Del peor al mejor Onetti

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2004
MON06. MONTEVIDEO (URUGUAY), 15/07/09.- Reproducción de una fotografía del escritor Juan Carlos Onetti que hace parte de un álbum donado a la Biblioteca Nacional en el marco del ciclo "Onetti, la ciudad y los libros" que se lleva a cabo hoy, 15 de julio de 2009, en Montevideo (Uruguay). EFE/Iván Franco

Hace veinte o treinta años, pongamos cuarenta para fijarlo en el Premio Cervantes, se elogiaba a Juan Carlos Onetti por sus grandes novelas, por La vida breve, El astillero y Juntacadáveres, mientras los cuentos, menos conocidos, andaban dispersos en un celaje de periódicos, revistas y antologías de baja tirada. El propio autor alentaba la bruma. Publicó el primero, “Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo”, en 1933, pero no se animó a compilarlo en libro hasta 1967. Y cuando salieron sus Obras completas, en las ediciones del 70 y el 79, insistió en excluir los cuentos de los años 30. Hubo que esperar a su muerte para juntarlos, hasta los inéditos y los incompletos, en un volumen.

La razón no es misterio. Fue a partir de 1941, con la publicación de “Un sueño realizado”, que Onetti estimó sus cuentos. Por mucho tiempo los anteriores se le antojaron desechables, tanteos de novato, como los llamó, que no agregaban nada y sí quitaban bastante. Había algo concretamente onettiano en esa negación del principio, en esa media res de un autor que nunca comenzó por el comienzo, en ese rigor que avenía modestia de escritor con honestidad de crítico. Porque son malos, nadie lo dude: niñerías policiales, suspensos desabridos y ensueños peatonales. Quizás “Avenida de Mayo” sea el peor, a cuenta de la tremenda ambición incumplida en la ejecución. Tan malo que hasta medio título le sobra. Tan malo que cuesta reconocer la chispa que luego alumbraría cuentos espléndidos. Tan malo en su experimentación que es un modelo de técnicas a evitar. Uno más: tan malo que ciertos lectores profesionales lo encuentran bueno. En un congreso escuché a un profesor afirmar que ya se notaba una genialidad «pluroespacial» en ese primer cuento. Verdad que con cátedra y 20/20 de visión retrospectiva, cualquiera es profeta y habla en lenguas. Dejando tranquila la pluroespacialidad esa, no vaya a ser que se altere, ¿en qué se notaba el genio? —debí preguntarle. ¿En los visos surrealistas y las referencias cruzadas? ¿En el exceso de fárrago y la escasez de narratividad? En nada se notaba.

Por notar, anoto el sentimiento: a mucha gente le gusta venerar entera la obra de sus favoritos. Postrarse ante el monumento, besar el pedestal. Comprensible, creador por Creador, tiene lo suyo adorar una totalidad, aunque sea con el empeño que busca y quilata providencia en toda escritura. Para mí, en cambio, vale más el vaivén del proceso, las diferencias de la singularidad, el esfuerzo bocarriba. Pensar que ese Onetti de “Avenida”, apenas 22 años, casado, con hijo y a punto del primer divorcio, atrapado en manualidades miserables, enamorado de la cuñada y tomándole gusto al whisky, es el mismo Onetti que seguirá escribiendo y en unos años conseguirá cuentos tan extraordinarios que tomará décadas apreciar su entero valor. Y el mismo Onetti borracho y barbado que al final de la vida dará entrevistas confusas desde la cama, desgreñado y en camiseta, donde confesará su anhelo del ocaso, que basta un libro para consagrase, para ser inmortal en literatura, y que ese libro lo había logrado él con Los adioses.

