Fábulas y fabulaciones

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Por Daniel Samoilovich y Eduardo Stupía

LOS PLON CHARGEUR

 

Los plon-chargeurs son un género de monos pequeños que comparten con el género humano el 91% de su ADN; el otro 9% lo comparten con el revólver pimentero Lefacheux de seis tiros y disparador plegable. Muy pocos naturalistas se precian de contar con una explicación plausible acerca de cómo se ha llegado a generar este híbrido, y esos pocos se niegan a hablar del asunto; lo más probable es que su origen esté en un sueño del general Brusilov, uno de los pocos —por no decir el único— militar de carrera del Ejército Imperial Ruso en la Primera Guerra Mundial; ejército, por otra parte, singularmente inepto, empezando por el pasmarote de Nicolás y siguiendo con la mayor parte la oficialidad cargada de medallas y carente de formación.

Al parecer, el sueño tuvo lugar a comienzos de noviembre de 1914, cuando el veterano general Brusilov estaba en la cima de los Cárpatos con sus hombres agotados y enfermos; tan maltrechas estaban sus fuerzas, que Brusilov no se atrevía a bajar a la amplia llanura húngara que se extendía ante él. El Estado Mayor había metido a Rusia en la guerra como casi todos los estados mayores se meten en todas las guerras: pensando en una victoria rápida; pero en esta oportunidad el optimismo o la estupidez fueron tantas que ni siquiera se había previsto que las hostilidades duraran hasta el invierno. El caso es que el ejército de Brusilov carecía de ropa de abrigo, botas y, sobre todo, de municiones: en octubre se habían disparado prácticamente los últimos obuses de la artillería, pero también las últimas balas de la variopinta variedad de fusiles y pistolas del equipo ruso. En esas condiciones, soñó Brusilov una noche el plon-chargeur; el monito-revólver de su sueño comía cualquier cosa —tierra, tal vez— y como si fueran pedos lanzaba balas de calibre 7. No era gran cosa, el calibre 7, pero los plon eran tantos, y tan inmunes al frío y la desmoralización, tan asiduos en disparar sus proyectiles que al rato empezaban a dar vuelta la suerte de la guerra y las tropas se animaban a invadir Hungría antes de que llegara el crudo invierno en las montañas. Todo marchaba bastante bien, pero entonces el tifus hacía mella en los valientes plon, que para bien o para mal tenían un 91% de ADN humano (esto Brusilov no podía saberlo, porque para entonces no era gran cosa lo que se sabía de la estructura y función de los ácidos nucleicos, pero tratándose, como se trata, de un sueño, algún ligero anacronismo parece permisible). El tifus, entonces, hacía presa de los plon-chargeur exterminando hasta el último hombre, vale decir, el último mono, los austríacos retomaban la iniciativa y Brusilov debía huir a las montañas. En este punto el general se despertó en la soledad de su tienda de campaña y pensó que una guerra que no se puede ganar en sueños, ni en sueños se puede ganar; lo cual podría parecer una verdad de perogrullo, pero no lo era para el desalentado Brusilov.

 

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¡Oh, noche, y los desconocidos! (El más desconocido, cada cual para sí.)

 

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Una fabulita de Fedro cuenta la historia de un cordero que, impulsado por la sed, se acercó a tomar agua al río, un poco más abajo de donde bebía el lobo.

—Me estás ensuciando el agua— dijo el lobo.

—¿Cómo podría hacerlo, si estoy río abajo?— replicó el cordero.

—Pues el año pasado sí que lo hiciste.

—Imposible: el año pasado, yo no había nacido aún.

—Entonces, debe haber sido tu padre, y tú pagarás por él— dijo el lobo, y se comió al cordero.

Muchos, a lo largo de la historia, se han preguntado para qué habla el lobo con el cordero si ya está decidido a comérselo; al parecer no comprenden que el diálogo es una forma que tiene el Mal de sazonar su apetito.

 

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Nada más detestable que la idea de un sindicato de escritores; como un sindicato de ciegos.

 

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Fábula de Feros

 

Profetizáronle a Feros, rey de Persia,

que de su ceguera curaría

lavándose los ojos con la orina

de una mujer que no tuviera conocido

más hombre que su auténtico marido.

Con la propia probó

pero no se curó

de modo que intentó con más mujeres

y cuando ya del proyecto desperaba

la orina de una hidalga de Cirene

devolvióle la vista una mañana.

Con esa casó

y a las otras llevó

a cierta villa junto al Mar Egeo

a la que presto prendió fuego.

