Crítica de la crítica de la crítica

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Al principio me aconsejaron olvidarme de la crítica, no de leerla sino de hacerla. ¿Para qué perder el tiempo ganando enemigos?, lo resumió una colega. Después otro me explicó la desventaja de glosar libros (de) desconocidos: conveniente es comentar lo popular para garantizar lectores y alabar a los conocidos para cultivar contactos. Casi convencido y a punto de renunciar sin haber empezado, recordé cuán divertido es ignorar consejos y escribir lo que nos da la gana. Manos a la obra, hallé una revista que carecía de sección literaria, negocié un estipendio de promesas y en unos meses ya había publicado un puñado de reseñas inconvenientes. Por supuesto, al empeño siguieron los inevitables críticos de la crítica.

Descontando gansadas en Twitter, la primera queja me llegó vía correo de un autor descontento: Los que pueden, escriben, y los que no, critican. Yo soy de los primeros y tú, de los segundos, cerraba su tesis. Antes de nada, aplauso para el fraseo. Me encanta la elipsis y la experimentación con los signos. Luego, qué lugar tan común y pipiolo. Es irrelevante que yo también narre. Incluso si no lo hiciera, decir que escribir sobre literatura no es escribir equivale a decir que hablar del lenguaje no es hablar, que la literatura es apenas la ficción menos meta, que el arte excluye el espejo, que el ensayo no es un género y otra sarta de reducciones tan inútiles como un catalejo invertido. Por demás, al mito de crítico = escritor frustrado se contrapone una legión de escritores que hace crítica, muy lograda a veces.

Tampoco es que yo me crea muy crítico literario que digamos, en el sentido más pagado de la profesión, según me imputó otro corresponsal: Me apenó mucho la falta de teoría en tu análisis de la obra. Se nota que estás comenzando como crítico literario y que, así como aquellos aprendices que malogran su primera mesa, tienes todavía un largo camino por recorrer. El camino por delante y la juventud implícita me conmovieron. A mi edad esas banderillas emocionan. La figura carpinteril me resbaló como un símil lubricado en bostezo, pero el reclamo teórico sí me inquietó bastante, porque ya otros lo habían exigido cual si fuese una cuota gremial. Con todo el respeto por los bienintencionados que confunden teoría con terminología, les cuento. Existen dos grandes ramas de crítica literaria. La más común supone comentar y evaluar una novedad para beneficio del público. Esa puede, si quiere, manosear términos como deíctico, cronotópico y biosemiótico sin mejor descargo que el placer de alardear con esdrújulas, aunque no sea recomendable. Es la reseña de libros, la crítica periodística dirigida a la inmensa mayoría que con razón encuentra mucha oscuridad en las iluminaciones teóricas. En esencia, es un tipo de literatura emparentada con el ensayo. La otra crítica literaria, la que sí exige teoría, entraña interpretar el sentido, la forma y las conexiones de un texto o un corpus tan a fondo y con tantas herramientas como en un viaje al centro de la Tierra. Es un tipo especial de literatura, escrita por y para especialistas. Se publica en revistas y obras académicas. Se adereza en universidades. Tiene requisitos referenciales ultra-específicos. Sirve para fijar el discurso. Bien la conozco pues la idolatré un quinquenio de postgrados y, reiterando el respeto, que la Virgen me ampare si reincido.

Lo que prefiero, lo que intento, son reseñas libres, reportaje de impresiones, como diría Alfonso Reyes, notas de lector interesado en la escritura. Hablo de los libros que me inspiran algo a partir de los temas que me interesan mucho. Pretextos para el debate, deseos de extender la lectura a un diálogo de cierta literatura. Nada más, y no es brizna. Quien quiera teoría, que lea Spivak y compañía.