Dogma: desde el Cervantes que prefiere su Viaje del Parnaso, hasta el Bolaño que distingue su poesía, no hay peor juez de su mejor obra que un autor al umbral de la muerte. Será por la cercanía con los libros, serán las circunstancias de la escritura o las claves secretas del afecto que no llegan a nosotros. Sabrán ellos. Con el anhelo de Los adioses se repite el credo: es una novela de 1954, corta y de estructura quizás más pulida que las otras, de las pocas que no transcurren en Santa María, pero no es, ni de lejos, su texto perdurable. Por más que los devotos repiquen obra maestra, espíritus de campanario, a Los adioses le falta el caudal meta de La vida breve y el tenor bajomundista de Juntacadáveres, aunque sí comparta cierta ambigüedad crepuscular con El astillero. Hasta el mesurado dictamen de Antonio Muñoz Molina admite discusión, «una de las dos o tres mejores novelas cortas que se han escrito en español», pues ladeando la tocante pobreza del subgénero, que de excesos somos, ese podio ya está ocupado, lamento informar. En orden cronológico: Pedro Páramo, Los relámpagos de agosto y Señales que precederán al fin del mundo. Puro México, y pasen página.

Puesto a lamentar, soltaría otra lágrima y atrevería que ninguna novela de Onetti tiene garantía de inmortalidad porque, magníficas como algunas son, están envejeciendo mal en un sentido formal y, lo que es peor, moral. Si el espanto de ayer nimiedad es hoy, ¿qué nos indignará mañana? Pendiente quede.

Aun si la perspectiva moral cambiase, se levantaría otro impedimento con mayúscula: sus novelas carecen del tipo de Imágenes que conquistan la memoria, de hombres que amanezcan insectos y mujeres que amamanten extraños, de símbolos inagotables para la Imaginación. Los conocedores dirán que olvido al Brausen fundador y su estatua en Santa María, o al Larsen filatelista de putas pobres. No, es la gente quien los olvida, diluidos como están en la superposición de libros e historias.

Comparado a otros grandes, Onetti tendía a irse por las ramas y sus ramitas, a dejar cabos sueltos, a oscurecer el argumento, a extraviar la trama; dicho con sus palabras: «a construir la fisonomía del desorden». No escribía novelas redondas, con principio y final, sino piezas de un rompecabezas a completar. En ese reto se pierden muchos lectores. Quedamos los fascinados por la profundidad de sus frases. Nos complazco en el ejemplo:

«Impasible en el centro de las miradas irónicas, en restaurantes que servían puchero en la madrugada, sonriendo a gordas cincuentonas y viejas huesosas con trajes de baile, paternal y tolerante, prodigando oídos y consejos, demostrando que para él continuaba siendo mujer toda aquella que lograra ganar billetes y tuviera la necesaria y desesperada confianza para regalárselos, conquistó el nombre de Juntacadáveres, conquistó la beatitud adecuada para responder al apodo sin otra protesta que una pequeña sonrisa de astucia y conmiseración».

Cuando encuentra uno pasajes así, donde la belleza del fraseo compite con la expresividad del cuadro, siente que Onetti fue un genio que no alcanzó la mayor gloria debida. Cuando se fija en dónde y cómo están ubicados, en cuanta paja los rodea, comprende que es una genialidad de orfebre, no de arquitecto, y se explica, (con ingenuidad que obvie factores extraliterarios), por qué Juntacadáveres perdió la final del Rómulo Gallegos por goleada de 11-2 votos frente a La casa verde. Derrota del genio ante el ingenio. Y entiende que su vigencia radica menos en las novelas que en ciertos cuentos, en las filigranas que excluyen sus considerables vicios: las digresiones dentro de digresiones, los narradores múltiples que comparten una voz y la enervante obligación de replicar el desorden de la vida con el desorden de la ficción.

Todo esto es implícitamente confesado por sus incondicionales cuando le cuelgan ese elogio tan onanista, «un escritor para escritores», es decir, para sombra de minorías, como si fuera una medalla y no una cuerda de patíbulo. Amén de pajero y funesto, resulta un elogio inexacto. Onetti dista de ser un escritor para iniciados de una poética determinada, como un Lezama Lima, ni para amantes de la referencialidad literaria, como puede serlo un Vila-Matas. Es un escritor para lectores que toman distancia y contemplan los libros como mapas cifrados de vida, en busca de límites, y que aceptan la inconmensurabilidad, aun cuando ello entrañe la pérdida de sentido. Que ese tipo de lectores con frecuencia caiga en la escritura es una derivada, no un axioma.

