (systemdigting), y el triunfo de la abstracción de la inteligencia: los números. Lo logra porque Christensen acudió a las series, una influencia de la música y las matemáticas, pues la poesía es un artificio no sólo de palabras. Este es el primer acierto para darle al signo el movimiento de lo real. Aunque Christensen reconoció que, más que imponerlo, es un cuerpo que se revela en y con la progresión de la escritura.

Eso (Det, 1969) es explícitamente lenguaje que busca moverse con la génesis del mundo: “Eso. Eso fue. Así empezó. Eso es. Continúa. Se mueve. Más allá. Nace. deviene eso y eso y eso”. Su estructura es quizás de las más amplias en la obra de Christenen. Se divide en tres secciones principales: prologos, logos, epilogos (así, sin tilde). Esos nombres hacen evidente que se trata de lenguaje, principalmente la segunda sección, pues es por todas partes logos, desde su título hasta su estructura. Esta sección, además, se subdivide en tres partes: acción, escenario y texto, palabras que se refieren al ámbito teatral. Parece que ante la tesis que es el logos surge una antítesis por medio del pathos. Después se regresa el logos, porque cada una de esas partes se vuelve a subdividir en 8 partes nombradas según las categorías gramaticales de Brøndal (una categoría manifiesta la rigidez del juicio y es unidad para construir al logos). Las otras dos secciones principales, prologos y epilogos, se construyen con relaciones numéricas. Al final, toda esa estructura pasa desapercibida porque el resultado es movimiento, no como ilusión, sino uno propio del lenguaje desde sus procedimientos, en este caso: dialéctica, series y ciertas figuras retóricas frecuentes (quiasmos, retruécanos, paranomasias y paralelismos). Así, el significado sale de la inmovilidad gracias a relaciones semánticas, fonéticas y sintácticas que fabrican sentido.

Alfabeto (Alfabet, 1981) tiene mucho en su estructura para fortalecer a la experiencia que une a lo intelectivo con lo sensible. Se construye con la sucesión de Fibonacci, un lugar común del acto creador, porque se cree que es una forma presente en toda la naturaleza (aunque no es así). Este libro, sin embargo, se forma con algo más de lo que casi no se habla, a pesar de que es su título y tiene que ver con la idea de la palabra como acto creador. Se trata de la visión de la mística hebraica donde todo fue creado por la permutación entre las séfiras (emanaciones de Dios) y las letras del alefato.

Alfabeto es emanación. Por un lado, con la espiral de Fibonacci, el poema brota como “tierno tallo que rápidamente va creciendo y ramificándose[11]”. Por el otro, a través de la repetición del sonido de las letras del alfabeto se crean relaciones entre los conceptos (de lo fonético y fónico se va a lo semántico) y se produce un efecto que influye sensorial y emocionalmente. Se trata, además, de algo como la relación entre el soplo[12], el llamar[13] y el formar[14] en la mística hebrea.  Todas estas palabras comienzan, en la lengua original, con la letra ו (vav) seguida de י (iod); ellas, según una visión simbólica del alefato a partir de la idea del Sépher Yetzirah (libro de la formación), representan la contracción de la luz infinita de la divinidad para lograr espacios finitos. Además י (iod) forma parte de la letra ט (tet) que representa al acto creador, la concepción.

La dualidad y la concepción no son sólo ideas que resaltan en Alfabeto, también participan en su estructura y enunciación. El hidrógeno nombrado en la letra “b” del libro está lleno de vida al aparecer junto a la abundancia nerviosa del helecho, planta protectora, y que atrae la lluvia, y la zarzamora, símbolo del fuego (ya se mencionó cómo se construyen estas relaciones a nivel formal):

 

los helechos existen; y zarzamoras, zarzamoras

y bromo existen; y el hidrógeno, el hidrógeno[15].

 

El sonido bilabial vibratorio de la “b” con las sonantes vibratorias “m” y “n” expresa fonéticamente lo contenido en el hidrógeno al ser manipulado por el hombre: la detonación de bombas. Esto aparece en las letras “j” y “k”:

 

la bomba atómica existe […] 140 000 muertos

y heridos en Hiroshima/unos 60 000 muertos/y heridos en Nagasaki.

 

Además de lo sonoro, los símbolos del helecho y zarzamora se relacionan con los elementos de creación (agua y fuego) que resultan del hálito divino, según el Sépher Yetzirah. Estos elementos primordiales para la vida son utilizados por el hombre para destruir. Entonces, el resplandor de la gloria divina[16] que surge de ellos se vuelve explosión atómica, devastación:

 

 

la bomba de cobalto existe

envuelta en su capa de isótopos cobalto 60

cuyo periodo de semidesintegración

garantiza un efecto

extremadamente dañino.