Otra protesta: eres tan irresponsable que ni siquiera expusiste en detalle la trama del libro. Damas y caballeros y gentes no binarias, lectores todos, el resumen de la trama ya viene en la contraportada. Tras considerable esfuerzo, el editor y el autor decidieron que eso era todo cuanto usted necesitaba saber sobre la historia antes de leerla. ¿A qué parafrasearla en cuatro párrafos cuando puede resumirse en tres oraciones? La única responsabilidad que acepto es la de crear un texto honesto y autónomo. Además, la historia, la trama, la obra entera en cuestión es un punto de partida. Lo importante es la experiencia de lectura, la suya, sea en unión o desacuerdo con la mía.

A menudo no me queda claro si el libro es bueno. A mí tampoco. A menudo me siento incapaz de blanquinegrear tanto. Y más a menudo aún, siento que no es tan buena esa pasión por lo bueno. También conviene leer lo incómodo, lo difícil, lo ajeno. Y releerlo. Bueno suele parecernos a primera lectura aquel libro centrado en nuestro horizonte de expectativas. Bueno encontraba yo en mi adolescencia a un tropel de autores que ahora me la peina. Y viceversa.

Hablando de lo bueno, ¿ha notado, sagaz lector, que abunda tanto como el uso de reseñarlo? Todo es bueno y hasta muy. Por doquier brotan voces originales, triunfos narrativos y personajes inolvidables cuyos nombres no recuerdo. De fiarnos en los diarios, apenas se publican libros regularcitos y menos aún los francamente malos. Una de dos: ha iniciado un nuevo Siglo de Oro, o ha triunfado la cruzada publicitaria del reseñismo. Yo apuesto por la guerra. Editores declarando que las reseñas sólo sirven para vender, directores despidiendo a los críticos duros, agentes promoviendo que una reseña negativa es por concepto una mala reseña. Tierra santa del mercado con bula papal de la industria.

Perdiste una magnífica oportunidad de quedarte callado. Si no tenías nada bueno que decir, mejor no hubieras dicho nada. Esto es un derivado de lo anterior, su dimensión personal, la cortesía constitucional en la república de las letras. Una cortesía tan utilitaria que raya el instinto de conservación y deviene mojigatería. Elogiar como primera y única acepción de criticar. Poco importa que destaques los aspectos positivos, si la nota señala problemas, eres un malnacido envidioso que no entendió el libro. A nadie le gusta que encuentren faltas en sus hijos, cierto, pero nunca son esos angelitos inmaculados que los padres imaginan. ¿A quién ayuda el silencio dizque prudente? A los árboles, acaso. Siendo literaria y bien escrita, dadme crítica, hasta desbocada. No he leído ni leeré completa La peculiaridad lingüística rioplatense, pero a cada rato reviso la reseña que Borges le dedicó, Las alarmas del doctor Américo Castro, un cuchillo afilado que precisa entenderse como praxis de otro, Arte de injuriar. ¿Debió el ciego callar, decir algo bueno del colonialismo cultural? No, gracias.

Cuando dudo, y sucede, de la crítica como forma de arte, releo esa y una reseña de Foster Wallace, How Tracy Austin Broke My Heart. Borges reacciona contra el eurocentrismo de Castro con la estrategia vigorosa del cuchillero que soñó ser, con la maestría del estilista sintáctico que fue. Fintas irónicas, quites exactos, remates educados, una carnicería con escalpelo que termina declamando imparcialidad. Foster Wallace comienza en la otra orilla, confesando la subjetividad del crítico, sus simpatías y prejuicios. El libro, Beyond Center Court, la autobiografía a cuatro manos de una tenista famosa, le parece malísimo, pero no se limita a explicar por qué. Voltea el filo y disecciona sus propias expectativas, nuestra obsesión por las celebridades, la banalidad verbal de los grandes atletas y la naturaleza misma del genio, los pasajes entre pensar, hacer y comunicar. Ambas reseñas se incluyen entre los ensayos de sus respectivos autores y en principio lo son, ensayos meta-literarios, pero ante todo son crítica y como tal, también, gústele a quien disgústele, literatura.