Quizás por eso, yo sospecho que la posteridad de Onetti está en un puñado de cuentos tensos e intensos donde nada sobra y todo sugiere. En particular, en uno tan bueno que no consiente el olvido y ojalá baste para cumplir su anhelo. Un cuento tan bueno que ha de ser legible y leído con admiración en cualquier porvenir que nos incluya, tan bueno que les dolerá igual que me duele a mí a quienes no han nacido aún. Y ese cuento en la cúspide, con el perdón de sus famosos admiradores, no es “El infierno tan temido”.

Mario Vargas Llosa lo bautizó «la más inquietante exploración del fenómeno de la maldad humana», de lo cual se colige que, o Vargas Llosa ha mantenido escaso contacto con la maldad, o la maldad era menos malvada por entonces. Sea como fuere, “El infierno tan temido” fue el sueño húmedo de su generación y la siguiente, «el cuento perfecto» que cualquier escritor hubiese querido firmar, al que Juan José Saer, César Aira, Rodrigo Fresán y tantos otros autores argentinos aludían y todavía aluden con frecuencia, patitiesos de envidia, agregando por alguna parte el gentilicio rioplatense para ficharse al uruguayo.

Fama merecida y envidia justificada, “El infierno tan temido” es un prodigio de relojería al servicio de la narración. Al prescindir del intencionado desorden, Onetti aprovecha a fondo la precisión de sus recursos: el crescendo de tensión y los retrocesos temporales. El anzuelo de interés también se desdobla: primero, la naturaleza de las fotos que el protagonista recibe, quién y por qué las envía, qué contienen; luego, cómo terminará el destinatario. Es toda una clase de cuentística enmascarada en la ficción, aunque sea, también, un cuento a menudo malentendido.

Impresionados por «el odio y la sordidez» de la primera página, el grueso de sus ilustres intérpretes ha insistido en denunciar perversidad y venganza cuando la trama de Onetti deja claro que es una historia de amor. De un amor singular, cierto. De un amor que es caída, a falling in love, entre un Romeo maduro y mediocre que pareciera indigno de tal, y una Julieta errante y putañuela que asombra por la constancia. De un amor que demanda lo inadmisible para él y deviene cruzada de amor para ella. Nada de maldad. Es un cuento de amor, repito, extraordinario y ejemplar para el género, si bien no me parece un cuento con vocación de eternidad. El déficit no es narrativo sino, de nuevo, moral, al terminar en un suicidio que suele interpretarse de dos formas, ambas tan inconvenientes como el final mismo.

Primera interpretación, de un infantilismo pasmoso: muerte para preservar la inocencia de la hija. Al primero que se le ocurrió esto tenía una idea harto medieval de la pornografía y debe haberse ahorcado con un cable coaxial cuando surgió Internet. Segunda interpretación, otra reliquia: muerte por vergüenza acumulada en las fotos, para lavar el honor, si se quiere utilizar el tópico aurisecular. No sobra especificar que el déficit no reside en la debatible inmoralidad del suicidio como acto, piedra de otra sopa, sino en la moral que lo presenta como respuesta a las circunstancias planteadas en el cuento.

Cabe incluso una tercera interpretación que prefiero: muerte por arrepentimiento, por dolor y pena de amor, quizás tan anticuada, aunque sin duda menos retrógrada que las anteriores. Una grandeza innegable de “El infierno tan temido” es admitir cualquiera de estas lecturas, su gran debilidad es que ninguna resulte satisfactoria dado el planteo y desarrollo de los personajes, que ninguna encaje en la historia. Mal que nos pese, el llamado «cuento perfecto» de Onetti condesciende a un final para lectores de antaño.

Y, de todas formas, la posteridad nunca reposa en la perfección o la perspectiva técnica. Yo digo que el cuento eterno de Onetti es otro, uno técnicamente inferior, donde apenas pasan cosas, que apuesta por otra forma de la desdicha más inevitable y duradera que el amor, un cuento que hace del tiempo el verdadero protagonista, héroe y villano imbatible, un cuento que refleja amargura y consuelo ante la pérdida de la juventud como ningún otro lo ha hecho en cualquier época o idioma, un cuento que no tiene fecha de caducidad a pesar de tener un marco ideal de lectura: a partir de los 30, 35 o 40 años, o cualquiera que sea la edad a partir de la cual enflaquece la ilusión de excepcionalidad que todos alimentamos. Hablo, por supuesto, de “Bienvenido, Bob”.