 

 

Esta reiteración de conceptos es constante en Alfabet, sea para hablar de complementos o para hacer énfasis al afirmar la existencia de las cosas a través de la idea de par, pues no se trata de palabras sino de realidades. La existencia se declara explícitamente con el verbo findes (existir) después de ser nombrado el ser, pero también al volverlo a nombrar, tanto en una misma oración como en otros momentos del libro:

 

Los albaricoqueros existen. Los albaricoqueros existen.

 

La constante dualidad en los poemas es una dialéctica que produce movimiento desde el sentido y el significado. Aunque los binomios temáticos son muchos, se reúnen en uno: vida-muerte como el fundamento del ser y el existir. En El valle de las mariposas (Sommerfugledalen, 1991) Inger Christensen unió a la consciencia y la experiencia sensible del ser humano con este binomio. Lo hizo con una forma poco frecuente en la poesía danesa, el soneto. A esta estructura fija Christensen la hizo móvil a través de una corona de sonetos. Con ella, deja atrás las series por medio de otros lenguajes para construir por medio de la relación sintáctica y semántica de lo verbal. El resultado, o más bien, logro, es unidad entre forma y contenido, pues la espiral creadora de la vida se manifiesta por medio de 15 sonetos que se encadenan: el último verso de uno es el primer verso del que sigue. De esa manera se conectan 14 sonetos. Finalmente, el décimo quinto se construye con cada uno de los versos finales de los sonetos anteriores (aunque Christensen hizo saber que el proceso de escritura fue al revés: primero escribió el último soneto).

Pero la riqueza mayor de esta obra está en lo que nos lleva a percibir: la unión entre la realidad natural y nuestra consciencia al revelarle a la intuición la corriente vital que atraviesa a ambas. Las imágenes que construyen esta realidad parten de la variedad de mariposas y de referencias a la mente, el cerebro y la memoria. Así, se logra transmitir la experiencia del sujeto ante la plenitud de la vida: el mundo es uno, es todo y la consciencia ya no lo discierne, sino que lo vive, es parte de él.

 

 

Al mediodía del valle de Bráchino,

donde todo recuerdo se derrumba

y la luz que coincide con las plantas

se transforma en presencia del aroma,

 

me muevo entre las hojas y las dejo

en la ortiga del campo de la infancia,

la trampa más sublime de la tierra

que atrapa a lo que vuela con los días.

 

Se encuentra en su capullo el Almirante

que transforma en oruga devorada

a aquello que llamamos nuestra mente.

 

Como otras mariposas del estío

se acoge el denso púrpura de vida

en una amarga gruta bajo tierra.

 

 

Quizás todo esto responda por qué la vida es sagrada. Los poemas lo dicen más que con el signo, con su fluir. Con la forma se trasluce la radiancia de la propia vitalidad, porque la vida es indecible, se está, más bien, en ella, y el lenguaje, el logos, y la inteligencia son uno de sus tantos haces. En Christensen ese haz vuelve a reconocer su origen, vuelve a sentirse que es movido por la vitalidad. Así, logos y aisthesis, los supuestamente irreconciliables, se reúnen para volvernos a poner en contacto con el mundo, con la realidad, con la vida. En las páginas de la obra de Christensen se logra la comunión y devenir que adam quiso lograr por medio de sus signos.

 

La felicidad es el cambio que me ocurre

cuando describo al mundo

Le ocurre al mundo

 

[1] En  minúscula para referirse a toda la humanidad, como sucede en el libro de Bereshit

(בְּרֵאשִׁית).

[2] En hebreo (בהמות) significa “bestias”. Sin embargo, será el nombre de un ser que junto con Leviathan y Ziz representa a todo el mundo natural y las especies en él.

[3] vid. Job 40:21.

[4] En el sentido de darle un lugar al otro.

[5] vid. Job 40:21.

[6] Merleau-Ponty, Maurice. La prosa del mundo. Editorial Trotta, p. 24.

[7] Vejle, 1935 – Copenhague, 2009.

[8] Volver la mirada. Debate, p. 29.

[9] Ibid., p. 31.

[10] Alfabet, 1981.

[11] Dreymüller, Cecilia. “Matamos más de lo que creemos”. El País. 2 Oct. 2014. Web.

[12] Vayipaj וַיִּפַּח

[13] Vayikrá ויקרא

[14] Vayítzer וַיִּיצֶר

[15] “Brintbomben findes/en bøn om at dø”.

[16] vid. Éxodo 3:2-4.