 

Oh, Clovis, afortunada fuiste

que no probara el rey con las tus aguas

y afortunado él, que a más de ciego,

mudo y cuadripléjico quedara.

 

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Un Pichicho que quería casarse con la hija del Rey de los Perros desplegó ante su potencial suegro un frondoso árbol genealógico que llegaba hasta el perro de Carlos Martel. El rey se acercó al árbol, lo estudió con cuidado e indicando una de las ramas dijo:

 

— En esta zona hay un perrito bastardo, hijo de un scottish fox terrier y una lavandera.

 

— ¿De dónde saca eso su Majestad? —preguntó el Pichicho, ofendido.

 

—Lo huelo —respondió el rey.

 

Esta fabulita sugiere que el olor a jabón es más persistente que la misma mugre.

 

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LOS PLACERES

 

Los placeres más exquisitos son a menudo los más baratos, dijo Unamuno.

 

No explicó cuán caro es ponerse en situación de poder disfrutar de ellos.

 

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Cuentan que Pitágoras descubrió que el cuadrado de la hipotenusa era igual a la suma de los cuadrados de los catetos por un golpe de inspiración: de pronto, vio dicha igualdad, y admirado de que la cosa fuera tan simple y bella, no pudo creer que la idea se le hubiera ocurrido a él mismo, concluyendo que se la habían inspirado los dioses. Se sintió tan feliz y agradecido que sacrificó a las Musas cien bueyes.

El nombre griego de tal carnicería es “hecatombe”, que en principio significa solo “cien bueyes”. Lo curioso es que con sólo nombrar los animalejos se sobreentendiera su matanza, a diferencia de una hectárea, de la que nadie colegiría la matanza de cien áreas.

Esta historia enseña que, salvo que uno sea un triángulo o una hipotenusa, le conviene mantenerse lejos de los filósofos; incluso de los vegetarianos.

 

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Ya el sabio Bertrand Russell había observado que la matemática es como la sonrisa del gato de Cheshire: o sea, una sonrisa sin gato. Es algo maravilloso, entonces, pero difícil de imitar: no siempre puede uno, a fuerza de sonrisas, librarse de su gato.

 

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Ochenta años después de la muerte de Pitágoras, Demócrito de Abdera descubrió que el volumen de un cono es igual a un tercio del volumen de un cilindro de igual base y altura que el cono en cuestión. Igual que a Pitágoras, a Demócrito ni se le pasó por la cabeza que tal descubrimiento fuera suyo; la diferencia con Pitágoras es que Demócrito tampoco pensó en atribuirlo a las Musas o a los dioses; al contrario, le pareció evidente que las entidades geométricas, en tanto eran capaces de mantener tan exquisitas proporciones, podían apañárselas lo más bien por sí solas. Es fama que el sabio Demócrito soltó entonces una gran carcajada cuyo eco resuena aún en el cielo estrellado.

¿De qué se reía? El asunto se ha discutido mucho, y cada filósofo tiene su propia respuesta; incluso el autor de estas líneas, que dista mucho de ser filósofo, tiene una. Opina que pensando a fondo en el asunto, Demócrito coligió que tampoco el mundo de los entes materiales, incluyendo en ese mundo a los humanos, necesitaba dioses; tal vez el resto del universo no pudiera arreglárselas tan bien como los cilindros y los conos, pero alguna chapuza podía hacer y de hecho eso era lo que hacía. Eso fue lo que le dio tanta risa. Ahora bien, esa carcajada, ¿era alegre o melancólica? Ante esta nueva pregunta, el autor se rinde. No lo sabe.

 

CUENTA HEINE

Cuenta Heine que un niño se cayó en un pozo, y un obispo lo encontró. Empezó el obispo a hacer al niño una circunstanciada exposición sobre la necesidad humana y trascendente de una extrema prudencia cuando uno anda por el campo, especialmente si anda solo. Citó diversos autores que se explayan sobre los peligros que acechan a los caminantes, cuya marcha es exemplum o metáfora del humano transcurrir en el Mundo. Había liquidado ya a Buenaventura de Bagnoreggio y estaba entrándole al Doctor Angélico, cuando el niño pidió:

 

— Sácame de aquí, y luego sigue diciendo lo que quieras.

 

— Me estás tomando por tonto —dijo el prelado.— Apenas te saque, te irás y me quedaré hablando solo.

 

Esta fabulita recuerda que los afligidos y los pobres son público cautivo de los ideólogos de diversos pelajes. Los cuales puede que se engañen sobre muchas cosas, pero este hecho (la cautividad de los cautivos) lo tienen muy claro.